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Editorial UV: 70 años en imágenes



Para conmemorar los 70 años de la fundación de la Universidad Veracruzana, calificada como la mejor universidad en el sureste de México y considerada entre las veinte mejores de la nación según varios rankings, la editorial de dicha institución publicó Universidad Veracruzana, 70 años. Una iconografía, proyecto que, editado por Alberto Tovalín Ahumada y Édgar García Valencia, nos lleva de la mano por un recorrido iconográfico desde la fundación de la universidad hasta la creación de la Sala Tlaqná y otros recientes hitos. El contexto a estas series de imágenes es proporcionado por la rectora Sara Ladrón de Guevara y otros miembros de la universidad que han formado, desde las aulas o las oficinas administrativas, a varias generaciones de universitarios, como Esther Hernández Palacios, Raciel Damón Martínez, José Luis Martínez, Carmen Blázquez Domínguez, Ricardo Corzo Ramírez y José Manuel Velasco Toro, entre otros.
El libro se encuentra dividido en nueve partes y un dossier fotográfico que desde distintos frentes relata la historia de la construcción, desarrollo, actividades académicas, culturales y editoriales de la Universidad Veracruzana, así como sus rectores, reglamentos internos y las leyes externas que la han determinado y acompañado en su camino hacia la autonomía, que conseguiría hace apenas 18 años; el tono general de estos textos lo pone la rectora en su introducción: de lo que se trata es de rescatar, y a la vez crear, un pasado en el que se relacionan armónicamente individuo, universidad, sociedad, nación, tradición e innovación al que la Universidad Veracruzana pertenece y debe defender, reivindicándose a sí misma, y a la educación pública y autónoma, como base de la vida democrática de Veracruz y la nación.
Destaca por su rigor el texto de Octavio Ochoa Contreras y Luz Angélica Gutiérrez Bonilla, “Los espacios de la Universidad Veracruzana: una lectura histórica”, que además de revisar las condiciones de posibilidad necesarias para la creación de una universidad en el estado de Veracruz (históricas, jurídicas, económicas y burocráticas), como las adiciones a la Constitución Política de Veracruz y la creación del Departamento Universitario del gobierno de Veracruz, nos guía por cada uno de los espacios que desde el 11 de septiembre de 1944 han dependido directa o indirectamente de la UV.  En el texto, Ochoa Contreras y Gutiérrez Bonilla resaltan una de las características por las que la Universidad Veracruzana es reconocida: su descentralización, misma que en su primer periodo de crecimiento (1944-1968) le permitió una expansión geográfica y un incremento exponencial en su número de sedes y en su oferta educativa, creando así una red estatal de escuelas de educación técnica, secundaria, de bachilleres (públicos y privados e incorporados), ubicados en ciudades medianas y pequeñas de la entidad, así como colegios de educación profesional. Una segunda época de expansión de la UV, previa a la de posicionamiento (1983-1996) y a la de su autonomía en 1997, la ubican los autores entre 1969 y 1983, cuando de la mano del Estado, la Subsecretaría de Educación Superior e Investigación Científica (SESIC) y la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), las universidades se enfocaron más en ampliar y reforzar su oferta académica y menos su territorio, teniendo como resultado un aumento en los lugares ofertados por estas instituciones; como resultado de esto, afirman los autores, para 1975 la UV absorbía el 95% de la demanda de educación superior del estado, contando con una matrícula que oscilaba los 51 000 alumnos.
El trabajo de investigación iconográfica a cargo de Jorge Acevedo y Alberto Tovalín Ahumada, auxiliados en la catalogación por Anna Koriat y Alfonsa Sequera, hicieron posible un dossier de 124 páginas con fotografías, monocromáticas y a color, divididas en tres secciones (Tradición, Innovación, Comunidad). La primera, muestra un recorrido histórico por los personajes, documentos y lugares que han jugado un papel fundamental para construir la Universidad Veracruzana como la conocemos hoy (allí encontramos rostros familiares, como los de Siqueiros, Pitol, los maestros Ramón Rodríguez, Emilio Carballido y Francisco Beverido, entre otros); la segunda sección se centra en los atractivos arquitectónicos de la universidad, así como sus instalaciones dedicadas a la investigación científica y el resguardo del acervo bibliográfico; cierra con una sección que busca retratar a la comunidad universitaria de todo el estado, así como resaltar algunos de sus logros nacionales y en el extranjero.
Universidad Veracruzana, 70 años. Una iconografía no sólo es excelente compañía para cualquiera que, habiendo  pertenecido a esta institución, acostumbre voltear a sus días de estudiante con nostalgia y un poco de melancolía, también es excelente para comprender el desarrollo de esta institución, así como calcular hacia dónde planea dirigirse.

Universidad Veracruzana, 70 años. Una iconografía, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2014, 349 pp.





Por Josué Castillo

Viaje Converso


De madera y de poesía… de ternura y papel
Ver a un señor serio, respetable y con canas jugar y contar historias con muñequitos, me hace pensar que todavía tenemos esperanzas de salvarnos como especie. El año pasado lo vi con su Oso que no lo era y pensé en el futuro de la humanidad.
Este año Carlos Converso nos brinda Viaje alrededor de los títeres, acompañado por dos excelentes titiriteros, Imelda García y Rubén Reyes, donde por medio de escenas o actos cortos hace un recorrido por diversas posibilidades de creación y manipulación de los títeres; entre ellas podemos mencionar la manipulación directa, títeres de sombras, guiñol, marionetas o de hilo y bocón.
El maestro regresa a lo más simple, no por ello menos difícil y hermoso en cuanto a la producción de espectáculos con títeres. Excelente oportunidad para refrescarnos de tanta copia y repetición en el ambiente titeril xalapeño (el tema es tan extenso que daría para otra entrega, me reservo el derecho, pido mano). Así  como de platicar con él y tratar de descubrir por qué a estas alturas del partido sigue jugando con los muñequitos; si no, al menos que permita asomarnos a sus afanes.
El espectáculo está pensado para que funcione indirectamente como algo didáctico (¿el teatro puede dejar de serlo?), donde se mostrarían las bondades de estos pedazos de madera y de poesía… de ternura y de papel destacando sus posibilidades como una herramienta múltiple donde exista un mensaje, sea entretenida, poética y misteriosa. En fin, donde se revelaría un panorama harto diverso de diferentes técnicas y maneras de decir las cosas. De esta manera pudimos constatar que estas criaturas del arte popular, hechas por las manos del titiritero, para sus manos, para la alegría y la paz nos ofrecen posibilidades casi ilimitadas (el límite sería la propia imaginación del creador) donde puede ocurrir lo que sea.
Hace más de 40 años que Carlos Converso se asomó a este mundo de magia en una escuela de teatro de Argentina, donde su maestro, Javier Villafañe, lo inició por esa vena que recorre todo el mundo, donde los títeres son seres que siempre han estado (y ojala siempre estén) en contra del poder y la autoridad. Por suerte para nosotros, Carlos se instala, después de un recorrido por nuestra América (la latina), en Xalapa, ya decidido a continuar con este arte (que era considerado como menor, ¿así lo consideraban porque pensaban que sólo era para niños?) que hoy desemboca en su último Viaje
Sus objetivos se ven muy claros en el espectáculo: tiene una estructura tradicional (actos breves), es absurdo, imaginativo, simbólico, metafórico, grotesco. Me cuenta que todavía le falta y quiere incluir otro número más. Quiero recalcar la limpieza del trazo y la manipulación durante todo el espectáculo, así como la colocación de la voz (el titiritero requiere de un espectro más amplio y versátil que el actor convencional), que lo hace parecer muy sencillo, pero requiere de habilidad técnica y destreza. Vaya, se ve tan fácil que dan ganas de hacer espectáculos de títeres.
Disfruta con la cátedra de títeres que imparte actualmente en la Facultad de Teatro (vaya, una buena), porque siente la necesidad tanto de poder continuar formando de manera profesional a los futuros titiriteros (¿si no lo hace él, quién?), como de reafirmar de una buena vez por todas que para nada es un arte menor… sólo es teatro de títeres.
El maestro en este montaje nos recuerda el qué, cómo y para qué hacer esto; ya va siendo hora que surjan los nuevos maestro de verdad y a él lo dejamos que continúe con su viaje y nos cuente más historias que guarda celoso dentro de su caja de muñecos. También le hace falta un homenaje y reconocimiento por parte de todos los que fuimos y seguimos siendo sus alumnos (de las autoridades en la materia no podemos esperar nada bueno, ya se vio).

Viaje alrededor de los títeres de Carlos Converso. Con Imelda García, Rubén Reyes y Carlos Converso.




Por Cuitláhuac Pascual

Arrieta: cien carteles de un gallo




Expuesta hasta el 22 de febrero, en la Galería Ramón Alva de la Canal, Gallo 100. Carteles de Celso muestra una selección del trabajo que durante veinte años ha realizado el artista plástico Celso Arrieta –creador de varias portadas para Performance–, de quien Omar Gasca escribe: “es más artista que diseñador o es en todo caso un diseñador de carteles de autor, esto en el sentido en que, al margen del tema, invariablemente plasma su particularísima visión, su ánimo y un irrenunciable estilo”.
Entre sencillez y complejidad, ilustración literal y figuras retóricas, toda clase de recursos conceptuales y gráficos atraviesa la obra de Celso Arrieta en su muestra Gallo 100. Carteles de Celso, en la Galería Ramón Alva de la Canal, con piezas que abarcan de 1995 a 2015.  Domina en ellas precisamente eso, la ilustración, pero destacan también el empleo del color, que de lado bastante tiene que ver con cierto periodo del cartel cubano, y lo que podría tenerse como una actitud que coincide con o recibe influencias del cartel polaco en el sentido de su propensión humanista y artística, un poco al modo, también, del trabajo de Rafael López Castro.
Por razones de su vocación y formación, Arrieta es más artista que diseñador o es en todo caso un diseñador de carteles de autor, esto en el sentido en que, al margen del tema –aunque siempre en él y con él–, invariablemente plasma su particularísima visión, su ánimo y un irrenunciable estilo estrechamente ligado a lo orgánico, a lo cálido, a las curvas. Si se pensara en las funciones del lenguaje de acuerdo con Jakobson (no Bühler, no Halliday, no Alexander, no otros): la fática o de contacto, la  metalingüística, la referencial, representativa o informativa, la apelativa o conativa, la emotiva o expresiva y la estética o poética, estas dos últimas serían las que sobre todo entrarían en sintonía con los carteles de este autor. Por una parte la exteriorización de las pasiones y las emociones, centrada en el emisor, y por otra la búsqueda orientada a la atracción sobre la forma, que frecuentemente no sólo se opone al fondo sino a todo lo demás, es decir, a lo que no es icónico sino textual.
Otras razones explican la idea de “carteles de autor”: estamos lejos de Jules Cheret y Toulouse-Lautrec y aun de otros autores más recientes. El cartel ha dejado en buena medida de ser “… un grito en la pared”, como dijo Josep Renau, el notable intelectual, diseñador gráfico y pintor valenciano que radicó en México entre 1939 y 1958.  Los nuevos medios, las nuevas arquitecturas urbanas y diversos hábitos sociales, salvo excepciones han convertido al cartel más en una pieza conmemorativa que en un medio para convocar. Documentan un hecho, para el cual se suele requerir a través de otros medios: electrónicos, diarios y revistas, redes sociales, páginas web, mensajes colectivos a través del teléfono móvil y otros. Al cartel, especialmente al cultural, se le suele hallar en el lugar mismo al que convoca: en el cine, la galería, el museo, el teatro; rara vez, en la calle; la calle no es más su espacio natural. Menos todavía por cuestiones económicas que afectan los tirajes, que van de cortos a mínimos a pesar del plotter.
De otro lado cuenta que el cartel ha cobrado una paradójica importancia, de carácter autoral,  gracias a diversos concursos y congresos, y particularmente en nuestro país a las bienales internacionales. ¿Qué se privilegia? Primero la estética, el oficio, la originalidad y luego, quizá, la eficacia comunicativa. El cartel es ya otra cosa. De hecho, por más que se insista en diferenciar el arte del diseño, si de carteles se trata estos frecuentemente se presentan como piezas de comunicación, como objetos de diseño y como obras de arte. Si se piensa que el cartel se realiza muchas veces por encargo y debe satisfacer ciertas funciones que pueden llamarse prácticas, lo mismo ocurre con cierta clase de música, de escultura y con toda la arquitectura (por ejemplo: Réquiem de Mozart, El Juicio Final de Miguel Ángel, Notre Dame de Ronchamps de Le Corbusier: obras por encargo que tenían que ser de cierta manera).
Quizá por todo ello este diseñador, este artista, Gallo para la familia y los amigos, se concibe como artesano gráfico, expresión que alude en principio a los tiempos y modos de la serigrafía, de las pantallas o bastidores, los raseros y la tinta, pero que también refiere, con todo y las nuevas no tan nuevas tecnologías, al afecto por el trabajo manual, por el trazo a mano, aunque digitalizable después. Un artesano y, por lo tanto, un artista; la oposición entre tales términos, no siempre superada, obedeció en su momento a cuestiones más de orden económico que estético o artístico.

Distingue a Celso Arrieta, como a algunos colegas suyos en la misma ciudad (Morelos, Huerta), la temática de sus piezas: danza, teatro, música; los hechos culturales que abundan en nuestra geografía, de lo cual resulta que la muestra de la que hablamos, visitable hasta el 22 de febrero, sea algo más que una suma de carteles de gran formato porque se trata de una autobiografía y de una crónica que a modo de una panorámica de 20 años da cuenta de un modo de ser y de hacer personal y social.





Por Omar Gasca

Ramón Rodríguez: el magisterio del buen vivir


La mejor recompensa: un cigarrillo. Los Álamos, agosto de 2013
Ramón Rodríguez (Córdoba, Veracruz, 1925) es un caso único en el panorama de las letras veracruzanas. Hasta hace sólo unos años, solía afirmarse que su poesía era prácticamente inédita en la república de las letras de nuestro país. Sin embargo, su obra, fraguada durante más de cincuenta años, ha sido conocida y apreciada por varias generaciones de lectores devotos no sólo de su estado natal.
Sus libros han visto la luz sobre todo por el empeño y la tenacidad de sus amigos editores: Sergio Galindo (quien le publicó a escondidas su primer libro: Ser de lejanías, UV, 1960); Ángel José Fernández (Cuartel de invierno, La navaja de Ocamm y Desciendo al corazón de la  noche. Obra reunida); José Homero (Old fashion blues y Boleros nobles y sentimentales) y Rafael Antúnez (Juego de cartas y Fandango). A mediados de 2011, la Universidad Veracruzana publicó Agenda del libertino y Apuntes para un blues, dos títulos antológicos de y sobre su obra en Cuartel de Invierno, una colección que toma su nombre de uno de sus libros emblemáticos. Inspirada en la dilatada trayectoria de Ramón Rodríguez, esta colección rinde homenaje al autor de una de las obras más singulares de la poesía mexicana.
Ramón Rodríguez es sin duda, a decir de Rafael Antúnez y José Homero, “uno de los poetas más jóvenes de México” y “el joven maestro de Veracruz”, porque a lo largo de su pródiga vida ha alentado vocaciones literarias y animado relevantes empresas culturales (individuales o de grupo). Es uno de los miembros fundadores de La Palabra y el Hombre y de la Editorial de la Universidad Veracruzana, institución para la cual aún labora.
Don José de la Colina, por su parte, escribió que “Ramón es un poeta que escribe sus poemas con la voluntaria, la gozosa inocencia de quien descubre la poesía, sus ritmos y arritmias, sus palabras bien ritmadas y rimadas o lanzadas en un golpe de dados que no abolirá el azar, poeta que incurre en el soneto, en el romance y el romancillo, en el blues o el tango, en el balbuceo o el retruécano, y va adonde el poema quiera…”.
Pero vayamos a otros tiempos, a cuando todavía no existía esta Feria del Libro Infantil y Juvenil, ni ninguna otra, que esta tarde lo honra al dedicarle su edición número 24. El poeta cordobés, siempre cargado de libros, solía visitar a sus jóvenes amigos y discípulos en horas de escuela para invitarnos a algún bar o café y enseñarnos, como Hölderlin lo hizo con él, que “por la poesía y poéticamente es como el hombre ha vuelto habitable la tierra”.
Y como deseábamos mejorar nuestra educación literaria, abandonábamos sin ningún pudor nuestros cuadernos para  seguirlo con un enorme entusiasmo y muy buena disposición a donde él nos propusiera. Esos lugares (entre menos recomendables, mucho mejor) constituyeron nuestros cuarteles de retiro para escuchar al maestro hablar de todas sus obsesiones, y compartir las nuestras: música, cine, libros, autores y el poder de la poesía.
Lo mejor de esas reuniones, debo decirlo, era apreciar el impulso verbal de Ramón: tenía poderes suplementarios, pues nos devolvía la versión bella y mejorada de un mundo que percibíamos terrible y cruel. Y aunque Ramón siempre ha visto con recelo las muestras de lo que él llama “alta cursilería”, debo repetir lo que seguramente muchos de ustedes saben y suscriben: le tenemos mucho cariño y admiración a este hombre que continúa ejerciendo la más noble de las vocaciones, además de la del poeta: el magisterio del buen vivir.







Veracruz: Cómo ser periodista y no morir en el intento


Moisés Sánchez se convirtió en el periodista número once en ser asesinado en Veracruz durante el sexenio de Javier Duarte. El presente reportaje sitúa al humilde reportero asesinado salvajemente y la indolencia de las autoridades veracruzanas para enfrentar este problema que sitúa ya a Veracruz como un foco rojo de violencia y crimen en el mundo.
Gregorio Jiménez, Regina Martínez Pérez, Víctor Manuel Báez Chino, Esteban Rodríguez, Yolanda Ordaz, Miguel Ángel López Velasco, Agustina Solano, Misael López Solano, Irasema Becerra, Guillermo Luna Varela, Gabriel Huge Córdova, Noel López Olguín. Nombres borrados. Vidas cortadas. Voces acalladas. Más allá de la anécdota, más allá de los números y de las estadísticas, en México el deseo de informar y denunciar se enfrenta a una realidad, cruel y sangrienta. Una realidad donde el oficio de periodista, siamés indispensable de toda democracia y gusano molestón de las dictaduras disfrazadas, flirtea con la muerte. Según Reporteros Sin Fronteras, México es el segundo país más peligroso del mundo para el periodismo. En la última década más de 80 periodistas fueron asesinados: más de 30 de esos crímenes ocurrieron de 2010 a la fecha. Una tercera parte de estos fueron perpetrados en Veracruz. Esos datos convierten este estado en el menos seguro del país para los trabajadores del periodismo. Aún más expuestos, quienes cubren temas delicados como las organizaciones criminales o la corrupción.
Como gran parte de los corresponsales y columnistas de periódicos locales de Veracruz, Moisés Sánchez Cerezo estaba, potencialmente, en peligro. Director y editor del semanario La Unión, una publicación comunitaria y gratuita, con un tiraje apenas de 1500 ejemplares, Sánchez Cerezo informaba sobre la vida de Medellín de Bravo, el incremento de los problemas de inseguridad y los pequeños arreglos del gobierno local. Su secuestro ocurrió el 2 de enero pasado. Según las declaraciones de su hijo Jorge, nueve hombres armados irrumpieron en su humilde casa ubicada en el municipio de Medellín de Bravo, Veracruz, y se lo llevaron en una camioneta, junto con su laptop, su cámara fotográfica y su celular. De acuerdo a información difundida por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Sánchez Cerezo había sido amenazado en varias ocasiones durante 2014 por parte de algunas personas, entre las cuales se encontraba el presidente municipal de Medellín, el panista Omar Cruz Reyes. Desde la desaparición del periodista, su familia acusa al alcalde de ser responsable del secuestro: tres días antes, durante una reunión, Omar Cruz Reyes amenazó con dar un susto al reportero porque no le parecían sus publicaciones.
Periodista-activista
El sábado 3 de enero, un día después de la desaparición forzada de Moisés Sánchez, el gobernador de Veracruz convocó a una rueda de prensa. Frente a las preguntas de los medios sobre el secuestro del reportero, Duarte de Ochoa le negó a Moisés la profesión: “No es reportero. Es conductor de taxi y activista social.” Es cierto, Moisés Sánchez era taxista. También tenía un pequeño negocio. Con su salario y sudor, cada semana, sacaba a la luz su propio periódico, La Unión. No estudió periodismo en una gran universidad. No se movía dentro de los círculos del poder en los pasillos de la información estatal. Ni ganaba dinero con su publicación. Pero hacía lo que hacen los buenos periodistas: observaba, dudaba, investigaba, ponía en evidencia. Como millones de reporteros en el mundo, Moisés Sánchez Cerezo trataba, día a día, de pedirle cuentas a su sociedad. De “cuestionar las verdades oficiales”, como lo decía el periodista argentino Tomás Eloy Martínez.
Definiendo a Moisés como activista social y negándole el papel de periodista, Duarte abrió, seguramente sin querer, el debate sobre las mutaciones de la naturaleza del periodismo, cada vez más cerca del activismo. El papel del periodista no es decirles a los lectores lo que tienen que pensar, sino contarles lo que necesitan saber para constituirse su propia opinión. En las escuelas de Europa enseñan que la objetividad no existe y que el periodista tiene que buscar una cierta forma de subjetividad honesta, tratando de no dejarse influir por fuerzas políticas, económicas o ideológicas. Al final, todo acto de periodismo es un activismo porque toda elección periodística implica hipótesis subjetivas, ya que el humano percibe el mundo a través de su subjetividad. Más allá de esas consideraciones generales, está naciendo desde hace unos años una nueva categoría de periodismo: el “perioactivismo.” Una respuesta sistemática en las sociedades donde la prensa tradicional no juega el papel de contra-poder que tendría que jugar. Esos nuevos periodistas-activistas tuvieron por ejemplo una función clave en la Primavera Árabe y lo tienen ahora en varios lugares de América.
En México, ese novoperiodismo surgió en respuesta a la falta de exigencia deontológica de publicaciones nacionales o locales, noticieros de televisión o de radio que se contentan de pegar palabras o imágenes sin contextualizar, o, peor, de desinformar. Frente a ese vacío, muchos periodistas mexicanos no tuvieron otra opción que convertirse en activistas, endureciendo su discurso y análisis crítico de la realidad, jalados por la urgencia de denunciar injusticias, desigualdad y corrupción. Como veracruzano, ciudadano y observador de prensa, Moisés tenía derecho de piso y se encargaba de señalar los disfuncionamientos de su entorno, documentando. Eso es el drama del periodista, periodista en su tierra: no puede abandonar la realidad porque esa realidad es la suya. Al contrario del corresponsal en el extranjero que puede, aunque sea muy difícil por cuestiones morales, regresar a su hotel al final del día, cerrar su laptop, tomarse un whisky y pasar a otra cosa.
Dudar de la justicia
Negarle a Moisés el oficio de periodista fue también una jugada para maquillar las cifras, meterle un carpetazo al caso y engordar los rangos de la impunidad. Según el último Índice de Impunidad publicado en 2014 por el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), México es séptimo en la lista de los países donde los ataques contra comunicadores quedan impunes. Y eso que desde febrero de 2006 existe la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión (FEADLE), y que desde 2012 el Senado de la República aprobó una reforma constitucional que da a las autoridades federales la obligación de atraer bajo su jurisdicción los delitos contra el ejercicio del periodismo. Esta reforma ha permitido la fundación del Mecanismo para la Protección de Periodistas y de defensores de los derechos humanos. El caso de  Moisés Sánchez Cerezo fue atraído por la FEADLE casi un mes después del secuestro, lo que llevó a dos investigaciones (federal y local) que crearon dudas e informaciones contradictorias. Esas investigaciones condujeron al arresto de Noé Martínez, quien afirmó haber matado al periodista por orden del escolta y chofer del alcalde de Medellín, Omar Cruz Reyes. Al día siguiente, encontraron el cuerpo de  Moisés Sánchez Cerezo. Dudando de las pruebas aportadas por la Procuraduría General de Justicia de Veracruz, los familiares y los representantes legales requirieron otra identificación del cuerpo. Los análisis de ADN resultaron positivos. Este anuncio desató reacciones en oleada en las redes sociales donde usuarios rechazaron la versión dada por la PGJ, “inventada para apaciguar a las familias de los desaparecidos y exterminados”.

Poner en duda las respuestas oficiales se volvió frecuente, sobre todo en un estado como Veracruz donde la impunidad es endémica. Asesinatos de periodistas, desapariciones de ciudadanos comunes y corrientes, fosas clandestinas llenas de cuerpos anónimos. En Veracruz, la imposibilidad por parte de las autoridades de dar a conocer la verdad –o la voluntad de ocultarla– sobre esos atropellos atroces al ser humano, sean ciudadanos mexicanos o migrantes centroamericanos, da aún más vida y credibilidad al trabajo de los periodistas-activistas.

Por Patricio Vergasola



Entrevista con Ramón Rodríguez


Ay sí, mira cómo me dejó tu noticia...
Ramón dice: el perro es excepcional
Un lunes por la tarde cuando además de humo, café y calor se agolpa la sagacidad de quien firmemente cree, pese a los griegos, que nunca se acaricia dos veces el mismo perro. Nina Crangle, Marifer Ramírez Smith y Ana Valderrama se encuentran con el poeta cordobés Ramón Rodríguez con motivo de sus ochenta primaveras…
N. C.: Uno de tus poemas favoritos, y de tus lectores también, es “Nunca se acaricia dos veces al mismo perro”…
–Es un poema de palabras que hace alusión a lo que dice Heráclito: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. Según Heráclito, el río está en continuo devenir, mientras nosotros permanecemos inmóviles; en esta poesía pasa lo contrario, el perro es el que muta, entre cada caricia hay un cambio, ya se avanzó en el tiempo hacia la caducidad.
Ramón es como ese can mutable, una persona sin anclaje, donde el hoy es lo único existente, dejando sin cabida al pasado y al futuro; por eso para Ramoncito las generaciones no son un asunto biológico.
N. C.: Si trataras de ubicarte en una generación, ¿cuál sería?, ¿con cuál estableciste un diálogo auténtico, una reciprocidad?
 –Me identifico con la generación de Graffiti, aunque también, reconozco, fui parte de una generación de existencialistas, que empiezan con Heidegger y descubren a Sartre; esa es la generación de mi juventud.
Pese a las terribles vecinas que envenenan gatos, seguiremos hablando de lo que Ramón ama.
A. V.: Ramón, ¿te gusta enseñar poesía?
–No es que me guste, pero me pagan; si amas la poesía, hablar de ella es como hablar de lo que amas.
La memoria es a veces transparente
como el agua de un pozo
M. F.: ¿Cómo es la memoria de Ramón Rodríguez?
–Es mejor el perro, dejemos a un lado “El pozo”.
N. C.: ¿Quiénes son los poetas que prefiere Ramón, a los que relee?
–El autor de Las elegías de Duino (Rilke), el de Tierra baldía (Eliot), el de El cuidador de cabras (Pessoa),  el de El cementerio marino (Valéry), el de Muerte sin fin (Gorostiza) y el de Piedra de sol (Paz).
N. C.: ¿Y Hölderlin?
–Hölderlin ya pasó, y como el pasado no existe, ni el futuro, yo ya seleccioné a mis seis autores. Estos poemas los escogí porque tienen una unidad, no hay nada que quede fuera  de estos poemas. Como dijeran los cronistas mexicanos de futbol, “eso es lo que yo vi, la mejor opinión será las de ustedes”; por eso  hagan la selección de sus poemas favoritos, para mi estos son los seis mejores, y como los cronistas, no busco una verdad absoluta; además, siempre estoy consciente que la mejor opinión es la que cada quien tiene.
N. C.: Para Ramón, ¿cuál sería su poema mejor logrado?
–Yo no tengo poemas, tengo poesías.
Esa búsqueda incesante
N. C.: ¿Has tenido que escribir para vivir…?
–Claro, pero buscando la unidad como Rilke; lo que no le funciona a nadie es su propia muerte porque siempre llega de fuera; sin embargo, él cree que sí se puede y de cierta forma se le cumple; aunque no escoge su muerte, se muere tal como debió haber sido. Rilke logra, además de eso, su propia concepción de la vida. Todo lo que los filósofos intentan con libros, el poeta lo logra con su visión.
N. C.: ¿Tú crees que el poeta ve más allá?, ¿que es un profeta a su manera?
–Sólo cuando se llega al nivel de Rilke y de Eliot, por ejemplo. Con el autor de Tierra baldía se hace muy evidente; dijera un crítico: “es una agotadora búsqueda de redención”.
N. C.: ¿Tú  buscas algún tipo de redención?
–¡Órale! Mi redención es renegar de la filosofía griega, nada más.
Otras búsquedas
–También hay otros tipos de búsquedas. A partir de Rimbaud la búsqueda era dar en la madre y sin embargo logra la poesía con un talento extraordinario, la decadencia. Entonces llega alguien y dice: “no los llamen decadentes, mejor simbolistas”. Muchos de los poetas que se formaron con Graffiti están en una búsqueda constante de las formas puras, saber hacer décimas, sonetos.  Esa poesía tiene logros extraordinarios; la búsqueda de Old Fashion Blues es muy distinta a la de los poetas de Graffiti; sin embargo, nos formamos juntos en esos caminos.
M. F.: ¿Te definirías a través de ellos?
–Son los mejores cuates que he tenido, pero no me defino a través de ellos (risa ramónica).
Todo depende del cristal con el que se mire
N. C.: ¿Coincides con Bertha Laura Barrientos cuando dice que tus poemas amorosos son poemas despechados?
–No dice eso, dice que el tono a veces podría interpretarse de esa manera, pero es tan sólo una hipótesis. Yo opino que esa hipótesis es una búsqueda por hacer un buen prólogo, los prólogos son para descubrirse uno antes que a los demás, en cambio la poesía es para ocultarse. Todo prologuista tiene la libertad de enfrentarse a una producción ajena y la búsqueda de la congruencia es apoyarse no en una erudición, sino en una serie de conceptos ajenos aplicables; ella se apoya en Cioran.  Mis personajes son como los personajes de Cioran que se ocultan en el absurdo y en la ironía por falta de creencias políticas, sociales y religiosas.
N. C.: En lo personal, tampoco coincido con la idea del despechado, sino más bien de personajes siempre resignados…
–La concepción individual del mundo es lo que existe, es la libertad del ser humano. Cada quien tiene su propia forma de entender la vida y acomodarse a ella; tiene su propia ética, su propia moral, su propia estética, sus propias chavas.
 A. V.: Ramón, eres muy evasivo…
–¿Y eso es muy difícil de percibir? No soy evasivo, soy como Rilke, por poner un ejemplo de tal tamaño. Por cierto, no es que él rechazara sus poemas anteriores a Las elegías de Duino, sino que era una búsqueda incesante por encontrarse a sí mismo a la hora de producir. Sin embargo, agradece a todos los que lo ayudaron a publicar lo que odió.
N. C.: Ramón, ¿cómo fueron recibidos tus primeros textos poéticos?, ¿qué te decían?
–Hay muchos primeros, que anteceden a la generación con la cual yo me identifico (y ya les dije). Ser de lejanías es de las más grandes pedanterías que yo he visto en mi vida; es una repetición de un filosofema de Heidegger: el hombre es un ser de lejanías, dice.
Yo tomé el título para mi libro, ¡qué horror!, pero funcionó. Esa era la época de mi juventud, sin embargo le agradezco a Graffiti el haberme asomado a la poesía en serio, aunque ya tuviera un libro publicado.
N. C.: Ya tenías dos, olvidas Cuartel de Invierno.
–Ese libro yo lo respeto profundamente, mucho más que a Ser de lejanías, que resultaba arrogante; el título dice: “yo leo a Heidegger, cuates”; falso, aunque con hallazgos muy buenos. Por eso es que converjo con Rilke, quien detesta sus poemas pero los respeta profundamente a través del agradecimiento a la gente que le abrió la publicación en Berlín.
M. F.: ¿Cuáles son para ti los momentos en los que te has sentido agradecido?
–Yo agradezco los momentos de la poesía como lector. A  principio de cuentas, si quieres escribir, aprendes a leer. No hay una escuela que te diga “esta es una escuela para hacer poesía”.
N. C.: ¿Ni la de Rafael Antúnez?
–(Risas) Para mí, el mejor narrador que ha nacido en el estado de Veracruz es Rafael Antúnez, no ha habido otro. Así de ese tamaño es. La isla de madera es una novela corta, redonda y excelente.
A. V.:  ¿Qué tal Nina, la novela?
N. C.: Muy padre. Ramón ha expresado una opinión muy certera.
R. R.:¿Ya la leyeron?
M. F. y A. V.: No, todavía no.

R. R.: Hay que leerla. Pregúntenle a Antúnez: “Usted escribió una novela que tuvo una gran acogida, ¿por qué ya no ha escrito?”. Se defenderá como gato boca arriba. No como el tuyo, que se murió (a Marifer).

Por Nina Crangle, Marifer Ramírez y Ana Valderrama


El blues de Ramón Rodríguez


Ramón en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Xalapa, julio de 2006
Publicado en 1994 por la editorial Graffiti, Old Fashion Blues es un poemario cardinal en la obra de Ramón Rodríguez (1925-2014). A manera de homenaje, reproducimos el texto introductorio de José Homero que saludó así su aparición: “Poesía de un amante escéptico y de un desencantado pero risueño filósofo, Old Fashion Blues otorgará a Ramón Rodríguez el alto sitio que merece en nuestra poesía”. Incluimos también una entrevista con el poeta cordobés realizada en 2007 por Nina Crangle, Marifer Ramírez Smith y Ana Valderrama.

Hay poetas que son en sí una tradición. La breve obra de Ramón Rodríguez (Córdoba 1925) registra el periplo de un poeta que zarpando del seguro puerto enclavado en la bahía de las corrientes métricas arribaría a costas menos conocidas aunque nunca distantes de la combinación exacta de sílabas y acentos. Rodríguez no es un poeta que experimente con las posibilidades silentes ni se afane en decantar una música distinta. Lector de Mallarmé, posee el esmero parnasiano de la eufonía, ignorando el despliegue en hemistiquios que propone la cordillera poética más notoria del siglo XX. Es un poeta de raíz clásica. Al leer sus sonetos y libérrimas combinaciones de metros creemos recordar una dicción conocida. Quizá sea cierta reminiscencia de Francisco de Terrazas; quizá los rasgos de la descendencia de Eliot. Aunque el pariente más próximo resulta el Eliot de “Prufrock y las otras observaciones”. Es en esta línea por la que discurre la poesía última de Rodríguez reunida en el opúsculo Old Fashion Blues, apenas su tercer libro.
Si bien la musicalidad de Rodríguez depende de la combinación acentual silábica, hay varios poemas sonoramente rimados y otros en verso blanco. Sin embargo, el fiel de la balanza son las inflexiones de la voz. Pocos poetas tan atentos a las posibilidades de la oralidad. Su poesía parece acatar la teoría de las voces de la poesía de Eliot y despliega monólogos, diálogos, imprecaciones que recuerdan tanto a Thomas Browning como a Wallace Stevens o a Edgar Lee Masters. Esta oralidad no sólo se expresa en tales formas; varios poemas explícitamente invocan un origen musical: los dos “blues” que abren el libro, “Latin lover tango” y “Noema (Voz de Ana Torroja)”, concebido como una posible canción para Mecano.
La voz no enuncia síntomas trágicos, lo que no implica que se hallen omisos. “Sammu Rammat” asume la tradición de epitafios que recorre nuestra cultura desde Alejandría hasta su célebre encarnación moderna: la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters. La manera en que concluye ese monólogo es una puya a la cultura; quien espere una alusión a la Semiramis de Rossini la tendrá, sólo que despectiva.
Si las formas musicales de Ramón Rodríguez ofrecen impresión de seguridad es claro que la lectura revela a un delicado minero del sentido. Rodríguez juega con los vocablos y aunque su discurso parezca correcto revela perplejidad. Sus poemas no semejan tan incomprensibles como los de Gerardo Deniz o Coral Bracho. Pero al meditarlos sabemos que en realidad nada sabemos de los enigmáticos hablantes cuya presencia a lo largo del volumen van urdiendo una auténtica cantata. Es como si el lector escuchara fragmentos de conversaciones. En los dos “blues” —un género que ha cultivado Rodríguez, un poema suyo, “He caído en el fondo del blues” se convirtió en una composición de Armando Lavalle: I got the weary blues—, la cadencia inherente al registro blusero cancela toda posibilidad de sentido al menos en su concepción discursiva, y sólo sabemos o creemos saber que un hombre promete a su hija una fúnebre casa de muñecas o escuchamos conversar a dos desconocidos que se guarecen de la lluvia.
¿De dónde viene esa alimentación de los soportes inteligibles? Rodríguez asegura que de Robert Frost; uno podría pensar que de cierta vocación narrativa y una dilección por las paradojas heredada de la filosofía. “Nunca se acaricia dos veces a un mismo perro” comienza eliminando posibilidades: el perro aludido no es el perro metafísico de una elegía de Unamuno, no es un perro de Tamayo, y de pronto mediante esa enumeración entran al poema otras imágenes y otras posibles direcciones semánticas hasta ofrecer un abigarramiento de posibilidades donde cada una se  enlaza con otra mediante una asociación libremente sicológica para concluir con una alusión a las apologías de Zenón de Elea. “Té de manzanilla”, otro de los meritorios poemas del libro, insiste en ese guiño pretensamente real que conduce al absurdo. Aquí la voz habla de una extraña criatura llamada Maga —que, se nos dice, no es la que sale en Rayuela, del mismo modo que en el poema citado antes se nos definía al perro por su ausencia de referentes cultos, Rodríguez insiste en que sus criaturas carecen de progenie intelectual, como si deseara proscribir todo origen—, cuyas piernas empiezan en el Cabo de Hornos y terminan en la calle principal de Milwaukee y concluye negando que esté ahí para hablar de ella pues sólo ha venido a tomar un té de manzanilla. En “Preludio a la siesta de un gordo” un hombre se declara diente. El poema describe una comida y las cadencias comensálicas para terminar en la molicie de la indigestión y en la espera de la noche. Es esta extraña oralidad —¿con quién hablan estas criaturas?, pero ¿importa?— la que convierte a la poesía de Rodríguez en contemporánea de nuestras inquietudes.
Hay otros poemas donde la enunciación presenta al personaje sin requerir descripciones o información del autor, como “Novísima Eloísa”, “La mujer como idea, como deporte y como necesidad”. En este carrusel vemos animarse súbitamente a figuras conocidas: desde la petrarquista rosa hasta los amantes emblemáticos de nuestra lírica: un amante es un Tristán, otro se pretende Abelardo, uno más deambula noctívago ante la indiferencia de la amada, y por supuesto hablan otros sólidos arquetipos del eterno femenino Isolda, Francesca, Circe. Poemas como “Palabras para un cantar”, una cantiga de amigo contemporánea; “Rosa, rosae”, reasunción del carpe diem tras la lectura de Gertrude Stein; “Roja y ardiente luna navegante”, dos sonetos enlazados con rima cruzada y minimalista; “Nosferatu”, una combinación de versos blancos, señalan esa herencia clásica que Rodríguez aprendió tempranamente— y cuyo peso lo convirtió en un poeta menor ajeno a la aventura de la modernidad estética. Ciertamente no son estos los mejores poemas del libro —podrían ser suscritos por poetas modernistas o neoclásicos, aunque los salva la sutileza musical. Pertinente mencionarlos, porque Rodríguez, aun cuando ofrezca formas dimanadas de la música, especialmente del blues o el rock, no deja de ser un poeta de oído clásico. En tanto tras los diluidos elementos informativos, Rodríguez se oculta y nos oculta derroteros para asir su escritura —percibimos no sólo la invocación de la lírica cortés, también el sentimiento inherente de la desaparición—, junto al tono burlesco vibra una sonoridad que recuerda a la del metal que indica en esta poesía la presencia de una oculta fragilidad:

Buen amigo este pensar
que siento en el corazón
desafina mi canción
al ponerla a lamentar
no nací para llorar
pero un vago sentimiento
muda el color de mi acento
con metales de agonía
(“Palabras para un cantar”)

Es tanto la modulación del carpe diem (“Deja que deje claro que te amo/ mas no dejes huir la luz de junio”, “Nosferatu”; “por eso intensamente ama a esa rosa”, “Rosa,  rosae…”) como la zozobra de la desaparición propia la que percibimos. La tragedia, la inminencia de la muerte y el desamor no aparecen claramente pero se insinúan en ciertas líneas. El comensal de “Preludio a la siesta de un gordo” asiste a la “muerte sustantiva e integral/ de esta armoniosa y geodésica tarde”, Júpiter, en “Latin lover tango”, es un dios inútil que deambula soñando con un nuevo Olimpo. Tales menciones a la decadencia hallan su mejor ejemplo en la elegante alusión a la muerte de “Retrato del artista decrépito”. El gran matador de cucarachas del centro de Veracruz dice:

reconozco que el pulso y la vista
me irán fallando imperceptible pero fatalmente
cuando llegue un amanecer cualquiera
y la guitarra esté tendida
en silencio sobre la mesa
me iré solo por un camino de alguna estación
haciendo sonar con mis botines
el pedregullo a la orilla de un río

Por otra parte hay también mucho de crítica, más que social, a la sociedad. Bastaría citar “Sólo los ricos son nuevos”, uno de los mejores poemas del libro en cuanto a eliminación de elementos poéticos —por ahí se oye un modernista “aroma postrero”—, donde se describen las relaciones entre los parientes pobres y los ricos, o “Así hablaba Carasucia”, que mediante la dicotomía perros y gatos revisa gruesamente las gruesas formas de entender el mundo en que nuestra tradición insiste.
Poesía de un amante escéptico y de un desencantado pero risueño filósofo, Old Fashion Blues otorgará a Ramón Rodríguez el alto sitio que merece en nuestra poesía. No está demás decir que en un tiempo en que los poetas jóvenes no dan signos de juventud, Rodríguez nos brinda una arrebatadora lección de tradición y frescura.




Por José Homero