El teatro como experiencia íntima


Publicado porEditorial Graffiti el 12:44


Mientras estoy en la fila para entrar al teatro, me indican que pase al guardarropa. La chica me pide que deje mi cartera,  como requisito para poder entrar a ver Psico/embutidos…  Le pregunté hasta dos veces si tenía que darle mi cartera, sonriente volvió a afirmar…  Se la di… Me sentí desnudo. 
En la fila para entrar me sentí en la película de Brian de Palma Hi, Mom!  (1970  ) cuando De Niro entra a un montaje de teatro experimental, donde les pedían lo mismo al público que asistía a ver esa obra. Me hallé repitiendo: es parte de la obra, es parte de la obra, como otro de los personajes de la misma. Aunque veía  mujeres todavía con bolsos grandes colgando de sus hombros…   En la película se pasan de lanza con el respetable en aras de lo revolucionario, lo verdadero… Temí que fuera este el caso.
Sólo 40, de 20 en 20 para ingresar a la carnicería escénica. Cuando se abre el telón se ve la estructura  desnuda,  cúbica, construida en varios niveles y desniveles, escaleras de caracol y toboganes o resbaladillas; dividida en 19 pequeños cuadros, semejando cuartos, sólo delimitados con cuerdas y marcos por donde los espectadores pueden asomarse a través de todos ellos. En cada uno de los espacios sólo hay una mesa y una silla de madera, en diferentes posiciones, encima un plato, a veces un vaso o nada. 
Aparecen los 19 actores y actrices desnudos, que después de presentársenos frontalmente con toda su desnudez, se trepan a cada uno de sus cubos, del cual ya no volverán a salir. Al verlos desnudos introducirse a su morada me daban la impresión de gusanos o bichos rumbo a su gusanera.
Nuestros guías, con delantales de carnicero,  cuchillos y manchados de sangre, nos hicieron pasar a los primeros 20 al foro, desnudo también, y nos sentamos hasta el fondo.  Mientras esto ocurre, vemos a los actores percutiendo con sus manos y dedos sobre su cuerpo, emitiendo sonidos, produciendo un efecto sonoro muy interesante, muy fresco, como un ritual de limpieza.
Cada actor tiene pintado un número en su lomo, como las reses en el rastro después de ser destazadas, pero durante el recorrido me entero que nos dice su edad. Cada dos minutos suena una chicharra y cual máquina de ensamblaje, los ritmos e intenciones de las percusiones cambian. A esa misma secuencia los carniguías nos iban introduciendo a ella, cual materia cárnica para ser procesada. Al ir entrando los primeros, los demás ocupábamos los lugares que dejaban, permitiéndonos ver diferentes partes del gran cubo.
Hasta que entré al primer cubil, subiendo la escalera, desde arriba, encontrándome en un espacio reducido frente a frente con “Mamá cuando Longaniza”, 25 años, que en dos minutos me dice qué le pasa, qué le duele… anticipando un poco cuál es la historia que voy a vivir, a transitar. Ahora todavía recuerdo el encuentro.
Y los que siguieron. Cada dos minutos uno nuevo, con alguien más intenso. La emoción de estos cuerpos desnudos, que transpiran, que inspiran, me invade. Con cada minihistoria es posible elaborar esta historia que ocurre a través del tiempo, donde el cuerpo es entendido y expuesto como un tobogán donde se deslizan felices nuestras enfermedades, deterioros y abandonos.
Calculé y deduje que en las 21 estaciones que se transitan en total hacemos un recorrido de 58 años, durante los 42 minutos exactos que dura la obra (la magia del teatro y Pitágoras). Al final del recorrido, al cual llegas por un largo tobogán está… ya sabemos quién está esperándonos sentada, aunque no por ello deja de caer por sorpresa.
La honradez (iba a poner verdad, pero esta siempre es sospechosa) se agradece, y en el teatro más. Me dio mucho gusto ver a los actores realizando un trabajo escénico tan intenso, llegando al límite, donde ya no hay más para dónde hacerse. Exponiendo su cuerpo desnudo para mostrar el avance del tiempo, sus estragos; donde se desvisten el actor y el personaje, y donde a veces  el público (en singular) también.  No es nada fácil, felicidades.
Se ve la mano del director en cuanto a su manejo para llevarlos a contar una historia interesante que ocurre en el tiempo ficticio (58 años) y el real (42 minutos), con un ritmo trepidante de un suceso diferente cada dos minutos. Lo que no me queda clara es la analogía que se plantea en el programa de mano entre el recorrido y las funciones del aparato digestivo. ¿El cuerpo muerto, viejo, comparado con el excremento?  ¿Al final la vida nos caga?
El teatro siempre plantea la misma paradoja: es un acto colectivo, pero tiene que ser  fundamentalmente personal, íntimo, para que ocurra el hecho escénico, único e irrepetible para cada quien. Pero no tiene que ver con la distancia entre los participantes del acto, ni por su vestuario o su ausencia, que en este caso se convierte en su vestuario, sino por lo que ocurre en ese tiempo mágico de encuentro de personas que llamamos teatro. Aquí ocurrió.

Psico/embutidos. Carnicería escénica de Richard Viqueira. Compañía Titular de Teatro (dirección Luis Mario Moncada), Universidad Veracruzana, 2015.



Por Cuitláhuac Pascual

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