Soñar con los pies


Publicado porEditorial Graffiti el 18:44

Sadie Neale, Emma Neale y Alice Carrie Wade
… y vivir al revés
que bailar es soñar con los pies.
Joaquín Sabina

… pues uno no sabe bailar, y es triste.
Rubén Bonifaz Nuño


Como los estorninos, las cacatúas, los delfines, las ballenas, los manakines, los lobos, los cisnes, los mandriles y los urogallos (entre otras muchas especies), el hombre es un animal que baila. Lo hace por placer, para seducir y aún por dolor (cualquiera que se haya dado un martillazo en un dedo, habrá realizado esa danza inútil e inevitable). El baile puede ser improvisado, ritual, con el firme propósito de seducir (como la danza ejecutada por Salomé, gracias a la cual Juan Bautista fue decapitado) y, según Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, “toda danza es una pantomima de metamorfosis (por ello requiere la máscara para facilitar y ocultar la transformación), que tiende a convertir al bailarín en dios, demonio o una forma existencial anhelada [...] Las danzas de personas enlazadas simbolizan el matrimonio cósmico, la unión del cielo y de la tierra (la cadena) y por ello facilitan las uniones entre las hembras y los varones”. 

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En la Biblia (el libro de un pueblo tan dado a la cópula como a su brutal condena) se canta mucho y se baila poco (sólo 28 veces se habla en ella de danza o baile), y no como el mundano lector pudiera creerlo. W. W. Rand nos dice en su Diccionario de la Santa Biblia que el baile entre los hebreos “era comúnmente religioso en su carácter; se practicaba exclusivamente con motivo de ciertos regocijos; sólo por uno de los dos sexos; generalmente durante el día y al aire libre”, y añade, como para que no le quede duda al lector, que “no hay constancia alguna de casos en que los hombres y las mujeres hayan bailado unidos; y no se practicaba por diversión”. Curiosa contradicción: las mujeres podían expresar su júbilo con el baile, pero no podían divertirse con él. En el libro del Éxodo (15:20-21), leemos: “Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, / y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas”. Los hombres, si exceptuamos al rey David (“y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino”, Samuel, 6:14.), no danzan según la Biblia (o lo hacen muy rara vez). Siempre lo hacen las mujeres:

“La hija de Jefte lo estaba esperando con panderos y danzas” (Jueces, 11:43).

“Las mujeres de todas las ciudades de Israel cantaron y danzaron, para recibir al rey Saúl, con panderos, con cánticos de alegría y con instrumentos de música, y cantaban y danzaban” (Samuel, 18:6-7).

“… tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar” (Eclesiastés, 3:4).

“Has cambiado mi lamento en baile, desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría” (Salmo, 30:11).

Cuando en las pocas veces que lo hacen por placer mundano:

Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse (Éxodo, 32:6).

siempre aparece una condena:

Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido (Éxodo, 32:7).

El profeta Isaías, hombre de una voz profundamente poética y, también, todo hay que decir, tan presto a la ira, a la condena, al fuego y al castigo, nos da un ejemplo de cómo veía a las que danzaban y hacían “son con los pies”:

Asimismo dice Jehová: Por cuanto las hijas de Sion se ensoberbecen, y andan con cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies; /por tanto, el Señor raerá la cabeza de las hijas de Sion, y Jehová descubrirá sus vergüenzas (Isaías, 3:17).

Con estos antecedentes, resulta por demás curioso que una secta puritana, los shakers (“sacudidores”, que además practicaba y predicaba la abstinencia sexual), haya adoptado la danza como una de sus más distintivas expresiones y como una actividad sin cuya práctica, seguramente, se hubieran extinguido mucho más rápido de lo que lo hicieron.

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Sí, los shakers estaban destinados a la desaparición casi desde sus inicios, dada la práctica de la abstinencia sexual de todos sus miembros (inspirada sin duda en la primera carta de San Pablo a los Corintios). Los shakers, o Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, es una de las sectas puritanas más recalcitrantes de cuantas se establecieron en los Estados Unidos durante el siglo XVII. Fue fundada en Albany (estado de Nueva York) por Ann Lee, una singular dama inglesa que llegó a América en 1774. Era hija de un herrero y, muy joven, contrajo matrimonio (en el que fue infeliz, lo que sin duda influyó en su adopción del celibato como camino de salvación). La señora Lee no fue ni una teóloga brillante (era analfabeta) ni una predicadora inspirada, aunque sí una rara avis, pues las predicadoras del sexo femenino no abundaban en su época. El Doctor Johnson, que supo de ella (y que opinó sobre ella, como opinó sobre todo lo que le pasó enfrente durante su vida), dijo que “una mujer predicando es como un perro caminando sobre sus patas traseras. No lo hace bien pero te sorprendes de que lo haga”. En realidad Ann Lee estaba más cerca de la insania que de la iluminación: afirmaba que como Cristo había encarnado la mitad masculina de la doble naturaleza de Dios, ella era la encarnación de la mitad femenina. Esta “visión” le fue revelada una noche oscura y húmeda en su húmeda y oscura celda de prisión mientras cumplía una pena por haber desobedecido el Sabbat anglicano. En dicha visión, a más de convencerse de que ella era la reencarnación de Cristo, se convenció también de que todos los males del mundo tenían una raíz: el sexo.

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Entre las muchas cosas que sorprenden en la vida de este singular personaje es que, a pesar de su repulsa contra el sexo, contrajo matrimonio: no era agraciada en lo más mínimo y carecía de dote. Se le describe de baja estatura, fornida, ojos azules, pelo castaño y tez blanca. Sus seguidores, sin embargo, afirman que su “rostro era suave y expresivo, pero grave y solemne”, además de que “su mirada era aguda y penetrante”.
Fue obligada a casarse con un aprendiz de herrero llamado Abraham Standerin, un hombrecillo con el que procreó la nada despreciable cantidad de cuatro hijos. Todos murieron a edad temprana, lo que resultó determinante para la futura predicadora quien, poco después, se negó a compartir el lecho con su marido, pues temía que si dormía con él, podía “despertar en el infierno”. Al principio, el bueno del señor Standerin se negó a aceptar la decisión de su esposa, pero, dado que no era un hombre de mucho carácter, terminó por ceder y no sólo eso, por extraño que pueda parecer: terminó por unirse al grupo de seguidores de Lee.

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Tras su “iluminación” en la celda, Lee empezó a predicar su evangelio, el cual era sencillo y atroz: la vida con Dios comienza con la confesión y se perfecciona por la negación de los deseos de la carne a través del celibato. Sus prédicas, que tenían a la sociedad y a la Iglesia por blancos frecuentes, le ganaron no pocas veces la prisión y violentos rechazos callejeros para ella y para su grupo, en el que militaba también su hermano William. Ante este clima tan poco receptivo, se decidió por probar suerte en América. Como tantos otros, antes y después de ella, se convenció que el Nuevo Mundo era el mejor lugar para fundar su utopía. John Hocknell, uno de los pocos miembros adinerados que había entre sus fieles, pagó el pasaje a Nueva York para Lee y sus ocho seguidores quienes, luego de tres meses, arribaron a América el 6 de agosto de 1774. Nadie, al verlos, hubiera podido sospechar que, literalmente, “traían la música por dentro”. Pero no nos adelantemos. Aún hay un par de cosas más por contar. La primera es que el buen señor Standerin se reveló, no como un convencido de la doctrina, sino como una vulgar víctima de la lujuria que su exesposa tanto combatía. Durante el transcurso del segundo año en suelo americano, Standerin trató infructuosamente de convencer a Ann para que compartiera su lecho. En un intento último y desesperado llevó a una prostituta al dormitorio y la amenazó que, de no ceder, se casaría con la meretriz. Lee se mantuvo firme y no accedió, tras lo cual el matrimonio se desintegró. Standerin (que ignoraba que es más fácil quitarle las armas a un árabe que convencer a una mujer decidida a no compartir el lecho) dejó la comunidad y se perdió en la noche de los tiempos.

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La segunda: por el tiempo en el que llegaron los shakers a Nueva York, se vivía un efervescente clima revolucionario, lo que hizo que los recién llegados de Inglaterra, que además realizaban unas prácticas extrañas, por decir lo menos, fueran vistos no sólo como raros, sino como conservadores y probritánicos. La verdad es que la política les era indiferente y no sentían simpatía alguna ni por los ingleses ni por los norteamericanos. Su reino no era de este mundo, pero, previsoramente, decidieron cambiar de residencia, aunque no de hábitos. Tiempo después, en pleno conflicto independentista, los shakers fueron nuevamente acusados de colaborar con el imperio británico y algunos de sus miembros fueron encarcelados.
Nada de esto impidió a la “Madre Ann” (como la llamaban sus seguidores) para continuar difundiendo su enajenada y enajenante prédica sobre la abstención sexual y la condena al matrimonio. Quizá por lo duro de los tiempos, quizá por ser un discurso tan imposible de llevar a cabo (como cualquier otro discurso religioso), muy pronto empezó a ganar adeptos. Sus seguidores estaban convencidos de que Madre Ann era capaz de curar enfermos con sólo tocarlos. Era la encarnación femenina de Cristo. Muy pronto llegaron a abarcar 18 aldeas pero, dado que no podían reproducirse, cada muerte mermaba sustancialmente a la comunidad. El suyo era un cielo austero, gris, silencioso, monótono, contrario al que un autor como Christian Bobin nos dice es el cielo de Jesús: “un cielo con árboles que vuelan, ángeles que danzan y peces que arden, un cielo impracticable, poblado por prostitutas, locos juerguistas, por niños que estallan en risas y mujeres que no vuelven nunca a casa: todo un mundo olvidado por el mundo y, súbitamente, festejado allá, en la tierra como en el cielo”.

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El primero de los ocho shakers originales en fallecer fue el hermano de Ann, William, lo que la sumió en una profunda depresión de la que ya no pudo salir. Sus últimos días los pasó sentada en una de las hermosas sillas mecedoras construidas en su comunidad,[1] entonando canciones “en lenguas desconocidas” y mostrando un total desapego por las cosas de este mundo que no era el de ella. Murió el 8 de septiembre de 1784. Fue enterrada en un sencillo ataúd de madera después de una “entusiasta” celebración en la que, como era su costumbre, cantaron ¡y bailaron! hasta caer exhaustos. Porque los shakers, a más de practicar la abstinencia sexual, construir hermosos muebles y de llevar una vida cuyo único objetivo era el de alcanzar la “perfecta simplicidad”, cantaban y bailaban para, según Gabrielle Brown, orientar “el deseo sexual hacia una nueva manera de expresión”, misma que la doctora Brown llamó: “la comunalidad del sexo”.
En su estudio sobre el celibato, la doctora Brown cita una canción shaker que, según ella, ilustra la forma de ver el mundo de los célibes bailarines:

Es el don de ser sencillo...
Es el don de ser libre...
Es el don de bajar donde debemos estar.
Y, cuando nos encontremos en el lugar adecuado...
Estaremos en el valle del amor y del placer.
Cuando alcancemos la verdadera simplicidad,
Nos inclinaremos y agacharemos... no nos avergonzaremos.
Dar vueltas y vueltas
Será nuestro deleite
Hasta que, dando vueltas y vueltas, nos lleguemos a convencer.

Y sí, eso hacían, ya en busca de la “perfecta simplicidad”, ya para escapar de su vida cotidiana, que debió ser triste y atroz: giraban y giraban. “La mayor parte de los intérpretes de esta actividad ‘giratoria’ –nos dice la doctora Brown– la ven como una técnica que los shakers utilizaban para ‘neutralizar el deseo del coito’ o bien como una liberación de la tensión sexual. La “danza’ se considera a menudo que posee un carácter orgásmico, un tipo de sexo comunitario nacido de la renuncia del sexo genital y que conduce a lo que Richardson denomina ‘una nueva sexualidad total polimorfa’”. Al girar, estos hombres y mujeres, jóvenes y muchachas, privados de toda forma de placer, hallaban, en la pérdida de referencias exteriores, un sentido de libertad que en la vida cotidiana les estaba negado. Si el contacto y la unión con el sexo opuesto les estaba negado, el baile, como bien apunta Cirlot en las líneas arriba citadas, podía “simbolizar” una unión, no sólo con el otro, sino con el universo. Tal como sucede en el sexo.

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Aunque bailaban, esta gente no era feliz. Por el contrario, llevaban una vida gris y triste. Tal como nos la describe un testigo de excepción: Nathaniel Hawthorne, quien visitó en compañía de su pequeño hijo Julian (de sólo cinco años), Herman Melville y otros amigos una comunidad shaker en 1851: “... decidimos llegarnos a visitar la aldea shaker de Hancock, que se hallaba a sólo cuatro o cinco kilómetros de distancia. No sé qué era lo que Julian esperaba encontrar allí –supongo que alguna rara especie de cuadrúpedo u otra cosa semejante–, pero, en todo caso, el término shaker lo indujo a una gran confusión: probablemente se quedó un tanto decepcionado cuando, al cruzarnos con un anciano vestido con un ropón y un sombrero grises de ala ancha, se lo señalé como un shaker. Este anciano era uno de los padres y jefes de la aldea y, guiados por él, visitamos su edificio principal: una gran construcción de ladrillo con instalaciones muy cómodas, y pisos y paredes de madera barnizadas y yeso tan finamente estucado como si fuera mármol: todo estaba tan limpio que daba pena tener que verlo, en especial sabiendo que no respondía a ninguna delicadeza o pureza moral auténticas en los habitantes de la casa”. El ojo educado de Hawthorne, que había padecido las durezas de ser criado por una familia puritana (su tatarabuelo fue uno de los jueces de los célebres juicios de brujas en Salem), detectó la dureza de esa vida, ordenada, limpia y vacía: “Los dormitorios de las personas de uno y otro sexo estaban separados por un vestíbulo, en uno de dichos lados estaban colgados los sombreros de los hombres y en el otro los de las mujeres. En cada habitación había dos camas notablemente estrechas, apenas con capacidad para un solo ocupante, en cada una de las cuales, según nos dijo el anciano, dormían dos personas. Carecen en las habitaciones de instalaciones para bañarse o lavarse, aunque en la entrada había una pila y una jofaina, donde tenían que realizar todos sus intentos de purificación”. A partir de esa línea la mirada del autor de La letra escarlata se vuelve no sólo crítica, sino condenatoria: “Este hecho muestra que su miserable pretensión de limpieza y pulcritud es mera superficialidad... que los shakers son, por fuerza, una pandilla mugrienta. Y está, además, esa total y sistemática falta de intimidad suya; esa costumbre de pegarse hombre con hombre, y la supervisión que ejercen unos sobre otros..., lo que resulta repugnante y odioso sólo de pensarlo”. Y no duda, él que era un hombre bello, pagano (aunque atormentado por la idea de la culpa y los pecados de los padres que debían expiar los hijos), en desear su extinción: “así que cuanto antes se extingan los miembros de esta secta, mejor...; un resultado que, me alegra oírlo, no tardará muchos años en producirse”.

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La visita, consignada en sus American Notebooks, a pesar de su brevedad, nos deja un excelente retrato de la comunidad, un retrato amargo, irónico y despiadado: “En las puertas de otras casas vimos mujeres cosiendo u ocupadas en otros trabajos, y daban la sensación de sentirse bien entre ellos, pero no muy diferente de como se sienten sus bestias de carga”. Nada escapa a su mirada de escritor: “Todas las mujeres parecen, además, pálidas y ningún hombre tiene un rostro jovial. Son, ciertamente, el grupo de gente más singular y problemático que jamás haya existido en tierras civilizadas; cualquiera de estos días, cuando su secta y su sistema hayan desaparecido, una historia de los shakers dará pie a un libro muy curioso”.
Hawthorne y sus acompañantes abandonaron por la tarde “el territorio de esos locos shakers”, y, al volver hacia su casa, equivocaron el camino, vagaron buena parte de la tarde y ya noche lograron volver a su casa. “Era una noche maravillosa, con una luna llena espléndida y sin nubes”, apunta Hawthorne poco antes de irse a la cama. Lejos de allí, seguramente los “locos shakers”, bajo esa misma espléndida luna, bailaban, giraban y giraban, libres por unos instantes, hasta antes de caer felices, agotados, una vez más, en su triste mundo en el que el baile, como forma de diversión, de representación de la cópula y como espectáculo, les estaba negado. Para un shaker, los hermosos versos que Luis Rius compuso para su esposa, la bailarina Pilar Rioja, hubieran resultado incomprensibles, cosa de otro mundo:

Podría bailar en un tablado de agua sin que su pie la turbase,
sin que lastimara el agua.
No en el aire, que al fin es humano el ángel que baila.
No, en el aire no podría, pero sí en el agua.



[1]A más de bailarines, los shakers se distinguieron por ser finísimos y dotados artesanos: sobresale la elegancia y sencillez de sus muebles, algunas de cuyas piezas son consideradas por no pocos como las más hermosas jamás fabricadas en los Estados Unidos.






Por Rafael Antúnez

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