Carta a mi hermana


Publicado porEditorial Graffiti el 18:19


Irene Méndez Hernández Palacios. Q.E.P.D.


(Irene Méndez 12 de septiembre de 1983 – 8 de junio 2010).
Alejandra Méndez Hernández Palacios
Dedicada a todos los hermanos que se han ido, y a todos aquellos que hemos tenido que seguir…
Dentro de unos días, será tu aniversario luctuoso y el dolor permanece intacto … Te cuento que desde el 8 de junio, el imborrable 8 de junio de 2010, la cosa en México sigue igual, la sangre corre por las calles, mientras que el glitter y los tacones asesinan la sensibilidad, la congruencia y la justicia social. Hemos aprendido a vivir sin ti, a pesar de los días que precedieron a tu muerte en los cuales el mundo pareció detenerse y tornarse casi inhabitable, tomamos fuerzas de las profundidades de la lectura (hablo por Ester, Luis y por mí, Beti tomó fuerzas de su lugar “celestial”) para volver a vivir. ¿Volver? Sí, volver, también nosotros morimos con los seis balazos que atravesaron tu cuerpo. Nuestro padre, no se lo he dicho a nadie, estoy segura de que los recibió todos en el corazón, la acuosa mirada que se esconde tras su triste sonrisa lo dice. En las entrañas, el corazón y la cabeza nuestra querida madre guarda aún las balas. Yo creo haberlas recibido en los ojos, pues desde que te fuiste ya no veo la vida de la misma manera. He dejado de llorar por todo; es más me cuesta trabajo soltar un par de lágrimas. No lloro, pero sí río mucho, disfruto la vida y amo intensamente. ¡Cómo tú lo hacías! 
De tus asesinos poco se habla, optamos, o por lo menos yo opté, por enterrarlos el día que depositamos tus cenizas; no busco sus rostros en la calle ni me torturan en sueños sus posibles siluetas. Me costó trabajo, pero logré no sentirme culpable de tu muerte, debí protegerte, mi pequeña hermana. Unos días después de tu asesinato, papá me abrazó muy fuerte y me susurró al oído: tranquila, tú no podías salvarla. Papá siempre logra saber mis secretos, y esa vez a diferencia de otras me sentí aliviada de que los supiera.
Poco a poco los gritos, tus gritos desesperados que luchaban en mi cabeza,  fueron tornándose en risas y carcajadas; y las manchas de sangre que tiñeron el asiento de tu “blanca nave” se fueron convirtiendo en recuerdos gratos de nuestra fantástica niñez: nuestra estancia en Nueva York, nuestras noches en El Vigía, donde bailábamos a la luz de las velas mientras mamá tocaba Para Elisa; la tarde en que recibimos emocionadas a Beatriz y el día en que descubrimos que tenía síndrome de Down; la insensatez de sabernos princesas y poder tejer historias en el telar gigantesco que presidía la sala…
Poco a poco regresamos a la vida, dejamos de ver pasar a los transeúntes y nos sumergimos en las calles, probamos de nuevo el vino, y los placeres terrenales, aprendimos a vivir con este millar de alfileres que de vez en vez se entierran más profundo y otras veces uno que otro vuela.  En fin, mi pequeña hermana, somos felices, la familia crece, hay nuevos amores y nuevas alegrías en casa.
En fin, mi pequeña hermana, dentro de unos días se cumplirán cuatro años  de tu asesinato y el dolor permanece intacto.

Con amor
Alejandra

San Juan Copaliyal, mayo de 2014.

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