Nostalgia por Eli Wallach (1915-2014)


Publicado porEditorial Graffiti el 18:17

Elli Wallach y Clint Eastwood
Pocos actores tan emblemáticos como Eli Wallach, quien además de encarnar a Tuco de la cinta El bueno, el malo y el feo de Sergio Leone, fue uno de los magníficos y además don Altobello en El Padrino. Demasiada leyenda para sus 98 años pero Wallach tenía  años de estar en el Olimpo fílmico. Juan Javier Mora-Rivera evoca su trayectoria y lo despide con un emotivo y lúcido homenaje.
Casi ninguno de los personajes que interpretó era un modelo a seguir: Polanski lo vuelve un lugareño bastante chismoso e intrigante en El escritor fantasma (2010); en Río místico (2003), Eastwood lo muestra junto a Kevin Bacon y Lawrence Fishburne y en segundos les roba la escena: es el dueño de una licorería, cuya virtud no es la memoria impecable sino el rencor sinfín para con los malogrados jóvenes que ha tenido como empleados. Posiblemente con quien menos lidió John Huston en Los inadaptados (1961) fue con él, pues su discreto papel sólo tenía como dificultad enfrentar a Monroe y Clark, en el papel de Marilyn y Gable, en el peor momento actoral de ambos. Al inicio de su carrera figuró al lado de Steve McQueen y Charles Bronson en Los 7 magníficos: personifica a Calvera, el octavo magnífico, el cabecilla de la banda que asedia al pueblo de agricultores que será liberado por el grupo de mercenarios inspirados en el film de Kurosawa. Trabajó bajo las órdenes de Elia Kazan, Don Siegel, Aaron Sorkin, Oliver Stone y William Wyler. En Batman, la serie televisiva, personifica al primer Mister Freeze, sumándose a una lista legendaria de villanos que incluyen a Joan Collins, Zsa Zsa Gabor, César Romero, Burgess Meredith y Vincent Price. Después tuvo pequeños papeles en Kojak, La ley y el orden, ER y prestó su voz para varios documentales. Sin embargo, para recordarlo sólo hay que nombrar alguna de sus dos interpretaciones más célebres: El Feo de El bueno, el malo y el feo de Sergio Leone y Don Altobello, el maquiavélico enemigo de Michael Corleone, de El padrino III. Casi centenario, a los 98 años Eli Wallach murió el pasado 24 de junio.
Adicional a su capacidad para perfilar un personaje bajo el método –además de ser destacado alumno del Actor’s Studio–, Wallach tenía como recursos la mirada y la gesticulación, muchas veces exageradas pero sin duda efectivas y singulares en él. De ahí que Francis Ford Coppola en El Padrino III supiera siempre que sin Wallach no tendría al villano perfecto para el final de su trilogía. Nadie como el actor de ascendencia polaca para personificar a un aparente e inofensivo anciano mafiosi que finge no entender nada de la última guerra contra la familia Corleone, en su afán por volverse honorables. Entonces resulta efectiva la parafernalia de ademanes aprehendidos a los italianos de su barrio cuando niño. Wallach no sólo canta con perfecto acento rimas sicilianas y engaña en cada escena al negar el origen de las amenazas para Michael Corleone, sino que pareciera sufrir de senilidad repentina cuando se siente descubierto. Sólo su mirada esconde la pista que permite al espectador atisbar sobre el cerebro detrás de las conspiraciones: la escena clave la da con Andy García, quien debe presentarse ante Wallach para fingirle lealtad y entregarle a Al Pacino. Mientras García dubita en el primer plano de la cámara, al fondo la mirada triunfante de Don Altobello brilla: es Fausto entregando al diablo un alma de los Corleone para la gloria de los infiernos…
Sin embargo, la muestra más notable de su talento para contar la historia a través de los ojos es evidente en El bueno, el malo y el feo (1968) [en el cine de Sergio Leone el mejor ejemplo es Érase una vez en el Oeste (1966), donde la mirada concentra todos los recuerdos: el pasado como trama se abre y cierra con los mismos ojos, los de Armónica (Charles Bronson), casi inexpresivos, detenidos en un tiempo preciso en espera de consumar la venganza –tengo la impresión ahora de que Wallach fue considerado por Leone para esa cinta, en el papel de Cheyene. Sin embargo, la misteriosa parsimonia de Jason Robards era también única y distaba mucho del carácter de El Feo].
Wallach, físicamente, no da el porte de un mexicano y habla muy mal español (durante la filmación se entendía con el director Leone en perfecto francés, pues ambos desconocían el idioma del otro). Sin embargo, su interpretación resulta en un personaje fascinante, se conozca poco o mucho a nuestro actor. Resulta difícil admirar a un tramposo, mañoso, santurrón y cínico ladrón como El Feo –alias Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez–, pero Wallach lo dota de un carisma sólo comparable al Blondie de Clint Eastwood, y mientras Sentenza o Angel Eyes (Lee Van Cleef) la mayor de las veces es despreciable, traicionero, despiadado, sin pizca de escrúpulos, Tuco mantiene una ingenuidad en ciertos momentos que conmueve, lo que permite establecer casi una “amistad” con Blondie, a pesar de las mutuas celadas infligidas. De ahí tal vez la explicación de que en Italia y España el personaje de Wallach sea nombrado en segundo término y no al final del título del film, a diferencia de México.
Así, la mirada y los gestos resultan fundamentales en el trabajo del neoyorkino, en particular en tres de las escenas cumbres de El bueno…: durante la golpiza que le manda a propinar Angel Eyes, la mirada de Tuco es el dolor mismo; en el duelo final, los únicos ojos que dudan y trasmiten angustia ante la inminente muerte, en medio del canto de los cuervos y las trompetas con sordina, son los de El Feo… Pero ninguna se compara a “El éxtasis del oro”: Tuco llega por fin al cementerio semicircular para tratar de encontrar la tumba de Arch Stanton, donde supuestamente están escondidas las cuatro bolsas que suman 200 mil dólares en oro. El mexicano mercenario es impulsado sólo por su mirada y la precisa música de Ennio Morricone; los ojos hechizados le elevan de un punto a otro dentro del anfiteatro, sorteando perros asustados, tierra moribunda, cruces y pedruscos, en medio de una soberbia sinfonía de ambiciones, donde el coro lo integran cientos de tumbas acomodadas con sobriedad espartana. La mirada brinca, busca más allá del horizonte, no desea estar quieta: se sabe a un paso del triunfo. Pasados tres minutos, la cámara fija un primer plano vacío y espera… Ahora el rostro de Wallach se posa y busca sus ojos. La mirada evoca al enamorado que ha encontrado a su amada con tan sólo imaginar su nombre; ahora ese hombre se sabe dueño de un corazón que ansiaba con toda su alma. Y esa mirada se llena de paz, la paz que da al bruto Tuco encontrar su tesoro áureo. Casi podría semejar una metáfora de la búsqueda del amor.
Uno de sus últimos papeles, en El descanso (2006) de Nancy Meyers, era una especie de guiño sobre la imagen que tal vez muchos podrían tener de Eli Wallach hacia el final de su carrera: Arthur Abbott, un guionista que se cree olvidado a pesar de haber formado parte de la época dorada de Hollywood, se rehúsa a asistir a una ceremonia de homenaje en su honor. Cuando Abbott llega a la ceremonia con Iris (Kate Winslet), para sorpresa del guionista la sala luce llena y el público de pie aplaude sus logros, tal como sucedió con Wallach cuando recibió el Oscar honorífico de manos de Clint Eastwood y Robert de Niro por su exitosa trayectoria en 2010. Wallach siempre estuvo convencido en vida de la trascendencia de su actuación y sus personajes, entendiendo así que uno de ellos se volviera sinónimo de él mismo. No es gratuito que su biografía no consigne su nombre y en su lugar evoque a su más memorable interpretación: El bueno, el malo y yo: en mi anecdotario.
Los personajes interpretados por Eli Wallach posiblemente no eran un modelo a seguir, sin embargo, creo, no cualquiera hubiera podido darles vida como él lo hizo: volviéndose ellos, y ellos trascendiendo su nombre.

Por Juan Javier Mora-Rivera

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