Después de Villa: algunas cantinas viejas de Xalapa


Publicado porEditorial Graffiti el 12:42

Interiores de La Chiripa
De las mal vistas pulquerías al auge de las cantinas en el periodo posrevolucionario, que abarca hasta la década de 1950, Xalapa conoció un tiempo en que estos bebederos aventajaban por mucho a los centros escolares. Josué Sánchez se dio a la tarea de recorrer la ciudad en busca de su historia. Estos son los vestigios de algunos de sus hallazgos.
Me di a la tarea de conocer las cantinas viejas de Xalapa y visité cuatro de ellas. Pero aquí no hubo un desfile por largas barras de cedro, amplios espejos rematados con filas de botellas ni ambientes melancólicos que resguardan parroquianos acodados como cuervos sobre mesas. Si hablamos de las cantinas de esta ciudad primero debemos recordar las pulquerías.
Entre 1875 y 1876, el Ayuntamiento de la ciudad emitió una carta donde se especifica, a modo de inventario, algunos de los signos sobre su progreso mercantil. La mención de “5 cafés o cantinas […] y 2 pulquerías”, gracias a su imprecisión eufemística, demuestra más una denuncia contra aquellos dos escandalosos lugares donde la rúbrica era el piso cubierto de aserrín, los banderines prendidos de las vigas en el techo y los tinacos. Asimismo, el “Índice General del Fondo Documental México Independiente”, el cual inicia en 1837 y se interrumpe hasta 1912 con la llegada de la Revolución, no contiene registro alguno sobre cantinas en la capital de Veracruz.
Es hasta las décadas de los años 30 y 50 del siglo XX cuando se da un auge en el consumo de alcohol atribuido abiertamente a las pulquerías que, en cuanto a lo que registros oficiales toca, rebasaban el número de cantinas en la ciudad. Nombres como Las Glorias de un Torero, El Costalazo, El Farolito, El Temblor, La Luna, La Estrella, El Sol de Enfrente, La Muralla y El Tinacal eran la moneda de cambio entre los bebedores de la clase popular xalapeña. De aquellos sitios sólo permanece La Jabalina, al final de la calle Miguel Alemán, cerca de la zona de Los Lavaderos en Ruiz Cortines. El lugar toma el nombre de la hembra de jabalí que los dueños criaban en el corral dispuesto a un lado del establecimiento. Es entonces, durante los años de esplendor de las pulquerías en Xalapa, cuando comienza a cobrar fuerza otra historia, la de las cantinas.
Una de las más viejas es El Club de Artistas, fundada en 1933 por Néstor Morales. Ubicada sobre la avenida 20 de Noviembre, poco antes del cementerio antiguo, se reconoce enseguida por el color crema de su fachada y las puertas vaivén que la adornan. La humedad, la luz de plomo que entra por los dos tragaluces, el color púrpura de las paredes y el sonido de los autos que pasan por la avenida, le dan al sitio una nota final de decadencia. Por último, una barra de madera de más o menos tres metros de largo es la trinchera desde donde Joaquín Morales, hijo del fundador, atiende.
El ambiente de la cantina me invitó a respirar algo derruido. La rockola del fondo no funciona y, como si fuera un efecto premeditado, el sonido de los autos sobre 20 de Noviembre y la franja de cielo que se percibe por encima de las puertas de la entrada, se acentuaron y me hicieron pensar en que, si tuviera que mencionar un lugar que resumiera el sentimiento de la humedad xalapeña o una sensación como de descansar dentro de una caja para muertos hecha de vidrio sucio, El Club de Artistas sería la primera referencia. Este es un sitio para deprimirse y beber cerveza involuntariamente y, aún así, pagar, con una especie de gusto, por ello.
El nombre fue atribuido al sitio por su tradición, instituida entre los clientes habituales, de rebautizar con apodos a los demás parroquianos. Cuestión que se agravó cuando el cine mexicano cobró más fuerza: por aquí estaba Cantinflas y Pedro Infante y por allá María Félix y la Vitola.
Mientras La Jabalina y El Tinacal se dedicaban a servir pulque en “catrinas”, una especie de vaso de vidrio, entre gorditas y pico de gallo, en El Club de Artistas se servían canelas, burros y otros licores de hierba para los cargadores que volvían o apenas iniciaban su jornada de trabajo en el mercado Jáuregui. La cantina, en aquel entonces, abría desde las 7 de la mañana. Intenté beber uno de aquellos licores y entendí por qué me gusta tanto la cerveza.
Otro bar viejo es La Frontera, abierta desde 1949. Nada más entrar uno se topa con un establecimiento de dos piezas donde una de ellas sirve a modo de bodega donde se amontonan mesas y demás cosas inservibles. En cambio, en la pieza principal hay una pequeña barra de madera de pino y cuatro mesas redondas de granito. Contra la pared detrás de la barra están las botellas de los preparados de nanche, mango, hierba buena y otras frutas de la región. Las demás paredes están adornadas con pósters de modelos desnudas de los 80 y un retrato de Benito Juárez.
No se puede saber mucho de La Frontera; el dueño prefiere no hablar. Lo que sí se entiende es que el sitio no alcanzó a causarme repulsión o gusto. En cambio, sentarse con la intención de beber una cerveza me hizo sentir un tanto primitivo por el material de las mesas y lo pequeño del lugar. El ambiente callado y como de mina alumbrada por un escupitajo de Dios, sólo contribuye a que si quieres que alguien nunca te encuentre o que te siga, lo mejor es acudir a este cantina. Digo esto porque no es un sitio ni para beber o hablar, sino para jugar a ser piedra.
También visité La Chiripa, una cantina activa desde 1930. Ubicada a un lado del mercado Galeana, sobre la calle Francisco I. Madero, el lugar ostenta en las paredes de la primera habitación tres dibujos de mujeres chinas desnudas, una foto de Pancho Villa, otra de Emiliano Zapata y demás pósters ochenteros de modelos en topless. La barra, dividida a la mitad a modo de pasillo y flanqueada por rejas de malla ciclónica pintadas de azul cobalto, lleva a la segunda habitación donde, aparte de cinco mesas de plástico y un altar a la Virgen de Guadalupe, no hay más. La última nave de La Chiripa mide casi seis metros de largo y funciona como ballroom las noches de los sábados, cuando es común que los clientes llenen las tres habitaciones.
Aquí se respira algo más grande que el lugar mismo, algo que bulle entre lo percudido de los colores de la pared y un ambiente ranchero que te atenaza a tu silla y te va influyendo ideas de lo bien que te verías bailando junto a las meseras vestidas con blusas color magenta. A primera vista pensé que el sitio tenía por virtud el ser un hoyo pintoresco, pero dejó de ser ambas cosas cuando, a medida que pasaba el tiempo, las canciones en la rockola, los colores y las caras de los retratos y fotos, comenzaron a parecerme familiares, socavadas de la voluntad de impresionar al turista. Uno se siente extrañamente en casa dentro de La Chiripa.
Fue difícil conseguir información sobre esta cantina porque en las pasadas elecciones para alcalde el cuerpo de meseras junto con el cantinero fueron despedidos. Pero la nueva gerente sabía el porqué del nombre de la cantina: en una borrachera, allá por los primeros años de la década de 1930, los antiguos dueños bautizaron el lugar con un nombre inteligente, atractivo, al que llegaron “por chiripa”, aunque nunca lo anotaron y prefirieron usar por nombre el método con el que lo obtuvieron.
Aquí también se inicia otra pesquisa donde lo que se insinúa es que las cantinas más antiguas de Xalapa pertenecen a una época posrevolucionaria. El otro sitio que tiene fama de existir desde entonces es La Naolinqueña, ubicada apenas a unas cuadras de La Chiripa, sobre la misma calle y en dirección a 20 de noviembre. El bar sólo conserva de los años 30 un piso de un desgastado color aguamarina que apenas se alcanza a distinguir entre las resquebrajaduras del cemento de su piso actual. En resumen, La Naolinqueña me causó curiosidad, incluso morbo, sólo por saber que era vieja aunque en realidad es un sitio como cualquier otro.
Sé que se podrían mencionar más cantinas, pero no alcanza aquí el espacio para todas. Por ejemplo, el bar del Hotel México, ubicado en contraesquina de la Plaza Lerdo, el Casino Español que data de 1905 y se encuentra sobre la calle de Gutiérrez Zamora, el Chico Julio en Victoria y Azueta y El Submarino, fundado en 1917 y ubicado en la esquina de Alfaro. Este último sitio merece mención aparte al ser una de las cantinas más atractivas de Xalapa desde su fachada. Ahí, resaltan las pintas donde se prohíbe la entrada a “apestosos, burócratas o servidores públicos corruptos” y se da barra libre a “El Alcalde, El Gobernador, El Peje y El Sub”. En este sitio se puede disfrutar de la bebida tradicional, los mojitos, en un ambiente donde el ruido y la fiesta se confunden entre más de 15 mesitas de madera y las proyecciones sobre la pared de conciertos de Manu Chao o Enrique Bunbury. El Submarino siempre me pone en sintonía con un ambiente estudiantil entre chairo, amargo y de mucha vagancia, un punto de partida para que empiece o acabe la noche en un ilusorio sinfín de posibilidades. Cuando llego a esta cantina pienso en un perro corriendo en círculos con la intención de morderse la cola: divertido aunque monótono. 
Por último, hay más cantinas escondidas sobre la avenida Lázaro Cárdenas e incluso compañeras igual de viejas que las de Xalapa, como La Estrella de Oro o el bar Godínez, en el cercano pueblo de Coatepec. Hace falta tiempo y dinero para recorrerlas, la disposición sobra.
Algo más es seguro: las barras de cedro y la gala de lo umbrío son dos cosas extraviadas en una de las capitales más famosas del sureste mexicano. Aquí se bebe desde otra fiesta.  

Por Josué Sánchez: Narrador, egresó de la Facultad de Letras Españolas de la UV. Gusta de la salsa macha.


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