Nahui Olin en Nautla*


Publicado porEditorial Graffiti el 12:34

Nahui Olin, desnuda
De Felipe Sánchez Reyes presentamos un adelanto del libro Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin que en breve estará circulando bajo el sello editorial del Ivec. En este fragmento, el autor aborda el viaje de la pintora y musa mexicana más famosa de los años veinte a la Barra de Nautla, Veracruz, en compañía del fotógrafo Antonio Garduño y el empresario Enrique Bert.

El 18 de marzo se estrena la revista No la tapes, donde debuta Lupe Vélez, semidesnuda, imitando a las artistas. Causa aglomeración en la pasarela con su cuerpo fino que rompe con la figura rotunda; pasa de cajera a primera tiple del Lírico y luego a Hollywood. Las vicetiples, periodistas y escritores ensayan en el Café Madrid y El Globo los ritmos de moda: tango, shimmy y fox-trot, que gusta más.
Ella, como Antonieta Rivas Mercado, asume estas novedades. Por el día deambula libre por los lugares de moda, por la tarde aborda el auto que la lleva al hipódromo de La Condesa, por las noches da el espectáculo de las pantorrillas con el charleston y el jazz en los dancings. Apaciguada su pasión por el volcán, enmudece su pluma, recupera cartas, libros, retratos, pero descubre que él guarda una copia de sus escritos que publicará en Gentes profanas en el convento.
Adorna su cabello corto con cintas o sombrero de campana que resaltan su cutis bronceado y ojos verdes, con pestañas negras. Sus labios rojos desatan la pasión. Los largos pendientes y el collar de perlas, sus hombros descubiertos y guantes enfundados hasta el antebrazo declaran su sensualidad. Pasea su belleza con orgullo por las calles, fumando cigarros con boquilla Elegantes, de El Buen Tono. Camina sensual, seductora con vestidos cortos que muestran sus piernas y pantorrillas, cubiertas por medias negras de seda y zapatos de pulsera que desatan el deseo de los hombres.
No teme a la sociedad que estremece, ni al ultraje verbal de los machistas ni a las canciones irónicas de Mexican Rataplán: Con la falda a la rodilla/ se ve la pantorrilla/ y buscan ellas la ocasión,/ lo mismo la soltera,/ la viuda y la casada,/ al hombre llamar la atención/ […].Ya pelonas no volveremos/ a encontrar/ que nos llamen la atención,/ todas, hábitos/ y mantos usarán,/ se acabó la tentación.
Su vestuario y comportamiento refuerzan su emancipación y agresividad contra la mojigatería. No demanda, asume su autonomía sexual femenina, encarna a la joven varonil, a la nueva mujer que se despoja de las vestiduras de monja por un ser de carne, hueso y deseos reales con una vida sexual activa. Representa al mismo tiempo el odio y la admiración, la autosuficiencia y libertad que tanto temen los hombres, porque avanza con audacia, mete miedo en sus ojos y corazones temerosos, pero les fascina su igualdad frente a ellos.
Se pertenece a sí misma, vive el presente y el amor libre con un joven: van al cine y al toreo –Oaxaca y Durango–, a la feria y al circo, a las salas de baile y espectáculos; disfruta todo y lo plasma en sus cuadros. Vive al día, gasta lo que gana, mas no le importa; sí defiende ferozmente su independencia. No desea poseer casas o dinero como sus familiares, ni les da el valor material a las cosas, lo que posee le parece suficiente y afirma:

Yo no soy rica
hago
trampas
a las
personas
de dinero
que se
molestan
al dar
tanto dinero
para ser ricos
de amor
como yo
Yo hago trampas fácilmente
a las personas
de dinero
vistiéndome
con gusto
sin
un céntimo
yo no soy rica
pero engaño
a la vida […]
yo soy más rica que ellos
al tener
todo
sin
un
céntimo.[1]

Publica, en noviembre, Nueva orientación en el dibujo, en el que difiere del método de Adolfo Best Maugard y propone, como experta docente en la Escuela Técnica Industrial Doctor Balmis, uno nuevo para los maestros de dibujo. Platica con Anita Brenner acerca de su ruptura, de sus relaciones amorosas y conflictivas con Atl, a quien no olvida y visita de vez en cuando. También la acompaña ante Weston para que pose desnuda y le haga 15 negativos: de rodillas y con la cabeza oculta en su pecho; erguida o con las piernas abiertas y el rostro de perfil.
En la semana santa de 1926, viaja a Nautla con Enrique Bert, hombre de negocios y dueño del automóvil en que se desplazan, y Antonio Garduño –fotoperiodista y pictorialista que somete a retoques las imágenes difuminadas–, con el fin de captarla desnuda en la playa. Salen de la ciudad, visitan Teziutlán donde los reciben el industrial Zorrilla y el hacendado Guerrero. Descienden a Tlapacoyan, visitan al italiano Rosendo Montenegro que se une a la excursión con un camión que lleva el hielo para Natura Beach y una banda de jazz, que lanza sus notas por el viento de la boscosa región. Cenan en Martínez de la Torre e improvisan una fiesta con la banda musical.
Continúan su viaje, pero el auto se atasca en las sabanas de El Pital. Mientras lo arreglan, Garduño captura con la lente su rostro triste con pelo corto, sus pestañas largas que enmarcan los ojos verdes, labios rojos y falda corta con botas y, a su lado, dos hombres, el carro y peones. Cuando llegan a la playa de Barra de Nautla, se ponen trajes de baño y disfrutan los rayos del sol. Garduño y Bert preparan sus cámaras, posa complaciente, luego se sumerge en las olas:


En la playa
me gusta
tanto ir
a respirar
el olor
del mar
donde nado
con los rayos
del sol
sobre el agua
es una
nueva
estación
de vida
para
mi
cuerpo
mi espíritu […]
mis ojos
toman
todos los reflejos
y colores
que me visten
y cuando…   me baño
son…         mis ojos
dos
mares
acurrucados
uno
en
el otro.[2]
Reemprenden el camino hasta el río Chumando, donde Garduño la capta en prenda de baño: de pie sobre un tronco, su rostro otea en la lejanía, como ninfa excitada, al amante; sus brazos, piernas y muslos espléndidos se confunden con las ramas gráciles y sensuales como ella.
Luego en la playa de Nautla la retrata desnuda. En una foto la nereida surge del oleaje sensual de la espuma que la obsequia a los hombres. Se sienta en el agua, pero al verla indecisa sus hermanas se le acercan, no la dejan marchar del todo, la acompañan, juguetean divertidas, le golpean la espalda, la empujan a la orilla, se escurren y vuelven. Se deleita con ellas cuando se frotan a su cuerpo, les sonríe, las acaricia y apresa en sus manos, pero huyen para no ser arrojadas del océano como ella. Cuando menos lo espera la abandonan, se queda sola y la lente la captura reteniendo la arena entre sus dedos húmedos.
En otra, con la piel brillante se recuesta de perfil en la arena. La criatura acuática, arrojada del paraíso, tiende desvalida su espalda quebrada. Eleva un brazo, cuya línea sinuosa desciende del hombro a la cintura de violoncello, sube a su cadera curvilínea, a la grupa erotizada, redondeada, reluciente. Absorta contempla a las mujeres-ola que llegan en cadena, la acarician y se alejan presurosas. Se retuerce sensual la ondina elástica y evita mirar de frente al fotógrafo, porque sabe que su mirada hechiza, su cuerpo sofoca y sus brazos ahogan de amor.
En otra pose seductora, la mujer-ola se para de perfil, flexiona las piernas, muslos, glúteos redondos y envolventes de Venus calipigia. Arquea su cintura y espalda, impulsa su cuerpo ondulante hacia atrás, luego dirige el rostro, la mirada hechicera, sugerente y lasciva a la lente del fotógrafo, le ofrenda sus labios ansiosos, el cuerpo insaciable y sensualidad primigenia. La violable nereida baña en luz de plata lunar su vibrante blancura, el pálido azul corre por las venas de sus brazos que ansían y prodigan caricias.
Terminada la sesión regresan. Se atasca de nuevo el coche en una brecha, pero no desciende, sino que contempla con sus grandes ojos y sedosas pestañas las labores para sacarlo del fango. Los envuelve la oscuridad: ella duerme adentro y ellos en la tienda de campaña, rodeados de tigrillos y serpientes. Retornan a Teziu-tlán, a Perote, a la estación del tren y a la soledad desesperada del andén. Aborda el pullman, se interna por el pasillo entre huacales y animales, el tren avanza y sus amigos tras el cristal se transforman en un punto en la lejanía.
En julio de 1927, la revista El automóvil de México publica un reportaje del periplo a Nautla. Colabora con una nota y tres caricaturas sobre los incidentes del viaje, aunque en la nota del siguiente número niegue su autoría, mas no la de sus dibujos; Bert, con un texto e imágenes; y Garduño, con un fotorreportaje y un desnudo de ella que enardece a los lectores y anticipa los posteriores, en su estudio de la calle de Madero, para la exposición de septiembre.

*Fragmento del libro Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin que en breve estará circulando bajo el sello editorial del Ivec.


[1] Nahui Olin, “Je ne suis pas riche”, en Calinement je suis dedans, pp. 107-109.

[2]A la plage”, ibid: pp. 40-41.

Por Felipe Sánchez Reyes


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