Santos es ñonga


Publicado porEditorial Graffiti el 14:18

Qué Playboy ni qué nada, El Santos trae en exclusiva a la ganadora del debate [El Santos  vs. La Tetona Mendoza]
Es placentero, y por supuesto catártico, ver a los personajes que crearon en La Jornada, Jis y Trino, trasladados al cine en la película El Santos vs. La Tetona Mendoza, dirigida por Alejandro Lozano y Andrés Couturier.
Reconozcamos que el éxito de los monos de El Santos y la Tetona Mendoza fue un shock de culto: sorprender a todo el ambiente comiquero con su humor desparpajado, que no respetaba a ningún personaje de la política, la cultura, el deporte o el espectáculo. 
Mientras que en la propia La Jornada leíamos unos cartones críticos pero habría que aceptar que correctos en su forma (Helguera y El Fisgón, entre otros), las tiras de Jis y Trino fueron iconoclastas en más de un sentido. Nunca tuvieron formulismos ni empacho para pitorrearse de temas de moda o para incluir sin justificación alguna temas de franca referencia psicodélica –pienso en este caso en los alucines de peyote o en los viajes con la bacha de yerba más potente.
Y es que en el contexto de una cultura mexicana, sacralizante en su lenguaje moderado por las buenas costumbres de la televisión conservadora, las caricaturas de Jis y Trino resultaban liberadoras de un corsé impuesto y acordado silenciosamente en el resto de los mass media, que entre Gobernación y la autocensura, no permitían la proclama vocinglera de las groserías.
Lo más curioso de esta subversión, es que Jis y Trino parecían no hacerlo a propósito, o más bien, que no era su deliberado objetivo. Era demasiada espontaneidad para trazarse una meta tan específica a los ojos de unos cartonistas que sólo intentaban echar desmadre –por ejemplo, han confesado que Las Poquianchis del Espacio son un homenaje a las amigas de sus mamás, que dicho sea de paso, quedaron complacidas con la sátira.
La escatología con que montaban sus tiras provenía de chistes cebos o de una escritura automática que nada más reflejaba una esgrima de puntadas alternadas, en donde Jis dibujaba un cuadro y Trino le contestaba con otro y así hasta concluir en epílogos inconexos en donde ninguno de los dos ganaba o prevalecía.
Eso le dio muchísima frescura a sus pachequeces. Demasiada loquera para quienes registrábamos un sube y baja telúrico que no conducía más que a la irrupción de la mamada.
Por ello no me convence redondamente del todo la película. Sí, hay que aceptar el tremendo trabajo de producción que calca a pie juntillas la atmósfera santiana y tetoniana. Como dicen por ahí, no traiciona la película el aire ni el concepto que gira alrededor de la tira –genial el Tetonas Palace. También habría que subrayar que el carácter de cada uno de los personajes es perfecto (sublimes El Diablo Zepeda y El Charro Negro). Puedo imaginar muy bien las voces de los personajes sin restar la explosividad de cada silueta publicada en los periódicos impresos.
Pero lo que me provoca un difícil tránsito del cómic a la pantalla grande es la extensión de la trama donde los zombis medio la hacen como telón de fondo. Lo que pasaba con el espontaneísmo de la tira es que no utilizaba más allá de veinte cuadros, en donde Jis y Trino intercambiaban ocurrencias sobre tópico cualquiera: el Santos viendo una revista –Playboy, claro está–, oyendo ópera o jugando una cáscara. Luego, sin tanta explicación –o, más bien, ni una–, venía un alambicado vuelco con situaciones tontas e inesperadas.
La película tiene de sobra dichas puntadas, sin embargo el mantener un eje central disminuye el punch de las tiras con el timing de los albures que implican rapidez. Hay secuencias que se alargan como esa que tiene de fondo la música de Rocky.
Carlos Monsiváis los describió al dedillo, con ese humor cábula que tiene sus raíces en Doña Borola de La familia Burrón, Hermelinda Linda y Aventuras de Aniceto pero también con fuerte vertiente en el cómic contracultural de Robert Crumb. Ahora en su trasplante al cine, al Santos le cobra el derecho de piso un lenguaje que de origen no era el suyo. De todos modos su escatología, aun con su desfase de quince o veinte años, mantiene al Santos como un personaje incómodo para los manuales de Carreño que por ahí subsisten.

El Santos vs. la Tetona Mendoza. Director: Alejandro Lozano y Andrés Couturier. Con: Daniel Giménez Cacho, Regina Orozco y José María Yazpik. Duración: 93 minutos. México, 2012.



Por Raciel D. Martínez

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