Hopper


Publicado porEditorial Graffiti el 18:20


Digresión filosófica
Hace ya una década, Mark Strand publicó un pequeño y hermoso volumen titulado sencillamente Hopper. Era, más que un libro de crítica, la lectura que un poeta hizo de un pintor. Strand se aventuró en una treintena de sus más famosos cuadros. Con una escritura nítida, meticulosa, y a la vez elusiva, densa y evanescente, Strand expone en Hopper su interpretación sobre lo que los espacios, las escenas, las personas de esa insólita y aparente cotidianeidad pintada por Edward Hopper nos ofrecen. Una cotidianeidad que, sin embargo, alcanza las alturas de lo inolvidable y de lo conmovedor.
Prefacio
Cuando decidí escribir sobre los cuadros de Edward Hopper no sólo tenía la intención de exponer mis ideas, sino también de rectificar aquellas que percibía como interpretaciones erróneas propuestas por otros críticos de su pintura. La mayor parte de lo que se ha escrito trata de evitar la pregunta esencial sobre el por qué personas tan distintas son afectadas de formas tan similares cuando se encuentran en presencia de su obra. Mi enfoqué al afrontar la cuestión –y otras relacionados con ella– ha sido esencialmente estético. Estoy más interesado en la presencia de las estrategias pictóricas que en la presencia de aspectos sociales en la obra de Hopper. Es evidente que sus pinturas representan un mundo que, aparentemente, parece distinto del nuestro. La satisfacción o las dudas ligadas a los cambios de la vida estadounidense en la primera mitad del siglo XX no pueden, por sí solas, explicar la intensa reacción que estos cuadros suscitan en quien los mira. Las pinturas de Hopper no son documentos sociales, ni alegorías de la infelicidad o de otros estados de ánimo que se puedan aplicar con igual imprecisión a la paleta sicológica de los estadounidenenses. Creo que los cuadros de Hopper trascienden la apariencia del hic et nunc y colocan a quien los observa en un espacio virtual, en el que predominan el influjo y la abundancia de sentimientos. Mi lectura de ese espacio es el argumento de este libro.
Digresión filosófica, 1959
En Digresión filosófica un hombre, visiblemente atormentado, está sentado en el borde de una cama sobre la que yace de espaldas una mujer, con las nalgas y las piernas descubiertas. La luz que entra por una ventana abierta queda impresa sobre el piso a los pies del hombre y sobre la pared detrás de la cama. Cerca del hombre hay un libro abierto. No hay duda que se está desarrollando una historia, pero a diferencia de la mayor parte de las pinturas que he examinado, no se trata de una historia realizada mediante la mera distribución de los elementos formales o abstractos. Aquí el peso de la significación recae sobre el hombre, sobre la mujer y sobre el libro; y para poder leer el cuadro debemos construir una narración sobre sus recíprocas relaciones. ¿La mujer está cansada del hombre? ¿El hombre está aburrido del libro? ¿Buscaba en el libro algo que la mujer no es capaz de darle? En un instante hemos dejado atrás la pintura y nos encontramos envueltos en la banalidad del melodrama, que depende, por lo demás, del aire de desilusión escrito en claras letras sobre el rostro del hombre. Pero quizás este aire de exagerada preocupación es necesario para mostrar aquello que el carácter plácido y controlado del resto del cuadro no puede hacer. Al contrario de Noctámbulos, Digresión filosófica no hace vacilar a quien mira ni impone sensaciones de aislamiento y exclusión. Nos invita a su centro estático donde el hombre, la mujer y el libro están reunidos en una rara triangulación de fuerzas.
¿Qué decir del libro? ¿Y del título del cuadro? Una vez, cuenta un crítico, Hopper comentó que “el libro abierto es de Platón, releído demasiado tarde”. Otro crítico refiere que Hopper en persona afirmó a propósito del hombre que “había releído a Platón muy tarde ya en su vida”. Personalmente no alcanzo a ver qué mal puede hacer leer o releer a Platón cuando se está a cierta edad. No llego a comprender qué mal pueda hacer Platón en uno, cualquiera que sea el estado de nuestra vida. Pero quizás estamos dando demasiada importancia a Platón. Pudo ser que su nombre  haya sido el primero que vino a la mente de Hopper. Incluso quien no haya leído nada de filosofía habrá oído hablar de Platón. Y quizás el nombre de Platón haya sido dado a la ligera, como una broma o con un propósito engañoso. Después de todo, el cuadro no se llama Digresión sobre Platón, o Los límites de Platón, ni Tristeza poscoital y platonismo. El hecho de que el peso del significado del cuadro gravite exclusivamente sobre la representación narrativa es una debilidad del cuadro. Se vuelve una viñeta, una visión irremediablemente reductiva de... ¿de qué? ¿La vida de la mente contrapuesta a la vida del cuerpo? ¿Lo espiritual contrapuesto a lo material? Más se mira la frente ceñida del hombre y más se tiene la sensación de que está recitando con demasiado énfasis, y más se miran las nalgas de la mujer retratadas casi de manera trivial y más nos parecen una burla.
Verano en la ciudad, 1949
En Verano en la ciudad una mujer pensativa está sentada sobre el borde una cama donde está acostado un hombre desnudo, la cara hundida en la almohada. Esta pintura es muy parecida a Digresión filosófica, a no ser por el hecho de que el hombre y la mujer han intercambiado los roles. También aquí nos vemos obligados a buscar una narración que aclare las cosas. Pero en esta pintura hay una intensidad ausente en el otro, quizá porque tenemos la sensación de que se está jugando un drama personal dentro de un contexto que está muy lejos de ser neutral. Porque la pintura indica que, cualquiera que sea el problema que la pareja esté afrontando, no habrá para ellos una salida feliz. La luz que entra en el cuarto y rodea a la pareja parece incluso cerrarse sobre ellos, la vista de la ciudad, como un paréntesis a cada lado del cuadro, la desolación general del apartamento –todo nos lleva a pensar en el confinamiento. Es una escena de la cual no podemos conocer su inquietante contenido. Sólo sabemos que soporta el peso de una luz acusadora y que la pareja será liberada de su mortal infelicidad sólo cuando caigan las tinieblas.
Escalera, 1949
Gran parte de lo que sucede en un cuadro de Hooper parece guardar relación con elementos del invisible reino que está más allá de sus límites: personas que se inclinan hacia un sol ausente, calles y vías que continúan hacia un punto de fuga que sólo puede ser imaginado. Sin embargo, muy a menudo Hopper coloca en el interior de sus cuadros lo inenarrable.

En Escalera, un cuadro pequeño y misterioso, miramos, a lo largo de la escalera y a través de una puerta abierta, una oscura e impenetrable masa de árboles un poco más allá del umbral. Dentro de la casa todo nos dice: «Sal». Afuera todo nos grita «¿Adónde?». Todo  aquello para lo cual la geometría de la casa, nos dispone nos es oscuramente negado. La puerta abierta no es el inocente pasaje que conecta el interior con el exterior, sino un gesto paradojalmente diseñada para mantenernos donde nos encontramos.




Traducción de Rafael Antúnez




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