Argentina subcampeona


Publicado porEditorial Graffiti el 18:22



Para nadie es una novedad que en la república Argentina –tierra de esperanzas permanentes y mujeres esplendorosas– la única religión sin incrédulos es la presidida por el dios inobjetable, Diego Armando Maradona, quien, para efectos prácticos y desde cualquier ángulo específico, ha quedado en el olimpo como una deidad más grande que Pelé, sobre todo desde que el astro negro decidió volverse la cara más visible y descarada del albañal facineroso que constituye la FIFA, cónclave de mafiosos a quienes ningún oprobio ha sido ajeno.  Por ello, tener la oportunidad de atestiguar desde Buenos Aires el lugar del evangelio que constituyó la final de la Copa del Mundo no puede sino sumir al pagano en un estupor que me atrevo a calificar de beatífico. Y soy ateo.
Una de las ilusiones más crueles del mundial, como sucede en el caso mexicano, es la presunción inherente de que en todo equipo late un campeón, al menos de manera soterrada. En teoría al comenzar el torneo cualquiera de los equipos participantes puede, merced de un milagro o de un método –ya sea implementando argumentos futbolísticos o sencillamente poniendo los güevos elusivos– alzarse con la copa que remedie las miserias cotidianas, al menos por unos días. Tal ilusión, que alimenta los estadios, la prensa y los delirios alegóricos y fundamentalistas de la parte más primitiva de nuestro cerebro, se ve henchida porque probablemente en ningún deporte moderno pese tanto la suerte para definir un resultado. En el futbol no siempre ganan los mejores, sino los que hacen los goles y saben aprovecharse, como Robben, del entramado de las circunstancias. Un futbolista de valía, como no se trate del genio casi autista Messi o de máquinas aceitadas de precisión y de técnica como el equipo alemán es, en esencia, un estupendo lector de la cancha (Figo, Zidane y Pirlo ilustran claramente mi argumento).
Asistí en mi faceta de antropólogo social a la plaza San Martín con la finalidad de ver el color local y darme una idea del tamaño de su pasión, que es eterna y combustible. En poco tiempo el espacio se llenó de gente de todo tipo, desde los fenotipos a los que nos tiene acostumbrados la televisión hasta los especímenes propios de las villas miseria en Argentina, gente pobre y maltratada que tiene muy poco que ver con el imaginario que exportan los porteños al mundo entero, y que revelan no sólo que son mayoría en el país, sino que una sociedad como esta ha podido construirse de espaldas a sí misma a través de un rasgo perverso y preciso: acá a la fealdad se le cierra la puerta, se la niega y se la esconde. Por ello es violento en todo sentido el encuentro del burgo con las villas; alguien está fuera de sitio. Y tiene muchas ganas de romper, de beber y de incendiar, como sucedió en los festejos del subcampeonanto en el Obelisco, un verdadero desmadre que terminó con acuchillados, inconscientes y numerosos detenidos.
Luego de que la marejada de gente fuera intolerable –la organización estuvo marcada por la indolencia y la precariedad–, huí a un bar para mirar el partido, donde otro tipo de argentinos celebraban, aunque preciso sería decir injuriaban, el hecho de que Brasil no disputara la final de la copa y Neymar estuviera lesionado. Y eso es algo que llama poderosamente la atención del extranjero. Más que enorgullecerse por estar hasta la cima, lo importante era que el otro no había llegado, en una suerte de vanidad negativa adolescente que se solaza en decir “yo sí y tú no”, uno de los instantes más bajos de la competencia deportiva y que yo sólo he visto arguir con tanta vehemencia en estas tierras. 

No seré yo, mexicano y militante, quien juzgue a una pisque acomplejada y malherida; sin embargo compruebo con tristeza que en este país, se gane o se pierda, la tónica recurrente es el incendio y el abuso, haciendo del futbol, pese a la belleza que lo anima, un pretexto en el que sólo permanece una furia ciega y desmedida.



Por Rafael Toriz

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