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Delirio de voces fantasmas



Disciplinado, a pesar de su juventud, Adán Medellín (Ciudad de México, 1982) posee una expresión literaria propia, un estilo decidido, patente por sus libros publicados o sus premios obtenidos. En su obra, ubica en primer lugar el orden y el trabajo constantes, reelaborando sus escritos hasta encontrar el tono preciso y justo, como si de construir un sueño se tratara: las imágenes regresan varias veces hasta completarse y adquirir sentido… al menos el sentido de un relato. Y este hábito que en Medellín resulta una constante de su trabajo, dista mucho de la prisa, la velocidad y el afán tan de moda y tan característicos de los jóvenes autores de nuestro país, preocupados sólo por producir sus primeros libros, sin ideas, constantes o carentes de unidad.
Eso da pie para hacer un apunte respecto de los premios literarios: al menos en nuestro medio, aquellos tienen mucho de misterio. Las circunstancias en que un libro o un autor son premiados resultan secretas y poco claras. A veces pasa que el propio autor desconoce las razones de su repentino éxito y el lector, más todavía, la trascendencia o importancia de un galardón. No es el caso de El canto circular de Adán Medellín, el cual resultó ganador del concurso de cuento Sueño de Asterión, convocado en 2013 por el Instituto Literario de Veracruz. Dicho galardón se destaca por privilegiar la literatura en lugar de la fama o la influencia del autor, a diferencia de otros certámenes, principalmente si se trata de los organizados por instancias gubernamentales de cualquier nivel (municipal, estatal o nacional). Se comprueba, a partir de la revisión de los cuentos de El canto circular, que Sueño de Asterión prefirió un libro de cuentos donde fuera notable “su manejo del lenguaje, su complejidad narrativa, la unidad de estilo y el tono propuestos, lo que le provee de una calidad narrativa particular”, según señala el Acta de Jurado.
Apuntado lo anterior, puedo afirmar que dos son las preocupaciones en la narrativa de Adán Medellín: la construcción de los personajes y la selección de las palabras. Y aunque, nuevamente, esto pareciera una obviedad tratándose de literatura, no es tal: cada protagonista, siempre en situación límite –la inminencia de la muerte, el óbito como fatalidad detonadora de otros sucesos, el recuerdo de la persona amada, las voces misteriosas que atormentan la existencia de alguien–, está en la búsqueda del momento preciso en que todo cambió en su vida, en que fueron necesarias otras palabras para poder explicar el mundo que ahora lo obsesiona y que lo eterniza en la historia relatada.
Así, los seis cuentos de El canto circular coinciden en explicar la vida de sus protagonistas a partir de la presencia de seres ausentes, vivos o fallecidos, que determinan el momento desde donde se narra cada historia. No resulta un exceso afirmar que los protagonistas de este libro se encuentran en medio de un delirio de recuerdos, donde las palabras, más allá de su significado, se vuelven situaciones, sentimientos o escenarios de un laberíntico proceso, indispensable para llegar a la verdad, que implica y justifica la travesía repetida, la reiteración del paisaje, la persistencia de los sueños, el escuchar de nuevo las voces del ayer o el recorrer los espacios vividos hasta entonces.
La aspiración de Adán Medellín es hacer sentir al lector que lo vivido por sus personajes no es distinto de lo que nos sucede a muchos de nosotros a diario: nuestra vida, aceptémoslo, está determinada, aquí y ahora, por nuestros familiares, amigos, compañeros de infancia, vivos o difuntos todos, lo que convierte a nuestros actos presentes en un concierto de decisiones que, a la luz de la razón, carecen de sentido… pero que nos permiten encajar en nuestro orden personal, y se vuelven guía para explicarnos a nosotros mismos y para explicar nuestro origen y destino. Con esto, Medellín explora en estos relatos, como continuación de su propuesta literaria iniciada en Tiempos de furia (Ediciones B, 2013), la idea del fantasma, entendida más como las voces del pasado que pueblan la existencia y que potencian el presente de los protagonistas de sus narraciones.
La poesía propone, en más de un forma, explicar el origen y el destino del mundo. No creo, entonces, excesivo afirmar que en los cuentos de Medellín hay mucho de poesía. Leo El canto circular y pienso en ¿Águila o sol? de Octavio Paz, acaso porque aquí también todos los muertos parecieran estar vivos o uno parece estar muerto sin dejar de estar vivo. La prosa más de una vez semeja ser estática, reiterativa; intenta ser dulzura, dureza, ironía; ubica presencias, cambios de vida, a pesar de su sombrío destino. Telaraña de palabras siempre crecientes, donde estilo, gramática y sintaxis brillan o se oscurecen, dando paso al ornamento que supone alterar la construcción verbal cotidiana.
El canto circular a veces se complica en su lectura, pues su autor prefiere sacrificar la prosa amena y la anécdota sencilla para entregarnos un estilo complejo, barroco e intrincado, con frases demasiado elaboradas, pausadas, donde imperan los detalles, los matices y las nuevas significaciones que permitirán el desarrollo y resolución del relato. De tal forma, Medellín asume el reto, nada sencillo, de sumergirse en la densa trama, en lugar de la anécdota sencilla; busca una voz personal, y la obtiene, proponiendo un estilo complejo; asume su pasado y el de sus personajes, entregando narraciones donde luces y sombras se combinan con pasión e inteligencia.
Juan Vicente Melo gustaba de renombrar la realidad y lo cotidiano, acaso como un mecanismo para recomponer el desorden del mundo. Lo mismo hacía con su literatura y la que le interesaba. Su elogio favorito y único de un texto que le apasionaba era siempre, según José de la Colina: genial-sensual. Robando una flor a Melo diré de Adán Medellín y El canto circular: es distinto y prometedor. Sin duda alguna es genial y sensual.♦

Adán Medellín, El canto circular, Cuadernos de la Libélula, Instituto Literario de Veracruz, Xalapa, 2013, 140 pp.

Por Juan Javier Mora-Rivera

El enigma de la vida


Una rosa es una rosa
Nada más terminar El Gran Hotel Budapest, parece confirmado que fue la narrativa de Stefan Zweig, poblada de personajes afiebrados por el acto de vivir, el desamor y los falsos consuelos, la que ayudó a Wes Anderson (1969) a liberarse del culto al bobo y la estética del feliz hecho fortuito. Porque abandonarse al hecho de la vida es un modo inusual de meditación, pero una manera al fin. El escritor vienés lo hizo dar un paso al frente. Perito del humor negro, la ironía finísima y la explotación del absurdo cotidiano, el director originario de Texas decanta su estilística para aterrizar en una modalidad de la picaresca posmoderna. Devoto de la épica de la adolescencia y sus hallazgos –Rushmore (1998) o Moonrise Kingdom (2012)–, y de cómo la banalidad de vida americana también puede ser una vía hacia el autoconocimiento, El Gran Hotel es una apuesta por la ficción pura, contada con velocidad narrativa y giros imprevisibles de la trama.

Sus películas repelen o llaman al culto inmediato. El aliento pop es inconfundible, lo mismo que el estallido de color en la pantalla. Es una apuesta entre el cine de auteur, en su sentido clásico, y la película capaz de recaudar millones de dólares. El espectador sale convencido de que presenció una inflexión. La sátira es la constante, y las prácticas del mundo moderno, el objetivo predilecto. Una filmografía que puede ser atestiguada desde una perspectiva onírica o moralista, decadente o renovada, ambigua o exquisita. No hay vacilación en los personajes, aun con su errar a lo largo de la historia, y la explicación de cierre es un camino de regreso. La familia –o su ausencia– es el centro gravitacional en donde recarga batería la fugacidad del hecho humano. The royal Tenenbaums (2001) o The Darjeeling Limited (2007) recuerdan cuánto nos (de)forma el nido familiar.

No parecía fácil sostener una carrera cinematográfica a partir de la épica del nerd y sus vericuetos. Anderson emprende un oportuno viraje. Transforma el rostro inexpresivo de quien no entiende nada, para trasladarlo a la parodia género negro, el relato de aventuras, la trama de enredos y la mirada retrospectiva de un pasado que aún transcurre. Su fascinación por la India le da oportunidad para un comparativo de nuestras prácticas alrededor de las ceremonias del vacío. Puede que nunca hayamos estado tan lejos de la auténtica espiritualidad. El chai latte que vende Starbucks es el único mantra al alcance. Y por eso se compra repetidamente: es el eterno retorno. La perplejidad adquiere forma cinematográfica y en sus películas se responden preguntas que no se habían formulado y se dejan al vuelo las punzantes por intermitentes. Cine epifánico que no se resuelve más que en la mirada irónica de sus cautivos. Ante la imposibilidad de disolver el enigma queda la carcajada, que sube al cielo y estalla, a la manera de fuegos artificiales.

Con ecos de Woody Allen y Todd Solondz, la novela gráfica y el cine de aventuras, Anderson revolotea con entusiasmo alrededor de una vida llevada al límite de la timidez. Con esto realiza una fotografía generacional de la desesperanza y la sonrisa del consumo. Se agotaron las ideas germinales sobre un posible mundo mejor, pues amanecemos huérfanos de un sistema ideológico que nos abrigue. Zizek y Vattimo tienen las manos vacías. Hay desconfianza hasta del pragmatismo, si es que no puede descargarse en una app vistosa que pueda “compartirse” y haga todo por nosotros con un deslice de dedos. Al final, El Gran Hotel trenza generaciones en la pasión por el hecho narrado, y en la celebración por la ausencia de un proyecto hacia el frente más allá de la pantalla. ♦

El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson. Actuaciones de Ralph Fiennes, Saoirse Ronan, Tilda Swinton, Bill Murray y Edward Norton. Estados Unidos, 2014. Duración: 100 minutos.





Por Luis Bugarini






El exilio mexicano de los hermanos mayo




Mayo Fotográfico, la fiesta de la fotografía por excelencia que se celebra este mes en Xalapa, estará dedicada al legado de los hermanos Mayo, refugiados españoles de la Guerra Civil española. Javier Ignacio Martínez del Barrio, Consejero Cultural de la Embajada de España en México, escribe sobre la relevancia de las imágenes del archivo de los Mayo para la historia de la fotografía mexicana.
Al cumplirse este año el 75 aniversario de la diáspora hispana tras la guerra civil procedía hacer memoria de esa página dramática, por una parte, de la historia española, y feliz, por otra, de la historia mexicana.
La llegada a México de más de 30 mil refugiados españoles a través de diversos barcos fletados desde Francia en 1939 –Sinaia, Mexique, Flandre, etc.– y su integración en la sociedad mexicana, con logros particularmente destacables en el ámbito de las artes y las letras, obliga en cierto modo a rebobinar la moviola y hacer referencia, en este caso, a la labor importantísima de la agencia Foto Hermanos Mayo como notarios de la vida cotidiana mexicana a lo largo de más de medio siglo.
Hablar de la actividad de los hermanos Francisco, Julio y Cándido Souza Fernández, naturales de La Coruña, y de los hermanos Faustino y Pablo del Castillo Cubillo, naturales de Madrid, es hablar de una agencia fotográfica que inicia su andadura en Madrid (1934), prosigue su actividad en los comienzos del exilio (1939-1949) y se consolida como agencia de prensa para más de 30 periódicos en la capital mexicana (1946-1992).
Resultado de esa actividad en la prensa diaria sobre la Ciudad de México y la de los estados de la República fue la génesis de un archivo de más de cinco millones de negativos que se ubica en el Archivo General de la Nación de este país (1982). Estamos hablando de uno de los pocos acervos fotográficos de México de la importancia histórica de los archivos de las agencias de Agustín Víctor Casasola o Díaz, Delgado y García.
El reconocimiento cultural de la aportación de la obra fotográfica de los Mayo comenzó con la exposición México. La década de los cuarenta del Consejo Mexicano de la Fotografía (1981), curada por Katia Mandoki y Jose Luis Neyra y apoyada con una conferencia del gran escritor y cronista citadino Carlos Monsiváis. A esa labor se sumaría más tarde el propio Archivo General de la Nación, que conserva y difunde ese acervo.
En España fue el Instituto Valenciano de Arte Moderno (1992) que, a través de una curaduría del crítico de arte Manuel García, realizaría la primera retrospectiva de Foto Hermanos Mayo. Estamos hablando, por otra parte, de unos reporteros gráficos que han merecido los más altos reconocimientos públicos tanto de México como de España. Entre nosotros vive Julio Souza ‒el último protagonista de la saga de los Mayo‒, quien a los 97 años aún guarda buena memoria de su vida en Madrid, de los campos de concentración de Albatera (Alicante) y de la ciudad de México, por poner sólo unos ejemplos de su dilatada trayectoria. Pero lo más importante que podríamos destacar en estas fechas, y con motivo de la exposición de estos fotógrafos españoles en el Mayo Fotográfico de Xalapa, es que ese proyecto fotográfico pudo ser realidad gracias a la labor que, como anfitrión ejemplar, realizó el general Lázaro Cárdenas en el momento histórico del final de la guerra civil española.
Los Mayo con Robert Capa, Studio Chauvin de Perpignan y Agustí Centelles, entre otros, dieron fe de las penurias del pueblo español tras una guerra y el dolor de la experiencia de unos campos de concentración y el final prometedor de un país generoso como México que abrió los brazos al exilio en general y a la diáspora cultural hispana en particular.
Bastaría con citar el ejemplo de la creación de la Casa de la Cultura Española primero y el Colegio de México después ‒a iniciativa de Daniel Cossío Villegas luego ampliada por Alfonso Reyes‒ y la presencia en ambas instituciones de las mejores inteligencias españolas del primer exilio ‒José Moreno Villa, José Gaos, Enrique Díez-Canedo, León Felipe, Adolfo Salazar, etc.‒ para entender la significación profunda de esa página de la historia hispano-mexicana de la que estamos hablando.
Algo similar podría decirse de la presencia de esos refugiados en la Universidad Nacional Autónoma de México que recordó, en su día, el rector José Sarukhán Kermez y un grupo de profesores mexicanos en el 50 aniversario del exilio español. Son muchos los artistas, científicos, escritores etc., que desde España vinieron a México en 1939 y se integraron a la vida económica, social, familiar, profesional y cultural de este país.
Notarios de la vida del exilio y de sus protagonistas y de la vida cotidiana de la capital mexicana y del país en general, fueron los Mayo a través de la labor de una agencia, ubicada en la Calle Ignacio Mariscal número 39, en el corazón de esta ciudad, junto al Museo de San Carlos que construyó Manuel Tolsá en el siglo XVIII y en la colonia San Rafael, de tan importante raigambre periodística en la capital. Hablar de la obra fotográfica de los Mayo es hablar, permítanme afirmarlo, del diálogo entre España y México a través de la imagen de la vida cotidiana de este país. El reencuentro con los Mayo en el Mayo Fotográfico de Xalapa  ‒muy cerca, por cierto, de donde atracó el vapor Sinaia en junio de 1939‒, que patrocina la Universidad Veracruzana, revive una parte importante del fotoperiodismo de este país con presencia española. ♦

El autor es Consejero Cultural de la Embajada de España en México. Agradecemos a Miguel Fematt, coordinador de Mayo Fotográfico, su generosidad para compartir con nuestros lectores este artículo y las fotografías de los Hermanos Mayo.

Por Javier Ignacio Martínez del Barrio

La FILU: un recuento de su evolución


Enrique Serna
Recién concluyó la edición número 21 de la Feria Internacional del Libro Universitario cuya vocación ha sido consolidar ese gran proyecto de difusión del libro universitario y el fomento a la lectura que le dio origen en el ya lejano 1994. Josué Castillo repasa los logros recientes y ofrece al lector una historia sucinta del trayecto recorrido de la FILU, una de las ferias más importantes del sureste mexicano.
1999-2002: de lo local a lo global
El pasado 9 de mayo inicio en la ciudad de Xalapa la Feria Internacional del Libro Universitario 2014. Esta XXI edición se desarrolla bajo el lema “Ciencia y Tecnología, en diálogo con la sociedad y el arte.” Como cada año se reúnen en un mismo lugar lectores, editoriales, autores y promotores de la cultura, perpetuando esta tradición que inició en 1994, cuando bajo la rectoría de Emilio Gidi Villareal la Universidad Veracruzana convocó a la Feria del Libro Universitario, con la intención de fomentar la lectura y acercar la producción bibliográfica, artística e intelectual al público en general.
Esta primera edición de la feria se concretó gracias al esfuerzo conjunto de la Universidad Veracruzana, el Gobierno del Estado de Veracruz y la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) y contó con la participación de 25 casas editoriales universitarias y 4 mil 500 visitantes. Aquella primera ocasión el recinto que alojó la feria fue el Centro Recreativo Xalapeño, ubicado en Xalapeños Ilustres con Insurgentes en pleno centro xalapeño.
Para el año de 1999 ya se había sumado la participación de instituciones como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el municipio de Xalapa, la Secretaría de Educación y Cultura y el Instituto Veracruzano de la Cultura, entre otras, mismas que reforzaron el tamaño y el impacto de la feria; asimismo la feria se trasladó al Campus para la Cultura, las Artes y el Deporte de la Universidad, siendo la USBI sede central y sus inmediaciones los espacios en donde se celebraron los principales eventos.
Para el año 2001 la feria alcanzó la categoría de internacional, pero no sólo por las casas editoriales extranjeras que se interesaron por participar en esa edición (es destacable la gran participación aquel año de sellos provenientes de España, Francia, Italia, Estados Unidos, Costa Rica y Cuba) sino por la articulación de un programa de promoción de la lectura y divulgación científica y cultural que contó con la participación de expositores de talla internacional.
Para el 2002, al instituir la medalla al Mérito Universitario (presea entregada a académicos nacionales y extranjeros cuyo desempeño y descubrimientos han dejado huella en sus campos de saber) y crear los Foros Académicos (en donde de manera sistemática intelectuales invitados analizan un tema de interés para la comunidad científica y la sociedad civil), la FILU terminó de posicionarse como una de las ferias del libro más importantes del país, ganándose, en el ámbito nacional, su lugar como la feria más importante de la zona sureste.
Brasil, invitado especial a la edición 2014
La edición 2014, catorceava en su modalidad de internacional, inició con la entrega del premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo y el Hispanoamericano de Poesía Ernesto Cardenal. Manuel Sergio Aguilera Verduzco fue galardonado por la novela Cazando mariposas, un thriller histórico que rescata la figura de Agustín de Iturbide y la recontextualizada en el México contemporáneo. Para este certamen, abierto a todos los escritores latinoamericanos, se recibieron un total de 128 manuscritos provenientes de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Guatemala, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Perú, Venezuela y México; El hombre del cubo y el prisionero de Juan Carlos Tovar Vencis se llevó una mención honorífica.
Mientras, el poeta español Ángel González Quesada ganó el premio Ernesto Cardenal con su poemario Huérfanos todavía, cuyos textos giran alrededor de los campos de concentración nazis que, en palabras del autor, son el “ejemplo paradigmático de la crueldad, de lo que el hombre es capaz de hacer”. El ganador también apuntó que el texto trata “de las personas que van quedando en los márgenes de la historia, cuando la historia dicen que avanza. Yo creo que la historia avanza con demasiados sacrificios, con demasiadas víctimas y eso es algo que hay que corregir. Creo que la poesía también debe dar testimonio de ello”. Para este premio concursaron138 candidatos de todo el mundo hispoanohablante.
Más de 45 mil asistentes constantes en los últimos 4 años
Según datos ofrecidos por la coordinadora de la Feria Internacional del Libro Universitario, Magali Velasco, y el coordinador de difusión, Germán Martínez Aceves, en los últimos 4 años la asistencia a la feria ha ido oscilando entre los 45 mil y los 50 mil visitantes. En el mismo lapso más de 15 mil personas han participado en los talleres que se imparten durante la feria, dirigidos la mayoría a niños y adolescentes, cuya temática va desde fomento a la lectura, ciencia y tecnología (matemáticas, astronomía, física, química y ecología, principalmente), hasta papiroflexia, máscaras, papalotes, artesanías y baile (danza, salsa, tango, reggae, hip hop, jazz). El número de editoriales participantes entre el 2014 y la presente edición se ha mantenido en 550. Con títulos como Diablo guardián y La edad de la punzada de Xavier Velasco; El espejo enterrado y Diana o la cazadora solitaria de Carlos Fuentes, de la editorial Santillana, son los que mejores ventas han tenido en la FILU, le sigue en segundo lugar editorial Diana, gracias a los libros de Gabriel García Márquez, especialmente Cien años de soledad. Hay que destacar que este año las editoriales de la Asociación de Editoriales Universitarias Brasileñas, es decir, el país invitado, se sumarán a la oferta bibliográfica de la FILU. Desde el 2006 hasta la fecha la colección Biblioteca del Universitario, propuesta y coordinada por Sergio Pitol, ha sido el producto más exitoso de la Editorial de la Universidad Veracruzana; a la fecha ha publicado 52 títulos que van de la poesía a la novela, pasando por el ensayo.
Germán Martínez Aceves, coordinador de difusión de la FILU, al referirse a la naturaleza del proyecto mencionó que “en sí nuestro objetivo no se centra en la generación de ingresos sino en la suma de esfuerzos para crear este gran proyecto de difusión del libro universitario y el fomento a la lectura.” Esto puede hacerse notar en, entre otras cosas, la oferta bibliográfica de la feria. Si bien las editoriales comerciales pueden llegar a acaparar más de tres o cuatro stands, en donde anuncian sus libros como si del mercado Jáuregui se tratara, el asistente paciente y atento puede encontrarse con dos o tres joyas bibliográficas, libros de especialidad difíciles de conseguir, como por ejemplo aquellos presentados por las universidades o centros de investigación; perdidas un poco al fondo pueden encontrarse, también, un par de editoriales independientes, estos proyectos iniciados por pequeños fitzcarraldos del mundo editorial que, descontentos con el mainstream, deciden apostar todo por una literatura no (tan) comercial, experimental, lúdica, textos que son un respiro a tantas historias ya trilladas de niñas rebeldes o jóvenes adultos torturados por su pasado.
La FILU en el panorama nacional
Medir el impacto de las ferias del libro a nivel nacional puede llegar a ser un problema. Funcionarios de Conaculta cuentan más de 100 a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, aunque no disponen de un censo que arroje datos certeros al respecto. En los datos de la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales y el Atlas Infraestructura y Patrimonio Cultural de México no puede encontrarse un tabulador del impacto de las ferias, además de que dichas fuentes de información no se han actualizado desde el año 2010. Tomar como referencia el número de visitantes sería equívoco, pues este método no contempla la situación geográfica ni la densidad poblacional de la sede de cada feria.
Si la función de una feria es la creación de lectores, como es el caso de la FILU, más que el éxito financiero de los organizadores y editoriales asistentes, calcular el impacto por las ventas podría ser engañoso. Tampoco podemos tomar como referencia la asistencia de escritores reconocidos a presentar sus libros o dar talleres, esto sólo nos da la medida de qué tanto el mundo literario se parece cada vez más a la farándula, girando al rededor de un star system que poco aporta a la creación literaria.
Mientras no se tengan tabuladores y referencias más objetivas no podremos estar seguros del todo de algo que ya muchos sospechamos y de lo que hay indicios por todos lados, como la cobertura de la prensa nacional y la participación cada vez más entusiasta de editoriales independientes, transnacionales, grandes y pequeñas: la Feria Internacional del Libro Universitario se ha ido posicionando fuera del estado como una de las más importantes del país. ♦







Por Josué Castillo





Un porteño en el trópico


El dandy de la calle
De Roberto Artl, autor de El juguete rabioso, la editorial argentina Adriana Hidalgo publicó el año pasado Aguafuertes cariocas, un conjunto de crónicas sobre su estancia en Río de Janeiro en la década de los treinta. Artl –dice Toriz– expresa “un punto de vista personalísimo que permite conocer no sólo la vida taciturna de Río por oposición a una Buenos Aires llena de teatros, librerías y cinematógrafos que ya despuntaba como una ciudad cosmopolita”.

Nada puede compararse con el corazón de un hombre que ha sido vencido por el fulgor de las ciudades. A semejanza del adicto, que se enamora de una silueta, cierta gradación de la luz o del rostro de una desconocida, sabe que su alma y temple se encuentran destinados a errar sin asideros en pos de la dosis de perplejidad enajenante que sólo prodiga el contacto con la urbe. Para el habitante de las ciudades, cada encuentro con la calle es la posibilidad latente de un encuentro decisivo.
El argentino Roberto Artl (1900-1942), raro espécimen en donde convergen con naturalidad la calle con el callo, fue uno de los primeros escritores latinoamericanos en hacer de la ciudad un personaje central de sus cuentos y novelas, pero con seguridad su adicción nunca es tan clara como en sus míticas Aguafuertes porteñas, instantáneas citadinas que escribiría en el periódico El Mundo desde 1928 hasta un día antes de su muerte.
No corresponde ahora explorar la figura de este artista proletario que desempeñó, con eficiencia y sin romanticismo, los más dispares oficios –mecánico, periodista, obrero, pintor de brocha gorda, soldador, hojalatero y trabajador portuario– y que tuvo, por si fuera poco, una fuerte vocación por la invención artesanal. Artl, hombre de otro tiempo, ideó una tintorería para perros, pergeñó una extraña sustancia para metalizar las rosas y tuvo el conocimiento necesario sobre gases tóxicos para acabar con la población de una ciudad. Empero, empleó la fortaleza de su ingenio en tratar de manufacturar unas medias para mujer que no se corrieran, cosa que consiguió a costa de diseñar una suerte de polainas parecidas a las botas de un bombero.
Para Onetti, la popularidad de las aguafuertes de Artl radicaba en que atendían al “hombre común, el pequeño y pequeñísimo burgués de las calles de Buenos Aires, el oficinista, el dueño de un negocio raído, el enorme porcentaje de amargos y descreídos que podían leer sus propios pensamientos y tristezas, sus ilusiones pálidas, adivinadas y dichas en su lenguaje de todos los días”, razón por la que el inventor de alquimias y ficciones gozó de aceptación por parte del gran público, a diferencia de los salones literarios y la élite cultural de la época –representada por el barrio de Florida– que nunca le perdonó su origen ni su sintaxis, de ahí que fuera un hecho consensuado y aceptado su “mala escritura”.
Para quienes vivimos en permanente estado de fascinación y fastidio con respecto a las ciudades, el hecho de que se publiquen unas crónicas inéditas en libro sobre sus impresiones de Río de Janeiro es motivo de celebración alcohólica. Y es que Artl, que no se detiene en la descripción de paisajes sutiles, expresa en cada una de sus crónicas un punto de vista personalísimo que permite conocer no sólo la vida taciturna del Río de los años treinta por oposición a una Buenos Aires llena de teatros, librerías y cinematógrafos que ya despuntaba como una ciudad cosmopolita, sino acercarse a la perspectiva de un escritor autodidacta y poderoso enfrentado por primera vez al extranjero.
Virginal en tanto viajero, sus primeras impresiones destilan candidez y alegría por haberse sacado la lotería, él, que todo su vida ha trabajado poniendo el cuerpo, “¿qué trabajo maldito no habré hecho yo?... ¡conocer y escribir sobre la vida y gente rara de las repúblicas del norte de Sudamérica!… pienso hablarles a ustedes de la vida en las playas cariocas; de las muchachas que hablan un español estupendo y un portugués musical”. Su fascinación todavía le durará algunos días, cuando aún no dé crédito de la realidad en la que se encuentra: “Respeto para el hombre, para la humanidad que lleva el hombre en sí. Es lo que encuentro en Río… Aquí no hay ladrones. ¿Se dan cuenta? No hay cuenteros. No hay estafadores. No hay crímenes. No hay sucesos misteriosos. No hay pequeros. No hay tratantes de blancas. No hay la mejor policía del mundo. ¿Qué hago en esta ciudad tranquila, honesta y confiada?”. Esa misma perplejidad ante lo distinto lo hará tomar conciencia de uno de los rasgos esenciales de sus paisanos, “no hay sujeto más aburrido ni más agresivo que el porteño. Nuestra gente anda por la calle como si deseara tener camorra con alguien. Y es cierto. Está en un permanente estado de agresividad contenida. Tranvías, trenes, ómnibus, la jeta de todos es la misma”.
A la vuelta de los días, sus juicios irán mutando, enfrentándolo a la realidad de una ciudad provinciana con una historia muy distinta a la de los bajos mundos porteños, donde el tango, la cocaína, las prostitutas y la vida nocturna ocupan el lugar de privilegio: “esta gente es como las gallinas, cena de seis a siete de la tarde, luego da tres vueltas castas alrededor de la manzana y a la cama… Busco inútilmente una definición de Río de Janeiro ciudad. Porque Río es ciudad, no hay vuelta; pero una ciudad de provincia con una triste paz en sus calles muertas por el domingo”.
Artl no se guarda ninguna impresión y le participa a su editor y sus lectores que en Río no hay nada para nadie, puesto que se trata de una sociedad abocada al trabajo que no sabe divertirse, lo que le ocasiona una profunda nostalgia por su tierra: “es necesario convencerse: Buenos Aires es único en América del Sud. Único”.
Aunque en este punto Artl ya no tolera lo que vive, sería injusto acusarlo de un porteñismo pacato, puesto que todo el tiempo realiza análisis comparativos, los únicos que pueden hacerse cuando uno sale por primera vez de casa: “¿librerías? Media docena. ¿Centros socialistas? No existen. Comunistas, menos. ¿Bibliotecas de barrio? Ni soñarlas. ¿Teatros? No funciona sino uno de variedades y un casino.” A estas alturas, su desesperación es absoluta, y aunque molesto y desencantado, no pierde un filón crítico que ayuda a pensar, en términos latinoamericanos, la principal diferencia de Argentina con respecto de otros países de América Latina en la primera mitad del siglo XX: su cacareada clase media. “El obrero de Río de Janeiro trabaja, come y duerme. Mezcla de blanco y negro, analfabeto en su mayoría, ignora el comunismo, el socialismo, el cooperativismo. Ustedes recordarán que en más de una nota yo hacía chistes respecto a nuestras bibliotecas de barrio y de nuestra superficialísima cultura. Ahora me doy cuenta que es preferible cien mil veces una cultura superficialísima a no tener ninguna”.
No hay vuelta de hoja. Artl, el obrero devenido escritor, ha tocado una fibra sensible. Más adelante, al enterarse de que en pleno abril de 1930 están celebrando los 42 años de la abolición de la esclavitud, su reacción, con absoluta justeza, es un escándalo: “todavía no me he resuelto a reportear a un ex esclavo. No sé. Me da una sensación de terror entrar al País del Miedo y del Castigo. Lo que me han contado me parecen historias de novelas… Prefiero creer que lo que escribió de Alencar, temblando de indignación, es una historia sucedida en un país de fantasía. Creo que es mejor”.
Artl abandonará el país intempestivamente, lo que le impedirá redondear una despedida mejor dibujada de sus impresiones cariocas. No obstante, esta valiosísima antología –preparada y prologada por Gustavo Pacheco– permite conocer a uno de los primeros paseantes latinoamericanos, flâneur en toda la extensión de la palabra, que supo construir una imagen de una ciudad maravillosa, distinta a esa otra ciudad alucinada y caótica que lo formó y lo vio nacer: el puerto de Buenos Aires. ♦

Roberto Artl,  Aguafuertes cariocas, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013, 198 pp. 



Por Rafael Toriz

La olvidada plaza del rey


Litografía de la Plaza del Rey en el libro Historia de Xalapa
Desde las primera rutas comerciales trazadas entre la Villa de la Vera Cruz hasta la capital del virreinato, Xalapa se convirtió en el principal cruce de caminos de todas las mercaderías la Nueva España que dieron lugar a sus célebres ferias. Eduardo Sánchez Rodríguez evoca la legendaria Plaza del Rey, punto de reunión de los comerciantes, donde hasta el día de hoy se ubica el Mercado Jáuregui, inaugurado en 1879.
Desde la primera fundación de la Villa de la Vera Cruz por Hernán Cortés en 1519, el islote de San Juan de Ulúa fue el punto estratégico para la carga y descarga de todo tipo de mercancías –incluidos africanos esclavizados; de acuerdo con el colombiano Erick Werner Cantor: “… se prefirió la utilización del término esclavizado en lugar de esclavo, para significar que la esclavitud no fue una condición natural de los negros, sino que fue el resultado de una relación de poder en la cual estas gentes se vieron sometidas a la esclavitud”. Durante casi tres siglos tales mercancías fueron transportadas por las flotas imperiales entre Veracruz y el puerto de Cádiz, pasando primero por La Habana y otros puertos del Caribe español, como Portobello y Cartagena. Sucedió así gracias a la protección que contra los vientos y los piratas proporcionaban el islote y sus arrecifes para el fondeo de las naves. Quien deseara entrar al puerto necesitaba la ayuda del “práctico” del puerto para arribar con buenaventura al Muro de las Argollas, amarrar la nave y comenzar el tortuoso proceso de llevar los bienes a la playa desde donde se distribuiría a todos los puntos del enorme Virreinato de La Nueva España (que en ese entonces abarcaba desde los actuales estados de California, Arizona, Nuevo Mexico y Texas, en los Estados Unidos de América, hasta la actual república de Panamá, donde termina Centroamérica).
Si bien la Villa Rica de la Vera Cruz anduvo errante, primero en Quiahuixtlán (1519-1525) y después en La Antigua (1625-1600), el manejo de mercancías continuó realizándose en San Juan de Ulúa. Finalmente, en 1599, el rey Felipe II dio la orden de su traslado definitivo al sitio original donde Cortés la fundó ochenta años antes, denominado “Las Ventas de Buitrón”, apellido de un terco mesonero que se mantuvo allí en la última parte del periplo de la villa.
Con los bienes ya en la playa, se organizaban enormes recuas que los llevarían a su destino siendo, por supuesto, la ciudad de México, la magnífica Ciudad de los Palacios, el más importante. Resultó prioritario buscar el mejor camino para el altiplano. Como narra el historiador Abel Juárez: “En realidad, desde el siglo XVI, hubo dos rutas para subir de Veracruz a la ciudad de México. Una era la de Xalapa y la otra pasaba por las villas de Orizaba, Córdoba y Tehuacán hasta Puebla, donde convergían ambos caminos; esta ruta tenía 40 kilómetros menos que la primera, pero su terreno era más difícil”.
En otro capítulo de esa misma historia, en 1313, los xicalangas, olmecas, teochichimecas y totonacas poblaron el área en torno a tres manantiales nombrados Xallapan, Xallitic y Techacapan. La nueva población se situó en la zona de transición entre la Sierra Madre Oriental y la planicie costera del Golfo, y fue conquistada por los aztecas en 1467. El 15 de agosto de 1519 sus pobladores recibieron y dieron hospedaje a Hernán Cortés y su ejército. Consumada la conquista y con los indígenas locales sometidos, Cortés nombró patrona del lugar a Santa María de la Concepción, bautizando con nombres hispánicos a los barrios indígenas: a Xallitic lo llamó El Calvario, a Techacapan San José de la Laguna, a Tecuanapan San Francisco, y al de Tlalmecapan, Santiago. Los españoles advirtieron la necesidad de reunir a los barrios primigenios en torno a un edificio monumental, y eligieron una loma en medio de los caseríos que ocupaban los barrios indígenas de Xallitic, Tecuanapan, Techacapan y Tlalmecapan (los investigadores dicen que este último era sólo un lugar de sembradíos) para construir el primer convento-fortaleza de San Francisco, terminado en 1556.
Quince años después, la edificación logró reunir los dispersos caseríos; y como el acceso más rápido lo poseía el de Xallitic, hizo que los españoles tomaran el nombre del manantial Xallapan (manantial de arena) para nombrar la población. La parroquia de Nuestra Señora de la Natividad (1531-1534) fue el núcleo de las primeras edificaciones coloniales que formarían la “ciudad antigua” o el “casco viejo” de la Xalapa actual. Por su clima y su privilegiada posición en el Camino Real a México, Xalapa no fue encomendada a ningún conquistador y se le reservó para tributar directamente a la Corona. Durante los siglos XVI y XVII, Xalapa se consolidó como un poblado de españoles, mestizos e indígenas. Por estar ubicada entre sierra templada y tierra caliente, la zona recibió una atención especial en la Colonia, debido a las explotaciones agrícolas azucareras que rodeaban al entonces pueblo, sede de la Jurisdicción Real. La provincia de Xalapa tenía como agregada a la de Jalacingo y, en el siglo XVII, abarcó hasta Tlaxcala.
Los nuevos señores fueron construyendo los edificios básicos necesarios para el funcionamiento del nuevo poblado: la sede de gobierno, el parque central a un lado de la Parroquia, y una serie de plazas y parques; destacando entre ellas la Plaza del Rey. Estaba ubicada al borde de la barranca de Xallitic, y recibía el cotidiano jolgorio de los comerciantes provenientes de los poblados vecinos para vender sus mercancías, frutas y verduras principalmente, ya que se contaba con un portal para las carnicerías. El sitio donde se ubicó la plaza formaba parte del antiguo barrio de Xallitic y era, desde antes de la llegada de los españoles, un espacio abierto en el que no había ninguna construcción. Con el arribo colonizador de los peninsulares, en la segunda década del siglo XVI, se dio forma a una verdadera plaza, que fue consagrada al rey de España. Allí se realizaron, en diversas épocas de la Colonia, juras de fidelidad a la realeza, actos muy de los siglos XVII y XVIII, adornando profusamente la plaza, por lo que también se le llamó Plaza de las Juras.
A principios del siglo XVII, la población avecindada en Xalapa estaba optimista y con fe en el crecimiento económico, con base en la agricultura, la ganadería, el comercio y la expansión de la industria azucarera. Los ingenios, trapiches y estancias ganaderas de la región incrementaron su producción gracias a los altos precios del azúcar, el uso de la mano de obra esclavizada y la demanda de novillos y mulas para los arrieros y carreteros. Para 1641, se levanta la Parroquia de la Inmaculada Concepción.
En el siglo XVIII, de las ferias de la Nueva España destacaban las de Acapulco, San Juan de los Lagos, Saltillo y Chihuahua, pero la más importante de su tiempo era la de Xalapa; villa que desde su primera feria, en 1720, adquirió verdaderamente una fisionomía de ciudad, contaba con siete mil habitantes. Y el lugar apropiado para la venta de la mercancía fue, por supuesto, la espaciosa Plaza del Rey.
Yolanda Juárez, en su maravilloso libro Persistencias culturales afrocaribeñas en Veracruz (Editora de Gobierno, 2006, pp. 82 y 83)  narra: “La Real orden de Felipe V en 1718, por medio de la cual se acordaba celebrar las ‘ferias’ en Xalapa, lugar propicio por su cercanía al puerto de Veracruz, por su clima más sano y su buena comunicación, en la ruta hacia el centro del país. Fueron trece las flotas que llegaron a Veracruz entre los años de 1718 a 1778, con una interrupción entre 1736 y 1769 debida a las guerras; de estas, once feriaron su cargazón en Xalapa. La movilización que suscitaba su celebración convertía a Veracruz y Xalapa en el centro del comercio colonial; y, como menciona Abel Juárez, en tiempo de feria, ‘todos los caminos conducían a Xalapa’. Desde Guatemala, Oaxaca, Querétaro, San Luis Potosí, Valladolid (hoy Morelia), Guadalajara, Guanajuato, Pachuca, Acapulco, Puebla y México, se desplazaban los comerciantes y desde los lugares más lejanos se veía llegar a los arrieros, quienes con sus recuas completaban el ciclo del comercio, al desplazar los cargamentos a lomo de mula por todo el reino”.
Gran número de mestizos e indios eran empleados para conducir los millares de mulas que en largas recuas cubrían los caminos. Para 1791, la población de Xalapa estaba compuesta en su mayor parte por indígenas, negros, mulatos y muy pocos españoles. El 18 de diciembre de ese año, Xalapa recibe el título de Villa y su Escudo de Armas, conforme a las Cédulas Reales expedidas en Madrid por Carlos IV de España. En 1808, la Plaza del Rey cambió su nombre por el de Plaza de la Constitución, debido a que allí se juró la Constitución española. Años más tarde, se levantó un monumento proyectado y construido por el artista Aniceto Serrano.
La villa celebra la declaración de independencia el 28 de septiembre de 1821. Por el Decreto Nacional 187, del 12 de diciembre de 1830, es elevada a rango de Ciudad. El 19 de abril de 1847, Xalapa fue tomada por las tropas estadounidenses, siendo desalojada el 12 de julio de 1848. El 7 de agosto de 1862, los franceses toman el poblado y el archiduque Maximiliano la visita en 1865, considerándola “una ciudad tan hermosa como ilustrada”. En 1875, el entonces obispo de Veracruz, don José María Mora y Daza, intentó levantar en aquella plaza la iglesia catedral, porque él juzgaba que el lugar donde ya se erguía ese templo, frente al Palacio de Gobierno, no era adecuado para la iglesia principal de la ciudad.

Por esos tiempos, existió un noble caballero español llamado don Martín Jáuregui que, agradecido con Xalapa por los favores recibidos, legó el dinero suficiente para la edificación de un centro comercial que protegiera de las inclemencias del tiempo a los vendedores que se apostaban en la plaza al aire libre. Don Martín estableció en su testamento la advertencia de que allí solamente se venderían frutas y verduras. La construcción inició en 1877 y fue inaugurada en 1879, lógicamente, se bautizó al local con el apellido de su benefactor. Es con este hecho que puede considerarse concluida la existencia de la centenaria Plaza del Rey; importante lugar que, inexplicablemente, no está presente en el inconsciente colectivo de la población xalapeña contemporánea. No permitamos que esa historia sea olvidada y contémosla una vez, y otra, las que sean necesarias.♦




Por Eduardo Sánchez Rodríguez