El juego recóndito de la existencia



Erigir una fortaleza de Lorena Huitrón es una de los títulos más recientes publicado por el Instituto Literario de Veracruz. En esta lectura que Diego Salas hace del poemario, afirma que se trata de “un autorretrato aproximado de Lorena; pero también el recuento del juego impredecible de existir, en cuyo interior crecen las bestias de un abismo que, de no ser por el lenguaje, difícilmente podríamos reconocer”.
¿En qué momento el hogar, la morada, el recinto, la casa, se convierte en una fortaleza?, ¿cuál es la línea que cruza la edificación que nos arropa para adquirir ese semblante? Definitivamente, no son los barrotes ni los altos muros ni las bestias al acecho nadando sobre un río circundante. Tal vez nace en realidad del enemigo o de su acecho. Erigir una fortaleza es reconocer la potencia  que un otro desconocido tiene para vulnerar nuestro interior, esos laberintos inescrutables donde guardamos todo aquello que suponemos ser (aquí el pedazo del amor, aquí el de la muerte; y allá lejos, la memoria o la venganza), lo que escondemos por miedo al miedo de los otros.
Construimos la fortaleza conforme vamos construyendo al enemigo, y lo vamos dotando de cuerpos, rostros, fugacidad y certidumbre. Y entre el enemigo, la fortaleza, sus laberintos y los trofeos, se arma el juego. Entonces verdaderamente comenzamos a mirarnos como somos: las reglas, los jugadores, el tablero y la medida aproximada de la victoria o la derrota. 
No sé si alguien ya lo habrá dicho antes, pero si no, de todas formas lo repito: Erigir una fortaleza, el poemario de Lorena Huitrón, tiene una cara autobiográfica, un autorretrato. En cierta forma, esto es una obviedad, porque la poesía, sea recto o curvilíneo el trazo que la une con su autor, en el fondo deviene siempre en una autoexploración; pero eso de nada sirve si en el dibujo que se logra no hay también un indicio que refleje algo oculto, inexplorado por oscuro o aparentemente absurdo, de sus lectores. Eso logra este poemario. El rostro que Lorena construye de sí misma a lo largo de los versos se transforma en una kamikaze que se arroja sin más a los huecos que también nos pertenecen, donde también hemos caído, pero cuya profundidad sólo reconocemos cuando otro, al emerger, nos canta en qué consiste su caída.  Acaso de esto provengan los versos de la autora: “Quien teje palabras escucha bramar a la impotencia. Quien las arranca para ver cuál le dura, busca conocer en sus palmas el abismo. Aquel que las saca de la boca por primera vez, comprende con temor la función de la materia: revirar el pánico de su hechura”.
Pero volvamos de nuevo al juego: ¿quién es el otro? No lo sé. ¿Cómo se llama? Tampoco, como tampoco sé dónde vive, cuándo vendrá, con qué armas entrará para atestiguar lo que ocultamos o cómo habrá de irse. De ese enemigo fatal sólo sabemos que su reino es lo cotidiano; y sus caras, muchas, también la de nosotros mismos.  Y de esta última circunstancia da testimonio la poeta: “bebemos para volver a escuchar las llaves de aquellas puertas que no abriremos nuevamente. No somos tan valientes”.
Y, entonces, la kamikaze cae en el seno oscuro de nuestras dudas, baja para reconocer al enemigo, y luego sube, y ahí, entre las manos, trae un cuerpo que es también su testimonio. Un lagarto antiguo, especie mortal a la distancia, repugnante al tacto primerizo, pero advenedizo también del deseo súbito y constante,  pariente de los caimanes, pero más pariente aún, casi un hijo, del amor, porque después de todo “el amor es un lagarto: se desliza por un impulso desmesurado, muerde sin contratiempo; el consuelo de la presa es recostar su herida en el río”. Pero que nadie se asuste, para sobrevivir a la ponzoña del amor hay que guardar la debida precaución. Lizalde decía “meter el jab a tiempo, nunca bajar la guardia”, lo que en Lorena se traduce al enunciar en voz de otro la instrucción: “Los padres dicen no hacen nada, na’más no les ronden cerca”.
Pero junto al lagarto otros cuerpos como sombras van llegando, aquí el de un nombre aproximado, apenas sugerido por la palabra “abuelo”, que es en realidad una forma acústica, un sonido oculto que reitera las formas que tiene la desolación de acomodarse en el regazo de la vida: “Qué son nuestros nombres sino penínsulas donde yacemos, nubes con el vientre hinchado a punto de parir el aguacero.” La desolación se vuelve el impulso desesperado por regar en otro lo que somos, con la esperanza de que en la entrega nos rescatemos del olvido, aunque después, paradoja de paradojas, como la lluvia disuelta por el suelo, nuestra presencia se transforme en aire, invisible indicio de haber estado ahí, obedeciendo la ley gravitatoria de la vida, que nos eleva y derriba incansablemente en el largo tránsito de nuestros años: “vulnero tu faz, pero ante el tiempo estás invicto”.
Y entre la muerte y el amor y el luto o la memoria, se va puliendo el movimiento del universo que rige la conducta del poemario: la reverencia a lo insondable, el culto doloroso de resarcir la vida descubriendo nuevamente las heridas.
Erigir una fortaleza es un autorretrato aproximado de Lorena; pero también el recuento del juego impredecible de existir, en cuyo interior crecen las bestias de un abismo que, de no ser por el lenguaje, difícilmente podríamos reconocer.

Erigir una fortaleza de Lorena Huitrón, col. , Instituto Literario de Veracruz, Xalapa, 2013. pp




Por Diego Salas

Juego de Tronos: Tragicomedia de hielo, barbas, senos y fuego


Chiquito pero picoso. Tyrlon Lannister
“El invierno se acerca”. Con esa frase entramos a un mundo intoxicante, una realidad paralela, un universo fantástico, cruel y miserable. La narrativa de George Raymond Richard Martin en su saga “Canción de hielo y fuego” parece una historia universal pero mucho más torcida, y con esteroides, muchos esteroides y algún LSD, con semejanzas a lo que ha transcurrido en la historia de la humanidad. El autor nacido en Bayonne, Nueva Jersey, escribe sobre un anhelado “Trono de Hierro” que se encuentra en disputa entre las familias nobles de una tierra llamada Westeros, donde los dragones y la invocación de las sombras o los vampiros-zombis existen pero son pequeñeces con respecto a las intrigas mayúsculas de la capital o Desembarco del Rey (onda José Córdoba Montoya en los Pinos).
HBO
Home Box Office es un canal de cable que ha crecido desde 1972 en Manhattan con la primera e indiscutible visión de transmitir peleas de box como la de Joe Frazier y Muhammad Ali (1975) en directo, completando sus emisiones con películas, lo que más adelante les llevó a incursionar en la producción. Para 1986, HBO se convierte en una de las primeras emisoras por vía satélite con señal restringida, para ser recibida por los suscriptores que mes con mes pagan por ver esta cadena.
Las historias de éxito en seriales televisivos de ficción comienzan y terminan con HBO, por enumerar algunos casos extraordinarios: The wire, Sex and the city, Band of brothers, The Sopranos, True blood, son todos mecanismos de dominación de audiencias, que todos los domingos en la noche se esclavizan a su monitor y los lunes por la mañana despepitan, cotillean y elaboran sobre las posibles ramificaciones en siguientes episodios, sorprendidos, como no esperaban, por el que acaban de ver.
Dos eventos nos llevan al la edad dorada de la televisión de paga: la dispersión de las señales a través de cadenas de cable en varias partes del mundo que evolucionó en el desarrollo de la televisión directa a casa (platos como Sky) y la invención de los box sets de series que permitió al ávido, pero ocupado, o muy-pobre-para-televisión-de-paga-como -el-que-escribe-estas-líneas, espectador seguir su serie favorita, a través de la renta o compra de cajas de discos, apilables en maratones, que pueden durar una temporada completa o varias (incluidos documentales, errores y escenas eliminadas), si se trata de un puente vacacional, una reacción a los tacos de la esquina, o la depresión inminente tras el rechazo amoroso, etc.
No podemos dejar de mencionar que la distribución de contenidos por Youtube, la piratería y los tributos de fans que van desde dibujos, versiones de los temas, hasta blogs, trailers manipulados o parodias, acrecientan el fenómeno mediático de manera viral.
El serial
La categoría correcta para este tipo de programas que comparten un arco argumental y tienen una relación entre los episodios es la de serial, serie es más bien un grupo de programas con un género similar aunque no tengan conexión los episodios en temática o contenido. En 2010 David Benioff y D.B. Weiss, ambos escritores, comienzan a desarrollar lo que sería la siguiente producción de HBO, no sin los problemas que conlleva la poca o nula confianza en general por este género que parecía haber logrado su cúspide con Lord of the Rings.
Aun con esto en contra, los productores, que cuentan con el completo respaldo y retroalimentación del autor de la saga, construyeron un equipo que incluye nombres como el músico: Ramin Djawadi, quien le diera carácter a la Tronomanía con un tema épico, contundente, que suena durante la ya famosa escena de créditos, que explica el mapa de Westeros. Un ejército de directores, fotógrafos, directores de arte, maquillistas, editores, artistas de efectos especiales y la quirúrgica selección de un centenar de los mejores actores del mundo, escogidos con extremo cuidado, para representar y dar vida a cada uno de los personajes que nacen y mueren bajo la pluma de Martin, autor que utiliza para escribir una vieja computadora con el sistema operativo DOS.
¡Alerta de Spoiler!
Para muchos de los que se enganchan con la primera, encuentran una gran decepción al final, con la muerte de personajes que nos presentan como primordiales, pero ese es el truco, la canción de hielo y fuego es más que las interacciones individuales de personajes que tienen finales felices o coincidencias increíbles, el caso aquí es poder presenciar desde el punto de vista de un cuervo de tres ojos la verdad de que nadie está a salvo, mientras el invierno se aproxima, sólo los más astutos, misteriosos, embusteros y asesinos pueden permanecer aplastando al inocente o al confiado, sin remordimientos pues así es la vida, cruel e inexplicable.
La estructura de la tragedia griega está alrededor de la creación de G.R.R.M. (como lo apodan ya sus fans del infierno), el espectador convencional puede encontrar que su gusto por cuentos de hadas y finales de novela marca Televisa se fractura y aun así queda más que enganchado en búsqueda de la siguiente intriga, odiando al extraordinario Rey Joffrey Baratheon interpretado con bestialidad sobrehumana por Jack Gleeson, una de esas interpretaciones que, más allá de los premios, ha generado miles de memes y estados apesadumbrados en facebook o twitter a su alrededor. El espectador quiere más de un relato tan efervescente y parece que en cada temporada obtiene más a través de la tripa, mucha magia negra, desnudos, intriga, sangre y mugre. ¿Qué más se puede pedir?

Como el acero que se funde y se forja mil veces sin perder filo pero transformado al fin,  la pregunta subyace: ¿Quién se sentará al final en el trono de hierro a contemplar las tumbas de cientos de generaciones de Westeros? Véalo o léalo usted mismo... pero es posible que el resultado le confronte como la muralla de hielo que protege a “Los siete reinos”.



Por Oscar García

Bella dama sin edad


Haz sandwich. Charlotte Gainsbourg siente la marca personal. Nymphomaniac de Trier 
Ni aun el seguidor más radical de la obra de Lars von Trier podría afirmar que Nymphomaniac (2013) no termina en un prolongado y delirante ejercicio de reiteración. Suspiramos, con alivio, cuando aparecen los créditos finales. No es difícil que el cine de auteur, llevado a sus últimas consecuencias, derive en una caminata en círculos –la trayectoria de Jean-Luc Goddard o Alfred Hitchcock sirven para ilustrar esta extensión de la industria–, pero aquí las costuras se perciben a primera vista. Refiero esto luego de la sesión cinematográfica de casi cuatro horas de duración, de la parte I y II, de una secuencia interminable de encuentros sexuales de índole personal.
Charlotte Gainsbourg –hija del célebre Serge y Jane Birkin– interpreta a una mujer con fuego en el vientre. Se inicia muy joven en los placeres del cuerpo y su ascenso en esta ordalía de carnalidad parece no tener fin. Un individuo la encuentra golpeada en la calle y la lleva a su departamento. Aquí comienza un relato semejante a las mil y una noches respecto de una sed extática que ganaría la admiración de George Bataille. También de muchos terapeutas. Esta charla ocasional entre víctima y flâneur  de la noche alcanza filones de sesión psicoanalítica y el espectador se pregunta si era necesaria tanta confesión.
La película forma parte de la llamada “trilogía de la depresión”, que incluye Anticristo (2009) y Melancolía (2011).  En Nymphomaniac hay un homenaje explícito a las escenas de apertura de Anticristo, en donde un bebé cae de una ventana con la música de Lascia ch'io pianga de Händel. Un incidente que rompe la circularidad obsesiva de una mujer afiebrada por los encuentros sexuales. Los apasionados del destape celebrarán la eliminación cabal del pudor, pues Trier no corta escena y exhibe penes erectos, flácidos, heridos o a punto de hundirse en la carne. Es el holocausto de las cortapisas. Esta entrega es una celebración de la carnalidad. Quien no disfrute el espectáculo mejor que abandone la sala. El maestro interpreta, poseído por las musas, y los demás cerramos los ojos o abrazamos a nuestro acompañante. Se percibe soberbia y desprecio por el espectador en Nymphomaniac.
Es lógico que los caballeros disfruten del espectáculo de Gainsbourg, desnuda y colocada en situaciones extremas. Es un cuerpo hermoso. Apareció en Anticristo en escenas similares al lado de Willem Dafoe, pero aquí Trier lleva el procedimiento al exceso. Barroquismo de fluidos. La sexualidad aún es una vereda con referentes móviles que flotan a su alrededor. La trama de la película pudo haberse contado desde una voz vaginal, que refiere encuentros inesperados y atípicos. Cavidad sonora. El director danés vuelve al ataque con preocupaciones de índole psicológico –Melancolía relata la historia de una mujer sin entusiasmo por casarse–, pero explota en mil pedazos al intentar una narratividad a partir de un entorno claustrofóbico. La sexualidad nos interesa, cierto, pero en su vertiente patológica irrita sólo a quien la padece.
La crítica negativa ha sido generalizada. El tiempo del espectador es valioso y si ha de sentarse casi cuatro horas a presenciar un producto fílmico, es indispensable que el motor narrativo sea más complejo que sólo el embeleso de un director por una actriz de cuerpo impecable. El cierre impacta por la naturaleza caprichosa de la sexualidad, que no se revela ni aun en pleno desierto. Con todo es un filme que se atreve, rompe el molde y salta al vacío. Podríamos estar ante la película más sintética del universo Lars von Trier. O ante una estafa.

Nymphomaniac de Lars von Trier. Actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Willem Defoe, Sha LaBeouf, Uma Thurman y Stacy Martin. Dinamarca, Alemania, Francia y Bélgica, 2013. Duración: 145 minutos.





Por Luis Bugarini

El tiempo sabe jugar al futbol


Antes del juego, óleo de Claudio Bravo
En este adelanto del libro Las ideas hasta el día de hoy, especialmente adaptado para Performance por el autor, Eduardo Espina, desde el cine y la literatura, se ocupa del juego del hombre: “Además de ser territorio fértil para que la fortuna pueda ejercer su libre albedrío, otra de las razones que ayuda a entender la popularidad mundial del futbol –esa universalidad en constante proceso de crecimiento– es su inasible condición identitaria”.
Dos películas rioplatenses recientes (del 2000 para acá todo lo es; todavía actual, como de hace muy poco tiempo atrás) han representado eficazmente el efecto sin causa precisa ni razones temporales asociado a la gran dependencia que suscita el futbol y su bullicioso entorno, a todo eso que no entendemos bien y que llamamos “pasión”, y que no es la misma pasión que incide en otros aspectos influyentes de la vida, como la gastronomía o las relaciones sentimentales. Las afinidades de la pasión futbolística son asimétricas. Hacen lo que se les antoja. En la película argentina El secreto de sus ojos (2009), el sospechoso, Isidoro Gómez, es atrapado por la policía debido a la vinculación emotiva que mantiene con un equipo de futbol del cual es hincha fanático. El club de sus amores, igual que el trineo del ciudadano Charles Foster Kane, permanece inalterable hasta el día mismo de su muerte.
En un momento clave de la película, cuando parecía imposible poder atrapar a Gómez, Pablo Sandoval (Guillermo Francella) le dice a Benjamín Espósito (Ricardo Darín): “El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa de familia, de novia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión”. El asesino es hincha de Racing de Avellaneda y logran atraparlo en un partido contra Huracán (no cualquier partido, sino un clásico) en la cancha de este último, en una escena deportiva memorable, seguramente la mejor de su género filmada en la historia del cine, por la toma aérea (con intervención de efectos generados por computadora) y el espectacular protagonismo escenográfico que se le otorga al futbol, con su plenipotencia anímica a todo ver.
En la película uruguaya Whisky (2004), mientras tanto, Jacobo Köller (Andrés Pazos), el personaje principal, un fabricante de medias soltero y solitario, tiene una vida ordenada, excesivamente meticulosa, y ve con mucha desconfianza, incluso con resquemor, cualquier acontecimiento personal o mundanal que pudiera alterar los blindados planes de su diaria rutina, apegada a una noria tan inamovible como intrascendente. Sin embargo, en uno de los pasajes menos esperados de la película, y por eso también uno de los más gozosos, descubrimos que Köller es hincha de El Tanque Sisley. En su apartamento tiene un banderín de ese club con camiseta verdinegra, y en una pared de su oficina hay una foto del plantel.
En compañía de su hermano Herman (Jorge Bolani), quien recién acaba de llegar de Brasil a visitarlo, va a la cancha –no se informa cuál– a ver un partido de su equipo favorito contra Sud América, la IASA. Esa tarde sabatina la pasión de Köller sufre un repentino estremecimiento cuando uno de los líneas, de apellido “Barceló” (según acota un hincha que está viendo el partido detrás de ellos y escuchando el relato radial en una Spika), cobra una infracción que para los simpatizantes de El Tanque fue inexistente. Parco y educado en la vida diaria y en el trato de sus empleados, Köller grita enardecido al ayudante del árbitro: “Ladrón. La puta madre que te parió. Por qué no te metés el banderín en el orto. Hijo de puta”.
En el futbol, los estados de ánimo y las reacciones intempestivas no pueden ser esperados; hay que salir a su encuentro, hacerlos posibles antes de que lleguen a existir por completo. El descontrol rige la pasión, la cual no se siente indiferente transgrediendo sus límites gestuales, aquellos donde el tedio dejó de tener cabida. El impulso existe por completo, como fuerza física de una meta metafísica a la vista, de una alegría que quiere tener mayor influencia sobre la vida, incluso cuando de sopetón llega todo lo opuesto a ella. Es una alegría plenipotenciaria para celebrar con los demás en un mundo semejante, porque el futbol es una religión en colaboración, que nunca falla en su intento por despertar el interés y el intercambio, la socialización, con todo lo que eso significa.
La metamorfosis capta un tiempo existiendo con todos sus tiempos verbales al unísono, incluido el imperativo, sin lapsos por rellenar entre ellos. El secreto se desvincula de sus misterios, haciéndolos accesibles mediante los efectos que demuestra tener en presente. El futbol, según lo evidencia el sorpresivo comportamiento de Köller, genera actos emocional y temporalmente inclasificables –una posteridad añadida a continuación–, que existen mejor cuando están acompañados y sienten que la pasión que generan los supera.
Jacobo Köller lleva una vida solitaria con la que está en desacuerdo (aunque nada hace para modificarla), según queda claro en el relato de su itinerario cotidiano. La única compañía que tiene, aparte del trabajo al frente de una pequeña fábrica de medias, legado de su padre, es la pasión por un equipo de futbol. Su condición excéntrica, dada por el hecho nada común de ser hincha de El Tanque Sisley, equipo que en ese entonces competía en la divisional B sin casi posibilidades de ascender debido a su precaria situación económica, genera las únicas conversaciones, por llamarlas de alguna inexacta manera, que tiene con el diariero de la esquina de su fábrica, quien suele decirle cada mañana cuando pasa por ahí: “Y, don Köller, ese cuadrito, ¿sube o no sube? No existe El Tanque, don Köller”. Pero la vida opina lo contrario. Para Köller, El Tanque es una de sus pocas existencias verídicas, parte de su peripecia emocional, pues tampoco él “puede cambiar de pasión”. Mediante el ejercicio de su pasión no tan furtiva logra evadir la rutina, el tiempo ese en el que nadie quiere estar.
Ante los comentarios irónicos del diariero, Köller permanece inmutable, reconociendo con su solipsista silencio la tiranía de una pasión que no tiene equivalentes en la rutina diaria, y a la que no le otorga mayor importancia de la mucha que ya tiene. Al final de la película, Marta (sin hache), una de las empleadas de la fábrica, la única mujer, aparte de su madre, que Jacobo pareció amar en su vida, y que llega en el ocaso de esta, se marcha (provocando un final de historia con puntos suspensivos), por lo que la pasión por El Tanque será la única que permanecerá fiel al lado de Köller, sin que tenga que llamarla ni rogarle para que se quede o regrese algún día. Esa noble pasión seguirá estando ahí, indiferente a las pequeñas y grandes derrotas, a los malos arbitrajes, y al hecho circunstancial de que El Tanque estuviera en ese entonces sobreviviendo en la divisional B, limbo para ser visitado solamente los sábados. A una sola idea no se la puede culpar de la pasión futbolera.
El polaco Stanislaw Jerzy Lec (1909-1966), poeta y creador de geniales aforismos, dijo que “el hombre nace, vive y muere en el espacio de una frase”. También puede nacer, vivir y morir en un espacio incluso más breve; el de un monosílabo a disposición de todos: gol, síntesis de lo que la existencia puede exclamar cuando llega una dicha impremeditada, como la que aporta un buen resultado futbolístico. No en vano, la relación entre la vida y el más popular de los deportes (y recurro al tan utilizado lugar común pues es verdad) ha sido intensa y constante desde que ese deporte comenzó a imponerse en el mundo, casi dos siglos atrás. Su popularidad acepta varias posibles explicaciones, entre las cuales figura la presencia del azar (el libro Luck: What it means and why it matters de Ed Smith, afirma que el fútbol es el deporte en que la suerte tiene mayor incidencia), pues en ningún otro lugar aparte de la cancha, ni siquiera en los sorteos de lotería o en las salas de juego de los casinos, la suerte y la casualidad son responsables de tantos resultados inesperados.
Además de ser territorio fértil para que la fortuna pueda ejercer su libre albedrío, otra de las razones que ayuda a entender la popularidad mundial del futbol –esa universalidad en constante proceso de crecimiento– es su inasible condición identitaria, sin divisiones etarias, pues si bien el deporte que los estadounidenses llaman soccer es hoy en día epítome de la globalización y de la falsa proclama “el mundo es uno y único”, los regionalismos, a la hora de poner en práctica tácticas, estrategias y procedimientos de juego, todavía continúan teniendo vigencia y hacen que hablemos de un “estilo de futbol europeo” y de un “estilo de futbol sudamericano” como si fueran entidades diferentes, incluso en la forma de concebir al tiempo, y de acelerar o posponer su accionar.
Antes de continuar, conviene traer a colación la anécdota que rescata Nicolás González Varela, en su artículo “Filosofía como futbol: el Ser es redondo”, perteneciente al libro Ensayos sobre futbol y filosofía, pues sirve para destacar que la pasión colectiva generada por el futbol tenía que ver desde hace mucho con el imán asociado a este, en el cual inteligencia y belleza trabajan de manera cómplice, sin dar explicaciones, pero haciendo su trabajo muy bien, como suelen hacerlo cuando un misterio es el protagonista: “Hacia principios de los años sesenta el director artístico del decano teatro de Friburgo, Hans-Reinhard Müller, fundado en 1866, se encontró de casualidad con [Martin] Heidegger en un tren que venía de Karlsruhe. Al reconocerlo emocionado –Heidegger ya era una estrella intelectual a nivel mundial–, pretendió desarrollar una charla profunda sobre literatura y arte, cosa que no logró. Heidegger, que venía de dar unas conferencias en la Academia de Ciencias de Heidelberg, como un zorro-zen, esquivaba el bulto, ya sea con silencios o con monosílabos. De repente el filósofo, todavía bajo la impresión de un partido regional de futbol, le habló todo el tiempo de un jugador maravilloso, un tal Franz Beckenbauer, que jugaba en un equipo mediocre, el FC Bayern Munich. Se deshizo en elogios por su estilo de juego, admirado relató la precisión y la delicadeza con la que trataba el balón, incluso con lenguaje corporal le visualizó al estupendo director las fintas de su juego. Heidegger calificó a Beckenbauer, de tan solo veinte años, de großartiger Spieler, jugador genial, además de subrayar la invulnerabilidad en la marca o lucha cuerpo a cuerpo. Müller además concluyó acertadamente que a Heidegger no le interesaba en absoluto el teatro”.
El mundo ha sido del futbol desde el día mismo que comenzó a conocerlo. Ya a principios del siglo XIX al poeta romántico John Keats le gustaba ir a ver a los niños jugar al football en el parque. Ya por ese entonces despertaba el interés incluso de quienes nunca llegaron a jugarlo (no hay documentos que informen que Keats pateó alguna vez una pelota). En la primera parte del siglo XX, cuatro de los artistas de mayor originalidad del periodo moderno, los franceses Henri Rousseau y Robert Delaunay, el ruso Nicolas de Staël y el alemán Max Beckmann, pintaron cuadros emblemáticos referidos al futbol (Los jugadores de futbol, 1908; Futbol. El equipo de Cardiff, 1916; Los futbolistas, 1914; y Jugadores de futbol, 1929, respectivamente), iniciadores de una época crucial en el arte, cuando las vanguardias coincidían con la imposición del futbol como principal deporte mundial.
Con las olimpiadas modernas, sobre todo las que tuvieron lugar en Colombes y Ámsterdam en 1924 y 1928, respectivamente, el futbol confirmó su reinado en expansión, uno que llega todopoderoso y omnipresente hasta la fecha de hoy. Su evolución como juego ha ido a la par del aumento de su popularidad, expandiendo su influyente presencia en casi todos los órdenes de la vida; de la política a la economía, y de las artes a la industria, pasando por la filosofía (dos filósofos del siglo XX, Martin Heidegger y el italiano Gianni Vattimo, demostraron ser futboleros de ley, y no son los únicos: Wittgenstein dijo que mientras miraba partidos de futbol le venían a la cabeza ideas filosóficas, sobre todo referidas al nombrar de las cosas y a los juegos que se pueden hacer con el lenguaje). 
Uno de los más inspirados sketches realizados por los geniales filósofos-cómicos ingleses Monty Python, titulado “The Philosophers’ Football Match” (es el segundo episodio de la serie Monty Python’s Fliegender Zirkus y está incluido en el DVD Monty Python Live at the Hollywood Bowl), presenta un partido de futbol supuestamente disputado en las olimpiadas de 1972 en Munich (aunque la intemporalidad del pensamiento y del humor es figura central), entre un equipo integrado por filósofos universales, contra un combinado conformado por filósofos alemanes (el único futbolista auténtico es Franz Beckenbauer, quien tal vez fue convocado al equipo por sugerencia directa de Heidegger). A la selección alemana de filósofos la integraron Leibniz (golero), Kant, Hegel, Schopenhauer, Beckenbauer, Schelling, Jaspers, Schlegel, Nietzsche, Heidegger y Wittgenstein, austríaco y no alemán, y que en el segundo tiempo fue sustituido por Karl Marx, quien al parecer podía jugar en varias posiciones. Por su parte, el combinado de filósofos “resto del mundo” estuvo conformado por Platón al arco, Epícteto, Aristóteles, Sófocles, Empédocles, Plotino, Epicuro, Heráclito, Demócrito, Sócrates y Arquímedes. Con gol de Sócrates en el segundo tiempo –de cabeza y en offside– los griegos ganaron 1-0 el partido, en el cual Nietzsche recibió una tarjeta amarilla por decirle a Confucio, quien era el árbitro del match, que carecía de libre albedrío.
Desde comienzos del siglo XX, cuando en plena época romántica y victoriana capturó el interés de ingleses y escoceses en la imperial Gran Bretaña, el futbol ha sido un acto lúdico de la imaginación con resultados empíricos y ficticios variables, de ahí, por ejemplo, el silencio discontinuo de los estadios y los volubles comportamientos emocionales que pueden llegar a tener un país y sus habitantes. Como ningún otro deporte de los ya inventados, el futbol ha acompañado el desarrollo de la era industrial, convertido en sinónimo del tipo de actividad física y de entretenimiento de un periodo histórico que comenzaba a mostrar los primeros signos de adicción a la velocidad y al apresuramiento de la temporalidad promovido por los nuevos usos a disposición de la cambiante sociedad. El futbol se anticipó a la era del avión y del automóvil, al haber generado un imaginario social según el cual todo lo existente en la realidad se encontraba en radical proceso de cambio, incluso la concepción del tiempo.
Así pues, la época moderna, que podemos darla por iniciada a principios de la segunda década del siglo XX (“en o cerca de diciembre de 1910 el carácter humano cambió”, escribió Virginia Woolf en su ensayo “Mr. Bennett and Mrs. Brown”, de 1923), vino acompañada de la noción de que la vida podía existir de manera acelerada, a saltos de mata y con neurótico frenesí, y que en esa apetencia de velocidad continua coincidían diversas expectativas de realidad, mejor dicho, varias realidades simultáneas y compatibles, todas ellas caracterizadas por similar percepción: a partir de ahora el ser humano podía tener un mayor control del tiempo, y asimismo un mejor uso –no necesariamente más racionalizado– de este. El tranvía eléctrico, el automóvil y el avión vinieron a transformar la relación entre espacio y tiempo de tal manera que esta ya nunca podría ser la misma de antes.
Coincidiendo con la expansión industrial y urbanística, la modernidad vino a abreviar las distancias entre un sitio geográfico y otro, como asimismo la cantidad de tiempo invertida en los desplazamientos. El futbol, tan porfiado en sus gozos y promesas como lo es, llegó incluso más lejos. Aportó la posibilidad cierta y verificable de una fase de atemporalidad, de una zona difícil de caracterizar donde la percepción del tiempo puede ir del letargo al aceleramiento con pasmosa fluidez. De un balón, de su enorme poderío laico, no solo pasaron a depender los estados de ánimo individuales y colectivos, con sus alzas y bajas pendientes del resultado, sino asimismo la forma de relacionarnos con el tiempo, principal protagonista de la vida contemporánea que nos ha traído hasta aquí, donde estamos.

* Adelanto del libro Las ideas hasta el día de hoy, especialmente adaptado para Performance por el autor.



Por Eduardo Espina



Calcio di Punizione: el mejor centro siempre va a segundo palo


Ronald de Boer ejecuta un tiro libre para el Ajax, 1998
Héctor Orestes Aguilar ha tenido a su cargo dar forma final a los apuntes memoriosos de Alberto Guerra, célebre director técnico de las Chivas del Guadalajara. En este ensayo, recapitula Aguilar en torno a esta experiencia con Guerra: “Sus estrategias son ejemplo de que, más allá de  los resultados inmediatos que se le demandan tanto a los directores técnicos de futbol como a los escritores, es mucho más importante aportar viendo hacia el futuro”.
Estrategias de Guerra
Hasta junio del año pasado nunca había escrito un libro como ghost writer; o, mejor dicho, nunca había sido redactor y editor de una serie de notas sueltas, misceláneas y desprovistas de una secuencia cronológica concebidas por alguien distinto a mí. La editorial para la que trabajo en el D. F. me encargó que escoltara y diera forma terminal a los apuntes de Alberto Guerra para convertirlos en un libro de coaching. Como era un reto interesante, no dudé en aceptarlo. El director técnico jalisciense nacido en Juárez siempre me había parecido una figura futbolística sobresaliente. La mera verdad, no recordaba a detalle su trayectoria, pero me quedaba claro que había sido un entrenador importante en el siglo XX para Chivas y que escribir un libro con él no tendría desperdicio.
Por supuesto que no me equivoqué, aunque debo confesar que ha sido una de las experiencias editoriales más arduas de mi historia como corrector y editor. Un hecho crucial fue que Alberto desarrolló una disciplina de escritura ejemplar, entregándome a lo largo de casi cinco meses entre dos y tres textos semanales, lo que para alguien quien no ha tenido antes una rutina de redacción como ejercicio habitual fue algo de suyo inesperado y sorprendente. Él pudo sostener un ritmo de entregas constante hasta que reunimos el material suficiente para un libro que, me parece, aporta amenidad y un puñado de ideas que resultan singulares, al menos para mí. 
La más importante de ellas es que la misión fundamental del entrenador es alargar lo más posible la vida profesional del jugador de futbol. Vale decir: más allá de su misión como formador de talentos, como estratega de un sistema, como motivador durante el juego, el técnico debe, para Guerra, procurar que sus jugadores conserven el mayor tiempo posible sus facultades futbolísticas y su patrimonio físico, ya sea moderando su desgaste o aplicándole tareas en el campo de acuerdo al paso del tiempo, a la experiencia adquirida y las rotaciones naturales en los planteles.
Admito que nunca había pensado mucho en este aspecto del futbol: la longevidad de los jugadores es uno de los hechos más felices de este deporte. Mientras un equipo conserve durante más años a sus mejores piezas rindiendo de forma óptima, el equipo ganará en cohesión e identidad. Pienso en la muy prolongada carrera de Javier Zanetti, a quien tuve la fortuna de ver jugar en vivo en un partido Sturm Graz vs. Inter de Milán, un juego en el que por cierto anotó un gol desde fuera del área grande con un tiro sobre la marcha.
Zanetti se retiró apenas esta temporada con más de cuarenta años, como capitán y símbolo de toda una época del Inter, un periodo en el que el equipo lombardo se latinoamericanizó de una manera desconocida para los equipos del norte de Italia y llegó a ganar cinco títulos en la temporada 2009-2010, incluyendo la liga de campeones europeos, por lo que fue declarado el mejor equipo del mundo en esa temporada. Zanetti “duró” más de lo normal porque, además de ser un profesional fuera de serie, seguramente contó con el apoyo de entrenadores que procuraron su impecable condición física hasta el final.
Me gustó escribir con Alberto Guerra. Aprendí mucho de futbol, pero aprendí más de lo que debemos proponernos como intelectuales y formadores de conciencia y opinión pública. Sus estrategias son ejemplo de que, más allá de  los resultados inmediatos que se le demandan tanto a los directores técnicos de futbol como a los escritores, es mucho más importante aportar viendo hacia el futuro. Es más importante contribuir a la preservación de facultades deportivas y atléticas y valores humanos que nos permitan disfrutar mejor del futbol y de la vida.
Las lenguas del balompié 
Al vivir en Austria durante varias temporadas y en Hungría durante tres años, tuve la suerte de ver las transmisiones de futbol por televisión en al menos cinco países centroeuropeos en sus respectivas lenguas. Es muy curiosa la forma en que se narra el futbol en la Bundesliga alemana, por ejemplo: una suma de silencios. Hay un solo comentarista por partido y éste no despliega una crónica del juego; vamos, ni siquiera se dedica a describir con algo de sal y pimienta lo que ven los espectadores, sino que suelta, muy espaciadamente, comentarios al juego. Que no dejan de ser curiosos y agudos: recuerdo la transmisión de un partido Alemania vs. Holanda en el que el comentarista describió durante un tiro libre los forcejeos entre la barrera del equipo tulipán (donde para entonces ya jugaban muchos afrodescendientes) y los jugadores de origen turco y eslavo de Alemania como un “encuentro multi-culti”.
El símbolo del laconismo germano en las transmisiones de futbol es, sin duda, el gran Günter Netzer, quien desde hace unos quince años comenta los mejores juegos de la primera división alemana y que, con su pétreo semblante de obispo del siglo XVI, disuade cualquier asomo de humor o espontaneidad. Para la televisión alemana sería impensable contar con un sucedáneo ya no digamos de don Ángel Fernández, sino de los contemporáneos Christian Martinoli o Luis García. Lo suyo no es el sentido de ligereza.
Pero además de la solemnidad indestructible de sus transmisiones televisivas, el futbol alemán también padece la falta de gracia que tienen otras lenguas para describir y narrar el futbol. Tan sólo unas cuantas palabras de la jerga futbolística italiana bastan para ganar la simpatía de quien ve y escucha el calcio por tv. Mi noción preferida: Calcio di punizione, el tiro de castigo que para muchos equipos modernos se ha convertido en la jugada de táctica fija indispensable para resolver juegos obtusos y anodinos.
Del inglés futbolero, por otra parte, me gusta mucho que, al menos en Gran Bretaña, se diga tackle para designar al recargón de hombro, al empellón y al choque de cuerpos en la lucha por el balón. Ignoro por qué, pero me remite a una época remota del juego, en la que el futbol aún no se distanciaba tanto del rugby e implicaba un desafío físico mucho mayor, cuando se permitía cargar a los porteros dentro del área y la lucha cuerpo a cuerpo le demandaba más maña que fuerza a aquellos jugadores quienes, como los mexicanos, nunca han contado con una constitución física intimidatoria. Otra palabra inglesa que también me despierta mucha simpatía es el Overhead Kick, la chilena, a quienes las generaciones más recientes de angloparlantes también denominan Bicycle Kick, acaso por el “pedaleo” acrobático que hizo famoso al remate típico de jugadores como Hugo Sánchez, uno de los más eficaces al practicarlo.
La teoría del segundo palo

Dicen que después de la ejecución de un tiro de esquina, un balón peinado dos veces hacia el segundo palo siempre termina en gol. Que la malevolencia del doble sentido convierta un dicho inocuo en un albur siempre me recuerda que la escritura es como el futbol: un juego azaroso, imprevisible, necesitado de la imaginación; juegos que, mientras se practiquen con mayor capacidad de inventiva, más felices resultados procrearán.



Por Héctor Orestes Aguilar


Futbol mexicano: esperanza y desolación



La Copa del Mundo de Brasil ha comenzado. Naief Yahya preparó el siguiente recuento de las últimas intervenciones de la selección mexicana en esta gesta mundialista. Y escribe: “La nuestra es una tradición futbolera llena de agujeros, es una historia de penitencia y arrogancia, de contratos multimillonarios y miseria, de importar talento compulsivamente y a la vez negarse a aprender de las experiencias de otros. El futbol mexicano es una mansión provinciana, pretenciosa y escuálida…”
Futbol viral
Cuando esto se escribe faltan pocas horas para la inauguración de la Copa del Mundo de Brasil de 2014. Pido de entrada disculpas porque en este texto recurriré a un arsenal de lugares comunes, frases hechas, referencias abotagadas, conceptos manoseados y de veracidad dudosa que retumbarán en la zeitgeist hasta que la histeria mundialista comience a perderse en la memoria. Como muchos otros, me pregunto qué impacto tendrán las protestas masivas en contra del mundial y si la presidenta Dilma Rousseff recurrirá a los viejos métodos represivos perfeccionados por las dictaduras de los años setenta (cuando el propio Rey Pelé justificaba el autoritarismo bestial de los generales).
Cada cuatro años la Copa del Mundo se vuelve más popular, aumentan los ratings, la pasión, el comercialismo, los álbumes de estampitas, el frenesí, las protestas, los fraudes, la enajenación y el rumor de los partidos arreglados. La Copa del Mundo es una gran fiesta, un evento fascinante que en lo personal he venido siguiendo de manera obsesiva desde el mundial de 1974, en Alemania: cuarenta  años de acumular ansiedad, gozo y tensión pero principalmente dolorosas desilusiones. En las diez copas de mi vida he visto a la selección mexicana arrastrarse entre todas las variantes de la miseria futbolera, desde no calificar al ser eliminados por nuestros entonces improvisados competidores de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Asociaciones de Futbol (en 1974 Haití ocupó el único lugar reservado para la Concacaf, y en 1982, cuando el número de lugares había aumentado a dos, y no pudimos ocupar ni uno de ellos), hasta alcanzar el proverbial quinto partido en el segundo Mundial que tuvo lugar en México, en 1986, y perderlo trágicamente en penaltis contra una Alemania que no nos pudo derrotar en el terreno de juego.
El último Mundial al que no asistimos fue el de 1990 y en esa ocasión la culpa no fueron los malos resultados de los juegos de eliminatorias sino el haber sido descubiertos en el escándalo de los cachirules, cuando por lo menos cuatro jugadores que rebasaban la edad máxima alinearon con la selección juvenil. Inicialmente los directivos mexicanos pensaron que la FIFA no se atrevería a castigar a México, uno de sus clientes predilectos, además de que Guillermo Cañedo tenía una posición privilegiada en la organización como asesor del presidente Joao Havelange. Sin embargo se nos utilizó como ejemplo para intentar poner orden en una situación epidémica y el castigo fue contundente. México quedó marginado de la Copa del Mundo de Italia y del futbol olímpico. Inicialmente la prensa y la directiva trataron de responsabilizar y emprendieron un linchamiento mediático de los periodistas Antonio Moreno y José Ramón Fernández, quienes divulgaron la noticia a través del periódico Ovaciones y de la cadena televisiva entonces llamada Imevisión. A partir del Mundial de 1994 en los Estados Unidos, México ha llegado siempre a octavos de final donde se ha perdido con dignidad o de manera humillante, pero en todos los casos se ha perdido.
Mentalidad de caciques
La nuestra es una tradición futbolera llena de agujeros, es una historia de penitencia y arrogancia, de contratos multimillonarios y miseria, de importar talento compulsivamente y a la vez negarse a aprender de las experiencias de otros. El futbol mexicano es una mansión provinciana, pretenciosa y escuálida en la que rigen capos a la antigua quienes imponen su voluntad y se justifican con reglas improvisadas que les permiten todo. La liga de futbol (ahora llamada Liga MX) es una organización corrupta y siniestra que puede ignorar a la constitución y siempre tiene recursos para cambiar la ley cuando sus intereses se ven amenazados.
Los dueños de clubes actúan como patrones de tienda de raya y los futbolistas, especialmente aquellos que no son famosos o exitosos o codiciados por los clubes no tienen derechos laborales ni son dueños de su futuro en ningún sentido. Las reglas cambian de acuerdo con el club, las circunstancias y siempre el poder del dinero. Un ejemplo reciente fue el caso del Querétaro que en el torneo Clausura 2013 perdió la categoría y debió descender, pero en vez de eso compró la franquicia de Chiapas, que a su vez compró la franquicia del San Luis, el cual sí se fue. Lo paradójico y digno del experimento del gato de Schrödinger (en que el hipotético felino puede estar muerto y vivo al mismo tiempo) fue que el Querétaro bajó y a la vez no bajó. Es decir que un equipo llamado Querétaro se quedó en primera división y otro más llegó a la liga de ascenso, como si habitaran en dos universos paralelos.
Escándalos, fraudes y arreglos criminales como esos abundan[1] y si bien los nuestros son claramente estridentes no somos ni remotamente el único país en donde el futbol es corrupto y decadente. De hecho la propia FIFA tiene un alarmante historial de mala conducta, conspiraciones y fraudes. Blatter se encuentra ahora bajo ataques severos y universalmente se le considera una lacra, un tirano bananero que rige desde 1998. El presidente suizo de la federación se ha defendido acusando a sus enemigos de “racistas”. No obstante es claro que hay poca disidencia entre los fanáticos y con todo seguimos depositando toda nuestra confianza en ellos.
Nuestros enemigos en turno: Brasil
Hay 32 naciones invitadas a la justa mundialista pero concentremos nuestra atención en el grupo A, donde se encuentra Brasil, Croacia, Camerún y nuestra trasnochada selección. De Brasil se ha dicho todo pero lo importante es que se trata de una gran potencia futbolística que pone en evidencia que no hace falta ser una nación primer mundista o justa para ser campeón del mundo y por si a alguien le quedan dudas, lo ha demostrado cinco veces.
El futbol llegó a Brasil en 1894, cuando el escocés Charles Miller desembarcó en el puerto de Santos con dos balones. Inicialmente el juego era practicado únicamente por la burguesía europea. La esclavitud tenía tan sólo seis años de haber sido abolida. No olvidemos que Brasil importó más esclavos que ningún otro país americano y hoy tiene la población negra más grande del mundo después de Nigeria. Durante décadas la oligarquía trató de impedir que la población negra y los pobres jugaran futbol, así que la incipiente autoridad de este deporte decidió imponer la regla de que todos los jugadores debía saber firmar su nombre. Contaban que eso eliminaría a los analfabetos pero según Alex Bellos,[2] los directivos del club Vasco de Gama, el primero en abrir sus puertas a todo aquel que jugara bien y por tanto a la integración racial, se pusieron a alfabetizar a sus miembros y surgió la costumbre de sugerirles cambiarse de nombre para adoptar apodos corto y fáciles de escribir, de ahí la proliferación de nombres como Cafú, Bebé, Pelé y Kaká.
Es fácil entender que un juego emocionante, atlético, informal y que requiere un mínimo de infraestructura fuera adoptado por las masas, lo que no queda tan claro es cómo ese juego británico salvaje fue adoptado para canalizar el sentido del ritmo y la poética de la cultura nacional lo cual se tradujo en el jogo bonito, el futbol artístico que sólo los más talentosos pueden intentar. ¿Tuvo que ver la inmensa diversidad cultural, la historia de represión y esclavitud, la pobreza o la aparente felicidad que hace de cada partido un carnaval? El estilo brasileño se definió y consolidó en los mundiales de 1958, 1962 y 1970. A partir de entonces la globalización ha hecho menos evidentes las diferencias entre estilos nacionales. Sin embargo, el brasileño sigue siendo un futbol de destreza individual que en sus peores momentos es simplemente un personalismo patológico. Muchos hemos visto a Brasil triunfar y fracasar, demostrar inmensa habilidad y gran incompetencia. Este es un equipo obsesionado en encontrar al sucesor de Pelé o a una generación digna de heredar el prestigio de aquella legendaria escuadra donde jugaban Garrincha, Didí, Nilton Santos y Vavá. Muchos hemos perdido la paciencia con la ridícula insistencia de que los brasileños bailan samba al jugar o que su espectáculo es tan fascinante como una batucada. Veremos si Brasil logra reconquistar en sus estadios y entre su gente el encanto perdido y de paso su sexta copa.  De no lograrlo, un nuevo maracanazo daría lugar a un peligroso laboratorio social de desencanto y furia.
Leones indomables y caóticos
La memorable participación de Camerún en el Mundial de 1990 es considerada como uno de los momentos de mayor gloria del futbol africano. Los Leones Indomables derrotaron al campeón del mundo, Argentina, y a Rumanía, pero una vez calificados fueron derrotados por la Unión Soviética (que venía de perder sus dos anteriores partidos). En dieciseisavos, Camerún eliminó a Colombia y perdió en cuartos de final contra Inglaterra en un juego apretadísimo. Aparte de su sorprendente participación el héroe del mundial fue Roger Milla, quien anotó cuatro goles, impuso una nueva y sensacional forma de celebrar los goles y cautivó al mundo con su carisma. Milla es una figura extravagante y fabulosa que curiosamente tuvo una carrera relativamente intrascendente, en 1977 se fue a Francia donde jugó hasta 1989 en cinco equipos. Se había conformado con terminar su carrera jugando en el Saint Pierroise en la isla de Reunión cuando a los 38 años fue rescatado del retiro por el propio presidente camerunés, Paul Biya, quien ignorando todo protocolo lo convocó a la selección.
Después de ese Mundial el presidente Biya lo nombró director general de los Leones Indomables y en ese puesto organizó una serie de partidos con pigmeos a los que hizo ir a la ciudad de Yaundé con la intención de recaudar fondos para financiar programas de alimentación y salud para esos pueblos. Paradójicamente decidieron encerrarlos en el mismo estadio y alimentarlos lo menos posible ya que según un portavoz del torneo: “Juegan mejor si no comen demasiado.”[3] El torneo fue un desastre y apenas se vendieron 50 boletos, Milla quiso compensarlos y organizó un concierto en beneficio de los pigmeos en el cual él mismo cantó. En 1994 Milla volvió a alinear a los 42 años y aunque su selección no tuvo una participación afortunada, él anotó un gol contra Rusia, donde perdieron 6 a 1.
La federación camerunesa de futbol Fecafoot (en serio se llama así) es prodigiosamente corrupta y el equipo tuvo antes del Mundial de 2002 que amenazar con no viajar a Japón-Corea si no se les pagaban sus primas. Doce años después la historia se repitió y el equipo tuvo que amenazar con no ir a Brasil para negociar su pago. El carismático y fabulosamente exitoso Samuel Eto’o lleva más de una docena de años siendo el líder de esta selección, la cual puede pasar de la gloria al ridículo en un instante: desde su conquista del oro olímpico en 2000 hasta su intento por jugar con “unitardos” en 2004. No olvidemos que estos leones cuentan con Alex Song y Stephane Mbia entre otras estrellas que militan en el futbol europeo. Milla, el jugador con mayor edad que ha anotado en un Mundial, declaró alguna vez: “Gracias al futbol un país pequeño puede volverse grandioso”.
Los hijos de la balcanización
Hubo una vez un país llamado Yugoslavia cuya selección nacional reunía grandes jugadores serbios que destacaban por su creatividad e imaginación, bosnios de enorme talento y fabuloso dribleo, eslovenos con gran capacidad como defensas y croatas que se consideraban comparables a los alemanes por su disciplina y fortaleza al ataque. Desde el primer Mundial en 1930 los yugoslavos demostraron ser una potencia futbolística quedando en cuarto lugar. En 1992 Yugoslavia se desintegró dejando en su lugar cinco repúblicas, aunque Serbia y Montenegro participaron en el Mundial de 1998 como Yugoslavia. Eslovenia y Croacia se separaron relativamente rápido y sin grandes confrontaciones, en cambio tras una espantosa guerra y el monstruoso sitio de Sarajevo, Bosnia Herzegovina conquistó su independencia de Serbia. En estos conflictos los fanáticos del futbol, organizados en clubes, participaron en numerosos crímenes de guerra. Estos grupos pasaron de ser animadores deportivos a convertirse en milicias asesinas.
Croacia tuvo una participación distinguida en la Copa del Mundo de Francia 98 donde ocuparon el tercer lugar y Davor Suker fue el máximo anotador del torneo. Desde entonces Croacia no ha tenido una presencia considerable en el futbol internacional, sin embargo cuentan ahora con tres figuras sensacionales: Lucas Modric, una de las estrellas de Real Madrid, Iván Rakitic del Sevilla y Mario Mandzukic del Bayern Munich. Es clarísimo que no será este un rival cómodo y aunque nuestros expertos nos marean hablando de un futbol rígido y poco inspirado, los croatas serán una aplanadora en la cancha.
Predicciones sin intentar predecir
Nada me interesa menos que tratar de competir con los analistas profesionales, los especuladores amateurs y los oportunos fanáticos conversos de cuatrienio. Este año más que nunca estamos inundados de reflexiones, conjeturas y opiniones tanto en los viejos medios como en cientos de blogs y miles de videos en YouTube. En los mundiales siempre hay sorpresas y el realismo no siempre se refleja en los resultados pero casi todo el tiempo se cumple algo que podríamos llamar el irrevocable destino futbolero.
Hay tan sólo tres premisas a considerar en este Mundial:
1)       Brasil ganará, arrasando de la mano de Neymar;
2)       España volverá a coronarse campeón, a pesar de estar debilitado, aprovechará la inercia y triunfará apretadamente;
3)       Algún otro equipo “grande” (dígase Alemania o si cuentan con un milagro Argentina, Uruguay o Italia) dará la sorpresa.
Cualquier otro resultado es prácticamente impensable. El futbol es en gran medida impredecible y azaroso pero contundente como la ley de gravedad. Aún en las mejores condiciones es posible fallar un gol, caer lesionado, ser víctima de un error arbitral. México ha tenido en todos los mundiales momentos de duda, mala pata, errores infantiles, costosos parpadeos y pérdidas de confianza. Ojalá que en esta ocasión no tengamos que maldecir a la suerte ni arrepentirnos por los cambios no hechos, por las imposiciones de jugadores que están en mal momento o por cerrar los ojos antes de tirar un penalti.



[1] Para una historia más detallada de algunos de los crímenes recientes del futbol mexicano ver: http://www.nexos.com.mx/?p=21267
[2]  Alex Bellos, Futebol. Soccer: The Brazilian Way, Bloomsbury, 2002, p. 33.
[3] Simon Kuper, Football Against the Enemy, Orion, Londres, 1984, p. 118.


Por Naief Yehya