Futbol mexicano: esperanza y desolación


Publicado porEditorial Graffiti el 21:32


La Copa del Mundo de Brasil ha comenzado. Naief Yahya preparó el siguiente recuento de las últimas intervenciones de la selección mexicana en esta gesta mundialista. Y escribe: “La nuestra es una tradición futbolera llena de agujeros, es una historia de penitencia y arrogancia, de contratos multimillonarios y miseria, de importar talento compulsivamente y a la vez negarse a aprender de las experiencias de otros. El futbol mexicano es una mansión provinciana, pretenciosa y escuálida…”
Futbol viral
Cuando esto se escribe faltan pocas horas para la inauguración de la Copa del Mundo de Brasil de 2014. Pido de entrada disculpas porque en este texto recurriré a un arsenal de lugares comunes, frases hechas, referencias abotagadas, conceptos manoseados y de veracidad dudosa que retumbarán en la zeitgeist hasta que la histeria mundialista comience a perderse en la memoria. Como muchos otros, me pregunto qué impacto tendrán las protestas masivas en contra del mundial y si la presidenta Dilma Rousseff recurrirá a los viejos métodos represivos perfeccionados por las dictaduras de los años setenta (cuando el propio Rey Pelé justificaba el autoritarismo bestial de los generales).
Cada cuatro años la Copa del Mundo se vuelve más popular, aumentan los ratings, la pasión, el comercialismo, los álbumes de estampitas, el frenesí, las protestas, los fraudes, la enajenación y el rumor de los partidos arreglados. La Copa del Mundo es una gran fiesta, un evento fascinante que en lo personal he venido siguiendo de manera obsesiva desde el mundial de 1974, en Alemania: cuarenta  años de acumular ansiedad, gozo y tensión pero principalmente dolorosas desilusiones. En las diez copas de mi vida he visto a la selección mexicana arrastrarse entre todas las variantes de la miseria futbolera, desde no calificar al ser eliminados por nuestros entonces improvisados competidores de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Asociaciones de Futbol (en 1974 Haití ocupó el único lugar reservado para la Concacaf, y en 1982, cuando el número de lugares había aumentado a dos, y no pudimos ocupar ni uno de ellos), hasta alcanzar el proverbial quinto partido en el segundo Mundial que tuvo lugar en México, en 1986, y perderlo trágicamente en penaltis contra una Alemania que no nos pudo derrotar en el terreno de juego.
El último Mundial al que no asistimos fue el de 1990 y en esa ocasión la culpa no fueron los malos resultados de los juegos de eliminatorias sino el haber sido descubiertos en el escándalo de los cachirules, cuando por lo menos cuatro jugadores que rebasaban la edad máxima alinearon con la selección juvenil. Inicialmente los directivos mexicanos pensaron que la FIFA no se atrevería a castigar a México, uno de sus clientes predilectos, además de que Guillermo Cañedo tenía una posición privilegiada en la organización como asesor del presidente Joao Havelange. Sin embargo se nos utilizó como ejemplo para intentar poner orden en una situación epidémica y el castigo fue contundente. México quedó marginado de la Copa del Mundo de Italia y del futbol olímpico. Inicialmente la prensa y la directiva trataron de responsabilizar y emprendieron un linchamiento mediático de los periodistas Antonio Moreno y José Ramón Fernández, quienes divulgaron la noticia a través del periódico Ovaciones y de la cadena televisiva entonces llamada Imevisión. A partir del Mundial de 1994 en los Estados Unidos, México ha llegado siempre a octavos de final donde se ha perdido con dignidad o de manera humillante, pero en todos los casos se ha perdido.
Mentalidad de caciques
La nuestra es una tradición futbolera llena de agujeros, es una historia de penitencia y arrogancia, de contratos multimillonarios y miseria, de importar talento compulsivamente y a la vez negarse a aprender de las experiencias de otros. El futbol mexicano es una mansión provinciana, pretenciosa y escuálida en la que rigen capos a la antigua quienes imponen su voluntad y se justifican con reglas improvisadas que les permiten todo. La liga de futbol (ahora llamada Liga MX) es una organización corrupta y siniestra que puede ignorar a la constitución y siempre tiene recursos para cambiar la ley cuando sus intereses se ven amenazados.
Los dueños de clubes actúan como patrones de tienda de raya y los futbolistas, especialmente aquellos que no son famosos o exitosos o codiciados por los clubes no tienen derechos laborales ni son dueños de su futuro en ningún sentido. Las reglas cambian de acuerdo con el club, las circunstancias y siempre el poder del dinero. Un ejemplo reciente fue el caso del Querétaro que en el torneo Clausura 2013 perdió la categoría y debió descender, pero en vez de eso compró la franquicia de Chiapas, que a su vez compró la franquicia del San Luis, el cual sí se fue. Lo paradójico y digno del experimento del gato de Schrödinger (en que el hipotético felino puede estar muerto y vivo al mismo tiempo) fue que el Querétaro bajó y a la vez no bajó. Es decir que un equipo llamado Querétaro se quedó en primera división y otro más llegó a la liga de ascenso, como si habitaran en dos universos paralelos.
Escándalos, fraudes y arreglos criminales como esos abundan[1] y si bien los nuestros son claramente estridentes no somos ni remotamente el único país en donde el futbol es corrupto y decadente. De hecho la propia FIFA tiene un alarmante historial de mala conducta, conspiraciones y fraudes. Blatter se encuentra ahora bajo ataques severos y universalmente se le considera una lacra, un tirano bananero que rige desde 1998. El presidente suizo de la federación se ha defendido acusando a sus enemigos de “racistas”. No obstante es claro que hay poca disidencia entre los fanáticos y con todo seguimos depositando toda nuestra confianza en ellos.
Nuestros enemigos en turno: Brasil
Hay 32 naciones invitadas a la justa mundialista pero concentremos nuestra atención en el grupo A, donde se encuentra Brasil, Croacia, Camerún y nuestra trasnochada selección. De Brasil se ha dicho todo pero lo importante es que se trata de una gran potencia futbolística que pone en evidencia que no hace falta ser una nación primer mundista o justa para ser campeón del mundo y por si a alguien le quedan dudas, lo ha demostrado cinco veces.
El futbol llegó a Brasil en 1894, cuando el escocés Charles Miller desembarcó en el puerto de Santos con dos balones. Inicialmente el juego era practicado únicamente por la burguesía europea. La esclavitud tenía tan sólo seis años de haber sido abolida. No olvidemos que Brasil importó más esclavos que ningún otro país americano y hoy tiene la población negra más grande del mundo después de Nigeria. Durante décadas la oligarquía trató de impedir que la población negra y los pobres jugaran futbol, así que la incipiente autoridad de este deporte decidió imponer la regla de que todos los jugadores debía saber firmar su nombre. Contaban que eso eliminaría a los analfabetos pero según Alex Bellos,[2] los directivos del club Vasco de Gama, el primero en abrir sus puertas a todo aquel que jugara bien y por tanto a la integración racial, se pusieron a alfabetizar a sus miembros y surgió la costumbre de sugerirles cambiarse de nombre para adoptar apodos corto y fáciles de escribir, de ahí la proliferación de nombres como Cafú, Bebé, Pelé y Kaká.
Es fácil entender que un juego emocionante, atlético, informal y que requiere un mínimo de infraestructura fuera adoptado por las masas, lo que no queda tan claro es cómo ese juego británico salvaje fue adoptado para canalizar el sentido del ritmo y la poética de la cultura nacional lo cual se tradujo en el jogo bonito, el futbol artístico que sólo los más talentosos pueden intentar. ¿Tuvo que ver la inmensa diversidad cultural, la historia de represión y esclavitud, la pobreza o la aparente felicidad que hace de cada partido un carnaval? El estilo brasileño se definió y consolidó en los mundiales de 1958, 1962 y 1970. A partir de entonces la globalización ha hecho menos evidentes las diferencias entre estilos nacionales. Sin embargo, el brasileño sigue siendo un futbol de destreza individual que en sus peores momentos es simplemente un personalismo patológico. Muchos hemos visto a Brasil triunfar y fracasar, demostrar inmensa habilidad y gran incompetencia. Este es un equipo obsesionado en encontrar al sucesor de Pelé o a una generación digna de heredar el prestigio de aquella legendaria escuadra donde jugaban Garrincha, Didí, Nilton Santos y Vavá. Muchos hemos perdido la paciencia con la ridícula insistencia de que los brasileños bailan samba al jugar o que su espectáculo es tan fascinante como una batucada. Veremos si Brasil logra reconquistar en sus estadios y entre su gente el encanto perdido y de paso su sexta copa.  De no lograrlo, un nuevo maracanazo daría lugar a un peligroso laboratorio social de desencanto y furia.
Leones indomables y caóticos
La memorable participación de Camerún en el Mundial de 1990 es considerada como uno de los momentos de mayor gloria del futbol africano. Los Leones Indomables derrotaron al campeón del mundo, Argentina, y a Rumanía, pero una vez calificados fueron derrotados por la Unión Soviética (que venía de perder sus dos anteriores partidos). En dieciseisavos, Camerún eliminó a Colombia y perdió en cuartos de final contra Inglaterra en un juego apretadísimo. Aparte de su sorprendente participación el héroe del mundial fue Roger Milla, quien anotó cuatro goles, impuso una nueva y sensacional forma de celebrar los goles y cautivó al mundo con su carisma. Milla es una figura extravagante y fabulosa que curiosamente tuvo una carrera relativamente intrascendente, en 1977 se fue a Francia donde jugó hasta 1989 en cinco equipos. Se había conformado con terminar su carrera jugando en el Saint Pierroise en la isla de Reunión cuando a los 38 años fue rescatado del retiro por el propio presidente camerunés, Paul Biya, quien ignorando todo protocolo lo convocó a la selección.
Después de ese Mundial el presidente Biya lo nombró director general de los Leones Indomables y en ese puesto organizó una serie de partidos con pigmeos a los que hizo ir a la ciudad de Yaundé con la intención de recaudar fondos para financiar programas de alimentación y salud para esos pueblos. Paradójicamente decidieron encerrarlos en el mismo estadio y alimentarlos lo menos posible ya que según un portavoz del torneo: “Juegan mejor si no comen demasiado.”[3] El torneo fue un desastre y apenas se vendieron 50 boletos, Milla quiso compensarlos y organizó un concierto en beneficio de los pigmeos en el cual él mismo cantó. En 1994 Milla volvió a alinear a los 42 años y aunque su selección no tuvo una participación afortunada, él anotó un gol contra Rusia, donde perdieron 6 a 1.
La federación camerunesa de futbol Fecafoot (en serio se llama así) es prodigiosamente corrupta y el equipo tuvo antes del Mundial de 2002 que amenazar con no viajar a Japón-Corea si no se les pagaban sus primas. Doce años después la historia se repitió y el equipo tuvo que amenazar con no ir a Brasil para negociar su pago. El carismático y fabulosamente exitoso Samuel Eto’o lleva más de una docena de años siendo el líder de esta selección, la cual puede pasar de la gloria al ridículo en un instante: desde su conquista del oro olímpico en 2000 hasta su intento por jugar con “unitardos” en 2004. No olvidemos que estos leones cuentan con Alex Song y Stephane Mbia entre otras estrellas que militan en el futbol europeo. Milla, el jugador con mayor edad que ha anotado en un Mundial, declaró alguna vez: “Gracias al futbol un país pequeño puede volverse grandioso”.
Los hijos de la balcanización
Hubo una vez un país llamado Yugoslavia cuya selección nacional reunía grandes jugadores serbios que destacaban por su creatividad e imaginación, bosnios de enorme talento y fabuloso dribleo, eslovenos con gran capacidad como defensas y croatas que se consideraban comparables a los alemanes por su disciplina y fortaleza al ataque. Desde el primer Mundial en 1930 los yugoslavos demostraron ser una potencia futbolística quedando en cuarto lugar. En 1992 Yugoslavia se desintegró dejando en su lugar cinco repúblicas, aunque Serbia y Montenegro participaron en el Mundial de 1998 como Yugoslavia. Eslovenia y Croacia se separaron relativamente rápido y sin grandes confrontaciones, en cambio tras una espantosa guerra y el monstruoso sitio de Sarajevo, Bosnia Herzegovina conquistó su independencia de Serbia. En estos conflictos los fanáticos del futbol, organizados en clubes, participaron en numerosos crímenes de guerra. Estos grupos pasaron de ser animadores deportivos a convertirse en milicias asesinas.
Croacia tuvo una participación distinguida en la Copa del Mundo de Francia 98 donde ocuparon el tercer lugar y Davor Suker fue el máximo anotador del torneo. Desde entonces Croacia no ha tenido una presencia considerable en el futbol internacional, sin embargo cuentan ahora con tres figuras sensacionales: Lucas Modric, una de las estrellas de Real Madrid, Iván Rakitic del Sevilla y Mario Mandzukic del Bayern Munich. Es clarísimo que no será este un rival cómodo y aunque nuestros expertos nos marean hablando de un futbol rígido y poco inspirado, los croatas serán una aplanadora en la cancha.
Predicciones sin intentar predecir
Nada me interesa menos que tratar de competir con los analistas profesionales, los especuladores amateurs y los oportunos fanáticos conversos de cuatrienio. Este año más que nunca estamos inundados de reflexiones, conjeturas y opiniones tanto en los viejos medios como en cientos de blogs y miles de videos en YouTube. En los mundiales siempre hay sorpresas y el realismo no siempre se refleja en los resultados pero casi todo el tiempo se cumple algo que podríamos llamar el irrevocable destino futbolero.
Hay tan sólo tres premisas a considerar en este Mundial:
1)       Brasil ganará, arrasando de la mano de Neymar;
2)       España volverá a coronarse campeón, a pesar de estar debilitado, aprovechará la inercia y triunfará apretadamente;
3)       Algún otro equipo “grande” (dígase Alemania o si cuentan con un milagro Argentina, Uruguay o Italia) dará la sorpresa.
Cualquier otro resultado es prácticamente impensable. El futbol es en gran medida impredecible y azaroso pero contundente como la ley de gravedad. Aún en las mejores condiciones es posible fallar un gol, caer lesionado, ser víctima de un error arbitral. México ha tenido en todos los mundiales momentos de duda, mala pata, errores infantiles, costosos parpadeos y pérdidas de confianza. Ojalá que en esta ocasión no tengamos que maldecir a la suerte ni arrepentirnos por los cambios no hechos, por las imposiciones de jugadores que están en mal momento o por cerrar los ojos antes de tirar un penalti.



[1] Para una historia más detallada de algunos de los crímenes recientes del futbol mexicano ver: http://www.nexos.com.mx/?p=21267
[2]  Alex Bellos, Futebol. Soccer: The Brazilian Way, Bloomsbury, 2002, p. 33.
[3] Simon Kuper, Football Against the Enemy, Orion, Londres, 1984, p. 118.


Por Naief Yehya

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