Los conjurados


Publicado porEditorial Graffiti el 19:08

Sergio Pitol: de tan sonriente, casi baila...
Expuesta en la USBI, Los conjurados del Alberto Tovalín reúne 51 retratos de escritores, mexicanos en su mayoría. De esta muestra, escribe Juan Javier Mora-Rivera: “la conjura organizada por Tovalín desborda la simple convocatoria de los 51 rostros: la reunión se centra en el rescate de los guiños que vuelve singular a cada escritor, el detalle que habla de sus manías, sus obsesiones o gustos”.
Lo común a Carlos Monsiváis, Natalia Toledo, Eduardo Langagne, Miriam Moscona, Hernán Bravo Varela, María Baranda, Fernando Savater o Luis Felipe Fabre, más allá de la literatura, es la reunión que de ellos hace Alberto Tovalín Ahumada en Los conjurados, expuesta en el lobby de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información (USBI) de Xalapa, con motivo de la XXI edición de la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU), sumada a la generosidad del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), a través de su Dirección de Literatura, y la Dirección de Difusión Cultural de la uv. Las cincuenta y un fotografías de la muestra han cumplido ya un periplo que abarca ciudades como Tlaxcala, Hidalgo y la Ciudad de México y ojalá recorra otras más.
Los conjurados ha destacado por proponerse distinta no sólo al buscar el retrato del escritor fuera de pose –en el instante mismo en que salen de ella, sugiere Luis Felipe Fabre en el texto de presentación–, sino por despojarlos de la parafernalia y los aperos propios de esta profesión, con la particularidad de mostrar que “la literatura se hace presente en su invisibilidad. En verdad, en estas fotos la literatura es el fantasma”, concluye Fabre.
Muchos fotógrafos se han especializado en registrar la vida y personalidad de los artistas vinculados a la cultura mexicana. Una primera asociación obliga a recordar a Ricardo Vinós, Paulina Lavista, Héctor Vicario, Frida Hartz, Héctor Gally, Juan Rulfo o Manuel y Lola Álvarez Bravo… En este listado arbitrario destacaría sobre todo a Ricardo Salazar y Rogelio Cuéllar: su trabajo resulta no sólo dotado de mayor orden, sino que su obra, reunida toda, podría configurar un panorama casi total de los escritores de la segunda mitad del siglo xx hasta nuestros días, con una característica común a todos estos registros: su cercanía al periodismo cultural, con una tendencia por la figura del escritor y por ende de los libros que lo explican y lo rodean –ausente casi siempre el paisaje natural– o los cotidianos objetos que forman parte de su trabajo, más allá de la máquina de escribir, las imágenes o los espacios físicos, los lectores, los groupies y los fans… El nombre de Tovalín debe sumarse al de estos dos autores por su logro y su punto de vista renovado para construir el retrato de un escritor, además de que continúa dicha tendencia, aunque con particulares señas de identidad.
Así, la conjura organizada por Tovalín desborda la simple convocatoria de los 51 rostros: la reunión se centra en el rescate de los guiños que vuelve singular a cada escritor, el detalle que habla de sus manías, sus obsesiones o gustos. Pienso en Villoro apretando tenuemente el puño acaso porque en él guarda uno de sus preciados amuletos o la centésima moneda que permitirá al lector completar el sentido total de algunos de sus relatos o crónicas. O en Monsiváis y Natalia Toledo quienes nos señalan que la literatura puede transmitirse por teléfono, inalámbrico o celular, además de los tradicionales impresos o las miradas introspectivas, pues, debemos recordar, su fundamento está en la oralidad. Hay aquí mucho de propuesta, de juego y experimento, de adivinanza… al menos yo identifico una que inquiere acerca de las sonrisas, su significado o su contexto, según se trate de Fabrizio Mejía Madrid, María Baranda, Sergio Pitol, Miriam Moscona, Jorge Brash, Malva Flores, Fernando Savater, Ramón Rodríguez…
Tal vez el juego consista en descifrar o bien la lontananza personal o la proxémica sugeridas a partir de las miradas de Rafael Antúnez, Hernán Bravo Varela, Geney Beltrán Félix, Tedi López Mills, José Homero, Mario Bellatín, Álvaro Uribe o Víctor Cabrera, o los sueños construidos a ojos cerrados de Beatriz Espejo y Karen Plata. Es posible que lo único que quiso Tovalín fuera presentar un registro de varias generaciones literarias, cuatro o cinco a lo mucho. No sé si lo verdaderamente importante para el fotógrafo es enfatizar su proximidad al espacio íntimo de los escritores, con la idea de registrar los efectos de la luz en todos los espacios y objetos, trátese de las flores, los jardines, las frutas, los ventanales o los adornos de las casas que rodean a Pitol, Espejo, López Mills o Villoro. Menos aún si lo que Tovalín sólo propone son asociaciones entre el tiempo, el espacio, las formas y el escritor, fijas para siempre todas en cada retrato de esta conjura visual.
Como toda conspiración que se precie de sí, sólo somos partícipes de los resultados: los secretos son ajenos a nuestros ojos, lo mismo que las palabras furtivas, los gestos e imágenes que fueron descartadas para llegar a la presente, a la última resultante. Es indudable que Alberto Tovalín habla y dialoga a los escritores durante el proceso del retrato, pues casi ninguno mantiene la pose particular o la ensayada. Lo que les diga o deje de decir a cada escritor seguirá aún en el misterio, ignoto para los espectadores: queda por descubrir el resultado de esa conspiración, imaginar sus efectos, suponer la existencia de otros posibles convocados. Sin embargo, los que están y presenta Alberto Tovalín cumplen su objetivo y nada sobra en los retratos; más de uno se han vuelto clásico, único, icónico, no porque estas palabras lo afirmen, sino por lo que Tovalín ha hecho antes: imaginar una reunión particular, hablar con cada convocado, intuir sus reacciones y mejorar el mensaje y la imagen. Al final del proceso, Alberto Tovalín decide también llamarnos y, como pasa cuando acaba el día, gracias al juego de la luz, descubrirnos el mundo de sus conjurados. Lo que queda ahora es seguir imaginando, ya sea lo que hay detrás de una sonrisa, de una mirada o inclusive del abrazo que comparte con su hijo en el autorretrato que acompaña a esta colección singular.

Ahora lo entiendo: la luz permite apreciar mejor los retratos de Tovalín, las miradas, el amor conjurado a partir de un sencillo abrazo.

Por Juan Javier Mora-Rivera


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