El juego recóndito de la existencia


Publicado porEditorial Graffiti el 23:32


Erigir una fortaleza de Lorena Huitrón es una de los títulos más recientes publicado por el Instituto Literario de Veracruz. En esta lectura que Diego Salas hace del poemario, afirma que se trata de “un autorretrato aproximado de Lorena; pero también el recuento del juego impredecible de existir, en cuyo interior crecen las bestias de un abismo que, de no ser por el lenguaje, difícilmente podríamos reconocer”.
¿En qué momento el hogar, la morada, el recinto, la casa, se convierte en una fortaleza?, ¿cuál es la línea que cruza la edificación que nos arropa para adquirir ese semblante? Definitivamente, no son los barrotes ni los altos muros ni las bestias al acecho nadando sobre un río circundante. Tal vez nace en realidad del enemigo o de su acecho. Erigir una fortaleza es reconocer la potencia  que un otro desconocido tiene para vulnerar nuestro interior, esos laberintos inescrutables donde guardamos todo aquello que suponemos ser (aquí el pedazo del amor, aquí el de la muerte; y allá lejos, la memoria o la venganza), lo que escondemos por miedo al miedo de los otros.
Construimos la fortaleza conforme vamos construyendo al enemigo, y lo vamos dotando de cuerpos, rostros, fugacidad y certidumbre. Y entre el enemigo, la fortaleza, sus laberintos y los trofeos, se arma el juego. Entonces verdaderamente comenzamos a mirarnos como somos: las reglas, los jugadores, el tablero y la medida aproximada de la victoria o la derrota. 
No sé si alguien ya lo habrá dicho antes, pero si no, de todas formas lo repito: Erigir una fortaleza, el poemario de Lorena Huitrón, tiene una cara autobiográfica, un autorretrato. En cierta forma, esto es una obviedad, porque la poesía, sea recto o curvilíneo el trazo que la une con su autor, en el fondo deviene siempre en una autoexploración; pero eso de nada sirve si en el dibujo que se logra no hay también un indicio que refleje algo oculto, inexplorado por oscuro o aparentemente absurdo, de sus lectores. Eso logra este poemario. El rostro que Lorena construye de sí misma a lo largo de los versos se transforma en una kamikaze que se arroja sin más a los huecos que también nos pertenecen, donde también hemos caído, pero cuya profundidad sólo reconocemos cuando otro, al emerger, nos canta en qué consiste su caída.  Acaso de esto provengan los versos de la autora: “Quien teje palabras escucha bramar a la impotencia. Quien las arranca para ver cuál le dura, busca conocer en sus palmas el abismo. Aquel que las saca de la boca por primera vez, comprende con temor la función de la materia: revirar el pánico de su hechura”.
Pero volvamos de nuevo al juego: ¿quién es el otro? No lo sé. ¿Cómo se llama? Tampoco, como tampoco sé dónde vive, cuándo vendrá, con qué armas entrará para atestiguar lo que ocultamos o cómo habrá de irse. De ese enemigo fatal sólo sabemos que su reino es lo cotidiano; y sus caras, muchas, también la de nosotros mismos.  Y de esta última circunstancia da testimonio la poeta: “bebemos para volver a escuchar las llaves de aquellas puertas que no abriremos nuevamente. No somos tan valientes”.
Y, entonces, la kamikaze cae en el seno oscuro de nuestras dudas, baja para reconocer al enemigo, y luego sube, y ahí, entre las manos, trae un cuerpo que es también su testimonio. Un lagarto antiguo, especie mortal a la distancia, repugnante al tacto primerizo, pero advenedizo también del deseo súbito y constante,  pariente de los caimanes, pero más pariente aún, casi un hijo, del amor, porque después de todo “el amor es un lagarto: se desliza por un impulso desmesurado, muerde sin contratiempo; el consuelo de la presa es recostar su herida en el río”. Pero que nadie se asuste, para sobrevivir a la ponzoña del amor hay que guardar la debida precaución. Lizalde decía “meter el jab a tiempo, nunca bajar la guardia”, lo que en Lorena se traduce al enunciar en voz de otro la instrucción: “Los padres dicen no hacen nada, na’más no les ronden cerca”.
Pero junto al lagarto otros cuerpos como sombras van llegando, aquí el de un nombre aproximado, apenas sugerido por la palabra “abuelo”, que es en realidad una forma acústica, un sonido oculto que reitera las formas que tiene la desolación de acomodarse en el regazo de la vida: “Qué son nuestros nombres sino penínsulas donde yacemos, nubes con el vientre hinchado a punto de parir el aguacero.” La desolación se vuelve el impulso desesperado por regar en otro lo que somos, con la esperanza de que en la entrega nos rescatemos del olvido, aunque después, paradoja de paradojas, como la lluvia disuelta por el suelo, nuestra presencia se transforme en aire, invisible indicio de haber estado ahí, obedeciendo la ley gravitatoria de la vida, que nos eleva y derriba incansablemente en el largo tránsito de nuestros años: “vulnero tu faz, pero ante el tiempo estás invicto”.
Y entre la muerte y el amor y el luto o la memoria, se va puliendo el movimiento del universo que rige la conducta del poemario: la reverencia a lo insondable, el culto doloroso de resarcir la vida descubriendo nuevamente las heridas.
Erigir una fortaleza es un autorretrato aproximado de Lorena; pero también el recuento del juego impredecible de existir, en cuyo interior crecen las bestias de un abismo que, de no ser por el lenguaje, difícilmente podríamos reconocer.

Erigir una fortaleza de Lorena Huitrón, col. , Instituto Literario de Veracruz, Xalapa, 2013. pp




Por Diego Salas

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