La larga infancia de Ana María Matute


Publicado porEditorial Graffiti el 16:32

Para escribir Ana María Matute podía cruzar la pierna pero no los brazos

Una de las mayores narradoras españolas, Ana María Matute, falleció el pasado 26 de junio en su ciudad natal, Barcelona. Autora de imaginación prodigiosa y de narraciones que estimulan la fantasía, Matute es una de las favoritas secretas de los escritores. Rafael Antúnez, gran lector suyo, despide a la niña eterna con este cálido obituario.
A veces la infancia es más larga que la vida,
persiste más.
A. M. M
Hay para muchos de los personajes de Ana María Matute, en muchos de sus cuentos y en muchos pasajes de sus novelas, un motivo recurrente: una epifanía, una revelación: el descubrimiento de la “magia”, de la fisura que permite (que nos permite) ver al otro lado de la realidad.
“El mundo que me ha fascinado –dijo al ingresar a la Real Academia Española de la Lengua– desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el ‘bosque’ que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra”. Siendo niña, como muchos de sus personajes, descubrió el bosque y el poder que ciertos objetos comunes y corrientes (un muñeco, un botón, una grieta en la pared, un terrón de azúcar...) funcionaban como medios para cruzar “el espejo” e internarse en los campos de la fantasía y de la invención. También descubrió el silencio que, en apariencia, no es grato para los niños, pero ella supo hacer de él un campo fértil para su imaginación. En el silencio seguramente halló la alquimia necesaria para transformar la realidad y para poblar la soledad a la que los niños parecen condenados: “El niño está siempre solo, es quizás el ser más solo de la creación.” Los niños que pueblan sus historias suelen estar muy lejos de los estereotipos infantiles: inocentes, buenos, alegres... pueden ser soñadores y, como su autora, pueden despertar nuestra ternura, pero también suelen ser crueles y violentos como lo podemos apreciar en esta pequeña obra maestra:
El niño que no sabía jugar
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. “Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir”. Pero el padre decía, con alegría: “No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa”.
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.

De niña, Matute solía ser castigada por su madre. El castigo consistía en encerrarla en un cuarto oscuro. La oscuridad, como el silencio, parecen, en su caso no lo fueron, enemigos de la infancia. Muy pronto, gracias a la imaginación, la niña empezó a desarrollar un gusto por estar a oscuras y en silencio. Comprendió que, más que temer a las sombras y al silencio, podía aprender de ellas: “Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente.” Quizá, ahí, en ese cuarto de castigo, oscuro y silencioso, que ella transformó en un laboratorio para sus futuras historias, ahí Matute activó por vez primera los mecanismos lúdicos y poéticos que más adelante le permitieron escribir sus historias.
Ana María Matute fue una fabuladora fantástica pero, al mismo tiempo fue siempre una escritora con hondas preocupaciones sociales. En sus libros, como en El Quijote o en Las aventuras de Pinocho, conviven la fantasía y la desigualdad social, la guerra, la magia y la pobreza. Un mundo que, paradójicamente, no difiere del descrito por muchos de los miembros de generación, “la del medio siglo” español, o como ella misma bautizara: la generación de “los niños asombrados”. Una generación que apostó por el realismo y que vio en Matute, más que una compañera de ruta, una suerte de “anomalía” en un grupo de escritores que estaban empeñados en el realismo y que veían en el lirismo, en su personalísimo estilo, en su fantasía, a una autora muy distante de los presupuestos realistas que los guiaban a ellos. Sin embargo, la España rural de Matute no difiere en mucho de la de Miguel Delibes, por sólo poner un ejemplo. Lo que muchos no comprendieron en su momento fue que la fantasía en Matute no operaba únicamente como una forma de combatir la soledad, o como una forma de huir de la realidad, sino básicamente como una forma de expandir y enriquecer la realidad. Ella misma era consciente del sitio solitario que ocupaba en la literatura española. Cuando un periodista le dijo que ella era una figura atípica, difícil de clasificar, no dudó en responderle: “Me parece que sí lo soy. Puede ser una consecuencia de mi tendencia a la soledad: soy muy poco sociable, muy solitaria. Trabajo dentro de mí misma. Siempre he escrito para explicarme a los demás. Quizá la causa radique en mi infancia: desde niña me sentí muy alejada de un mundo que no entendía y lo tuve que inventar”.
De niña fue testigo de los desastres de la guerra y esta experiencia dejó una honda e indeleble huella en su obra, en la que abundan ya explícitas, ya levemente solapadas, las referencias autobiográficas.
No pocas de sus novelas y de sus cuentos tienen por tema la Guerra Civil vista desde los ojos de los niños. Una mirada distinta y distante que otorga a la guerra matices pocas veces vistos. Matute ha contado que “desde niña me sentí en otra parte: veía el mundo como desde un palco, nunca desde dentro. Yo era una niña con muchos miedos, era tartamuda [...] Me curaron los bombardeos de la guerra. Mis padres, mis hermanos y yo nos cogíamos de las manos y nos pegábamos a la pared maestra, a ver caer las bombas alrededor”. De este mundo y de esta realidad no se fugó por medio de la ficción, al contrario, optó por la ficción como una forma de enfrentarla y terminó por hacer de ella uno de los ejes de su obra: desde sus primeras novelas: Los Abel, Primera memoria, Los hijos muertos, Los soldados lloran de noche, hasta su último libro publicado en el 2008: Paraíso inhabitado. La guerra civil recorre su obra, aparece y reaparece, ya como tema, ya como escenario de una forma casi obsesiva.
Ana María Matute, que escribió su primera novela, Pequeño teatro, a los diecisiete años, se dio el lujo a la edad de setenta, cuando la mayoría de los autores ya han dado lo mejor de su producción, de publicar su obra señera: Olvidado rey Gudú. Verdadera obra maestra con la que coronaba una de las aventuras narrativas más ricas y bellas de cuantas nos ha dado la literatura española en el siglo XX.
Si la guerra la exilió de la infancia, de “la isla de la inocencia”, como ella la llamaba, la literatura le dio el boleto de regreso, la forma, más que de retornar, de prolongar la infancia; vista ésta no como una etapa en la vida de una persona, sino como un estado mental en el que la invención y la libertad de la imaginación no conocen más límites que los que la persona quiera darles. La seducción que ejerce la infancia quizá radique en que es el único periodo de la vida en que no estamos sometidos al tiempo y a la muerte. Ambas son, o parecen, ajenas a la infancia: un mundo donde la imperfección, la guerra, las monjas (Matute tenía una profunda aversión por las monjas, a quienes llamaba “las Damas Negras”), los horarios no existen y todo es reversible, aun el castigo puede convertirse en premio.
En unas páginas dedicadas a Prosper Mérimée, George Steiner afirmaba que la verdadera prueba para un narrador consistía en empezar a narrar un cuento a bordo de un tren en una tarde calurosa y concluirlo sin que ninguno de los viajeros se hubiera dormido. No me cabe duda que la gran tusitala española lo habría logrado.



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