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Bajo el cielo de Ávila


Silvia Tomasa y Ramón Rodríguez
En nuestras esporádicas reuniones de café de los últimos cinco años, Silvia Tomasa Rivera ni una sola vez dejó de mencionar los avances del poemario que estaba escribiendo sobre Teresa de Ahumada y su estancia en Ávila (en 2011), la ciudad conventual del reino de Castilla y León. La sola mención del nombre de Santa Teresa (o de cualquier otra santa) en boca de Silvia, es razón suficiente para desconcertar al lector. Y aunque una ha sido testigo del diálogo de la poeta con la divinidad en sus múltiples manifestaciones –su obra toda, una poética desinhibida de la pasión amorosa, da fe de ello–, he de confesar que En el huerto de Dios es un libro que supera cualquier idea preconcebida.
A pesar de que la propia Rivera ha expuesto sus afinidades con los poetas místicos peninsulares, quizá sea menos conocido que ella, criada en los rigores de la fe católica en su hogar de la huasteca veracruzana, es además una creyente devota y una apasionada de la vida de los santos. Como lo fue la niña Teresa, en cuyo huerto de la casa familiar de Ávila descubrió el rostro de Dios mientras jugaba a las piedrecillas con su hermano, el mismo con el que intentó huir a tierra de infieles para hallar la muerte a la manera de los mártires.
Sin embargo, es válido preguntarnos cómo y por qué una poeta del siglo XXI (y no cualquier poeta, sino una que ha roto en su vida y en su obra con todos los convencionalismos de la cultura que la engendró) se abraza a la figura de una santa (y también poeta) que vivió en una comarca aislada, pobre y agitada de la joven España del siglo XVI. Aunque armado con referencias históricas, geográficas, bíblicas y poéticas sobre una mujer de la Edad Moderna que vivió y escribió al otro lado del océano, este poemario es también el retrato de otra mujer, una que existe y crea en este siglo y en este país, un México arruinado, violento y moralmente quebrado. No es fortuito, por tanto, que el símbolo que Silvia Tomasa Rivera elige sea Santa Teresa –¿o Santa Teresa la eligió a ella?– para conectar lo cósmico con lo terrenal, lo espiritual con lo material, el pasado con nuestro presente.
El mito de la santa recreado por Rivera se configura a partir de ciertos elementos que constan en registros y en la mística del Siglo de Oro español: la infancia y la vida familiar, sus primeras lecturas –los romanceros y novelas de caballería, hasta las Confesiones de San Agustín–, la obligada clausura en monte Carmelo, la fundación de la orden de los carmelitas descalzos y la salida al mundo para erigir conventos hasta donde alcanzara la vista, la observancia estricta de la regla –obligación de la pobreza, de la soledad y del silencio–, la fructífera y cómplice amistad con San Juan de la Cruz, los extremados ejercicios ascéticos y la salud quebrantada, la escritura, desde El libro de la vida hasta  su obra cumbre: Las moradas o El castillo interior.
Silvia Tomasa repara en los muy contradictorios rasgos de la santa para el desarrollo de su personaje: vemos a la mística Teresa decidida, enérgica, apasionada y en pleno éxtasis, por un lado, y sensible y compasiva, por otro. Al revelar nuestra poeta un gran sentido psicológico, logra mostrarnos de principio a fin la comunión de lo contemplativo y lo práctico que marcaron la vida y obra de la Doctora de la Iglesia.
Son varias las voces poéticas que emplea Rivera para su discurso, y la engañosa forma del monólogo pronto se revela en aparentes diálogos: los modelos de sus poemas se van intercalando en primera o tercera persona del singular, y no en todos los casos el interlocutor ofrece una respuesta. Ya desde el comienzo aparece el yo poético, instalado en Ávila, que nos introduce en la historia: “La presencia de Dios / se advierte en un respiro”; o: “Desde la cima / se ven los pueblos/ como un pequeño punto. / Qué soledad tan alta”. O este otro, donde la poeta llama a Dios a escena para hermanarse en el tiempo con la santa: “Él, de seguro sabe lo que pasa / en el corazón de una y otra”.
Destaco el uso del yo poético porque es el hilo que conecta con los otros personajes:  Santa Teresa y la divinidad. Aunque ellos se ocupan de celestiales asuntos, el yo de Rivera transgrede la armonía entre ellos, es el tercero en discordia que los urge a ocuparse de lo inmediato y terrenal. Así, la poeta, ya olvidada de toda admiración y humildad, encara a la santa:

Qué te pidió Él,
¿acaso que nos mostraras su rostro?
Ah, sí, el rostro de la incertidumbre;
el del amor a la miseria.
De seguro te pidió
otro cambio de imagen
para sí mismo,
y lo delineaste con tus manos
entre el barro y la sangre.
Ante el silencio de Santa Teresa, la poeta –que escribe: “Armarse de valor / desarma a los canallas”– dibuja la sociedad de su país y se dirige a Dios, su voz es la de las víctimas, coro de torrente que le reclama por los desaparecidos, los asesinos que ocupan territorios, las muertas de los desiertos del norte, los “largamente empobrecidos”.
Silvia Tomasa elude con donaire la denuncia panfletaria y acredita la pericia de su versificación. Aquí unos detalles de estas virtudes: “Yo amo a mi país / mas su fea realidad / saca lo peor de mí”. O: “Todavía hace algún tiempo / el Señor se paseaba / por los litorales de México, / eso fue antes del incendio / en el mercado de Veracruz, / donde nunca se dio la cifra exacta de los muertos. / ‘No soy bombero’, / dijo la máxima autoridad, / cuando fue requerida”. O este último ejemplo: “Por favor, que alguien descifre / el mensaje divino/ aunque sea adentro/ de una botella, / en un charco de sangre / o protegido en su casa / viendo la televisión”.
La forma de decir, la originalidad y la sencillez del estilo de Silvia Tomasa Rivera se emparentan con las líneas trazadas por la propia santa en su escritura y en la tradición poética de México (López Velarde, cuya voz reverbera en los versos de la veracruzana). Desde sus anteriores libros, la autora de En el huerto de Dios continúa conservando el poder de sus facultades de siempre, resonancias que aún vibran en su interior: una singular capacidad para la concreción, la dicción de sus ancestros en versos contundentes e intensos como golpes de martillo y el trazo preciso de escenarios naturales y urbanos que recuerdan micro universos de tarjeta postal. Pero al final advertimos algo nuevo: el duelo a muerte entre una tensión a punto del desbordamiento y el resistir el golpe, ha dado origen a una resignación más bien forzada, aquella que ofrece no poca resistencia: “No puedo seguir / como si nada / hubiera sucedido / manteniendo en exilio / mi odio silencioso. // Voy a volver / a mi agujero / en el corazón de la montaña. / A la ciudad proscrita”. Es bueno saberlo: el yo poético se declara vencido mas no derrotado.
Muero por decirlo: En el huerto de Dios constituye un logro excepcional de la construcción biográfica mediante los recursos de la poesía. Tanto lo creo que hubiera preferido que su autora no incluyera en el volumen otro de sus célebres poemarios: Como las uvas (Boca de Jaguar, 2004); no sólo porque se contraponen, sino porque dan la triste impresión de una pareja bebiendo del amargo cáliz del desamor bajo un mismo techo. No así, Silvia Tomasa Rivera, con el poemario que da título al libro, nos dice que ha asimilado más que bien otra lección, la de su maestro y guía espiritual, el padre Ignacio Larrañaga, de quien integra de manera oportuna y discreta algunos de sus aforismos a los versos. Y para corresponderle, Larrañaga le recuerda a Silvia Tomasa, desde El sentido de la vida, que “todo es tan efímero como el rocío de la mañana. Nada permanece, todo pasa. ¿Para qué angustiarse?”.
En el huerto de Dios de Silvia Tomasa Rivera, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 2014, 201 pp.







Por Nina Crangle

La poesía, al margen del mundo



Aunque La brújula y el laberinto. Encuentros con Octavio Paz tuvo su origen en una serie de entrevistas realizadas en un periodo de diez años (1986-1996), durante los cuales Miguel Ángel Quemain dialogó con el poeta en diversos escenarios y por motivos distintos, el libro –y esta es su primera gran virtud– se lee como una sola, extensa e inédita conversación organizada por temas. Ya desde el “Prólogo”, Quemain nos advierte que su acercamiento a Paz mucho se debió a que conocía su obra, a que nunca tuvo una actitud reverencial hacia él, sino más bien beligerante, a que se asumió como un cuestionador respetuoso y puntual, y a que temía traicionar sus palabras. A propósito de la aparición de este libro, Quemain concedió a principios de abril una entrevista a Milenio de la que retomo la siguiente declaración:
Yo tenía una imagen del poeta –en esa circunstancia de los años ochenta– de alguien cercano al poder, con una visión priista; sin embargo, con un gran poder intelectual y con una gran visión que a mucha gente en la sociedad mexicana le incomodaba, como la bienvenida que le da a Carlos Salinas como presidente en el 88. Cuando uno es joven tiene muchos prejuicios… Pero al final descubrí una gran figura detrás, a un gran hombre generoso. 
Finalmente, el joven reportero de entonces, que con el paso del tiempo se convirtiera en uno de los periodistas culturales más destacados de México, se ganó la confianza de Paz, tan esquivo y reacio a dialogar con los representantes de los medios de comunicación. Pero ¿sobre qué dialogan, cuáles son los temas que sostienen en estos encuentros a lo largo de diez años? Entre ambos, el poeta y el periodista, suman una vasta y antojadiza lista que aquí resumo: el destino del pensamiento crítico unido a la creación, el ejercicio del periodismo cultural, el universo de las artes plásticas, la pareja, el amor y el erotismo, el pensar en México (que Paz resumía en conversar con nuestro pasado), la defensa de la independencia intelectual sobre las ideologías castrantes, la polarización de la intelectualidad en torno al Encuentro de Vuelta y el Coloquio de Invierno, los usos y abusos de los recursos de las instituciones culturales, el triunfo de la impunidad sobre la libertad de expresión, el ámbito académico y sus cotos de poder, la apuesta por la democracia versus la revolución, Sor Juana Inés de la Cruz y el mundo novohispano, la vitalidad y permanencia de nuestra tradición literaria, el ser del poeta y sus infinitos destinos.
Si las mezquinas pugnas por el poder político y cultural de la década referida en La brújula y el laberinto le provocaron a Paz afirmar “la búsqueda de la verdad, la congruencia, parece hoy un romanticismo a los ojos de los cínicos para quienes todos tienen un precio”, ¿qué nos diría en estos momentos sobre nuestra realidad nacional? El propio Quemain, en el párrafo final de su prólogo, aventura una probable respuesta:
este libro está alimentado de un pasado que se hace presente de muchas maneras. Si el pasado no cura, si el tiempo verifica muchos de los planteamientos que hicieron de Paz una figura polémica, hoy se cumplen como una profecía indeseable: la advertencia sobre la parcialidad de un periodismo servil al dinero y la política, los periodistas en un ejercicio que deja mucho que desear y que se distingue por su desprecio a la alta cultura. La utilización de las instituciones para el enriquecimiento personal y la acumulación de poder político y cultural.
Y es que a través de la voz de Paz iremos conociendo a uno de los testigos más atentos de su tiempo, que abarca por poco todo el siglo XX. De ahí que sólo los grandes poetas y pensadores, como lo es Octavio Paz, establecen un diálogo permanente y fecundo con las obras y los lectores de todas las épocas. El título del libro es por demás elocuente, Paz transmutado en la voz de la tribu, sí, pero no se trata de una presencia solitaria atrapada en su laberinto, Quemain le señala más de una vez la ruta a seguir. Y en el intercambio los dos quedan expuestos: un Paz en plena forma mental y con el brillo peculiar de siempre que no deja de sorprendernos (sólo moriría dos años después, en 1998), con el aplomo y la congruencia de quien lo ha conseguido todo o casi todo; emergen aquí los rasgos más acusados de la personalidad del autor de Piedra de sol, unas veces desconfiado, otras motivado y casi siempre amable y caballero, generoso en sus respuestas, pero también malhumorado y regañón, alguien que se toma su tiempo para hacer juicios certeros y significativos acerca de sus contemporáneos escritores y para exhortar a su interlocutor a que haga un periodismo más exigente y menos separado de la literatura.
Mire, no caiga usted en la confusión en boga de que los periodistas culturales son los que trabajan en una sección donde se anuncian las artes y los espectáculos, las carteleras y la aparición de los libros. Un periodista cultural es aquel que es capaz de entender su tiempo y la información en el orden de la historia, de la tradición y de la cultura.
Y Quemain, ya de por sí culto y excelente periodista, se toma a bien los consejos. Leemos a un entrevistador inteligente, audaz, persuasivo, claro en sus ideas y hasta temerario, si las circunstancias así lo exigen. No en vano él eligió conservar el formato de entrevista, el género privilegiado de su quehacer periodístico, para presentar al público esta lectura sobre la figura y el pensamiento de Octavio Paz. En términos formales no contábamos hasta ahora con un estudio equiparable a La brújula y el laberinto, un libro que, gracias los buenos empeños de Rafael Antúnez y Rebeca Piña, está destinado a ser una referencia importante para todo lector o estudioso de Paz. La aportación más reciente de Quemain a nuestra cultura, una obra de divulgación con una fuerte carga didáctica, bien podría encontrar otros destinatarios: pienso en todos aquellos lectores primerizos que desean acercarse a la persona y la literatura de un autor cuyas aportaciones e ideas proféticas aún deslumbran por su vigencia, como esta que anuncia el Paz poeta en alguno de aquellos lejanos encuentro con Quemain:
Los poderes comerciales del siglo XX han asimilado y domesticado, por una parte, a los pintores y novelistas, se han convertido por virtud del comercio en el diablo de nuestra época, en valores cotizables. Pero con la poesía no ha sido posible, es decir, lo que queda más al margen del mundo y de la especulación financiera de finales del siglo XX es la poesía, de ahí, yo creo, su valor moral y subversivo.

La brújula y el laberinto. Encuentros con Octavio Paz (1986-1996) de Miguel Ángel Quemain, col. Casa de Otros, Instituto Literario de Veracruz, Xalapa, 2015, 140 pp.





Por Nina Crangle

No hay historia sin ti



Los últimos seis años de la vida de Victor Serge en México, según recordaría más tarde su amigo y camarada Julián Gorkin, “fueron los más tranquilos y literariamente los más fecundos”. Por ello la reciente aparición en México de Los años sin perdón ha de leerse como un ajuste de cuentas de nuestra tradición literaria con el autor de origen ruso. Exiliado en nuestro país desde 1941, luego de un peregrinar accidentado por Europa y algunas islas caribeñas, Serge emprende su escritura cinco años más tarde y no alcanzaría a verla publicada, al igual que un par de obras más que languidecían en el mismo cajón de su escritorio en la hora fatídica de su muerte en una calle céntrica de la capital, en 1947: Memorias de un revolucionario y El caso Tuláyev.
Serge es un reconocido autor por su vasto conjunto de obras de corte político traducidas a numerosas lenguas (Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, El año I de la Revolución rusa, Literatura y revolución, Retrato de Stalin, De Lenin a Stalin…); sin embargo, su obra novelística no ha merecido semejante atención, más por razones políticas e ideológicas que por méritos literarios, que los tiene de sobra. Y es que la vida de Serge, como la de la mayoría de sus contemporáneos de la Europa de la primera mitad del siglo XX, fue una existencia que raya en la ficción. Sólo que él, a diferencia de sus colegas escritores, logró, con más pena que gloria, sobrevivir y trascender un destino atroz para dejar testimonio de su tiempo.
El tiempo de Serge es un tiempo que se extiende en la historia, un puñado de décadas que abarcan el antizarismo de sus padres, trashumantes por Europa (él nace, por este hecho, en Bruselas), el fin de la era Romanov, la Revolución de Octubre, el encumbramiento de Stalin, el ascenso del nazismo, la caída de París, el cerco a Leningrado, pueblos enteros devastados por los bombardeos  aliados y la destrucción irracional de ciudades hasta entonces emblemas de Occidente. Estos hechos históricos fueron los elementos que Serge empleó para el trazado de Los años sin perdón, los que dieron origen a las dos guerras mundiales, pero cometeríamos un grave error si la consideramos una novela histórica.
No es del interés de Serge ensalzar la Historia y las figuras de la pandilla temible. El lector no encontrará una sola mención directa a Stalin, pero percibirá su omnipresencia con la referencia del “Jefe”; o Hitler, sólo un moribundo sustantivo en boca de algún oficial nazi incrédulo y metafóricamente ciego. Serge considera que no merecen un nombre, por la misma razón que lo que no puede ser nombrado nunca existió. Lo que le mueve al autor es el acontecer humano en situaciones concretas, pero el hombre visto más como posibilidad y no como alguien sujeto a una realidad. Para Serge, un intelectual que se nutrió de todas las fuentes filosóficas en boga –pienso en los padres del existencialismo, Nietzsche y el primer Heidegger, y los materialistas Marx y Engels–, es el proyecto humano el que le da sentido al mundo.
La trama de la novela, pronto veremos, no es sencilla. Sus protagonistas, Sacha y Daria, son dos agentes encubiertos de la Internacional Comunista que renuncian a la causa, él el primero, Daria requiere de más tiempo. En las voces de los personajes centrales, que son la voz del propio Serge, el relato es el recuento del doloroso despertar de los personajes, de las crisis de valores, del incierto destino del arte y de la huida de sí inevitable.
Los escenarios de la historia por los que transitan son el París crispado por la amenaza nazi y el ambiente de terror de los espías: en el mundo del espionaje (como en el del amor), la lealtad es un arma de doble filo. El sitio de Leningrado será el siguiente escenario, donde todo y todos son sacrificables en aras del sueño delirante y macabro de un solo hombre, el del Hombre de Acero. En el tercer capítulo hacen su aparición las ciudades reducidas a escombros y las fantasmales presencias de los habitantes sobrevivientes de una Alemania que se resiste a la inminente derrota. Y, finalmente, el lugar del reencuentro de los exagentes, el mítico México, escenario del fin de los viajes.
El lector acaso podrá concluir que Los años sin perdón es un compendio de historicidad, la misma que llevó a su autor a reflexionar e interpretar hechos pasados que le eran próximos en el tiempo. Y Victor Serge se sirve de sus personajes –espíritus libres dentro de un cuerpo material, finito y limitado– para reflexionar sobre su propia temporalidad, la de la esperanza inútil puesta en un mundo más igualitario, libre de guerras y ambiciones totalitarias. En fin, la toma de conciencia de la revolución traicionada.
La prosa de Serge hace alarde al desvelar los pliegues más secretos de la condición humana, los del pueblo raso, amas de casa urgidas de pan para los hijos, profesores que cultivan lilas para conjurar las bombas, médicos y enfermeras obrando milagros en todos los frentes, soldados viles o con restos de humanidad. Todos ellos encarnan al ser angustiado (que somos todos) ante la presencia de la nada, que no sólo muere sino que sabe que va a morir. Serge, es un hecho, no pudo vivir todas sus tramas, pero aseguraba haber conocido a todos sus personajes.
Con todo, Serge se veía a sí mismo como un ser optimista, su fe en la especie humana era inquebrantable. Richard Greeman, autor del inteligente, bien documentado y mejor escrito “Prefacio para la edición mexicana”, afirma que quizá por ello el Serge novelista “inyectó un poco de su propio espíritu invicto a su Sacha D. ficticio, quien sí logra resistir la desmoralización”. Sí, tal cual lo hiciera Víctor Serge, que escribía en francés (él, que nunca tuvo patria que lo reclamara) pero que, según su concepto de la misión de un escritor, se consideró “en la línea de los escritores rusos”. Retomo del Prefacio de Greeman, quien a su vez los tomó de Memorias de un revolucionario, estos últimos apuntes de un autorretrato de Serge: 
De esta infancia difícil, esta problemática adolescencia, todos esos años terribles, de nada me arrepiento en lo que a mí concierne […] Cualquier arrepentimiento que albergue es por las energías desperdiciadas en luchas destinadas al fracaso. Esas luchas me enseñaron que en todo hombre viven juntos lo mejor y lo peor, y a veces se mezclan, y que lo peor viene por la corrupción de lo mejor.
¿Y dónde todos los muertos? En los años sin perdón, los años negros desperdiciados en amores y luchas destinados al fracaso. Y es que Serge bien podría suscribir que en la realidad pasan muchas cosas, pero si no estás tú, cómplice lector, no hay historia.

Los años sin perdón de Victor Serge, trad. Alberto González Troyano, col. Ficción, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2014, 479 pp





Por Nina Crangle

Ramón Rodríguez: el magisterio del buen vivir


La mejor recompensa: un cigarrillo. Los Álamos, agosto de 2013
Ramón Rodríguez (Córdoba, Veracruz, 1925) es un caso único en el panorama de las letras veracruzanas. Hasta hace sólo unos años, solía afirmarse que su poesía era prácticamente inédita en la república de las letras de nuestro país. Sin embargo, su obra, fraguada durante más de cincuenta años, ha sido conocida y apreciada por varias generaciones de lectores devotos no sólo de su estado natal.
Sus libros han visto la luz sobre todo por el empeño y la tenacidad de sus amigos editores: Sergio Galindo (quien le publicó a escondidas su primer libro: Ser de lejanías, UV, 1960); Ángel José Fernández (Cuartel de invierno, La navaja de Ocamm y Desciendo al corazón de la  noche. Obra reunida); José Homero (Old fashion blues y Boleros nobles y sentimentales) y Rafael Antúnez (Juego de cartas y Fandango). A mediados de 2011, la Universidad Veracruzana publicó Agenda del libertino y Apuntes para un blues, dos títulos antológicos de y sobre su obra en Cuartel de Invierno, una colección que toma su nombre de uno de sus libros emblemáticos. Inspirada en la dilatada trayectoria de Ramón Rodríguez, esta colección rinde homenaje al autor de una de las obras más singulares de la poesía mexicana.
Ramón Rodríguez es sin duda, a decir de Rafael Antúnez y José Homero, “uno de los poetas más jóvenes de México” y “el joven maestro de Veracruz”, porque a lo largo de su pródiga vida ha alentado vocaciones literarias y animado relevantes empresas culturales (individuales o de grupo). Es uno de los miembros fundadores de La Palabra y el Hombre y de la Editorial de la Universidad Veracruzana, institución para la cual aún labora.
Don José de la Colina, por su parte, escribió que “Ramón es un poeta que escribe sus poemas con la voluntaria, la gozosa inocencia de quien descubre la poesía, sus ritmos y arritmias, sus palabras bien ritmadas y rimadas o lanzadas en un golpe de dados que no abolirá el azar, poeta que incurre en el soneto, en el romance y el romancillo, en el blues o el tango, en el balbuceo o el retruécano, y va adonde el poema quiera…”.
Pero vayamos a otros tiempos, a cuando todavía no existía esta Feria del Libro Infantil y Juvenil, ni ninguna otra, que esta tarde lo honra al dedicarle su edición número 24. El poeta cordobés, siempre cargado de libros, solía visitar a sus jóvenes amigos y discípulos en horas de escuela para invitarnos a algún bar o café y enseñarnos, como Hölderlin lo hizo con él, que “por la poesía y poéticamente es como el hombre ha vuelto habitable la tierra”.
Y como deseábamos mejorar nuestra educación literaria, abandonábamos sin ningún pudor nuestros cuadernos para  seguirlo con un enorme entusiasmo y muy buena disposición a donde él nos propusiera. Esos lugares (entre menos recomendables, mucho mejor) constituyeron nuestros cuarteles de retiro para escuchar al maestro hablar de todas sus obsesiones, y compartir las nuestras: música, cine, libros, autores y el poder de la poesía.
Lo mejor de esas reuniones, debo decirlo, era apreciar el impulso verbal de Ramón: tenía poderes suplementarios, pues nos devolvía la versión bella y mejorada de un mundo que percibíamos terrible y cruel. Y aunque Ramón siempre ha visto con recelo las muestras de lo que él llama “alta cursilería”, debo repetir lo que seguramente muchos de ustedes saben y suscriben: le tenemos mucho cariño y admiración a este hombre que continúa ejerciendo la más noble de las vocaciones, además de la del poeta: el magisterio del buen vivir.







Entrevista con Ramón Rodríguez


Ay sí, mira cómo me dejó tu noticia...
Ramón dice: el perro es excepcional
Un lunes por la tarde cuando además de humo, café y calor se agolpa la sagacidad de quien firmemente cree, pese a los griegos, que nunca se acaricia dos veces el mismo perro. Nina Crangle, Marifer Ramírez Smith y Ana Valderrama se encuentran con el poeta cordobés Ramón Rodríguez con motivo de sus ochenta primaveras…
N. C.: Uno de tus poemas favoritos, y de tus lectores también, es “Nunca se acaricia dos veces al mismo perro”…
–Es un poema de palabras que hace alusión a lo que dice Heráclito: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. Según Heráclito, el río está en continuo devenir, mientras nosotros permanecemos inmóviles; en esta poesía pasa lo contrario, el perro es el que muta, entre cada caricia hay un cambio, ya se avanzó en el tiempo hacia la caducidad.
Ramón es como ese can mutable, una persona sin anclaje, donde el hoy es lo único existente, dejando sin cabida al pasado y al futuro; por eso para Ramoncito las generaciones no son un asunto biológico.
N. C.: Si trataras de ubicarte en una generación, ¿cuál sería?, ¿con cuál estableciste un diálogo auténtico, una reciprocidad?
 –Me identifico con la generación de Graffiti, aunque también, reconozco, fui parte de una generación de existencialistas, que empiezan con Heidegger y descubren a Sartre; esa es la generación de mi juventud.
Pese a las terribles vecinas que envenenan gatos, seguiremos hablando de lo que Ramón ama.
A. V.: Ramón, ¿te gusta enseñar poesía?
–No es que me guste, pero me pagan; si amas la poesía, hablar de ella es como hablar de lo que amas.
La memoria es a veces transparente
como el agua de un pozo
M. F.: ¿Cómo es la memoria de Ramón Rodríguez?
–Es mejor el perro, dejemos a un lado “El pozo”.
N. C.: ¿Quiénes son los poetas que prefiere Ramón, a los que relee?
–El autor de Las elegías de Duino (Rilke), el de Tierra baldía (Eliot), el de El cuidador de cabras (Pessoa),  el de El cementerio marino (Valéry), el de Muerte sin fin (Gorostiza) y el de Piedra de sol (Paz).
N. C.: ¿Y Hölderlin?
–Hölderlin ya pasó, y como el pasado no existe, ni el futuro, yo ya seleccioné a mis seis autores. Estos poemas los escogí porque tienen una unidad, no hay nada que quede fuera  de estos poemas. Como dijeran los cronistas mexicanos de futbol, “eso es lo que yo vi, la mejor opinión será las de ustedes”; por eso  hagan la selección de sus poemas favoritos, para mi estos son los seis mejores, y como los cronistas, no busco una verdad absoluta; además, siempre estoy consciente que la mejor opinión es la que cada quien tiene.
N. C.: Para Ramón, ¿cuál sería su poema mejor logrado?
–Yo no tengo poemas, tengo poesías.
Esa búsqueda incesante
N. C.: ¿Has tenido que escribir para vivir…?
–Claro, pero buscando la unidad como Rilke; lo que no le funciona a nadie es su propia muerte porque siempre llega de fuera; sin embargo, él cree que sí se puede y de cierta forma se le cumple; aunque no escoge su muerte, se muere tal como debió haber sido. Rilke logra, además de eso, su propia concepción de la vida. Todo lo que los filósofos intentan con libros, el poeta lo logra con su visión.
N. C.: ¿Tú crees que el poeta ve más allá?, ¿que es un profeta a su manera?
–Sólo cuando se llega al nivel de Rilke y de Eliot, por ejemplo. Con el autor de Tierra baldía se hace muy evidente; dijera un crítico: “es una agotadora búsqueda de redención”.
N. C.: ¿Tú  buscas algún tipo de redención?
–¡Órale! Mi redención es renegar de la filosofía griega, nada más.
Otras búsquedas
–También hay otros tipos de búsquedas. A partir de Rimbaud la búsqueda era dar en la madre y sin embargo logra la poesía con un talento extraordinario, la decadencia. Entonces llega alguien y dice: “no los llamen decadentes, mejor simbolistas”. Muchos de los poetas que se formaron con Graffiti están en una búsqueda constante de las formas puras, saber hacer décimas, sonetos.  Esa poesía tiene logros extraordinarios; la búsqueda de Old Fashion Blues es muy distinta a la de los poetas de Graffiti; sin embargo, nos formamos juntos en esos caminos.
M. F.: ¿Te definirías a través de ellos?
–Son los mejores cuates que he tenido, pero no me defino a través de ellos (risa ramónica).
Todo depende del cristal con el que se mire
N. C.: ¿Coincides con Bertha Laura Barrientos cuando dice que tus poemas amorosos son poemas despechados?
–No dice eso, dice que el tono a veces podría interpretarse de esa manera, pero es tan sólo una hipótesis. Yo opino que esa hipótesis es una búsqueda por hacer un buen prólogo, los prólogos son para descubrirse uno antes que a los demás, en cambio la poesía es para ocultarse. Todo prologuista tiene la libertad de enfrentarse a una producción ajena y la búsqueda de la congruencia es apoyarse no en una erudición, sino en una serie de conceptos ajenos aplicables; ella se apoya en Cioran.  Mis personajes son como los personajes de Cioran que se ocultan en el absurdo y en la ironía por falta de creencias políticas, sociales y religiosas.
N. C.: En lo personal, tampoco coincido con la idea del despechado, sino más bien de personajes siempre resignados…
–La concepción individual del mundo es lo que existe, es la libertad del ser humano. Cada quien tiene su propia forma de entender la vida y acomodarse a ella; tiene su propia ética, su propia moral, su propia estética, sus propias chavas.
 A. V.: Ramón, eres muy evasivo…
–¿Y eso es muy difícil de percibir? No soy evasivo, soy como Rilke, por poner un ejemplo de tal tamaño. Por cierto, no es que él rechazara sus poemas anteriores a Las elegías de Duino, sino que era una búsqueda incesante por encontrarse a sí mismo a la hora de producir. Sin embargo, agradece a todos los que lo ayudaron a publicar lo que odió.
N. C.: Ramón, ¿cómo fueron recibidos tus primeros textos poéticos?, ¿qué te decían?
–Hay muchos primeros, que anteceden a la generación con la cual yo me identifico (y ya les dije). Ser de lejanías es de las más grandes pedanterías que yo he visto en mi vida; es una repetición de un filosofema de Heidegger: el hombre es un ser de lejanías, dice.
Yo tomé el título para mi libro, ¡qué horror!, pero funcionó. Esa era la época de mi juventud, sin embargo le agradezco a Graffiti el haberme asomado a la poesía en serio, aunque ya tuviera un libro publicado.
N. C.: Ya tenías dos, olvidas Cuartel de Invierno.
–Ese libro yo lo respeto profundamente, mucho más que a Ser de lejanías, que resultaba arrogante; el título dice: “yo leo a Heidegger, cuates”; falso, aunque con hallazgos muy buenos. Por eso es que converjo con Rilke, quien detesta sus poemas pero los respeta profundamente a través del agradecimiento a la gente que le abrió la publicación en Berlín.
M. F.: ¿Cuáles son para ti los momentos en los que te has sentido agradecido?
–Yo agradezco los momentos de la poesía como lector. A  principio de cuentas, si quieres escribir, aprendes a leer. No hay una escuela que te diga “esta es una escuela para hacer poesía”.
N. C.: ¿Ni la de Rafael Antúnez?
–(Risas) Para mí, el mejor narrador que ha nacido en el estado de Veracruz es Rafael Antúnez, no ha habido otro. Así de ese tamaño es. La isla de madera es una novela corta, redonda y excelente.
A. V.:  ¿Qué tal Nina, la novela?
N. C.: Muy padre. Ramón ha expresado una opinión muy certera.
R. R.:¿Ya la leyeron?
M. F. y A. V.: No, todavía no.

R. R.: Hay que leerla. Pregúntenle a Antúnez: “Usted escribió una novela que tuvo una gran acogida, ¿por qué ya no ha escrito?”. Se defenderá como gato boca arriba. No como el tuyo, que se murió (a Marifer).

Por Nina Crangle, Marifer Ramírez y Ana Valderrama


Hombres de las altas montañas




En el célebre ensayo La mente moderna, su autor, T. S. Eliot, escribe: “Lo que el poeta experimenta no es la poesía, sino el material poético. Escribir un poema es una ‘experiencia’ original, la lectura de ese poema por el autor u otra persona es cosa distinta”.
Eliot, al hermanar poesía y poética, no se conforma con desentrañar el fenómeno estético sólo desde el  punto de vista del creador, sabedor de que todo acto de amor, como lo es todo poema, requiere del compromiso del otro, del autor transmutado en lector y de un lector, cualquier lector, ajeno al acto creador. Y traigo aquí al más común de los lugares comunes: la lectura de un poema es otra forma, la más inusitada, de conocernos, de ponernos nuevamente en el camino –para atrás o hacia adelante– de nuestra memoria lírica, y más aún: de nuestra memoria pasional; ambas, la tradición y las pasiones, son de natural subversivas, de ahí la fuerza liberadora que propicia el acto de leer. No estoy muy segura, pero creo que es a esto a lo que se refería Eliot cuando dice que la lectura de un poema “es cosa distinta”.
Y fue por esa cosa distinta, por la pasión por la poesía, que Silvia Tomasa Rivera haría su aparición en la letras mexicanas con un título emblemático que más parecía una papa caliente en el ya lejano 1984: Poemas al desconocido. Poemas a la desconocida,  todo un acto transgresor para una autora en ciernes y de “provincias” que rompió de entrada con las normas establecidas por y desde la polis de la República de las Letras.
De ahí vendrían otros libros donde nuestra poeta continúa en la línea de su apuesta inicial: Duelo de espadas, Apuntes de abril, La rebelión de los solitarios o Como las uvas, cuya lectura no deja lugar a dudas: la de Silvia Tomasa Rivera ha sido, hasta ahora, una poética de la pasión amorosa, narrada casi siempre en primera persona, que alcanza las cumbres sólo para descender a los infiernos del amor contrariado.
En esta su nueva entrega, Río de frente (publicado por la upav en su colección Premios Nacionales), Silvia Tomasa se aventura –en el poemario del mismo nombre– en la historia del amor desgraciado de un joven rarámuri por una niña “con cara redonda / como la luna llena / que no tiene misterio”. Pero antes, en “El arco y la cruz”, el poemario con que abre el volumen, la autora nos introduce en la cosmovisión y los mitos del pueblo rarámuri para referir la  vida de Próspero Tánori y la de sus ancestros, “los de los pies ligeros”, en la Sierra Tarahumara:
Nosotros no tenemos pasado
ni futuro.
Alimentamos el presente
con maíz y tesgüino…
Nadie tiene hambre,
nos curamos solos
con la mano de Dios.
Y si alguien muere
nace otro y otro;
por eso somos eternos
los rarámuri.
Se nos informa que Próspero Tánori no nació en la sierra sino en la ciudad de México y que al igual que Juan Preciado retorna a Comala para buscar a su padre, Próspero Tánori viaja a la inhóspita sierra para buscar la tumba de un padre desconocido en un pueblo llamado Chinatú. Así, al final de “El arco y la cruz”, descubrimos que es la búsqueda y el viaje, el permanecer en tránsito, lo que en realidad importa.
Como lo es para el protagonista de “Río de frente” el estar enamorado, porque el amor que confiesa es “amor del bueno,/ no hay nadie que se oponga./ Ella es mujer y yo soy hombre./ Los dos somos rarámuri; / y ya bailamos el yúmari / en el frente del río”.
Pero la poeta insiste que el destino es cruel y elocuentes las señales:
Traigo
un presentimiento.
Entre gritos
y aullidos de coyote,
se anuncia mi llegada.

No hay lucero ni estrellas
en el cielo.
Sólo el relámpago
y el trueno
mantienen las miradas
al acecho.
A partir de estos versos, el lector se anticipa al fatal desenlace: los padres de la niña, más por cálculo que por amor, la entregan a otro, mejor dicho, la cambian por una recua de caballos salvajes. El ofendido da muerte al rival en defensa de su corazón y rechazado por todos emprende la huida por desolados parajes.
No espere el lector un final feliz en estos poemas, “El arco y la cruz” y “Río de frente”, que aunque se leen por separado  guardan una unidad. Le diré lo que no es en el segundo caso: una historia romántica. Aquí, mediante versos cortos y unas cuantas estrofas, Silvia hilvana dos bellos relatos contemporáneos pero que parecen remotos en el tiempo y remarca a la vez el sello de su casa poética: el suyo es el tema más próximo a la tragedia, el del amor imposible, lo que Platón llamaba una “aventura solitaria”, pues Silvia Tomasa Rivera, ante la ausencia del otro pero no del sentimiento que inspiró, comunica con hondura en este libro y en toda su obra anterior la existencia simultánea del más obstinado de los deseos con el éxtasis y la cólera, la esperanza y la resignación, el amor y el odio, el desprendimiento y el vano sufrir, la errancia en soledad hacia la profundidad de la noche.

Silvia Tomasa Rivera, Río de frente, col. Premios Nacionales, Universidad Autónoma de Veracruz, Xalapa, 2014, 124 pp. 





Por Nina Crangle