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Ah, caray, todavía tengo ceja... |
Cuando se discute sobre los grandes de la literatura mexicana del siglo XX, jamás se le
menciona. Entre los gigantes, aparecen siempre los mismos nombres: Rulfo, Paz,
Fuentes, Arreola; y en los últimos años, Pacheco y Pitol. Vicente Leñero fue
siempre relegado de la élite literaria, desplazado por razones que él
consideraba anecdóticas, “no asistía a las fiestas de Fuentes”, explicaba.
Injustamente, fue necesaria su muerte para advertir el vacío que deja su
nombre y aquilatar, obligadamente a la distancia, lo que significa su obra.
Leñero, quien estudió ingeniería después de una formación en colegios
católicos, y todavía alcanzó a dirigir alguna que otra obra (no de teatro, lo
que hizo después, sino una obra de construcción), lo cual se advierte en Los albañiles (1963), pues el Nene es
una suerte de álter ego, se decidió por la literatura tras ganar un concurso de
cuento en el cual Juan Rulfo fue uno de los jueces. Ganó el concurso con dos
relatos que “sonaban mucho a Rulfo”, incluidos más tarde en La polvareda (1959), pero cuando fue a
buscar al maestro, éste le respondió que él no había votado por sus cuentos,
“entonces me fui con Arreola, a quien le debo haber escapado a tiempo de la voz
de Rulfo”.
Rulfo es uno de los temas de Leñero, pues lo considera una sombra para
los escritores mexicanos, deslumbrados por lo que había logrado: una obra
magistral en apenas dos pequeños libros, tanto que muchos lo imitaron, y eso se
consideraba bueno. El mismo Leñero lo emuló en La voz adolorida, su primera novela, publicada en 1961.
Leñero relata este conflicto en memorias, relatos y confidencias, pero
en Los albañiles es donde ocurre el
parricidio. En la novela es evidente que la relación con el padre es uno de los
temas centrales: Isidro, uno de los maestros de la obra, perdió a su hijo
golpeado por una piedra; el Nene, el ingeniero encargado de la obra y de quien
todos se burlan, debe enfrentar su propio sentimiento de inferioridad ante su
padre; el otro Isidro, el chalán, es el principal sospechoso de la muerte de
Jesús, el vigilante, personaje aborrecible como pocos en la literatura
mexicana, por quien fue abusado.
Precisamente es el velador Jesús quien encarna a Rulfo, habla como Rulfo
y su estilo es inconfundible cuando relata su propia maldición y las leyendas
con los muertos en su pueblo natal. La muerte del velador Jesús es la muerte de
Rulfo como figura ascendente para Leñero. Después, en relatos y memorias,
regresa a él, en “Un tal Juan Rulfo”, incluido en Sentimiento de culpa (2005), hace un retrato del Rulfo persona, no
el escritor inmenso sino el hombre temeroso y miedoso. En Gente así (2008), uno de los relatos es acerca de “La cordillera”,
la supuesta novela que escribe el autor de Pedro Páramo, la obsesión que generó
y sigue generando en escritores y críticos, y el daño que habría hecho a varias
generaciones que quisieron emularlo y escribir como él.
Los albañiles le trajo a Leñero un éxito tremendo e inesperado, con esta novela ganó
el premio Biblioteca Breve de Seix Barral un año después de La ciudad y los perros de Mario Vargas
Llosa, la novela que muchos críticos afirman abre el boom. Sin embargo, Leñero habría de creer y afirmar que su premio
fue debido a la influencia de su editor, Joaquín Díez-Canedo, ante Carlos
Barral, quien habría buscado un autor mexicano para incidir en este importante
mercado; además, la crítica en el país no lo recibió con gusto. Pero dejando de
lado los pormenores, Leñero tenía allanado el camino como escritor afamado, sin
embargo, en lugar de continuar con el mismo estilo, como hicieron los autores
del boom, se arriesga con un gusto
particular, la influencia de la noveau
roman, y escribe Estudio Q (1965)
y El garabato (1967), novelas
experimentales opuestas completamente a la estética del boom.
Y es que Leñero siempre se arriesgó, incluso llevando las de perder y
pagar un precio que para cualquier escritor resultaría inaceptable e
insoportable; aunque fue doloroso, eso sí, en Lotería, retratos de compinches (1995), relata su relación con Carmen Ballcels, la afamada agente del boom, quien lo contactó tras el premio y
vendió promesas que no cumplió. Años más tarde, Leñero habría de decidir
también entre el periodismo y la literatura, creyéndolos caminos divergentes y
hasta contrarios. Toda su vida fue una batalla por confrontar y unir periodismo
y literatura, azotándolos hasta mezclarlos.
Su carrera en el periodismo había arrancado algunos años antes de
escribir Los albañiles. Fue
colaborador en la revista Claudia,
una suerte de Esquire mexicano donde
se congregaron escritores de la Onda como José Agustín y Gustavo Sainz. Para Claudia, Leñero escribió crónicas,
entrevistas y reportajes que amalgamaban literatura y periodismo, a la manera
de Truman Capote o Norman Mailer, reunidos después en Talacha periodística (1989).
En 1966 ingresa a Excélsior y
conoce a Julio Scherer, quien sería su jefe, compañero, amigo y hermano durante
más de 50 años. Sin embargo, Vicente creía fervientemente en que debía
decidirse por la literatura o el periodismo, tan es así que habría entregado su
renuncia a Scherer, quien lo convenció de quedarse en el diario y dirigir la Revista de Revistas. Ganó la lealtad de
Vicente y se quedó con él tras el golpe del gobierno echeverrista contra el
diario y en la fundación de Proceso.
Leñero escribe entonces una novela sobre el golpe a Excélsior que muchos han visto y siguen viendo una non fiction novel, tipo Capote o Mailer,
pero para estas fechas, Leñero tiene una idea más compleja de la realidad y de
las posibilidades de la literatura y el periodismo. Los periodistas (1978) parece una novela reportaje, pero no lo es,
por lo menos no es sólo eso, como tampoco lo es Asesinato, querer verlas así es una simpleza.
Los periodistas está construida como una ficción en donde lo documental es apenas una
coincidencia. Julio Sherer es un héroe trágico, gigante en comparación con
todos los demás, incólume e inmaculado. Pero aun así, Leñero es capaz de
mostrarnos las paradojas del periodista emblema, como las atenciones con que la
clase política lo agasaja. En el inicio de la novela, durante una fiesta del
diario, Scherer les cuenta que el gobernador de Guanajuato le prestó su finca
para pasar la Navidad y que le mandó a hacer colchas con su nombre bordado en
ellas.
Habría que analizar meticulosamente Los
periodistas al igual que otras obras para hallar lo que Leñero quería
mostrarnos, pero lamentablemente sólo son periodistas, y en realidad muy pocos,
los lectores de esta novela, pues la crítica literaria sólo ha reparado en Los albañiles, creyendo ver en otras
novelas reportajes directos. De Los periodistas,
se puede mencionar una escena esencial, aquella de la celebración del Día de la
Libertad de Expresión, cuando en presencia de Echeverría, Scherer es obligado a
dar un discurso. Tras ello, con la amenaza encima de la represión y cuando el
gobierno ya tiene prácticamente preparado el golpe, el presidente le pide a
Scherer acompañarlo y caminar con él, le ofrece su brazo y Julio lo toma,
instantáneamente el golpe certero de uno de los guaruras casi le rompe el
brazo: “¡no toque al presidente!”. La imagen por sí sola representa las
relaciones del periodismo y el poder, caminando juntos, necesitados uno del
otro, pero desconfiados, enemigos. Una relación obligada pero imposible.
A Leñero lo caracteriza sobre todo su honestidad, brutal siempre, así en
Los periodistas como en La gota de agua (1984), donde él y su
familia se convierten en protagonistas, o en crónicas confidenciales donde
muestra el miedo detrás de los hombres periodistas que deben decidir entre
informar y sobrevivir, como en aquella crónica donde relata las amenazas del
director de la Policía Judicial, a quien todos temían y de quien se sabían
horrores, ante un reportaje sobre los sobrinos de Bartlett cuando éste era
secretario de Gobernación, ante lo cual deciden, él y Julio, no publicarlo, o
los muchos relatos sobre sus encuentros con Salinas de Gortari.
La idea de Leñero sobre la novela va más allá de la non fiction novel o de la novela reportaje, y Asesinato, el doble crimen de los Flores Muñoz (1985), es la culminación de un proceso y la
madurez de una estética, de la concepción sobre la realidad y la ficción que
tanto preocupó a Leñero. Asesinato es
la novela sobre el crimen de Gilberto Flores Muñoz y su esposa, quienes fueron
asesinados en su propia residencia del Distrito Federal, prácticamente
decapitados con un machete, homicidio del que fue culpado su nieto, Gilberto
Flores Alavés.
El caso es increíblemente novelesco, protagonizado por un sujeto que
participó en la Revolución, fue gobernador de Nayarit y estuvo a punto de ser
presidente; su mujer, una esposa sumisa y convencional, pero escritora en
secreto, autora de libros de poemas, cuentos y novelas con seudónimos, un nieto
atormentado y de una profunda formación católica que modifica de manera radical
su percepción de los hechos, y un acontecimiento que cimbró a la sociedad
mexicana.
Con estos ingredientes, Leñero escribe una novela sobre la construcción
de la realidad, haciendo hincapié en aquella creada por los medios de
comunicación, evidenciando estrategias que van más allá de la simple
manipulación noticiosa y que se enredan en la madeja de corrupción en la cual
las autoridades toman un papel sobresaliente y dominante. Vicente disecciona
las historias y las opiniones sobre el caso, historias inventadas y opiniones
prejuiciadas siempre. La crítica no sólo destruye las premisas del periodismo,
sino de la misma realidad.
Este es el derrotero que seguirá Leñero a partir de entonces y cuya idea
se materializa en pequeñas narraciones que ya se anunciaban en Lotería, el libro de “retratos” donde
narra anécdotas de conocidos suyos, escritores, periodistas, políticos y sus
propias obsesiones. A esos pequeños relatos regresa en Sentimiento de culpa, Gente
así, y Más gente así, donde
mezcla con desparpajo realidad y ficción en dosis puntuales y exactas.
Leñero siempre se aventuró y se arriesgo, nunca permitió que sus deseos
quedaran yermos, hizo televisión, teatro y cine, a pesar de cierto sector de la
crítica que siempre lo ninguneó, esa es la palabra, desdeñaron su literatura
por ser “periodística”, desestimaron su teatro y sus guiones por “simplones”,
desatendieron su ideología por su “catolicismo”. Es hora de ver su obra sin
tapujos ni prejuicios.
Leñero nos descubre que la realidad se construye con distintas
estrategias, pero siempre como una ficción, y no solamente es así en la
literatura, sino en la vida. ♦
Por Juan Carlos García Rodríguez