Exhortación al paseo


Publicado porEditorial Graffiti el 18:31

El Aleph de la Libertad
1.
Un amigo que no conocía la ciudad y que vuelve de un viaje reciente a ella, me dice: “Qué cosa Xalapa, ¿no? Tiene cierto encanto, con sus restos de arquitectura colonial y con su folclor, pero qué terribles la lluvia y las colinas empinadísimas. No sé cómo viviste allí tanto tiempo”, remata. Pienso en otra cosa que he pensado desde hace algún rato: que son esas colinas empinadísimas de concreto las que la convierten en una de las mejores ciudades para caminar por las que he paseado; que es justamente esa lluvia abundantísima y esos perennes nublados los que fomentan el ánimo introspectivo, esencial para desarrollar el pensamiento, la contemplación activa —si el oxímoron es tolerable— del mundo que habitamos.
2.
Otra anécdota: pensaba maquillar, para este texto, una crónica sobre una librería de viejo a la que fui una sola vez. No recuerdo su nombre y le pregunto a alguien —xalapeña de nacimiento: yo, que lo soy por adopción, ignoro muchos de los secretos de familia— y se la describo: me quedaba muy lejos, le digo; recuerdo que está a un lado de una cantina ruidosísima, que en la misma calle hay un instituto de belleza, que tiene tres secciones y que llegué a ella después de subir una colina casi vertical, empinada incluso para el promedio xalapeño. Perdón por la vaguedad, remato, y ella contesta: “N’ambre, no hay vaguedad: iba prácticamente todos los días a esa librería cuando estudiaba: se llama El Aleph y está en la calle Libertad.” Es cierto: ese es precisamente el lugar al que fui aquella vez, mientras vagaba con alguien que recién llegaba a la ciudad. Nunca volví: me quedaba lejos, la pendiente me parecía penosa y tenía otras varias buenas librerías de viejo más cercanas a casa. Pero la distinción entre “sólo fui una vez” e “iba prácticamente todos los días” me recuerda algo escolar pero que a menudo olvidamos: que no hay sólo una ciudad, que Xalapas hay muchas, tantas como la gente que las habita —y también hay Jalapas, lo que colabora a multiplicar, desde la escritura misma, el número de ciudades— y que, como escribió Umberto Eco, “no puedo mover un dedo sin crear una infinidad de nuevos entes”.
3.

Ya por último y para no aburrir a mi improbable lector: considere ambas anécdotas como una cordial invitación a soltar el pie y dejarse llevar por las calles de esta ciudad. Yo, que ahora vivo lejos y que no puedo caminarla tan a menudo como quisiera, la extraño con abundancia; usted, que (idealmente) está leyendo esto en alguna de sus calles —en alguno de sus cafés o de sus librerías o de sus bancas públicas—, reconsidere pasear por su ciudad como una forma de apropiársela: hágala suya, ejerza el dominio del paso calmo, imponga su condición de peatón frente al voraz avance del automóvil. Conozca su ciudad a través del paseo crónico y, de esa forma, vuélvala menos salvaje, menos ajena, más propia, más íntima.


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