La danza africana no sólo es para repetir; hay que crear: Estela Lucio


Publicado porEditorial Graffiti el 14:28

Estela Lucio

Del corazón de la tierra, a nuestro corazón.
De nuestro corazón, al corazón de la tierra.
Del corazón de la tierra, a nuestro corazón.
De nuestro corazón, al corazón del tambor.
Con este ofrecimiento-invocación termina sus clases Estela Lucio, maestra primera de las danzas de origen africano en nuestra ciudad. Este año, su labor ha sido reconocida por el ayuntamiento de Poza Rica, donde creció; y en el Festival Afrocaribeño, donde ha participando desde sus épicos inicios. Y, ¡por fin!, el pasado mes de junio, recibió un merecidísimo homenaje de los integrantes  de diferentes generaciones del movimiento de la percusión y la danza afrocubana y africana  de Xalapa, nacido formalmente en 1980.
A convocatoria de su discípulo José Luis Ruíz, se organizó un activo y efectivo equipo logístico para el evento: Esperanza Mozo, Aram Huerta, Tomás Owen, Claudia Rojas, Messe Merari y Javier Cabrera. Fue con La Danza de Venado, originaria de Sonora e interpretada magistralmente por Javier Santos y el Abuelo Huicho, que se pidió licencia para que, durante casi tres horas, Annahí Saoco, los colectivos Maíz Negro, Cañadonga, Ensamble de Percusiones de Xalapa, Zancora, Rumbamba y Wantanara, sin olvidar la brillante danza-teatro de Enrique Vázquez, acompañado en las congas por Cándido Hernández, le bailaran, tocaran, cantaran y actuaran a la homenajeada, toda ella una sonrisa. Acompañada en la mesa de honor por sus cómplices de andanzas Ramón Gutiérrez, Tomás Owen, Rocío Sagahón, Enrique D’Flon, e Ivonne y Patricia Deschamps. Para concluir lo dancístico, Estela se levantó para bailar una sabrosa rumba afrocubana convocando a las bailarinas allí presentes. Fue muy emotivo. Messe y Miguel Flores cerraron el festejo con unas rolas muy a su estilo.   
Las danzas de origen africano han sido el legado que esta extraordinaria bailarina, formada en la danza contemporánea, ha transmitido desde hace ya más de tres décadas. Formadora de la mayoría de los actuales maestros locales, ha enseñado su arte a bailarines de todas las edades en esta ciudad, el estado y el país;  compartiéndolo con los más diversos públicos y en todo tipo de escenarios. Esta entrevista es mi granito de arena al reconocimiento de su trabajo.
“Nací en Cerro Azul, Veracruz, y me crié en Poza Rica. Mi primer acercamiento fue con el son huasteco, lo escuché mucho de niña. También muchos ritmos afrocubanos entonces de moda, como el cha-cha-chá, el mambo y la guaracha. En esa época, la Sonora Matancera y Pérez Prado eran populares en todo México. Yo siempre quise bailar, pero en esa época, a lo que aspiraban los padres era que uno hiciera una carrera universitaria decente y se recibiera. A Xalapa llegué en 1970, a estudiar arquitectura, y la terminé. En 1972  me metí a la Facultad de Música y estudié violín casi dos años; me costó mucho trabajo porque es un instrumento muy difícil.
En el 74 llegó el maestro Rodolfo Reyes, con la finalidad de armar una compañía de danza contemporánea. Empezó a dar clases en un salón del Teatro del Estado, abriendo camino al maestro Xavier Francis, director principal de la compañía que querían formar. En 1978, fui a Nueva York y tomé algunas clases de africano, ese fue mi primer encuentro. De vuelta en Xalapa, el maestro Alejandro Schwartz nos recomendó ir a Chilpancingo (Guerrero), donde estaba Rodolfo Reyes como director de la Casa de la Cultura, haciendo lo mismo que en Xalapa (una compañía), que Reyes quería armar con Arturo Garrido como coreógrafo principal. Trabajamos mucho. Estuvo Daniela Heredia (coreógrafa de Barro Rojo) y Serafín Aponte, y formamos el Ballet Independiente de la Universidad Autónoma de Guerrero. Por diferencias, nos separamos y decidimos llamar al grupo Barro Rojo. Fui fundadora, bailarina y maestra de Barro Rojo. En el 82 obtuvimos el Premio Nacional.
Después de Barro Rojo me embaracé de mi segunda hija y decidí trabajar como arquitecto en Tabasco; después trabajé en la Dirección de Cultura del Estado. Di también clases de danza contemporánea a niños de entre diez y doce años. En 1984 regresamos a Nueva York, y allí me metí a fondo con la danza africana: Haití, Puerto Rico, mucho de Cuba, Brasil, del Congo, de Guinea, de Costa de Marfil, un poquito de Malí y de Senegal bastante. Había mucho énfasis en Senegal y Guinea sobre todo, de los demás había menos maestros. Estuve allí hasta 1990. No he ido a África, solo tomé clases con muy buenos maestros africanos.
Regresamos a Xalapa para criar a nuestras hijas. Empecé a dar talleres; llamaron a Javier Cabrera y, en el segundo encuentro, empezó a tocar. Empezamos con música afrohaitiana, que era lo que más me gustaba. Fue en un salón que estaba en Ruíz Cortínez, casi frente al IMAC (a la entrada a Coapexpan), un laudero, que se llama Ricardo, también me acompañaba. Mi segundo salón fue en Corregidora (la calle Josefa Ortiz de Domínguez, por la iglesia de La Piedad); nos amontonábamos porque había muchas personas. Javier Cabrera acababa de regresar de Cuba e hicimos mancuerna; había unas muchachas que habían estudiado afrocubano y sabían el complejo de Congo, que es yuca, macuta y palo. Desarrollé danzas haitianas y brasileñas con dos alumnas que tenía: Carmen Kicherman y Liliana Garcimarrero. Decidimos armar un grupo de tres bailarinas con Cabrera, Enrique D’ Flon, Pedro Miguel Velásquez y Toñón; le pusimos Rumbamba. Actuábamos en una discoteca y hacíamos yumbalú, haitiano, el complejo de Congo y luego rumba y guaguancó; terminábamos invitando a la gente a bailar samba. No duraba más de veinticinco minutos pero se llenaba para vernos. Faltaba mucho por aprender pero ya teníamos algo armadito. Había mucho interés, tal vez menos gente que ahora pero había mucha entrega. Traje a los maestros M’bemba Bongoura, a Lamin Tiam (estilo zabar- senegales) y Kevin Hilton dio un curso de armar y tocar chéjeres. A mí me gusta más lo caribeño y lo senegalés pero la gente me pide guineano. Naolí Vinaver dio cursos de congolés; gusta pero no pega, no hace escuela. Vino Tito Tzompa (Congo) y solamente un año tuvo mucho éxito; en cambio, vienen los maestros guineanos y se llena.
Después de Corregidora empecé a dar clases en Papalote, al final del camino a Coapexpan. Antonio Zepeda se integró al grupo de xalapeños que hacíamos afro; Javier Cabrera, Enrique D’ Flon y Cándido Hernández tocaron en mi clase diariamente por años. Zepeda no es especialista en africano, lo es en prehispánico, toca como él quiere. No fue maestro, fue ejecutante de instrumentos con matices africanos. Aportó mucho, nos ubicó en que estamos en Mesoamérica y no en África. Era propositivo y fue criticado, decían que no tocaba bien, pero su influencia fue muy importante. Vale la pena crear otro tipo de cosas, yo tenía esa inquietud. La danza africana no solamente es para repetir sino para crear. Muchos grupos se han clavado en emular lo que se hace en África o en el Caribe y algunos lo hacen muy bien, lo han perfeccionado. Esta chica, Pupa (Guadalupe Luna), baila como cualquier africana de bien. Lo que les cuestiono a ellos es porqué no usan esos elementos para crear otras cosas.
Cabrera desarrolló mi espectáculo Danzas de Niebla, que emplea elementos africanos para recrear mitos y símbolos prehispánicos. Con la producción de Citlali Bravo y Tomás Owen en la escenografía y la iluminación quedó un número muy decente. Antonio Zepeda me hizo ver que era posible, me impulsó a que siguiera. Me desarrollé mucho bajo su influencia. Participó con nosotros en algún Festival Afrocaribeño. He ido recuperando poco a poco éste espectáculo que tiene diferentes dioses y mitos, a partir de un número que se llamaba El Chaneque y el jaguar desarrollé un cuento para niños donde los chaneques bailan danza africana. (En ella) Javier Cabrera tocaba instrumentos prehispánicos pero, de pronto, toca un 6/8 por allí y suena medio africano. Estamos creando a través de lo que hemos aprendido. El cuento quedó muy bien.
Tengo otro número que se llama La Coatlicue, me acompaña Javier Cabrera pero si no puede uso música grabada de Antonio Zepeda; también pasos de un baile haitiano que se llama Yambalú, que representa a la serpiente, al arcoíris y estoy hablando de la Coatlicue. Mezclo cosas para crear. Tengo además La Muerte de Coyoxchan; allí, Guicho (José Luis Ruiz) salía de Huitzilopochtli, haciendo un gran papel por su expresión corporal.
Rumbamba evolucionó mucho hasta fines de los noventa, pero esa generación la dio por terminada. De toda esa generación que éramos Rumbamba, algunos ya no bailan o ya ni tocan; ahora estoy trabajando con jóvenes que técnicamente tienen una preparación mucho más alta de la que teníamos nosotros a su edad. Les hemos tendido el tapete para que se desarrollen mejor; les hemos traído maestros, les hemos ensañado lo que sabemos y claro que ellos, como ejecutantes, han evolucionado mucho, son mucho mejores que hace unos años.
Rumbamba pasó de ser un grupo que ejecutaba ritmos afrocaribeños, africanos o brasileños a ser un grupo que ejecutaba ritmos de origen africano con elementos que también son de origen africano como el son jarocho. Fusionó cuando nadie lo estaba haciendo; casi daba pena decirlo, un zapateado con un djembe nadie lo había hecho. Lo hicimos y recuerdo que Javier casi pidió disculpas por haberlo hecho en un Afrocaribeño. Ahora es mucho más fácil porque casi todos los muchachos están haciendo eso: fusiones entre flamenco, son jarocho y africano. Nosotros estamos metiendo zapateado peruano (Annahí Hernández) y ya no sabemos ni qué hacer.
Rafael Campos trabajó conmigo en Veracruz Afromestizo y le pedí canciones originales; Rumbamba presentó este espectáculo. Las composiciones de Rafa le dieron un sello original al grupo; y es que tocar piezas y coreografías originales no es tan fácil. Fuimos muy criticados por los que hacen afro aquí, porque a ellos les sale muy bonito lo que saben hacer, pero que hagan algo nuevo. Hicimos Travesía, con ejecución de mucho más nivel; precisamente allí, Ramón Gutiérrez se atrevió a fusionar danzas haitianas con zapateado y tambores africanos, con jarana y quijada. A veces digo que repito mucho, pero trato de ir evolucionando, de ir creando cosas.
Tengo todo tipos de alumnos, algunos muy talentosos que agarraron camino rápido y que lo hicieron bien, que solucionaron por su cuenta. Por ejemplo Pupa, fue alumna mía y empezó conmigo; es un talento extraordinario, rapidito agarró lo que tenía que agarrar, fue con otros maestros y luego se fue a África y mira: a los dos años estaba bailando increíble.
No tengo la menor idea de porque estamos en una crisis tan tremenda, no sé si vamos a seguir bailando porque no hay trabajo. Trabajo sí hay pero no lo quieren pagar; estamos autogestando nuestro trabajo. En los festivales no hay trabajo; hay una mafia, ¿cómo es posible que les escribes y ni siquiera te contestan? Tienes que estar conectado para que te den trabajo. Es más fácil conseguir una tocada en el extranjero que en México. ¡Es increíble! Todo mundo está en veinte grupos a la vez, o hueseando aquí y allá. ¿Planes? Me gustaría que el grupo madurara, que tuviéramos trabajo, que viajemos, que viviéramos de eso y que la gente del grupo estuviera contenta. Llevarlo a cabo es un poco difícil.

 Xalapa, Veracruz. 16 de junio, 2010  



Por Eduardo Sánchez Rodríguez


Acerca de Performance

Divulgación cultural. Información y crítica de los acontecimientos y actividades artísticas y culturales de actualidad en Xalapa. Incluye reportajes, ensayos, críticas, entrevistas, reseñas y artículos de opinión sobre la actualidad de Xalapa, Veracruz y el país.