Gomorra y la camorra


Publicado porEditorial Graffiti el 18:31


Los fanáticos de los seriales televisivos tenían razón al suspirar con el fin de Los Soprano. La producción era impecable y el reparto ya había logrado esa difícil cohesión que detona el éxito de una serie. Era imposible, llegó a pensarse, que se produjera en el corto plazo otra teleserie sobre la mafia. Para fortuna de todos estaban equivocados.
Roberto Saviano logró integrar un grupo de escritores y productores para filmar Gomorra (2014), una serie que sucede en Nápoles, con actores italianos desconocidos, hablada parcialmente en italiano y napolitano, la cual regresa a ese barrio del norte de la ciudad que es uno de los más peligrosos de Europa: il Secondigliano. La serie es, parcialmente, una continuación de la película que Mateo Garone llevó a la pantalla grande en 2008. Aunque en la serie las familias de los Savastano y los Conte pelean por mantener el control del tráfico de estupefacientes, del control de las prisiones y de cobrar el impuesto en las plazas que tienen bajo su control. En el centro de este vértigo, las pasiones de los protagonistas no dejan de modificar la historia en uno y otro sentido.
La camorra impone su ley en Nápoles, se sabe. Las peleas intestinas entre las familias, así como los permanentes ajustes de cuentas entre los rivales, mantienen la atención del espectador y le dan una sensación de que la mafia americana es una versión light –parcial, endulzada y hasta desguanzada–, de lo que sucede en las calles de Italia. Y es que no ha sido posible evitar que la mafia se infiltre en la política italiana. La Cosa Nostra (Sicilia), la camorra (Nápoles) y la 'Ndrangheta (Calabria) mantienen la tenaza cerrada sobre los puertos, las prisiones y las fronteras. El asesinato del juez antimafia Giovanni Falcone y su esposa en 1992, por ejemplo, cerró un ciclo en la política italiana. El mensaje era muy claro: el ejercicio del poder nada tiene que ver con urnas, marchas y acciones de la sociedad civil. Hay algo podrido en la nación mediterránea.
El retrato de Gomorra es televisivo y poco fiable, pero concentra sus energías en focos de interés general. La familia aún es el vínculo que permite la transmisión del poder y, de la misma forma, los códigos teatralizados del cine americano –corte en la mano, juramento y quema del retrato de un santo– son ignorados porque la velocidad de la vida criminal impide esta caramelización de las prácticas cotidianas. No hay que olvidar que Tony Soprano visita Nápoles en la segunda temporada de la serie y se enamora de su contraparte en los negocios –Annalisa Zucca. Imposible operar una organización criminal desde las exigencias hormonales. Por otra parte, los juicios a John Gotti y Sammy “The Bull” Gravano (que ya estando en el Programa de Testigos Protegidos vuelve al tráfico ilegal de estupefacientes), así como el homicidio de Paul Castellano en Nueva York, han nutrido la mitología del tough guy como parte de una sociedad que no se entera de su patología interna.
Pero lo cierto es que la mafia es un problema de interés público en il paese. Ni el mismo Mussolini pudo con ella, no obstante que expidió leyes contra la usura y otras prácticas del abuso y la protección. Saviano no será el experto internacional en drogas que pretende ser –en su visita a México opinó con ligereza sobre los cárteles de nuestro país (¡!)–, pero ha resultado un estupendo productor de la estética del mito. Nápoles continúa su proceso de deterioro (no ignorar el problema histórico entre norte y sur), mientras que Milán se afianza de cara a la Europa más acomodaticia con las fábricas de Fiat, Bolonia con Ducati y Lamborghini, Maranello con Ferrari y las demás industrias dedicadas a producir lujo para los consumidores más exigentes, como los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, Mónaco, Estados Unidos o Suiza.

Apenas se filmó la primera temporada del serial y la recepción de los espectadores obligó a la producción a acelerar el lanzamiento de la segunda, que veremos en breve. Es otra vuelta de tuerca al tema de la mafia desde una perspectiva originaria, la cual desplaza la centralidad monolítica de Norteamérica y su narratividad efectista, lo que nos hace pensar que otra televisión es posible.



Por Luis Bugarini

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