Galindo revisitado


Publicado porEditorial Graffiti el 16:14

Sergio Galindo
El IVEC en su nueva colección Mínima publicó Cinco pasos para llegar al bordo, antología de tres cuentos y dos fragmentos de novela de Sergio Galindo, fundador de la Editorial de la Universidad Veracruzana. Josué Sánchez nos habla de esta antología digna de ser reconocida como una discreta invitación a la lectura de la obra del xalapeño. 
Desde hace un par de años, siempre que pienso en la literatura mexicana tengo que recordar la contemporaneidad de los narradores que leo –Cormac McCarthy, Philip Roth, Haruki Murakami, entre otros– para resaltar el cliché de una afectada tradición que inició en el siglo XVII, continuó dos siglos después en las plumas de funcionarios públicos del XIX (y parte del XX), se engolosinó en lo aún más afectado de la ranchería y las cananas terciadas sobre la sucia camisola de manta y se entretuvo, hacia mediados del siglo pasado, en la experimentación formal, por no decir fallida, de autores muy interesados en plagiar o remedar a buena parte de los escritores franceses que les parecían muy chic. Y lo repito, son sólo los narradores que leo y el cliché sobre nuestra tradición lo que me ayuda a desechar el concepto de la estirpe de nuestra literatura como una especie de ley o estudio hagiográfico que legitima, desde otro prejuicio de lo que se cree académico, la escritura sesuda e intelectualmente, forzadamente, emparentada con muertos de nuestro panteón de las letras que poco o nada tienen que ver con una sensibilidad, técnicas y argumentos que inspiren pereza, aburrimiento o indiferencia.
Por eso, cuando vuelvo sobre Sergio Galindo (Xalapa, 1926-1993), y en este caso con Cinco pasos para llegar a El Bordo (2013), antología de tres cuentos y dos fragmentos de novela, puedo al menos reconocer el riesgo de una escritura que involucra la fuerza narrativa interesada en contar historias que apelan a lo emotivo no por sí mismo, sino con la tenaz intención, aunque no por eso virtuosa, de asirlo en la página con la habilidad que todo buen escritor debe de contar, la de un auténtico hacedor de páginas.
Autor de cuatro libros de cuentos y nueve novelas, Galindo obtuvo los premios Mariano Azuela, Xavier Villaurrutia, Bellas Artes de Literatura y José Fuentes Mares, entre otros. Asimismo, su crédito como fundador de la Editorial de la Universidad Veracruzana fue un suceso que funcionó de alguna manera para demostrar parte del tipo de sensibilidad que tenía como escritor. Por eso el Ivec publica ahora en su nueva colección Mínima, una antología digna de ser reconocida como una discreta invitación a la lectura de la obra del xalapeño. 
Cinco pasos para llegar a El Bordo, cuyo prólogo, edición y selección está a cargo de Raquel Velasco, reúne tres cuentos de Galindo donde el tema de la locura se vislumbra a veces ambiguo, como es el caso de “La máquina vacía” y “Querido Jim”, a veces con resignación, como es el caso de “Terciopelo violeta”. En los tres predomina una voluntad de introspección y eso hace que el lector experimente, a un paso del placer que inspira lo artificioso, las mentes dislocadas de los personajes.
Los protagonistas de “Querido Jim” y “Terciopelo violeta” tienen un perfil cosmopolita y burgués. En el primer cuento está un editor que viaja a un congreso de editoriales en Ámsterdam; en el segundo, una señora inglesa que pasa la vida de viaje en viaje y que experimenta un sentimiento cercano a la hipnosis cada vez que el avión, como ella dice, se desliza por el aire con “el ritmo”. Es en “La máquina vacía” donde el déjà vu y la trama se funden en una especie de persecución interna. El narrador especula acerca de lo que debe hacer en el momento en que aborda un vagón de tren y se dirige a un sitio que es aguardado por un destino ambiguo para él mismo a pesar de que presiente que ya se soñó ahí. Antes dije que el tratamiento narrativo de los cuentos está a un paso del placer de lo artificioso y esto es a causa de un acercamiento innecesario: en los tres, los personajes de Galindo parecen controlar demasiado la situación, como si ya hubieran leído su cuento, y eso, en consecuencia, le resta amenaza o extrañeza a aquello que experimentan y que, deliberadamente, se queda en la ambigüedad para no ser descalificado como simple locura, ¿por qué? No exijo un intento de realismo ramplón fundado en la mímesis de la realidad, sino un artificio más al pendiente de las reacciones de personajes inmersos en algo que evidentemente se les va de las manos, reacciones más en comunión con la materia o plano en el que se mueven, el de la ficción. De cualquier modo, la revisión de ese estado de psicosis en claroscuro que expone Galindo tiene como recompensa la crítica implicada en su observación hacia la clase burguesa, su ocio y su banalidad.
Cosa distinta son los dos fragmentos de novela que se incluyen en el libro. En el fragmento que corresponde a El Bordo está la preocupación del narrador que, casi a modo de canto, expone la naturaleza sin caer en el panteísmo. Después viene la relación de la mujer con la naturaleza y viceversa y la noticia de su embarazo para su esposo alcohólico. La tensión se concentra ahí, en el presupuesto de la mujer que espera demasiado de alguien a quien ni siquiera comprende. Por si fuera poco, también está el fragmento de Otilia Rauda, donde conviven dos fuerzas, la belleza de Otilia y la envidia que le provoca a Rosenda, una mujer venida a menos pero con la reputación o su recuerdo en el pueblo de Las Vigas, Ver. La cuestión es más compleja cuando se involucra el esposo de Otilia, un vestido que Rosenda le regala a ésta y la anécdota de que un día, borracha, Otilia dijo que sería muy bella con un tenate en la cara. Tan sólo el final del capítulo tiene un tono carnavalesco y vale la pena que el lector se asome al fragmento de esta novela si lo que se quiere es obtener una impresión ágil, divertida y compleja de un Sergio Galindo diestro en el tratamiento de la superficialidad, la torpeza y las habilidades de arpías que traduce en personajes e historias de un pueblo veracruzano.
El lector que quiera asomarse a una buena muestra de uno de los mejores narradores de nuestro estado puede tomar Cinco pasos para llegar a El Bordo y usarlo como brújula o mínimo muestrario de la narrativa de la muestra que, si bien no vivió como el genio de su tiempo, tampoco se preocupó por obtener, como algunos de sus contemporáneos, una notoriedad basada en piruetas formales o sosos experimentos literarios.



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