Morir en la tarima


Publicado porEditorial Graffiti el 13:22

Moctezuma II de Sergio Magaña [Foto: Centro de documentación teatral Candileja]
La puesta en escena de Beisbol, creación colectiva y producción de la Orteuv, para conmemorar los sesenta años de la compañía de teatro universitaria, sirve de marco para esta historia condensada de Josué Castillo en torno a la actividad teatral en Xalapa desde aquellos lejanos años de la puesta en escena de Moctezuma II de Sergio Magaña. Esta es la crónica que narra sus orígenes y la labor titánica de Dagoberto Guillaumin hasta la de sus herederos, los de la época actual.
Pocos han sido los esfuerzos que ha hecho un gobierno por apoyar a las artes, menos aún los que se han hecho para promover específicamente al teatro. Veracruz ha sido una de esas excepciones. Marco Antonio Muñoz, gobernador del estado, instruyó en el año de 1952 a la Dirección de Educación del Estado de Veracruz convocar, mediante los periódicos Novedades y Diario de Xalapa a un curso de arte teatral impartido por Dagoberto Guillaumin, que recién llegaba a la capital del estado después de haberse formado con el maestro Seki Sano, quien inició al dramaturgo cordobés en el método Stanislavsky. Este curso conecta a Guillaumin con aquellos veracruzanos interesados en el teatro. El encuentro da lugar a la formación al siguiente año, y con apoyo del rector de la Universidad Veracruzana, Ezequiel Coutiño Muñoz, del grupo Taller del Nuevo Teatro. El nombre no es gratuito, ese “Nuevo” no hace referencia a la reciente formación del grupúsculo de teatreros sino a una declaración de principios: era necesaria la creación de un nuevo arte teatral, era imperativo innovar y experimentar, trazar nuevas rutas.
Nuevo Teatro se estrena con una obra de Sergio Magaña: Moctezuma II, generando gran expectativa entre la sociedad veracruzana (hay que referirnos aquí a las notas del Diario de Xalapa e incluso a las de algunos periódicos nacionales para medir esa ansia de la sociedad xalapeña, puesto que se anunciaba que en la ciudad ocurriría el estreno mundial de una obra de teatro, evento sin precedentes). La obra resulta un éxito y se mantiene en cartelera durante una temporada de un mes con presentaciones diarias. El éxito conseguido por Moctezuma II en Xalapa superó, incluso, al montaje de la misma obra realizado cuatro años después por Salvador Novo en la ciudad de México.
El esfuerzo del maestro Guillaumin echa a andar la bola de nieve y desencadena una especie de boom del teatro en Xalapa: el mismo año del estreno de Moctezuma II, el INBA y Gobierno del Estado de Veracruz crean la Escuela de Teatro; para 1975, después de mucha gestión y esfuerzo, en la Universidad Veracruzana se funda la facultad de Teatro y la revista Tramoya, que hasta 1985 dirigiera Emilio Carballido. Para 1984 existían en Xalapa el Foro Teatral Veracruzano, presidido por Raúl Zermeño; Infantería Teatral, de Enrique Pineda y la Compañía Titular de Teatro, que contaba con el apoyo de la Universidad Veracruzana: estos tres grupos se unirán para formar la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (Orteuv).
Hoy, a 60 años de la labor titánica de Guillaumin por fundar la tradición teatral xalapeña, algunos voltean y miran con desdén las conquistas logradas: se cuenta que la facultad de Teatro ya no enseña teatro y que de Tramoya sólo queda el nombre. Ya pasaron los años de gloria, dicen; se acabó el idilio: el teatro está en otro lugar, lejos de las cabezas nevadas, alejado de la Universidad Veracruzana. Farfullan y apuntan sus baterías: la Orteuv es el enemigo a vencer, la burocracia del teatro; buenos recuerdo convertidos en lastre. Es el ardor de la juventud, el llamado imaginario a ser los elegidos que se renueva con cada generación. Es la insolencia de la ingenuidad, el combustible de la historia.
¿Cómo contestar estos señalamientos, burlas y vejaciones? Algunos censuran, con toda la autoridad del veterano, a los párvulos, le recuerdan al crío que la palabra y la autoridad no es un derecho sino un privilegio que se debe ganar; otros, entre los que se cuentan a los herederos de Carballido y Guillaumin, se prohiben enredarse en una telaraña de dimes y diretes y optan por contestar trabajando y asimilando la crítica: sí, somos viejos, estamos a un paso de la muerte pero nos quedan luchas pendientes.

Pareciera que fue a manera de contestación que este año la Orteuv montó Beisbol, escrita y dirigida por David Gaitán, cuyo mérito no está en las 300 formas posibles que la trama puede tomar sino en asumir el reto y preguntar qué (se puede) hacer (aún) con lo que el tiempo ha hecho de ellos. Los más veteranos aceptan el paso del tiempo sobre sus cuerpos, se saben en la antesala de la muerte y aún así se exponen a la crueldad y la humillación: somos viejos, sí, pero aún nos queda una última batalla, porque antes que otra cosa somos actores y los actores se mueren sobre el entarimado; somos viejos, y en la búsqueda del aplauso, único alimento del artista, todo se vale, incluso exponerse a la vergüenza y la vejación. Los veteranos se forman ante los jóvenes como condenados en el patíbulo, buscan hacer de su cadáver un último poema, pero también entregar la estafeta: lo revela la intempestiva y crítica participación de Luz María Ordiales Fierros y Teté Espinoza. ¿Hay forma mejor, una más significativa, de festejar un aniversario tan importante?





Por Josué Castillo




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