Un título memorable


Publicado porEditorial Graffiti el 20:13

Rafael Antúnez
En el presente artículo el autor nos habla sobre el libro de Rafael Antúnez: Nostalgias de un fumador. “¿Qué es lo que te gusta de fumar?. Todo —respondió inmediatamente—… el paquete nuevo entre mis manos… quitarle la tira de celofán… sacar el primer cigarrillo y llevarlo hasta mis labios… “.
Nunca he fumado. No sé lo que es tener un cigarro entre los dedos… encenderlo… darle el golpe… colocarlo sobre el cenicero… llevarlo, una y otra vez, de la mano a la boca y de la boca a la mano… disfrutarlo larga, detenida y placenteramente. En días pasados, sin embargo, leí un libro que —lo digo con toda sinceridad y toda honestidad— disfruté como me imagino que su autor disfrutaba sus viejos Muratti: larga, detenida y placenteramente.
¿He comenzado esta presentación como quien enciende un cigarro y le da un golpe —un golpe de efecto? Si así fuera, no era esa mi intención. En realidad, a lo que quiero llegar—de lo que quiero partir es que a lo largo de la lectura de este libro se fue apoderando de mí el sentimiento de que su autor: 1) había estructurado su libro como un ensayo, es decir, para acudir a sus propias palabras, como “un género que nos brinda esa libertad para mezclar, combinar, divagar y aun desvariar” (o jugar, agregaría yo); 2) lo había estructurado tomando como columna vertebral o como hilo conductor uno de los ensayos del libro —el que le da título y, acaso, el que más cercano está a su autor, si no por razones literarias, sí por motivos personales, 3) lo había estructurado a manera de un diálogo con el lector como verdadero interlocutor, como alguien a quien se sienta a la mesa para ser partícipe de un convite en el que hay numerosos y variados platos, y 4) nos invitaba a leerlo como quien disfruta —en singular— o mientras disfrutamos —en plural— un cigarro.
El libro abre con el ensayo que le da título: “Nostalgias de un fumador”. El autor, sin embargo, no nos entrega este ensayo completo, de un solo golpe (de nuevo el golpe), para que lo leamos de corrido. No, nos lo va entregando por partes: el apartado I en la página 11, apartado al que sigue el ensayo “La sal(sa) de la vida”, al que sigue, en la página 21, el apartado II de “Nostalgias…”… y así sucesivamente.
¿Ustedes fuman? Si lo hacen, ¿tienen la costumbre de fumar mientras comen? Si no lo hacen, ¿alguna vez han comido en compañía de alguien que fuma mientras come? Pues bien, así es como me imagino que Rafael Antúnez estructuró su libro: se sentó a la mesa (de su estudio o de su comedor), llamó a los invitados a acompañarlo, encendió un Muratti, les ofreció a los invitados una amplia variedad de platos y, entre plato y plato, fue consumiendo su cigarro.
Lo primero que les ofreció fue la entrada: un espléndido y luminoso ensayo sobre, precisamente, las nostalgias de un fumador. Luego, colocó el cigarro sobre el cenicero y les ofreció el primer plato: una salsa, la sal(sa) de la vida. Una salsa que es, al mismo tiempo, una suerte de delimitación del terreno y de declaración de principios: “El de la salsa —nos dice Antúnez—, como muchas veces el ensayo y como la vida misma, es un arte de la combinación y de la conciliación, a la vez que una defensa del diálogo y del mestizaje, del viaje y de la libre invención”. Muy buen primer plato, muy buena combinación y conciliación de pescado, hierbas aromáticas secas y sal, muy buen tiempo de reposo.
A continuación, con uno de esos movimientos nerviosos que le conocemos, Rafael volvió a su cigarro, volvió a sus nostalgias de fumador. ¿Qué es lo que te gusta de fumar?, le preguntó intempestivamente uno de los invitados. Todo —respondió inmediatamente—… el paquete nuevo entre mis manos… quitarle la tira de celofán… sacar el primer cigarrillo y llevarlo hasta mis labios… Me gusta la primera fumada, cuando la llama entra a mis pulmones… Me hace sentir como si fuera a explotar, para luego observar cómo lentamente sale de mí, hecha una nube sinuosa que nunca tiene igual. El invitado sonrió, tomó su copa de vino y siguió con la mirada la nube sinuosa.
A partir de ese momento llegó una amplia variedad de platillos. Cada invitado podía servirse del que quisiera y cada uno de ellos encontró en todos los platos que probó conocimiento del arte de combinar y conciliar, sazón, buen gusto; imaginación, invención, creación, apuesta, arriesgue, confrontación, sentido del humor; valor y honestidad al hablar de sí mismo, una persona viva y real detrás de confesiones humanas y sinceras; capacidad nata de observación y de registro; contención, claridad, inteligencia; una escrupulosa preocupación por la flaubertiana le mot juste, un cuidado obsesivo por la construcción de la frase que conmovería al mismísimo Proust; lecturas a diestra y siniestra, erudición, sabiduría; un autor más decimonónico que neoposmoderno, en fin, la confirmación de que, más allá o más acá de los géneros, sus fronteras o los rompimientos de éstas, lo que finalmente prevalece, vale y trasciende es la literatura a secas, la literatura simple y llana.
Creo que no hubo platillo que no gustara, que no dejara a los comensales un sabor (un saber) especial, un gusto chez Antúnez, en la doble traducción que, hasta donde me da mi francés, esta expresión puede tener: en casa de Antúnez y bajo el sello de Antúnez: “La risa, ante todo, humaniza a los hombres, nos da un lugar distinto en el mundo y nos hace tolerable la vida”; “En el sueño, como en la música, como en la poesía, todo es joven, y el hombre asiste al mundo por primera vez y por vez primera lo descubre y se descubre en él, entero. En sus provincias no podemos aburrirnos y siempre somos sorprendidos por su lógica desconocida y cambiante que nos hace convivir con vivos y muertos, ser otros: niños y adultos a la vez, dueños de lo que sabemos y de lo que ignoramos y aun de aquello que jamás llegaremos a saber sino en el sueño”; “Ahí radica el arte del ensayista y el fin de todo arte: en la reconciliación de lo irreconciliable, en hacernos ver aquello tan perfectamente oculto que necesita del arte para ser visible, aquello que sólo el arte puede hacernos visible: la realidad”.
En mi caso, el plato fuerte lo encontré en “El peregrino inmóvil”, ese extraordinario, bello y lúcido texto que con plena justicia puede figurar en la antología más estricta y exigente del ensayo en lengua castellana. Creo que si algún platillo resume y muestra la enorme capacidad ensayística de Rafa es precisamente éste. Como un verdadero chef, en él hace gala de todas sus artes combinatorias, creadoras e inventoras. Luego de pasar revista a la vida de Kant, Dickinson, Herrera y Reissig, Del Casal, Lezama Lima y Holan, Antúnez nos dice: “El verdadero viajero no va por el mundo. Lleva el mundo consigo, descubre algo que sólo el viaje nos da: la certeza de que podemos estar en más de un lugar a la vez”.
Mientras disfrutaba sus propios platillos y mientras veía a sus invitados deleitarse con ellos, Antúnez no dejaba de fumar. No bien terminaba un cigarro cuando ya comenzaba otro. Exactamente, se fumó los quince cigarros que, mentirosamente, le confesó que fumaba diariamente a la doctora que en alguna ocasión lo entrevistó; los mismos quince apartados en que está dividido el ensayo que da título al libro; los mismos quince ensayos que el volumen contiene; los mismos quince platos que les ofreció a los comensales.
¿Cómo terminó la velada? Como todas las veladas que Rafa organiza, ésta es de largo aliento. No ha terminado. Continúa hoy que nos hemos reunido para celebrar la aparición de este libro, y seguirá cada vez que tengamos la buena idea de volver a las páginas de este título memorable y entrañable, de estas Nostalgias de un fumador.

Rafael Antúnez, Nostalgias de un fumador, Voladores, Ivec, 2013.






Por Agustín del Moral Tejeda

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