Se va el poeta de voz antigua


Publicado porEditorial Graffiti el 14:07


Infatigable traductor de autores grecolatinos, el hijo del telegrafista Rubén Bonifaz Rojas y de la revolucionaria Sara Nuño Scott, concebido en Acapulco, pero nacido el 12 de noviembre de 1923, en Córdoba, Veracruz, también fue celebrado como poeta y estudioso de culturas prehispánicas de México. En su larga vida de 89 años, como aquí lo asienta Arturo Mendoza Mociño, escribió grandes poemarios como Fuego de pobres, La flama en el espejo, As de oros, Albur de amor, El templo de su cuerpo y tantos más. Pilar de la UNAM, a la que le debía todo lo que era, confesó siempre, el vate murió el pasado 30 de enero en su casa de ciudad de México y será homenajeado en el Palacio de Bellas Artes el próximo 20 de febrero.

Bajo la lluvia, la delgada chica escucha los versos de su amado, aquellos que Rubén Bonifaz Nuño escribió en 1956 en un poemario que llamó Los demonios y los días:


Para los que llegan a las fiestas

ávidos de tiernas compañías,

y encuentran parejas impenetrables
y hermosas muchachas solas que dan miedo

–pues uno no sabe bailar, y es triste–;

los que se arrinconan con un vaso
de aguardiente oscuro y melancólico,

y odian hasta el fondo su miseria,

la envidia que sienten, los deseos;


A ella le conmovieron tanto aquellos versos que los repitió una y otra vez hasta convertirlos en una música personal. Un mal día tuvo que ir a Veracruz ante la llegada intempestiva de la muerte. En el camino, entre lágrimas, resuenan otra vez esos versos una y otra vez.
Ahora, en la hora de la muerte del poeta y traductor Rubén Bonifaz Nuño, el 31 de enero de 2013, la delgada chica recuerda que, en cuanto pudo, le hizo saber al vate que en los momentos de dolor que ha vivido, como éste mismo que ahora sobrelleva junto con tantos literatos que están reunidos en la Agencia Gayosso de Félix Cuevas despidiéndose de su maestro, colega y amigo, se cobijó con la poesía del autor de Albur de amor y El templo de su cuerpo.
—Preciosa –le dijo el poeta al otro lado de la línea telefónica–, si yo pudiera iría hasta donde está usted y le daría un abrazo. Pero no puedo. Porque estoy viejo y soy ciego.
Tras la misa realizada el 1 de febrero, ella está por fin con él y medita en todos los cambios que hay en su existencia de apenas 28 años. Y le canta tenuemente al poeta y le dice con voz queda que siempre empieza sus clases en Puebla recitando “Para los que llegan a las fiestas…” a sus alumnos porque, para ella, esos versos tienen una fuerza enorme y porque, lo ha comprobado más de una vez, la poesía no entra por la razón sino por el alma.

para los que saben con amargura

que de la mujer que quieren les queda
nada más que un clavo fijo en la espalda

y algo tenue y acre, como el aroma

que guarda el revés de un guante olvidado;

En 1998, el poeta, narrador y ensayista Marco Antonio Campos publica El poeta en un poema, inspirado en 19 protagonistas de la literatura mexicana de Emmanuel Carballo. En el volumen los poetas relatan cómo escribieron cierto poema, qué influencias tuvieron para concebirlo y cuál era el momento personal que vivían cuando surgieron esos versos.
Alí Chumacero, Jaime Sabines, Enriqueta Ochoa, Eduardo Lizalde, Homero Aridjis, Elsa Cross, Francisco Hernández, entre otros, están ahí. Rubén Bonifaz Nuño elige “Algo se ha quebrado esta mañana” y aparece sonriente en una foto tomada por el mismo Campos. Sus recuerdos en cambio no son tan felices:

Escribí el poema en el edificio de la Imprenta Universitaria, en el número 17 de la calle de Belén, cerca de la Lagunilla, en una casa en ruinas, en una máquina de escribir en ruinas, y sobre un escritorio viejo […] Lo escribí a fines de 1958 o principios de 1959. Fue de los primeros que hice de Fuego de pobres. Acababa de publicar El manto y la corona. Pero aquí comenzaba ya el cambio; lo otro era personal; Fuego de pobres puede ya ser colectivo. Como otras veces ocurrió, había sido abandonado. Aquella mujer fue la que me hizo sufrir más en la vida. Por ese entonces yo estaba totalmente entregado a la idea de la soledad. Me sentía como alguien que anda tocando a las puertas de las casas para ver si en alguna abre un conocido.
Bonifaz Nuño sostiene que este poema fue escrito con el corazón, con el hígado, con la sangre, con los testículos, en suma, con todo.

Algo se me ha quebrado esta mañana
de andar, de cara en cara, preguntando
por el que vive dentro.
Y habla y se queja y se me tuerce
hasta la lengua de tu zapato,
por tener que aguantar como los hombres
tanta pobreza, tanto oscuro camino
a la vejez, tantos remiendos,
nunca invisibles, en la piel del alma.
Yo no entiendo; yo quiero solamente,
y trabajo en mi oficio.
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa
y todo, nuestra vida es nuestra.
Pero cuánta furia melancólica
hay en algunos días. Qué cansancio.

El poeta le comenta también a Campos que trabaja con ritmos vacíos y las palabras van llegando a poblarlos de sonidos y después de sentidos. Pero siempre hay meditación sobre lo que es la existencia de cualquiera:
Pienso: ¿Por qué me abandonó esta mujer? Y advierto mi pobreza, mi edad (tenía entonces 35 años pero me sentía un viejo) y la suciedad de mi alma, suciedad que uno busca borrar de alguna manera pero que de todas formas se nota. Y veo esa pobreza y esa vejez y esa alma sucia y me digo que, como hombre que soy, debo aguantarlas. No obstante, pese a mi voluntad de aguantar, me quejo y grito y me retuerzo en todo lo que soy y llega a hablar por mí hasta la lengua del zapato. Por eso los remiendos, que no son invisibles, y por eso tanto camino a la vejez. Me explico: los “remiendos invisibles” son un coloquialismo, pues, como se sabe, se hacen en las sastrerías; los que uno lleva en el alma, en cambio, no se ven.

Zurciendo invisible
Algunos de esos dolorosos remiendos son sus recuerdos infantiles y juveniles que contó a la cronista Josefina Estrada para De otro modo el hombre. Retrato hablado de Rubén Bonifaz Nuño, que publicó El Colegio Nacional en 2008. Nacido bajo el signo del escorpión, el 12 de noviembre de 1923, en Córdoba, Veracruz, con sonrisa franca, de dientes grandes y parejos, el poeta evoca su familia a lo largo de 10 horas de entrevistas y 150 páginas de transcripciones, empuñando un célebre bastón art noveau que siempre acompañó sus pasos, fumando por rigor sólo cuatro cigarrillos.
Le cuenta de su papá telegrafista y de su mamá que combatió en la División del Norte. De los ires y venires de la familia por el oficio del padre y de cómo algunos de sus hermanos nacieron en Pénjamo, Guanajuato, mientras él vio la luz en Córdoba. De cómo veía los condenados a muerte que serían fusilados en el Panteón de San Fernando, en 1927, cuando la casa familiar estaba en Mina, en la colonia Guerrero, y luego cómo se mudaron a Frontera, en el barrio de San Ángel.
Recuerda la primera frase que gracias a su mamá aprendió a leer, El gato bebe leche, que era muy enfermizo y que a los cuatro años le diagnosticaron bronquitis crónica, que era bien peleonero pero malo para ganar, “no sé pelear pero nunca me rajo”, confiesa, que el primer verso que conoció lo cantaba su mamá con una dulce voz: “Volverán las oscuras golondrinas…”, que la chica de la que estuvo por siempre enamorado se llamaba Victoria y que era rubia y húngara y con ojos verdes. “Ella fue más que musa. Ella no me inspiraba versos, sino que me inspiraba vida. Me inspiraba alegría”.
Con dolor relata su vida pobre:
Era tan pobre que tenía que pasar un año entero con un solo suéter y un pantalón como única vestidura. Y me duraban enteras quince días y, a partir de entonces, tenía que usarlas remendadas y de esa manera tenía que andar entre la gente e ir a la escuela con gran vergüenza. Porque me avergonzaba ser pobre.
Por eso, ya mayor, cultivó la elegancia hasta convertirla en una de sus señas de identidad. El diario El Universal retoma esa actitud de vida que llevó por siempre: “Nunca me quité la ropa para escribir. Escribí siempre formalmente por respeto a la máquina y por respeto a lo que estaba tecleando”.

Alquilemos trajes de etiqueta
para disfrazarnos; es vergonzoso
no tener dinero. Hoy se casan
un chivo contento y una gallina
negra, totalmente virgen

Si Juan Domingo Argüelles selecciona en el volumen Dos siglos de poesía mexicana. Del XIX al fin de milenio. Una Antología (2001) los poemas de Bonifaz Nuño “Canciones para velar su sueño” y “Amiga a la que amo”, Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis, en Poesía en Movimiento. México, 1915-1966, de 1966, eligen “Nadie sale…”, “Yo miro esto…”, “No prevalecerá la limosnera”, “Noche mortal y combatiente, niebla”, “Volaron águilas, leones” y “Siete de espadas”.
En su valoración crítica, los antologadores consideran que Bonifaz Nuño es “dueño de una excepcional sabiduría técnica, [porque] ha afinado la versificación hasta crear sus propias modalidades estróficas y una sintaxis peculiar que debe tanto a la poesía escrita como al lenguaje coloquial”.
La suya es una poesía de síntesis en que se concilian el rigor clásico y las palabras en libertad, el oscuro y muchas veces atroz universo náhuatl y la tradición grecolatina.
El idioma dócil y tenso se ciñe con la misma precisión al canto de la cólera o la ternura, al de la esperanza o la melancolía, al del amor o la soledad. Cada nuevo libro de Bonifaz Nuño rectifica y mejora al anterior –consideran el cuarteto antologador–. Lo prosigue también, y así su obra toda logra una continuidad, una coherencia sin monotonía como muy pocas veces se ha presentado en la lírica mexicana.
El novelista jalisciense Agustín Yáñez celebra su irrupción poética, en 1945, con La muerte del ángel y se rinde ante un joven silencioso, ensimismado, de afilada sonrisa entre infantil o doliente. Josefina Estrada incluye en su libro estas palabras de Yáñez:
Me parecía estar frente a un iluminado en momentos de liberación, ajeno a toda circunstancia, más que un hombre de carne y hueso, parecía un fantasma inmóvil, que dejaba el espacio a la pura poesía, y ésta cobraba fuerzas mágicas, vibraciones y resonancias de misterio. Fue una impresión extraordinaria: el anuncio  –para mí, para otros – de un poeta, de una personalidad extraordinaria. Veracruz, de donde procede, podrá esperar nueva nota para la excelsa teoría de sus legítimos orgullos.
Esas virtudes atraen a Miguel Ángel Andrade, fotógrafo y jefe de redacción de la revista Unidiversidad de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. A sus 29 años, Andrade prepara su tesis de maestría sobre la intertextualidad en la poesía de Rubén Bonifaz Nuño. En sus reflexiones, Andrade ha hallado que en la suma de tradiciones poéticas que hay en la obra bonifaciana, aquella donde dialoga con los poetas griegos y los vates romanos, la poesía indígena y clásicos españoles como Garcilaso, se llega a la creación de una ciudad ideal inspirada a su vez en Roma y Tenochtitlán. Esa ciudad ideal, apunta, se parece mucho a la ciudad de México de los años 60, una urbe en transición hacia la modernidad. Tres valores  –la poesía, la guerra y el canto– vinculan esta tríada de urbes y es a través del canto que se vinculan y dialogan entre sí. Fuego de pobres (1961) y Siete de espadas (1966) son parte de ese diálogo y bosquejan una nueva poética en la obra del cordobés. Sin duda, son un camino poético que brinda varias lecciones.
—¿Qué valor de Tenochtitlán prevalece en estas horas tristes para la comunidad poética? —se le pregunta a Andrade y él responde:
—La fraternidad, porque es la única que nos puede salvar. La fraternidad nos hace ver a los hombres como hermanos y, en este momento, uno lo puede confirmar al ver a tantos despidiéndose de Bonifaz Nuño, él, que siempre fue generoso con todos. En este momento de su partida ésa es la gran lección que su poesía nos deja.
Duelo por el poeta
Allá dentro de la capilla, la noche del 1 de febrero, al lado del ataúd de caoba rodeado de flores, están el editor Sandro Cohen, la cronista Josefina Estrada, el crítico literario Evodio Escalante, el poeta Marco Antonio Campos, el jurista Diego Valadés. La misa de cuerpo presente empieza a las ocho de la noche. Un cuarteto de cuerdas abrillanta la comunión.
Son tantos los amigos, los funcionarios, los discípulos que están aquí repartidos en dos capillas, en concurrida pena: Bulmaro Reyes, director de la colección Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, Fausto Vega, secretario de El Colegio Nacional, los poetas Hugo Gutiérrez Vega, Rafael Vargas, Claudia Posadas y el argentino Juan Gelman.
El ambiente, el ánimo, está colmado de azoro. El mismo día que muere el poeta, coincidencias funestas de la historia nacional, estalla el Edificio B2 a un costado de la torre de Pemex. En dos días consecutivos, donde no se saben aún las causas de la tragedia, el número de muertos sigue al alza tanto como el estupor de la ciudadanía. Las sospechas forman tormentas y atizan conversaciones por doquier.
Debido al luto nacional por tres días decretado por el gobierno mexicano, Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Conaculta, anuncia la suspensión del homenaje de cuerpo  presente en el Palacio de Bellas Artes. Paloma Guardia Montoya, asistente del poeta en la Coordinación de Humanidades de la UNAM, informa que el homenaje nacional será entonces hasta el 20 de febrero, ahora sí, en el níveo recinto cultural mientras sus cenizas, por decisión familiar, serán depositadas en una iglesia de Coyoacán. La eternidad de su rostro la busca Ariel de la Peña, el escultor encargado de realizar la máscara mortuoria de Bonifaz Nuño.
Todo es sosegada pena en comparación del fuego cruzado de tweets. Entre las malas nuevas sobre la explosión en la torre de Pemex se suma la muerte del poeta y Andrade atisba incrédulo la noticia la tarde del jueves. En cuanto puede viaja hasta donde lo velan y recuerda su primer encuentro con el poeta en la sierra de Puebla cuando tenía apenas 16 años:


Que el amor sea con nosotros
errantes en círculos perpetuos
donde todo empieza en cada punto.

Todo trabajo es nuevo ahora,
es nueva ahora tu palabra
en cada ocasión que me designa.

Vértigo inmóvil de la rueda,
estable torre de la flama,
quietud paciente de la lluvia.

De tan rojas, brillan y azulean
las viejas lumbres de mis huesos.
Y todo transcurre hacia sus causas.


Los versos de Álbur de amor (1987) calan hondo en el adolescente Andrade porque padece mal de amores y, en cuanto puede, se hará de Los demonios y los días y Fuego de pobres para que el poeta estampe su firma en ellos. De hecho, estos poemarios se los recomienda a todo aquel que quiera empezar a adentrarse en el bosque poético del traductor de Catulo cuya vida le recuerda tanto a la propia y al por siempre enamorado Bonifaz Nuño, porque el poeta lírico romano se enamora locamente a los 20 años de Lesbia, mujer bella, elegante y voluble, que bien pudo ser Clodia, la esposa del cónsul Metelo Celer. Pero ella desprecia a Catulo por no ser un político poderoso y desata en su enamorado la fiebre del verso.
Ese fervor por Catulo lo retoma el poeta catalán Ramón Xirau cuando honra con un poema a su amigo Bonifaz Nuño en un homenaje que le rindió en 1987 la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y donde participaron Jorge Carpizo, Clementina Díaz y De Ovando, Amparo Gaos, Mercedes de la Garza, Jaime Litvak, José G. Moreno de Alba, Claudia Parodi, Germán Viveros, entre otros. Xirau lee primero en catalán y luego en español:


Amigos somos de la misma luz y de la misma
oscuridad y del mar enjambre.
Amigos de Catulo, en la orilla del lago, Sirmione.
las muchachas están aún enamoradas del aire, y de las aguas,
las mismas, azules, azules, Catulo nuestro.

…..
Siete de espadas pero también
siete de imágenes se entrecruzan. Tú y yo encontramos
–perdónenos poeta–, a Roma en Roma
y en las tierras de luz, ah Sol, de los dioses mexicas
y mayas y tarascos encontramos México en México
transparente, aún transparente.

Las águilas vuelan en amor;
ascienden, cielo adentro, los naranjos
todo regresa al Sol,
Rubén amigo Rubén todo retorna
al centro fuego Sol.


No es casual entonces que Bonifaz Nuño tradujera la intensa poesía de Catulo porque, para él, se trata de la Biblia de los poetas. A Estrada le revela en De otro modo el hombre las razones por las que tradujo a tantos autores grecolatinos y por qué la valía poética de estos permanece:
La palabra griega es mucho más rica que la española. Lo mismo ocurre con los otros idiomas. Tú lee un poema en inglés y un poema en español. ¿Cuál idioma es mejor para hacer el poema? Para mí, sería el inglés. Porque, aparte de todo, tiene mucha variedad lírica y muchas palabras de una sola sílaba, lo cual permite una combinación infinita. Cosa que es imposible en español. Porque las palabras son muy largas. Y en griego se supera todo, absolutamente.
La mayoría de sus traducciones están en la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana. Allí convergen la poesía completa de Catulo y Propercio, Arte de amar y Remedios del amor de Ovidio, la Eneida y las Geórgicas de Virgilio, Guerra gálica de Julio César,  Acerca de los deberes de Cicerón, como también obras de Lucano, Eurípides. Lucrecio, Horacio, Homero.
Otros clásicos apreciados por él conforman una legión poética en La antología de la  lírica griega, publicada por la UNAM en 1988: Calino, Tirteo, Mimnermo, Solón, Jenófanes, Focílides, Teognis, Arquíloco, Hipónax, Semónides de Amorgos, Safo, Alceo, Anacreonte, Alcmán, Estesícoro, Íbico, Simónides de Ceos, Baquílides, Píndaro, abarcan un periodo aproximado de dos siglos, aquellos donde florecieron la poesía elegíaca, la yámbica y la mélica o cantada.
Destacan los versos de Arquíloco, quien nació en Paros y vivió en el siglo VII a.C, un poeta guerrero que frecuentaba y apreciaba el novelista chileno Roberto Bolaño y que es el creador de la poesía yámbica. Su obra  cifrada en  250 versos muestran a un hombre orgulloso, solitario y amargo que se gloria en servir al dios Ares y de deber a su lanza todo cuanto tiene; amante, da testimonio de los sufrimientos de la pasión; hombre, habla del goce de la embriaguez, pero también de la obligación viril de considerar con ánimo igual tanto la derrota como el triunfo.


Alma, mi alma: por cuidados inflexibles conturbada,
álzate de pie, y protégete de enemigos, oponiendo
al frente el pecho, a emboscadas de los hostes, cerca erguida
con firmeza. Y venciendo, no te glories claramente,
y vencida, no te duelas abatiéndote en tu casa.
Mas disfruta lo gozable y de males no te duelas
en exceso, y a los hombre qué razón conduce, aprende.

Gracias a los empeños de Bonifaz Nuño, traductor, sabemos ahora que estrofas como la alcaica, la sáfica o la glicónico ferecracia, versos como los asclepiadeos, los coriámbicos o los logaédicos, sin desprecio alguno a formas ya conocidas como el dístico, el yambo o el hexámetro, manejados todos con tal virtuosismo que hace aparecer natural y sencilla su manera de decir cualquier asunto que se propongan, convierten a los poetas líricos en eterno modelo de perfección.

Creador de ritmos que regían palabras, música y movimientos corporales, el poeta lírico alcanzó un poder casi ilimitado en la variedad expresiva de asuntos y sentimientos, variedad que le permitió crear, o lo obligó a hacerlo, una riquísima y complicada multiplicidad de formas estróficas y de versificación, cada una de ellas adaptada hasta en lo mínimo a sus movimientos y ritmos interiores.
Su erudición generosa comparte también que la elegía y el yambo son jónicos; la lírica monódica, cultivada fundamentalmente en Lesbos, es eólica, en tanto que es dórica la coral, pues tuvo en Esparta su primer desarrollo. Como poetas líricos, quedan en esta antología Safo, Alceo, Anacreonte, Alcmán, Estesícoro, Íbico, Simónides de Ceos, Baquílides y Píndaro. Sus temas fundamentales son la ciudad, el combate, el amor, la embriaguez, del vino y el canto, acaso sean poderosos a explicar el terrible viento de juventud que la recorre y la anima.
El poeta cordobés que tantos años vivió, sostiene:
Bien precioso es la juventud, propiciadora de preciosos bienes, la vejez, deformante y triste, origen de justificado desprecio, trae consigo irreparables daños al cuerpo y al alma. Por esa razón, para evitar cuidados y enfermedades, mucho mejor es morir que alcanzarla.
Por su sentido y su naturaleza, insiste, esta antología es un libro para jóvenes; en él hay una suerte de espejo donde sus congojas les parecerán alegres. Y acaso pueda ser también un libro para viejos, leyendo estos versos, quizá lleguen a imaginar, como si recordaran, que alguna vez la vida fue buena para ellos.
De los 1400 versos que se conservan de Teognis, originario de Megara, Bonifaz Nuño elige los más reveladores porque Teognis llevó una vida miserable. Aunque era parte de la oligarquía del siglo VI a.C, su familia cayó en desgracia y se desterró en Esparta y en Sicilia. Por eso su poesía trasume dolor e ira. Para él, la pobreza es el peor de los males a que el hombre está expuesto, y escribe para su amigo Cirno, joven aristócrata, una serie de principios y normas de moral, orientados a iluminar la vida política de la manera como la concebían en la nobleza y  que más de un político mexicano debería leer ya:

Ninguno, dando rescate, a la muerte huirá ni a la grave
desgracia, si el destino no le pusiera término,
ni a las tristezas, cuando manda un dios los dolores, un hombre
mortal escaparía, con goces aplacándolo.

De todas las cosas, no nacer, para los hombres, la óptima,
y nunca columbrar del raudo sol los rayos,
o, habiendo nacido, cuanto antes probar las puertas del Hades
y reposar tendido con mucha tierra encima.


Cuenta el historiador y traductor Miguel de León Portilla que en los años cincuenta Rubén Bonifaz Nuño quiso saber más sobre las creaciones de la palabra indígena y la lengua náhuatl y, durante dos años, lo acompañó en el recién creado curso de Introducción de la Cultura Náhuatl de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Desde aquellos días le saludaba llamándolo nocniuhtziné, totahtziné, “¡amigo mío, padre mío”. Por eso, los versos Motlahtoltzin, Rubentzine, Tu palabra, Rubén, resuena otra vez:


Tu palabra, Rubén,
tu palabra nos trae
lo que dejaron dicho
en tiempos antiguos,
más allá de las aguas inmensas
portentosos creadores de cantos,
uno que evoca las glorias de Eneas,
otro que enseña el arte de amar,
y el de rostro joven,
de corazón atormentado y burlón.

Tu palabra nos trae
lo que también otros dejaron
en tiempos antiguos,
aquí en nuestra tierra,
aquello que sólo percibe el corazón endiosado,
lo secreto, lo oculto,
de nuestra madre, de nuestro padre,
la de cascabeles en su cara,
el dos veces serpiente.

Y también
tu palabra nos trae
de ti mismo flores y cantos
que brotan de tu corazón,
los sembró allí el Dolor de la vida,
son tus cantos, son sus flores,
libro de pinturas,
flama en el espejo:

tu destino.


Por Arturo Mendoza Mociño

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Divulgación cultural. Información y crítica de los acontecimientos y actividades artísticas y culturales de actualidad en Xalapa. Incluye reportajes, ensayos, críticas, entrevistas, reseñas y artículos de opinión sobre la actualidad de Xalapa, Veracruz y el país.