La errata de la intención


Publicado porEditorial Graffiti el 13:49

México encabeza la lista de países que menos libros leen en el mundo. Para paliar tan vergonzosa distinción, “Reto Lector” es la nueva estrategia con la que nuestras autoridades educativas pretenden enfrentar la situación. Diego Salas reflexiona sobre sus principales y controvertidas líneas. Y agrega:  “Todo esto complica las cosas en un país lleno de atracos (políticos, económicos, sociales, etc.), porque ahora suceden con mayor frecuencia, en mayor magnitud y con mayor descaro, y ante eso, la única explicación posible es que los delincuentes están convencidísimos de que a la gente se le va a olvidar más tarde que temprano”.
Desde que comenzó el año circula una iniciativa que es, a la vez, evidencia de buenas intenciones, de mala interpretación, y de resonancia de las políticas educativas mexicanas respecto a la enseñanza de la literatura. Se trata de algo llamado “Reto Lector”, donde se invita a la gente a leer cincuenta páginas al día, para que, al final del año, el participante logre la flamante cifra de 18, 250 páginas leídas, las cuales, según la estimación de los propios organizadores, deben representar un aproximado de 73 libros. Seguramente consideran que un libro sólo es libro si es gordo, de 250 páginas para arriba.
La buena intención radica en la evidente estrategia para reivindicar la imagen internacional del país: si un porcentaje significativo de mexicanos alcanzara esa cifra, seguramente desaparecería el nombre de México de aquella lista atroz que lideramos bajo el título Países que menos libros leen en el mundo. Por lo demás, no veo ni cambio ni beneficio alguno. Fuera de esa lista, los funcionarios que viajen a foros internacionales se evitarían la pena de aclararle a los organizadores que ellos tampoco necesitan doblaje al español para poder comprender una videoconferencia pregrabada, que sí pueden leer subtítulos.
La mala interpretación está ligada más bien a la razón por la cual se armó un escándalo internacional al admitir que en este país la gente es incapaz de leer un libro completo al año.  Lo malo es el fenómeno, porque la consecuencia, en realidad, era predecible. Y, en ese caso, la consecuencia es que la gente no lea, pero el fenómeno,  en cambio, es que a la gente le gusta cada vez menos reflexionar sobre las cosas que están pensando. Aclaro, no se necesita leer para reflexionar, pero la lectura facilita la reflexión. Se puede reflexionar en la conversación con los demás; sin embargo, a la hora de explicar y repetir las cosas, nadie puede negar que la paciencia de la tinta es mucho mayor que la del hombre.
Pero regreso al tema.
La ausencia de este hábito es una tragedia por partida doble. En primer lugar, los mexicanos no admiten el trabajo reflexivo que exige un libro entero; pero, además, ni siquiera están dispuestos a reflexionar sobre las escasas páginas de lo que sea que lleguen a leer en todo el año. Todo esto complica las cosas en un país lleno de atracos (políticos, económicos, sociales, etc.) porque ahora suceden con mayor frecuencia, en mayor magnitud y con mayor descaro, y ante eso, la única explicación posible es que los delincuentes están convencidísimos de que a la gente se le va a olvidar más tarde que temprano. Y así es, a la gente se le olvida, porque la reflexión sirve para que el pensamiento se adhiera a la memoria. O lo que es lo mismo, la reflexión es el Resistol de la dignidad para la vida cotidiana. Un ejemplo claro puede observarse cuando un padre de familia, nacido en los ochenta,  se escandaliza porque la leche “ya no sale como antes”, olvidando que su generación pasó los primeros años de su infancia tomando leche Conasupo, que, además de no ser leche, era radioactiva.
La gente no va a dejar de elegir como mandatario a un político con comprobados vínculos con el narcotráfico sólo porque alguna vez sus ojos pasaron sobre aquellas líneas que dictaban “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre…”. Eso más bien está condicionado por el hecho de que se den cuenta o no de las consecuencias de tener a ese señor dirigiéndolos con mayor autoridad.
Esto da pie al último punto: políticas educativas. No hay nada peor para el futuro de la literatura que obligar a los maestros a cubrir una cuota de lector por periodo escolar. Casi siempre los que hacen caso de tales ocurrencias son los profesores de nivel básico, medio y medio superior. Por lo regular los maestros no han leído los libros que les encargan a sus alumnos, de lo que se desprende que la selección de contenidos no sea relevante en relación con las experiencias de vida de los muchachos, y que, además, las lecturas, si no malas, al menos resulten anacrónicas. A mí me ocurrió con la poesía. Un maestro, en la primaria, me puso a leer a Salvador Díaz Mirón y a Ramón López Velarde. Me aprendí algunos poemas de memoria, y ninguno lo entendí (tampoco me los explicó el maestro). Y además viví hasta los 16 años creyendo que la poesía era casi por completo incomprensible, y lo poco comprensible, era cursi.

Hay una cosa más. Creo que esta visión de “fomento a la lectura” basada en aspectos cuantitativos es contraproducente para lo que, se supone, debería favorecer. Supongamos que uno de los emprendedores del  “reto”, obsesionado por ganar todo lo que se presente a su paso, logra pasar de 0 a 50 libros en menos de un año, venciendo así al 40 por ciento de los competidores.  Antes de eso, en la era cero de la lectura, el tipo actuaba como normalmente actúa la gente que reflexiona escasamente sobre las cosas: de forma impulsiva; aprovechando beneficios a corto plazo que, a la larga, traerán mayores daños; o adhiriéndose a todos los movimientos o asociaciones (incluyo las pandillas que golpean niños a la hora del recreo) que ganen por mayoría de miembros.  Un día, alguien que lo conoce, alguien que fue víctima de su ímpetu, constancia y coraje (después de todo, por algo habrá alcanzado aquella cifra) se lo encuentra de frente. Se saludan cordialmente. El de los 50 libros le hace cara de estar viendo a un ignorante, y se despiden. De inmediato, el que no ha leído cincuenta libros busca al primer conocido que tenga cerca para decirle: “Mira, para que veas que los libros no sirven para nada, ése se leyó 50 este año y sigue siendo un imbécil.”




Por Diego Salas


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