Animalia


Publicado porEditorial Graffiti el 18:25

OROPÉNDOLA
Claras, distintas y semejantes son buena parte de las aves del reino; sin embargo la oropéndola es la única que ha nacido del engaño. Discreta, dorada y hermosa, su canto es un abismo que deforma los sentidos. Con frecuencia es confundida con la agreste sinestesia quien, pese a lo que delata su aparente morfología, no es un animal sino una plántica narcótica.
Entre sus particularidades se cuenta el hecho de que puede imitar el trino y el graznido de cualquiera de las aves: replica a todos los pájaros del mundo pero ninguno le responde.
No pocos la consideran un ave hipócrita, perversa y desalmada, plumífero funesto que pierde a los incautos entre la hojarasca de los bosques y la orilla de los ríos.
El canto de la oropéndola sólo suena para los enamorados, para aquellos que precisan del engaño y no se resignan a vivir sin sus amantes. Fieles y devotos sostienen que en realidad es la única ave que existe y que las otras son sólo un eco de sus cantos viejos y perdidos.
Es imposible descubrir su engaño porque la oropéndola, en lo profundo de su nido, sólo canta para ti.
CELACANTO
Antiguo como las tinieblas y prófugo de su conciencia, el celacanto es el animal más solo y olvidado que jamás haya existido. Burlador de todas las eras y enemigo de la muerte, este pez de aletas lobuladas (sarcopterigio) es pariente de los peces pulmonados y fundamento de los primeros vertebrados terrestres. El celacanto es la única criatura con vida que ha navegado las acuosas entrañas de la Tierra desde la primera noche de los tiempos hasta la madrugada de nuestras angustias.
Si bien ha sido considerado por algunos como un “fósil viviente”, sería prudente sugerir que el celacanto es un pez de tierra, una suerte de tetrápodo que lo mismo emigra al bosque, al pantano, la selva o el desierto para mantenerse a salvo. En algún momento –es su designio– retorna con anhelo a la espesura de los mares.
Algunos marinos asiáticos sostienen que en la espina dorsal del celacanto se encuentra  el bebedizo de la vida eterna, causa de su longevidad y buena estrella.
Pero el celacanto no es un animal eterno. Como a todo lo que vive, le está reservado un lugar en las playas de la muerte.
 El celacanto custodia un reino de apariencias invisibles: el los cielos y las aguas de los animales extinguidos.
AHUIZOTL
Nací viejo, bajo cielos muy antiguos, como el último de mi raza. Mi tierra era Tlatilco, que en lengua natural significa “el lugar de las cosas escondidas”, pero en aquellas leguas nunca fui bueno, ni justo ni bien querido: los hombres rojos me odiaban por engañarlos como a niños. Y por ahogarlos a las orillas de los lagos.
Al tercer día –y sólo hasta al tercer día– volvían sus cuerpos rotos por el agua. Sin dientes, sin carne y sin ojos, como balsas maldecidas por mi aliento para el estudio de sus profetas.
 Pero nada fueron mis tormentos comparados con lo que habría de venir: vi arder a manos de rufianes a la civilización más pura, la de la ciudad flotante; vi las violaciones con la espada con que partieron a las mujeres y vi también cómo la enfermedad de la piel acabó con hombres recios, ancianos y niños, profanando sus despojos más allá de la muerte.
 Todo lo que trajo el hombre blanco fue una ruina sanguinaria; acabó con los señores de esta tierra y anegó de sangre enferma los altares de los templos.

Soy el último de mi especie, ya nadie nunca dirá mi nombre ni sabrá que yo era el coyote del agua con los pies de mono. Por eso, antes de que mis ojos salgan de sus cuencas y atestigüen los horrores del Mictlán, muero bebiéndome este lago envenenado, junto con la pesadilla de lumbre de lo que supo ser Tenochtitlán.



Por Rafael Toriz

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