¿Imaginan a ese viejo caballero bailando como adolescente?


Publicado porEditorial Graffiti el 19:43

Rubén Bonifaz Nuño con un cigarrillo en la mano.
Ignacio Trejo Fuentes dictó una conferencia en torno a Rubén Bonifaz Nuño, el poeta cordobés que falleciera el último día de enero. El homenaje fue organizado por el Instituto Veracruzano de Cultura, a través de su Departamento de Publicaciones, el pasado 15 de marzo en la sede del Ivec en el puerto de Veracruz. Este es el texto del crítico y novelista quien fue un colaborador muy cercano de don Rubén en la UNAM. El autor recuerda: “Cuando se publicó el calendario de Gloria Trevi, donde aparecía desnuda antes de sus conocidos desórdenes, le regalé una copia a Rubén, y determinó que me aumentaran el sueldo”.
Para iniciar este homenaje a don Rubén Bonifaz Nuño quiero hacer tres advertencias: 1) no vengo a disertar sobre su obra poética ni ensayística ni de sus admirables traducciones (que lo hagan los especialistas): vengo a contar anécdotas;  2) empezaré contando cosas que, al parecer, no tienen nada que ver con Rubén pero servirán  –espero–  para contextualizar lo que he de decir; y 3) predominará mi punto de vista, el “yo” (el yoyo).
Hace muchos años, fui a Xalapa para acompañar a María Elvira Bermúdez en la presentación de su libro de cuentos Encono de hormigas (el título procede de un verso del poeta Ramón López Velarde).  Se acuerdan quién fue María Elvira, ¿o no? Fue la primera abogada litigante, lo que era difícil: ¿qué hacía una dama en medio del muladar de los juzgados? Fue, también, integrante del grupo que consiguió el voto de las mujeres en México, lo que no es poca cosa. Periodista, crítica literaria especialista en novela policiaca (publicó la estupenda novela Diferentes razones tiene la muerte y creó a la primera detective mujer de nuestras letras). Pues bien, en la cena  dijo que le encantaría visitar el puerto de Veracruz, y nuestro amigo novelista Octavio Reyes (Cangrejo) propuso que él podría llevarla, conmigo, a este puerto maravilloso. Al día siguiente, abordamos el auto de Octavio previamente avituallados de cervezas, y María Elvira pidió que le avisáramos cuando estuviéramos a punto de llegar. Lo hicimos, y ella se acurrucó en el piso del auto, nos pidió que la lleváramos a una playa determinada y se puso a llorar. Era, contó, que siendo jovencita y se casó, su esposo la trajo de “luna de miel” a Veracruz.
Por mi parte, he venido al puerto más de treinta veces. Una de ellas cuando obtuve el Premio Internacional de Ensayo Literario Sergio Galindo que organizaron aquí. Luego de la ceremonia de entrega del premio, fuimos a beber en casa de Sergio, y nos acompañó Juan Vicente Melo, otro veracruzano célebre y admirable.
Me costaría trabajo enumerar a los escritores veracruzanos (que no “jarochos”, pues estos son sólo los oriundos del puerto en el que ahora estamos, así como los “cariocas” no son todos los brasileños, sino sólo los originarios de Río de Janeiro) que he tenido el honor de conocer o haber leído, pero aseguro que son decenas. (Jalisco, Veracruz y el Distrito Federal son las entidades que aportan el mayor número de literatos al país.) Lo que es admirable es la cantidad de historias que se ubican en el puerto de Veracruz. ¡Una maravilla! ¿Y qué tiene esto que ver con Rubén Bonifaz Nuño, a quien hoy celebramos?  Que el poeta es veracruzano, de Córdoba.
Lo conocí en lecturas y conferencias en mi época de estudiante en la UNAM, a finales de los 70 y principios de los 80 (empieza a funcionar el yoyo), pero me hice amigo suyo cuando en los 90 trabajé en la Dirección de Publicaciones de la UNAM, que dirigía Vicente Quirarte (es chilango, pero parece jarocho). Malévolamente, se decía que Rubén era el auténtico director de Publicaciones (y de toda la Universidad), y llegaba las tarde de los jueves no para trabajar sino tan sólo para hacer tertulia. Elegante como era (ya saben que tenía trajes espléndidos, que usaba chalecos y leontina), empezaba a contar chistes (teníamos un reto: a ver quién inventaba chistes), y delante de Vicente, de Ignacio Osorio (q.e.p.d.) y su esposa, ponía su disco de Gloria Trevi (“Quiero tener el pelo suelto”) y se ponía a bailar. Yo bailé más de tres veces con él. ¿Se imaginan a ese viejo caballero bailando como un adolescente? Cuando se publicó el calendario de Gloria Trevi, donde aparecía desnuda antes de sus conocidos desórdenes, le regalé una copia a Rubén, y determinó que me aumentaran el sueldo. Al salir de la reunión de los jueves, Rubén y sus amigos iban a cenar a La Lechuza, magnífica taquería, y lo acompañaban el también maravilloso poeta veracruzano Francisco Hernández, Jorge Esquinca, Guillermo Fernández, Marco Antonio Campos, Sandro Cohen y multitud de admiradores de Rubén.
En esos tiempos (sigue el yoyo), Rubén me encargó dos tareas, una buena y otra no tanto. La buena es que determinó actualizar los libros de la Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm et Romanorvm Mexicana que él había ideado, diseñado y producido. Me dijo: “Maestro Trejo, usted se encargará del texto de la cuarta de forros de las nuevas ´camisas´”. Yo, encantado. ¿Se imaginan lo que es leer a Platón, a Catulo, a Menandro, a Hipócrates, a  Cicerón, a Euclides, a Horacio, a Salustio et al y que te paguen por ello? No había Internet, Google y esas cosas, pero me hacía de enciclopedias y me encerraba en mi casa a estudiar a los clásicos grecorromanos, y le llevaba a Rubén mi texto. Le hacía correcciones y enviaba los libros a la imprenta. Como saben, las obras de esa colección se hacen, en linotipo, en el idioma original y en español, precedidos por prólogos hechos por especialistas. ¡Qué honor, qué agasajo!  Ha sido una de las épocas maravillosas de mi vida profesional.
La encomienda no tan grata que me hizo Rubén fue editar los discursos del, en ese tiempo, rector de la UNAM. Me dijo: “Ya hice la corrección de estilo, usted encárguese de la producción, porque los redactores y correctores de Publicaciones son unos inútiles. Y es el trabajo del rector”, dijo y me entregó un altero así de alto de manuscritos. Qué lío. ¿Saben lo que es leer un discurso sobre plantas naturales, o sismógrafos, o matemáticas, etcétera? Y varios de esos discursos estaban escritos en inglés. “Marqué” los originales, y cuando me entregaron galeras las leí y corregí tres veces. ¡Qué martirio! El día en que Rubén convocó para cerrar y dar el visto bueno a los discursos del rector, puse el Vb a los textos y fui a la junta. Estaban, además de Rubén, Vicente Quirarte, el jefe de la Imprenta Universitaria, otro funcionario y el inútil jefe de correctores (eran más de quince). Firmaron el “tírese” (yo no había visto la portada ni la página legal y esas cosas), cuando el inútil observó: “Está mal escrito el nombre del autor”. El rector era José Sarukán o Saruhkán o Zaruhucán. Y sí, su nombre en la portada estaba mal escrito. Rubén ordenó que se corrigiera el error y señaló, aparte: “Si no hubiese sido por ese pendejo, nos corren a todos”.
Luego ocurrió lo de Lucía Méndez. Saben quién es, ¿no? Era (creo que es) cantante y actriz. Rubén se enamoró de ella, a tal grado que decía a sus amigos: “De nueve a diez, entre semana, no me hablen: estoy viendo la telenovela donde aparece Lucía”.
Yoyo: trabajaba yo con Fernando Valdés en la Editorial Plaza y Valdés, y le propuse a aquél hacer una colección de poesía. Loco como era y sigue siendo, aceptó. Determiné que el principal objetivo (así hablan los editores) era conseguir material de Octavio Paz. Si él me aceptaba, aceptarían todos. “¿Cómo le hago”, me pregunté, y me acordé que el ego determina todo. Puse a la colección Las Peras del Olmo (título de un libro de don Octavio.) Y tras vueltas y vueltas (no hablo de revistas, sino de travesías), el poeta me dio poemas. “¿Y a quiénes más va a incluir en la colección?”, me preguntó el que todavía no era Premio Nobel. Inventé: “A Rubén Bonifaz Nuño y a Elías Nandino”. Habló maravillas de Rubén e hizo pedazos a Nandino: “Es muy buen hombre, pero no es poeta”, dijo. (En otra visita, despedazó a Alfonso Reyes, y si quieren y hay tiempo, al final les platico lo que dijo.)
Bonifaz Nuño me dio Pulsera para Lucía Méndez, sonetos dedicados a la cantactriz. La colección fue un éxito, los ejemplares (2000) se vendían a cinco pesos, y el hábil  editor los colocó en todas las librerías. Llamó la atención el libro del veracruzano: “¿Por qué un poeta de su tamaño escribe versos a una mediocre?” Hubo respuesta: Lucía Méndez entrevistó, para dos programas, a Rubén. No recuerdo si para Televisa o para el Canal 13. El cuaderno se vendió como si fuera whisky.
¿Sabían ustedes que Rubén Bonifaz Nuño fue un enamorado empedernido, más que Gabino Barrera (que no Barreda)? Murió soltero,  por decisión propia. Tuvo novias y amantes al por mayor, entre sus amigas, ayudantes y alumnas. ¿Cómo, supongo, las damas iban a resistir las puñaladas que el poeta les ensartaba con sus versos amorosos? (Uno de los mayores en la materia, y he leído a muchos.) Uno de sus libros contiene una de las dedicatorias más enigmáticas: “Aquí debería estar tu nombre”. Supe el nombre de la destinataria, pero ya no me acuerdo.
Dije que Rubén era generoso, que me dio Pulsera para Lucía Méndez. Agrego que a Miguel Ángel Hernández Rubio (q.e.p.d.), de Guadalajara, le entregó poemas para una de las plaquetas de Toque de Poesía, así nomás, sin lana de por medio. El Mike se inflaba de orgullo.
Puedo pasar horas y horas hablando de Rubén Bonifaz Nuño, aunque sólo quiero decir que nunca pude hablarle de , supongo que debido a mi absoluto respeto por él. En consecuencia, después de intentarlo (¿nos hablamos de usted o de tú?) él me llamó siempre “maestro” y yo, a él, “doctor”. Y para rematar el yoyo, voy a leer para ustedes un texto que escribí y publiqué hace no sé cuántos años, “Caravanas con poema ajeno”, y que es, desde luego, un homenaje a Don Rubén. Al terminar, si ustedes quieren y alcanza el tiempo, podemos charlar.





Por Ignacio Trejo

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