Sergio Pitol: Ochenta gozosos años


Publicado porEditorial Graffiti el 19:34

Sergio Pitol

En agosto de 2006 se honró en Xalapa, Veracruz, a Sergio Pitol por haber ganado el Premio Cervantes. Amigos y familiares suyos, académicos veracruzanos, lectores de todas las edades se unieron a la celebración que se condensó en un libro de entrevistas que permanece inédito y del que se glosan algunas de esas conversaciones. De aquellas alegrías a las que ahora vive el ilustre autor xalapeño sólo hay un parpadeo. Permanece el cariño y el afecto, permanece sonriente el autor nacido el  18 de marzo de 1933.

A Sergio Pitol sus amigos lo honran siempre con palabras porque esas palabras los unen desde hace tantos años y porque, gracias a ellas, quedan, a manera de fresco, momentos compartidos, gozosos, dolorosos, como es ese eterno movimiento llamado vida. Si el escritor veracruzano tiene pasión por la trama, en este coro de voces el lector hallará la trama afectiva que lo tiene tan feliz y orondo a sus 80 años. Sus amigos, pitolérrimos, lo honran así:
Su editor en Anagrama, Jorge Herralde
No puedo olvidar aquella fiesta organizada por La Luna de Madrid, la revista y portavoz de “la movida” española, en el hotel Palace, memorable y loquísima, con gran oferta de sexo y sustancias varias en los lavabos, y con las Azúcar Moreno, teloneras aún de Los Chunguitos, deslumbrando al personal. Allí estaba Sergio a finales de los 60, en Barcelona. Como luego estuvo en París, Lanzarote, Sevilla, Cádiz y en Praga, donde actuaba de embajador, un disfraz competente.
Y ahora lo encuentro finalmente aposentado en Xalapa, en sus tierras veracruzanas, donde tiene un montaje como de pequeña nobleza rusa: una cocinera y su hermana como ayudante, con su hijo pequeño, y  además un chófer. Y naturalmente el rey de la casa es su perro Sacho. Y como detalle exótico, los célebres jardines de Pitol con dacha incorporada, que no están junto a la casa, donde suelen estar los jardines de la gente corriente, sino a varios kilómetros de Xalapa, una excursión que vale la pena, unos jardines magníficos con bambúes gigantescos, y con sus jardineros de plantilla.
La nuestra es una amistad de muchos años alegrada con tantísimas conversaciones sobre literatura y sobre tantos favoritos mutuos, empezando por Witold Gombrowicz en los años 60, a quien tradujo admirablemente, hasta Antonio Tabucchi, anteayer.
Pitol dirigió la serie Los Heterodoxos de Tusquets, una colección espléndida con autores y títulos inesperados que nuestro sabio amigo se iba sacando de los muchos sombreros de sus lecturas. Y como colaborador de Anagrama siempre tuvo sugerencias inapelables y bienvenidas como En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli del excéntrico Ronald Firbank, Criados y doncellas de la no menos excéntrica Ivy Compton-Burnett o Caoba de Boris Pilniak.
Además, he tenido el honor de publicar cinco novelas y un libro de cuentos suyos, hasta llegar a la summa magnífica que es El arte de la fuga, uno de los textos mayores de la literatura latinoamericana de nuestro tiempo. Un libro en el que, significativamente, el autor escribe: “Hoy ha sido un día bendecido por la risa”. Para mí, la risa es un rasgo inseparable de la relación con Pitol. En mi recuerdo, nos hicimos amigos para siempre una Nochevieja en Barcelona, en 1970, en casa de Luis Goytisolo. Una fiesta que narró Pepe Donoso en Historia personal del boom, con cuatro superestrellas como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y el propio Donoso.
Recuerdo que, ya con muchas copas, empezamos con Sergio a comentar la jugada: una situación como muy cordial y festiva, pero en realidad bastante tensa y recelosa, con el caso Padilla de por medio. Rápidamente empezamos a desbarrar, a “mamar gallo”, como diría Gabo, y escuché por primera vez, creo, las inimitables carcajadas de Sergio, su corrosivo sentido del humor, la vocación por el disparate.
Su amiga desde la infancia, Edna Salmerón Scully, quien cada vez que puede le cocina chiles en nogada para agasajarlo
Aunque yo no fui al kínder con él, mis hermanos y yo visitábamos a Sergio y conocimos toda la casa familiar, los mayores patinaban con Ángel, que es su hermano y que ya es más grande, y Sergio y yo jugábamos y platicábamos. Inclusive mi abuela me decía: “A mí me gusta Sergio para casarte con él”. Pero nuestras vidas tomaron otro rumbo. Al morirse mi abuelo cambiaron las cosas en el ingenio y a mi abuela le dan una casa en una de las colonias. Ellos vivían en lo que es el casco de la hacienda y yo jugaba a la comidita y, de hecho, acabo de terminar mi libro de gastronomía donde están las recetas para guisar  “bisteces de metate” y el famoso “tapado de pollo”. Quiero hasta el alma a Sergio. Siempre estábamos afuera de su casa. Yo jugaba a la comida y él estaba conmigo platicando porque los demás eran mayores que nosotros. Estaba como aparte. Yo hacía la comidita y él me acompañaba. Cuando murieron sus papás yo siempre me preocupé porque mi amigo Sergio estuviera acompañado y jugara siempre. Siempre lo veo con mucho afecto.
Juan Villoro, narrador y cronista, explica el lugar de Pitol en la literatura mexicana
La obra de Pitol fue muy original e incluso muy extraña para nosotros, y durante mucho tiempo la crítica no supo cómo ubicarla.
Cuando él publica en 1970 El tañido de una flauta es un momento en que todo mundo habla de novela social porque acaba de pasar el 68. Los escritores están volcados en el realismo mágico o en la reconstrucción realista de la realidad, y de repente esta novela tiene que ver con muchos tiempos: un festival de cine en Venecia, un cineasta japonés que hace una película que tiene que ver con un mexicano fracasado pero que al mismo tiempo se fue a vivir a Nueva York, entonces hay como muchos lugares y muchas formas del arte que se discuten y se comentan. Y esto era difícil de apreciar entonces porque ponía en juego distintos géneros y procedimientos. Pero hoy en día, yo creo que muchos escritores están haciendo exactamente lo mismo que Pitol. Algunos son muy famosos, como Enrique Vila-Matas, Claudio Magris, W. G. Sebald, que combinan la memoria, la crónica, la ficción. Todos hablan de libros que existen y también de otros que podrían existir y de otros que no sabemos si pueden existir o no. Mezclan los sueños con las acciones, entonces estos géneros híbridos uno de sus precursores es Sergio Pitol desde El tañido de una flauta que está muy claro. Primero lo empezó a hacer en el género de la novela, y luego se desentendió de la novela y escribe libros sin género preciso como El arte de la fuga o El mago de Viena. Yo creo que Sergio fue un precursor y fue una de las cosas que se juzgó mucho en el Premio Cervantes porque a mí me tocó estar en el jurado. Esa fue una de las razones para darle el galardón. Había candidatos muy fuertes: Juan Goytisolo, Juan Marsé, Alfredo Bryce Echenique, Mario Benedetti, era un año muy competido y una de las cosas que señaló Rodrigo Fresán y que tiene mucha razón es que ahora se escribe de manera muy natural y libre como Pitol escribía en los años 60 y principios de los 70. La gente lo consideraba una extravagancia y Pitol abrió un camino muy grande. Enrique Vila-Matas sería muy difícil de entender sin Pitol, yo creo que por eso le tiene mucha gratitud, aparte el afecto personal.
Es muy importante pensar que Sergio Pitol es un autor muy arraigado en México, que escribe de José Vasconcelos a partir de las lecturas que hacían de él sus tíos y tías, la lectura que él hizo de Ulises criollo, su tránsito de Xalapa a la ciudad de México, cuando estudió Derecho. Ha escrito mucho de pintura mexicana, ha editado libros de pintores de muy distintas generaciones, desde Olga Costa hasta pintores muy recientes. Al mismo tiempo, una de sus lecciones es: lo local sólo significa si puede ser universal. Proust nos fascina como le fascina a un japonés o a un ruso, y Sergio escribe ese tipo de novelas donde no sólo se ocupa de lo local sino que también de cómo lo local va hacia otros lados, pero siempre está en el ambiente mexicano. Por ejemplo, en el Festival de Venecia no se ocupa de los grandes artistas sino de una burócrata mexicana pretenciosa, que está manejando dinero del Estado que Sergio llama La Falsa Tortuga. A su vez, el apodo de La Falsa Tortuga alude a Lewis Carroll por una sopa que dan en Inglaterra, por una sopa que te dicen que es de tortuga y no es de tortuga. Entonces el apodo es muy cosmopolita, pero la figura es una figura ridículamente mexicana. Y así El desfile del amor es una interpretación de la historia de México, lo que pasó en el año 1942, pero al mismo tiempo es una historia muy cosmopolita porque eso que pasó en el año 42 fue la diáspora de exiliados europeos que habían llegado a México huyendo del nazismo y se habían quedado en la colonia Roma de la ciudad de México, en varios edificios donde se hablaba yidish, húngaro y polaco. Era un México muy cosmopolita donde también estaba el exilio republicano español, entonces en ese ámbito suceden algunas novelas de Pitol. Él quiere recordar ese momento en la historia de México, que también tiene que ver con la política local, pero que está rodeada de extranjeros. En  ese sentido su obra está llena de esos vasos comunicantes. A nosotros nos dio a conocer  a casi cien autores del polaco, del ruso, del inglés y el francés. Y al mismo tiempo, él ha trasladado a la literatura mexicana a latitudes donde no había llegado, ya sea porque ahí sitúa a sus personajes o porque ha escrito de literatura mexicana para el interés de lectores de otras partes.
Ahora todos esperamos ansiosos esa novela que está escribiendo y que está ubicada en el siglo XIX en Veracruz, cuando Veracruz era el puerto de entrada a México y era sumamente cosmopolita. Pero quizás lo que parece más interesante de esa novela es que ya la perdió dos veces y cada vez que pierde algo le va muy bien. Primero dejó el manuscrito en un hotel de Madrid hace como tres años y él había estado en Barcelona y Madrid y no sabía dónde había dejado el manuscrito. Lo dejó en un hotel que, por cierto, acaba de cerrar y era un hotel muy literario porque allí, en una época, vivió Ernest Hemingway. Era el hotel Suecia y era tan literario que la camarera llegó al cuarto y vio un bonche de hojas, unas doscientas hojas garrapateadas, otra camarera hubiera pensado que eran basura, pero como sabía que allí se hospedaban muchos escritores las guardaron durante dos meses hasta que Sergio se acordó de lo que había pasado y la novela fue recuperada por Ricardo Cayuela, y se la mandó a Sergio por DHL, pero llegó la novela a su casa y la volvió a perder. Esta vez en su casa. Es un manuscrito que se le pierde y lo recupera y eso me parece el mejor de los indicios porque su literatura está hecha de confusiones y pérdidas. Por ejemplo, el famoso recorrido que  menciona Vila-Matas y que yo también escribí, de que él llegó a Venecia y no sabía dónde había puesto sus anteojos, en realidad los había dejado en su maleta, pero visitó Venecia con mala vista, entonces le pareció una ciudad súper espectacular, fantasmagórica, espectral y esa “ceguera” lo llevó a tener unas excursiones parecidas al cine expresionista, y fue interesantísimo gracias a que no podía ver bien. Le pasa lo mismo que en el texto El oscuro hermano gemelo, que está en una cena y hay una persona que está cerca del oído con el que él no oye bien, que es el oído izquierdo, entonces las cosas que le vienen de ese lado no las puede escuchar bien, entonces empieza a escuchar palabras sueltas y a inventar una historia que es maravillosa, ciertamente mucho mejor que la historia real que se estaba contando allí. Entonces estas pérdidas a él lo potencian mucho y yo creo que el manuscrito es muy buen augurio que lo haya perdido.
Enrique Vila-Matas, hincha del Barcelona, realiza un viaje vertical hacia el nacimiento de su amistad con el autor de El desfile del amor
Sergio Pitol fue la primera persona que me habló como si yo fuera un escritor cuando en realidad yo sólo había publicado un librito de amateur, Mujer en el espejo, publicado por Tusquets en España en 1973, a mi regreso del servicio militar en África. Me habló como si me viera ahora, que sí me siento un escritor. Se anticipó a todos.
La influencia de un escritor como Pitol se notará a través del tiempo, muy suavemente, no de golpe, sino con lentitud, pero hará estragos, de pronto será algo fulminante. Estoy seguro de que no alcanzaré a verlo. Ocurrirá en el tiempo. De pronto todo el mundo será pitoliano. Y para saber cómo será ese mundo no es necesario abrir bien los ojos, sino escuchar bien porque aquellos que son pitolianos se ríen de una manera infinitamente seria.
Sé que corre la versión de que algún día podríamos escribir un libro conjunto, pero aclaro que en realidad será a seis manos. Ya una vez contábamos con lo que podríamos llamar un tercer hombre. Ese otro se llamaba Orlac, pero se perdió en la niebla de Varsovia, una noche de agosto del 73.
Que Sergio sea Premio Cervantes me entusiasma porque si algo puede sublevarme, son ese tipo de escritores que, debido a que quieren funcionar bien en la cultura de masas, se presentan como  hombres sencillos, personas que de ninguna manera deben ser vistas como intelectuales. Ellos escriben historias por el placer de contarlas, y punto. Sobre todo nada de asustar a la clientela.
En oposición a estos lacayos del mercado, a estos neopopulistas  de la cultura de masas, va emergiendo una tradición culta y con gusto por el complot y por  lo clandestino que rechaza la inocencia narrativa y comparte la certeza de que el mundo ya ha sido narrado, pero que el misterio de la escritura permanece y exige todavía una nueva vuelta de tuerca y nuevas formas y estructuras para las novelas; una tradición culta y cervantina y reflexiva en torno a lo literario.
Laura Demeneghi, quien realizó un documental sobre la vida y obra de su tío, se acuerda de aquellos años cuando de niña le decían que su tío era embajador y ella pensaba que en realidad era el rey de Europa
Mi tío tiene mucho parecido con mi papá. Y aunque son primos hermanos ellos se consideran hermanos. Mi papá lo considera su hermano mayor. Gracias a mi tío es que mi papá empezó a leer desde muy chico. Se llevan nada más tres años. Y yo tengo una relación súper estrecha con mi tío y con el tío que es papá de mi papá. Entonces desde chica era ir a Córdoba y escuchar cómo era la vida en Potrero y la nona Catalina, entonces jamás vi a mi tío, ni lo veo ahora, como una figura, más bien lo veo como un tío, del cual me parezco mucho, tengo muchas similitudes con él en la forma en la que vemos la vida, en el cariño a los animales, en no tener tantos apegos. Él tiene una filosofía muy budista y a él no le interesa la fama. Su pasión es la literatura, es obvio, pero a él no le late que le pidan un autógrafo, que le tomen fotografías, trata siempre de alejarse. Y creo que esa actitud es bastante chida. Con mi tío hablo mucho de mi bisabuela, la nona Catalina. Ella era la mamá de mi nono Agustín. Y aunque nunca la conocí, era una señora increíble, con un carácter muy fuerte, y con un sentido del humor increíble, que se queda viuda muy joven, que viene de Italia en plena revolución y que aparte tiene que sacar adelante a dos hijos. Mi tío Sergio se quedó huérfano a los cuatro años y ella es una señora que los saca adelante sin nada, sin dinero, sin apoyo y en un país extranjero. A mí me marcó mucho la vida de mi tío Sergio, de mi tío Ángel y la de su hermanita que se llamaba Cristina, que también se murió a los dos años.
Cementerio de tordos retrata muy bien lo que se vivía en la familia en aquel momento. La trama está inspirada en la vida que tuvo mi tío en Potrero. Tomemos en cuenta que cuando él vivía allí, él había perdido a sus padres, vivía con su tío, que es mi abuelo, y como era muy chico no entendía por qué su padre había muerto y por qué él estaba ahí. Niño ruso, que es la primera parte del documental que rodé, rinde homenaje a esa época donde mi tío se enfrenta a la pérdida de sus padres. También conseguimos entrevistar a su primera maestra, Rosita Rincón, y ella nos contó cómo mi tío era súper tímido e introvertido, y cómo se refugiaba mucho en ella, en las clases de inglés y geografía porque quizás también la veía como su mamá.
Tiempo cercado lleva al académico Mario Muñoz a considerar que este primer libro de cuentos funda todo el sistema narrativo de Sergio Pitol
Este libro es de 1959 y Sergio tenía 25 años cuando lo publica. Ya desde entonces son notables sus cuentos. El libro lo edita José de la Colina en una colección que se titulaba La aventura y el orden, y este libro tuvo muy mala distribución porque sólo se colocaron como cien ejemplares en las librerías y muy escasos lectores lo leyeron, según lo declara el propio Sergio en El mago de Viena. Y ahora bien, la editorial que publica este primer libro era una editorial del poeta Elías Nandino porque Sergio había trabajado en la revista Estaciones que precisamente dirigía Nandino, y José de la Colina, si no estoy mal informado, también formaba parte de ese cuerpo de redactores, por lo tanto, en esa época José de la Colina, que también era muy joven, quedó al frente de esta colección que así se llamaba al principio y no tuvo más fortuna, creo que el único título que se publicó fue Tiempo cercado.
Yo tengo un ejemplar pero no aparece registrado el número de ejemplares, pero no llegaba a 500 ejemplares. Comenta Sergio en alguna ocasión que si acaso aparecieron una o dos reseñas, y una de ellas era de José Emilio Pacheco, que publicaba en la revista Estaciones donde por cierto José Emilio ya avizoraba un futuro bastante prometedor para el entonces joven escritor, sin embargo, Sergio considera que ese libro no cumplió con las expectativas que él se había fijado.
Este libro tiene una característica muy especial porque la mayoría de los siete cuentos  trascurren en ese espacio mítico que Sergio creó y que es el pueblo de San Rafael, desde luego en el contexto veracruzano y leyendo estos cuentos hay una especie de continuidad cronológica en el sentido histórico porque el cuento que relata las vicisitudes de Victorio Ferri, el texto más conocido de Sergio, en lo que se refiere a cuentos, tiene lugar en el porfiriato y uno de los últimos cuentos que están allí reunidos ya se desarrolla en la década de los años 50 en el periodo en el que el libro fue publicado, y salvo este texto, todos los demás ocurren en el contexto de San Rafael, a través de ese contexto advertimos la revolución mexicana, la guerra cristera, el proceso de disolvencia de los feudos, precisamente cuando la famosa familia Ferri comienza a cambiar de estatus social, de ser latifundistas pasan a ser grandes inversionistas de capital y tenemos una cuestión muy interesante en este primer volumen y es que el estilo de Sergio ya se puede apreciar, ese estilo elíptico, que tiene, a mi modo de ver, vacíos de información que el lector tiene que completar, es un libro donde también se van prefigurando los aspectos carnavalescos y la caracterización de sus heroínas. Además aparece otra constante y que es la enfermedad. Aquí hay niños enfermos hasta personajes mayores afectados por distintos problemas de salud. Por ejemplo, nos encontramos los niños con afecciones mentales, uno que cae en la locura en el texto “Semejante a los dioses”, otro también que está prefigurando un desequilibrio mental que es “Victorio Ferri cuenta un cuento”. Hay mujeres trastornadas como la Jesusa del cuento “Los Ferri”. Amelia Otero es otra protagonista que después de cometer un supuesto asesinato porque en realidad el texto no descubre qué fue lo que sucedió, al aparecer muerto su amante a ella se le encuentra trastornada. Por lo consiguiente la locura es otro elemento que también aparecerá en textos posteriores de Sergio.
San Rafael es el disfraz de la región de Huatusco. Es una zona cafetalera de tierra caliente y los cuentos tienen una innegable influencia de William Faulkner. Esto es muy significativo porque en Colombia Gabriel García Márquez estaba creando su mito de Macondo, y Sergio, a su vez, estaba creando el mito de San Rafael, que por cierto en libros posteriores ya no lo vuelve a retomar.
Y lo más interesante es que en el segundo libro que publica Infierno de todos, editado en 1964 por la Universidad Veracruzana en la colección Ficción, varios de los cuentos del primer volumen van a pasar a formar parte del segundo y otros son definitivamente eliminados.
Quedan en ese volumen “Victorio Ferri cuenta un cuento”, “Semejante a los dioses”, “Los Ferri”, y el mismo título del libro, Tiempo cercado, va a dar a su vez titulación a un cuento que en el primer libro no aparece pero que en este segundo libro será un texto nuevo pero con el título de “Tiempo cercado”. De alguna manera es un homenaje al primer libro y después hay otros cuentos que no estaban figurando en el primer libro y que ya Sergio los redacta, a mi entender, en su largo primer viaje europeo, que lo hace por barco y esto es importante de destacar porque según las declaraciones del propio Sergio, cuando apareció su primer libro y a consecuencia de que no tuvo buena recepción, hubo un periodo más o menos de dos a tres años en que dejó, literalmente, de escribir. Eso sí, continuó leyendo mucho pero vino una especie de desencanto por la escritura porque en ese momento él consideraba que no tenía posibilidades de escritor, por lo mismo que sus amigos próximos tampoco se entusiasmaron por los textos del primer libro. De manera que el segundo incluyó algunos que a Sergio le parecieron importantes del primer libro, salvables, e incluye nuevos textos. Aunque cabe hacer notar que desde este segundo libro y en adelante los textos que Sergio retoma y que reedita en títulos posteriores, siempre los rehace. Siempre hace cambios, modificaciones sustanciales.
Gilberto Gutiérrez Silva, líder de Mono Blanco, ensaya una canción y van engarzándose los versos
Para mí la obra de Sergio Pitol suena a vivencias, a imaginación, a cotidianeidad. Su escritura es una melodía de nostalgia de lo vivido y de lo que a uno le gusta y de lo que uno quisiera tener. Si pudiera darle un regalo no sería un libro ni una canción. Sería una naranja.

Por Arturo Mendoza Mociño

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