En obra negra: escala de grises


Publicado porEzra Crangle el 21:54



Roberto Rodríguez y Manuel Velázquez exponen su más reciente proyecto en conjunto en la Galería AP de la Unidad de Artes. En obra negra, con una notable curaduría de Josué Martínez, ha sido definida por sus autores como una instalación, sui géneris, diría Omar Gasca. Aquí se da “un diálogo entre artistas, que conocen de años sus talentos, modos, intenciones y estrategias creativas, que son capaces de acordar para coincidir, equilibrar...”

En el marco del 30 aniversario de la Galería AP, Roberto Rodríguez y Manuel Velázquez presentan En obra negra.  Como se sabe, aunque a veces se pretenda ignorar, se trata de dos de los artistas residentes en Xalapa con mayor presencia local, nacional e internacional, el primero de ellos escultor y ceramista, fundamentalmente, ex becario de Banff e investigador nato cuya bitácora incluye exposiciones en México, Canadá, Estados Unidos, Japón, Italia, Holanda, Brasil, Bulgaria, Dinamarca y Uruguay, entre otros países; el segundo, artista visual y catedrático, antes y hoy director del Jardín de las Esculturas, con una trayectoria expositiva que pasa por nuestro país, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Austria, Japón, Eslovaquia, Italia, Holanda, Guatemala, Cuba, Argentina, Paraguay y Chile; ambos, sujetos y objetos de lealtades que se aproximan al culto pero, también, blancos recurrentes de las voces de contrarios que, sobre todo, en ellos reprochan sin saberlo su propia improductividad, que es lo único que jamás molesta a tal clase de detractores.
Aunque se anuncia como instalación y ciertamente no ajusta con los paradigmas locales dominantes, En obra negra está realmente a medio camino entre ella y una exposición más o menos típica de los años recientes, y esto porque, digamos, no reside allí ninguna de al menos dos de las premisas que habría que considerar: una, la instalación no se integra al espacio, el espacio forma parte de ella y, así, la instalación sólo puede existir para y con el espacio en el que y para el que fue creada; dos: la obra ha de propiciar la transitabilidad de todo el espacio y la interacción o, por lo menos una de ellas porque, de otro modo, volvemos a la relación obra-espectador en la que, además, el espacio no forma parte activa de la obra, lo que favorece a su vez el tan cuestionado autismo de ésta en el siglo XXI, esto es, a las horas en que el time based art hace de las suyas al tiempo en que aquí y allá interactuamos a gran velocidad con las imágenes.  Aquí hay que decir que toda realidad, la artística también, es en esencia sintáctica.
No ayuda evidentemente un piso cuya textura, color y brillo son casi tan perturbadores como el falso techo de telas azul con blanco, que parece propio para celebrar el Día de María Auxiliadora, si lo hay, ni el propio espacio dividido por muros en dos salas, ni la dinámica de circulación –los tiempos y movimientos de la gente– que en dos casos topa con pared, obligando al espectador a practicar un rewind, es decir a rebobinar, a regresarse. Por otra parte, es fácil advertir que todos y cada uno de los elementos colocados, con mínimas alteraciones puede llevarse a otro punto, prácticamente a donde sea, para conseguir aproximadamente el mismo arreglo. Se trata más bien de un diálogo entre piezas, las cuales conversan con las de su propia especie tanto como con las del otro autor, efectivamente sin perderse, sin distraerse de una suerte de perfil, de una “idea paraguas”, más que de una temática específica y unívoca, a pesar del título.
Es un diálogo entre artistas, también, que conocen de años sus talentos, modos, intenciones y estrategias creativas, que son capaces de acordar para coincidir, equilibrar y, para hallar, sobre todo, algunas válvulas de escape en un entorno que para el efecto es bastante fortuito. Cuenta por supuesto la experiencia museográfica de Rodríguez y los conocimientos y nociones no escasos de Velázquez y Josué Martínez, el curador, cuyo trabajo extrañamente sigue siendo inaugural en una geografía en la que esta función es entre desconocida e ignorada, comparada a veces con la de un director de orquesta pero al modo de “¿qué hace él si los demás son los que tocan?”
Instalación-exposición. El género, la etiqueta, el adjetivo importan poco, porque a la corta y a la larga además de que las taxonomías son garantía de poca cosa, toda clasificación responde a una construcción conceptual contingente, propia de una época y una sociedad siempre necesitada de señales para orientarse, en modo alguno susceptibles de considerarse verdades absolutas y universales. No es bueno confundir lo absoluto con lo relativo, ni el mapa con el territorio (Benedetti), y a cambio en estos casos conviene recordar a Cela: “La duda, esa vaga nubecilla que, a veces, habita los cerebros, también puede entenderse como un regalo. Y no es –lo que queda dicho– una aseveración, ya que, sobre ella, tengo también mis dudas.”
La muestra (o quítale el número que pensaste y ponle como quieras), que estará hasta el 27 de octubre, es a todas luces, incluso bajas, uno de los mejores reflejos del quehacer de Rodríguez, Velázquez y Martínez, los tres acostumbrados de hace tiempo a expulsar de su reino todo lo que concuerde con la lógica de lo de siempre y con esa especie de cartesiana racionalidad que traducida (y traicionada, claro) vale por “mientras más fácil, mejor”.





Por Omar Gasca

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