Tierra, viento y fuego


Publicado porEzra Crangle el 21:57

Usted será muy franco pero este quesito no lo había probado

La exitosa película francesa Amigos aprovecha la coyuntura actual de la corrección política, derivada del reconocimiento de la diversidad cultural, para ofrecernos un largo gag que aprovecha con estupendo ritmo el excedente simbólico positivo que se genera alrededor de las minorías como los negros y los discapacitados.
Parecería valiente y hasta osada la postura de los directores Olivier Nakache y Éric Toledano, porque representan a dichas minorías con un acento irónico y así se salen, eso sí correctamente, del tabú lacrimógeno que embarga el tratamiento victimizante tanto de los negros –y más en una sociedad presuntamente altiva como la francesa– como de los discapacitados.
Para pitorrearse de los estereotipos, Amigos me parece atinada y suficiente y, hasta cierto punto, creativa con el uso desparpajado de la mariguana como terapia, y la propuesta erótica de las orejas con dos y tres chistes hilvanados con mucho punch. También, y por lo mismo, seguro estoy que participará en la terna de los Óscar como Mejor Película Extranjera con evidente ventaja para llevarse la estatuilla y de paso continuar con el dominio francés que inició con garbo estilístico El artista en 2011. Y que hoy, inclusive, Amigos extiende esta hegemonía con una distendida mano que pretende mayor entendimiento con los Estados Unidos a través del uso de la música disco de Earth, wind and fire para mofarse de la estirada clase rica en Francia.
Sin embargo, Amigos no es una novedad total; vamos, que lo inteligente está en fructificar y revertir los clichés multiculturalistas, mas no en el discurso en el cual  se monta y que se origina muchos muchos años atrás. Porro y pop no hacen verano, veamos por qué. Se trata de un discurso populista que plantea, a final de cuentas, una lección de clase social para observar las bondades de una vida simple despojada de los abigarrados hábitos de la burguesía –que, en conclusión, vencen por sus discretos encantos, como la suculenta tina de baño de la mansión de Philippe, el millonario tetrapléjico.
Pensemos que este planteamiento lo encontramos por doquier: en el cine mexicano de melodrama pedagógico de Ismael Rodríguez; en el cuento La cenicienta, por supuesto, y en el filme Mujer bonita –su espejo posmoderno–; o en la caricatura de Ratatouille. Es decir, que lo de Amigos no debiera sorprender por ese aspecto; insistimos, en todo caso, su pericia estriba en incluir las tensiones de lo diverso. Y, es más, esta revancha populista data de poco más de siglo y medio con las novelas por entregas de Eugene Sue, y hasta podemos trazar como antecedente de Amigos la obra moral de Chales Dickens, que denuncia la ruina espiritual que acarrea el dinero. Entonces, la venganza clasista, la burleta contra los ricos, ha sido una constante compensatoria en los relatos populares vertidos en la literatura, el cine y la televisión (de hecho, la misma fórmula se repite hasta la grosería en el género de la telenovela).
Recordemos que todo Charles Chaplin es eso, precisamente la reivindicación vitalista del pobre frente a un sistema de cosas y un orden establecido –el policía como centro receptor de la comedia–. En El gran dictador, filme no sólo actuado sino también dirigido por Chaplin, de forma sofisticada prevalece como sarcasmo la veta populista. Estamos hablando no nada más de la sátira política de Adolfo Hitler, sino asimismo hay una rica secuencia en donde Chaplin retoza en la barbería con la música de Brahms.
Esto es quizá lo más acertado de Amigos como narrativa: la pulverización del canon cultural. A la impresionante ejecución de Vivaldi, Bach y Rimsky-Korsakov –que chotea el negro con ocurrencias– le opone un ipod con melodías que sólo aspiran a bailar –sólo eso–. Tal vez Amigos sea una cinta paradigmática donde la sociedad del espectáculo clama esa sencillez antiburguesa: muera la historia y viva el gag largo que disfraza a la incorrección política como el nuevo status –insípido, por cierto.
Amigos. Directores: Olivier Nakache y Éric Toledano. Con: Omar Sy, Francois Cluzet y Anne Le Ny. Duración: 112 minutos. Francia, 2012.

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