Córdoba: la ciudad que se olvidó de los Tratados


Publicado porEditorial Graffiti el 00:29




En los últimos días de agosto Córdoba conmemoró los históricos Tratados firmados en esa ciudad hace 191 años. Dos festivales, el de Teatro Emilio Carballido y el Tratados de Córdoba, desempolvaron las antiguas glorias de sus espacios culturales. En esta crónica, Josué Castillo aborda las representaciones escénicas y los espectáculos musicales que tuvieron lugar, a pesar del escaso apoyo de las autoridades. Córdoba,  una ciudad “que insiste por ser reconocida y recordada por lo que no es, nunca fue y nunca será, pero que le da la espalda a lo que ha creado, sea por desmemoria, sea por ignorancia”.




El 24 de agosto fue el día álgido de la temporada. Ese mismo día, pero de 1921, Álvaro Obregón, junto con José Vasconcelos, visitó la pequeña ciudad de Córdoba para iniciar, conmemorando los Tratados de Córdoba, los festejos por el centenario de la independencia nacional.
Los tiempos han cambiado. La relevancia de los tratados así como el papel de la ciudad han sido cada vez más cuestionados, por lo que los festejos tienen una importancia mayor: éstos son una de las formas en las que la ciudad ha buscado asirse a una identidad que le permita recuperarse del ostracismo en el que, desde el engaño del milagro mexicano, ha permanecido.
Para festejar el 191 aniversario se planeó que, paralelamente, se llevaran a cabo el IV Festival de Teatro Emilio Carballido, a la vez que el Festival Tratados de Córdoba. El primero contaría con la presencia de la cantante Lila Downs, quien actuaría en el auditorio Manuel Suárez; en el marco del segundo se establecerían conciertos, dos representaciones de la firma de los tratados, así como la inauguración de obra pública que representaría un gran apoyo para el desarrollo cultural cordobés, por ejemplo la inauguración del camino, y su iluminado, que llevaría a la USBI Córdoba.
El Festival Emilio Carballido, hay que decirlo, fue todo un éxito. La mayoría de las obras tuvieron un lleno casi total en los dos teatros, el antiguo Pedro Díaz y –el más moderno– del IMSS, que fueron usados como locaciones. Así los asistentes, cordobeses en su mayoría, pudieron gozar desde teatro infantil y de títeres –Guillermo y el nagual de Emilio Carballido, por la compañía FiguraT; Titirijugando y El oso que no lo era de Carlos Converso–, clásicos de Carballido –Un gran ramo de rosas, por la compañía Soñar la Noche; Nora, por varios artistas cordobeses–, teatro juvenil – como Zona de perros, por el Teatro Ambulante Dagoberto Guillaumín y Las tremendas aventuras de la Capitana Gazpacho, por As-Teatro–, un espectáculo musical – Lara y sus mujeres, por la compañía México en Movimiento– e, incluso, puestas en escena de tono más experimental, como El ruido del agua dice lo que pienso, con Adriana Duch, y La carcajada libertaria, performance realizado por Luis Fernando Zapata, en representación de Exfanfarria-Teatro, compañía del país invitado al festival: Colombia. No sería una exageración decir que esta última hizo el culmen del festival. Si bien no fue la obra principal, puesto reservado para Nora, que cerró el festival, es la que un mayor impacto logró en la audiencia.
En una ciudad en la que el teatro no es costumbre, y de hecho está practicamente ausente en su vida cotidiana, el espectáculo inicia antes de que se abra el telón. Algún joven por allí, al frente, aprovechando el quórum lee un libro ancho y pesado armado con su gafas de pasta; la señora emperifollada –el teatro, especialmente el Díaz, nos cuenta Pitol, es donde las buenas familias de la región pasaban gratas horas buscando ser vistas– hace algún comentario ocasional sobre la importancia de la cultura en su vida; autoridades municipales, presentes al pie del cañón, con un rictus de profundidad y la mano en el mentón se mantienen inmóviles en sus lugares, las más de las veces porque han cedido ante Morfeo. El público se asienta en el lugar común de lo que debe hacer en el teatro: callas, aplaudes, cara de serio, sales, comentas. Demasiada pose, exceso de civilización. Y es entonces cuando se revelan las potencias mágicas y desestabilizadoras del teatro. El escenario y las luces como poesía concreta, así como el esfuerzo de los actores generan ambiente y efectos que hacen pasar del refinado jo jo jo hacia la carcajada ruidosa, antesala al dolor en el vientre o la lágrima jovial. De entre la pose emerge el gozo auténtico. La careta no hace más que potencializar los efectos liberadores de la magia teatral.
Así, nuestro ritmo vital fue alterado en más de una ocasión. La falta de una cultura teatral ha hecho que cada quien responda con naturalidad a los impulsos del arte. Mientras que en ciudades más cosmopolitas los asistentes se mantienen callados y a la expectativa del momento adecuado para reír –y sólo, claro, respondiendo a algunas situaciones o chistes cultísimos, no vaya a ser que se les confunda con gentiles– con La carcajada perdieron la pose y, tratando de huir unos y condenados a la inmovilidad durante el performance otros, tuvieron que enfrentarse a la realidad latianoamericana de sangre, muerte y desolación. Esa realidad de una serie de guerras sin sentido as is, en toda su crudeza. Una realidad tan auténtica y presente que solamente es comprensible, sin riesgo de perderse en la súbita locura, a través de la ficción y el arte.
De manera simultánea en otras locaciones, como el Portal de Zevallos y el Salón Central del Palacio Municipal, se desarrollaba el festival Tratados de Córdoba 2012. Que a diferencia del Carballido quedaría manco, pues casi la mitad de los festejos serían cancelados, justo el 24 de agosto, día en el que los Tratados de Córdoba fueron firmados. A la cancelación del concierto de Lila Downs se le siguió la noticia de que, para no resentir su ausencia, sería sustituida por Espinoza Paz, quien en punto de las 8:30 de la noche llenaría la plaza central para que, en un evento en el que no hubo lugar a diferencias de clase, gozáramos con un ponte en mi lugar más de una vez o su hola bebé. Por el concierto, por cierto, fue cancelada una conferencia sobre los Tratados así como la representación de su firma.
Previo a Espinoza, hora y media, en la casa de la cultura se preparaba la develación del busto en honor a uno de los grandes benefactores de la ciudad: don Luis Sáinz López-Negrete, quien, solamente, donó al municipio, presidido entonces en 1971 por Héctor Salmerón, el famoso Portal de La Gloria. Edificio histórico en el que alguna vez pernoctaron Iturbide, Maximiliano y Carlota, Juárez y en el que, incluso, vivió el descubridor de Octavio Paz: Jorge Cuesta. Lusane –como se hacía llamar él, así como el idioma sintético que inventó para solucionar problemas que encontraba en el esperanto–, quien habría muerto el 7 de junio, fue homenajeado por quienes lo conocieron en vida, entre ellos Miguel Capistrán, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Así se ve Córdoba, desesperada por formarse una identidad. Un municipio que ha acabado con su historia, sus edificios y sus intelectuales. Que insiste por ser reconocida y recordada por lo que no es, nunca fue y nunca será, pero que le da la espalda a lo que ha creado, sea por desmemoria, sea por ignorancia.
Las obras públicas que beneficiarían a la cultura, así como un libro sobre la historia de Córdoba por Enrique Florescano, nunca se llevaron a cabo por indisposición de las autoridades, quienes terminaron improvisando cada aspecto de estos festejos. El aplauso se lo llevan, como siempre, los actores y organizadores que, con todo en contra, lograron dar un gran festival, así como honrar a quien lo merece, al margen del apoyo de las autoridades.
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