Mostrando las entradas con la etiqueta Sergio Raúl. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sergio Raúl. Mostrar todas las entradas

“La música es un medio natural para el documental”: Albert Maysles



Los hermanos Albert y David Maysles tienen un sitial privilegiado en la historia del cine documental y muy especialmente en el del documental musical: filmaron la primera visita de The Beatles en Estados Unidos a través de dos documentales hoy históricos y únicos. No concluye ahí su lustre: filmaron Gimme Shelter. Albert fue el principal invitado del VIII Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México (Docsdf). Con esta conversación de Sergio Raúl López conmemoramos no solo a Maysles sino también cincuentenario de la llegada de The Beatles a Estados Unidos.
Al otro lado del Atlántico, a la voz del auricular le urgía una respuesta. Nada tan trascendente, claro, como para que Albert Maysles (Massachussetts, 1926) no mantuviera expectantes, en la línea, por unos segundos, a los productores de Granada Television, de Manchester, para consultar antes con su hermano aquella propuesta de trabajo. Como buen melómano especializado en música de concierto, lo ignoraba todo acerca de esa música.
–Oye, David, desde Inglaterra quieren contratarnos para seguir a un grupo de rock and roll que aterriza en dos horas. ¿Has oído hablar de The Beatles?
Las señas desesperadas del sonidista hicieron que el hermano camarógrafo aceptara la encomienda sin preguntar más. De esta manera, unas horas más tarde, el viernes 7 de febrero de 1964, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York –recién bautizado tras el asesinato reciente del presidente– los hermanos documentalistas, armados con una cámara de 16 mm y una grabadora portátil con micrófono de vara, atestiguaban el inicio de la beatlemanía, que medio siglo más tarde sigue viva.
Esas tomas, que incluyeron los emblemáticos conciertos realizados por el cuarteto de Liverpool, su estancia en hoteles y sus dos actuaciones con Ed Sullivan, conformaron la película What’s happening! The Beatles in the USA (Estados Unidos, 1964), estrenada internacionalmente en el verano, justo 50 años atrás. También aparecen, con una edición propia en The Beatles: La primera visita a los Estados Unidos (The Beatles: The first US visit, Estados Unidos, 1964), ya disponible en video.
Aunque se trataba de estrellas ascendentes de la industria musical, eso no obstó para que los hermanos Maysles se alejaran del estilo que ellos y otros influyentes cineastas estaban generando y marcaría una revolución absoluta en el cine documental: el cine directo. Gracias a las cámaras portátiles de 16 mm, poco ruidosas, y a las grabadoras portátiles de carrete de un cuarto de pulgada, podían prescindir de la voz en off del narrador y filmar los momentos extraordinarios de la gente común lo mismo que los instantes ordinarios de los personajes más afamados.
Algo que habían comenzado unos años antes con el filme Primary (Estados Unidos, 1960), de Robert Drew, que registra las elecciones del Partido Demócrata entre Kennedy y Hubert Humpfrey. Un estilo que les llevó a entregarnos películas sobre el actor Marlon Brando, el director Orson Welles, el escritor Truman Capote, el pianista Vladimir Horowitz, el chelista Mistlav Rostropovich, los directores Leonard Bernstein y Seiji Ozawa, la cantante Jessy Norman y el boxeador Cassius Clay, además, claro, de sus Satánicas Majestades, The Rolling Stones, en la más emblemática de sus cintas, Gimme shelter (Estados Unidos, 1970), del trágico episodio de su concierto masivo en Altamont, California, cuando los Ángeles del Infierno, contratados para resguardar la seguridad del evento masivo, dispararon y golpearon a los espectadores, marcando el fin de la era del amor y del Flower Power.
Maysles fue el invitado principal del VIII Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México (Docsdf), que presentó una retrospectiva suya; ahí surgió esta charla.
S. R. L.:Cuando usted no está filmando a personas, digamos, anónimas, sino a personalidades relevantes, renombradas o simplemente famosas, como políticos o músicos, ¿le marca alguna diferencia?
A. M.: Todo trata del ser humano. Expresar algo que le ofrezca al espectador cierta cercanía con esa persona, con la vida misma. Es por eso que pienso que la música es una de esas actividades que resultan tan atractivas, en las que hay un componente natural de la música que es muy rico para el documentalismo, que es filmar estrellas de rock. Yo he filmado a estrellas de rock, solistas de música clásica, todo tipo de músicos y de géneros. En verdad la música es un medio natural para el documental.
Filmar la campaña de Kennedy, un concierto de los Rolling Stones o la reacción histérica a la primer gira de The Beatles por los Estados Unidos, le permite ser parte de esa historia sin intervenir en ella.
Y también me permite ser parte de eventos en la vida de la gente de los que, de otra manera, jamás tendría contacto directo. Por ejemplo, filmé un documental sobre cómo vive la gente que viaja en tren y me encontré con una mujer joven, que había perdido contacto con su madre desde los tres años, a causa del divorcio, y recién había recibido la llamada de una mujer, a 1 600 kilómetros, afirmando que era su madre y pidiéndole que abordara el siguiente tren pues iba a estarla esperando en la estación. Así que filmé ese reencuentro.
¿Puedes imaginar qué tan conmovedor puede resultar eso? Cuando lo miras, excede todo lo que puedas imaginar. Estar realmente ahí, cuando esa mujer baja de las escalerillas para conocer, finalmente, a su madre, en verdad finalmente, luego de 23 años, la manera cómo se abrazan, se hablan, se tocan, y de pronto la madre voltea hacia mí para decirme: “¿No es divina?”. Ciertamente, no deseas ninguna interferencia en esa especie de momento sagrado. Y en mi encuentro con esos dos seres, un accidente divino, porque yo no sabía que sería confrontado por noticias tan maravillosas.
¿Cómo decide qué personajes o qué sujetos va a filmar?
Algunas veces se debe, simplemente, a que alguien llega con el dinero y los contactos. Como la agencia musical que vino a mí con el presupuesto para hacer películas sobre media docena de directores e intérpretes sinfónicos: Leonard Bernstein, Seiji Ozawa, Mistlav Rostropovich. El objetivo era producir dos películas de cada uno, y fue posible gracias a su agente. En el caso de The Beatles, el trabajo fue patrocinado por una cadena británica de televisión, en cambio, con Gimme Shelter, se realizó con una parte sustancial proveniente de nuestro propio dinero. Así que, de una manera u otra, encontramos sujetos en los que la gente pueda interesarse y conectar con nuestros propios intereses. Si nos resultaba atractivo, haríamos el filme de cualquier forma.
¿Y qué sensación le da, ya con el paso de los años, revisar estos años tras haber estado en esos instantes que ahora forman parte de la historia?
No teníamos ninguna idea de en qué nos estábamos metiendo. Simplemente ocurrió que estábamos ahí en el momento preciso y con la información que teníamos éramos capaces de hacer historia.
¿Realiza variaciones en sus películas, cortes del director y ese tipo de versiones alternativas, como ocurrió con la cinta de The Beatles?
El único caso es este, porque todavía no teníamos los derechos de la primera versión, del metraje que filmamos, nos faltaba la firma de cesión de derechos. Con lo que nos pagaron se compraron los derechos de lo filmado y tenían su propia versión de la película. Les dimos una primera versión y luego regresaron con los cambios que querían y se los hicimos. Sé que no es exactamente lo idóneo, pero no teníamos demasiadas opciones. Tenemos el control absoluto del resto de nuestros filmes, así que cuando ves cualquiera de ellos, son exactamente lo que queríamos hacer.
Cuando ustedes iniciaron como documentalistas, en los Estados Unidos se producían, sobre todo, documentales por encargo, de compañías comerciales, siempre reflejando el American Way of Life. Sus cintas significaron una ruptura con esta tendencia.
Cuando inicié sólo existían los documentales narrados y siempre sentí que tener un guión leído por un locutor era una especie de escapismo de la más poderosa de las herramientas del documental, que es filmar la vida tal como es, despojada de cualquier tipo de comentario, de manera que el espectador pueda hacerse sus propios juicios respecto a lo que ocurre. Cinco años luego de que empecé a filmar tuve la oportunidad de usar una cámara con sonido sincrónico, lo que me permitía registrar exactamente lo que ocurría en el entorno, podía estar realmente cerca de la gente que estaba filmando y darle al espectador la oportunidad de experimentarlo por sí mismo. Era como si estuvieran ahí, en el lugar. Fue una oportunidad fantástica para hacer del mundo un mejor sitio mediante el registro fílmico lo mismo de mis vecinos que de mis vecinos distantes, y la oportunidad de generar una comprensión de manera significativa, creando algo que puede ayudar a evitar las guerras y los conflictos. Así que, con esa clase de oportunidad de frente, no he dejado de filmar así desde entonces.
Al trabajo cinematográfico que tanto usted como su hermano realizaron, se le asocia con el término de “cine directo”. ¿Cuál fue el origen de este término?
Como he afirmado anteriormente, el cine directo involucra no ensayar las escenas que se están llevando a cabo, sino buscar el momento preciso y dejarlo ocurrir por sí mismo, ese es el elemento primordial. Es permitir que la realidad aparezca en todo su poder y en su veracidad.
El viejo modo de filmar consistía en añadir una narración y usar entrevistas mientras que el nuevo cine te daba contacto directo con la vista y el sonido, mostraba exactamente lo que estaba ocurriendo y te dejaba juzgarlo por ti mismo. Creo que fue un gran paso adelante, pero desafortunadamente no todos los documentalistas realizan sus filmes de esa manera, siguen enganchados a estas formas antiguas que llamamos “cine indirecto”, en el que la narración te provee de más información, lo que deja a la película como rígido que te dice qué posición tomar.
¿Qué tan conveniente resultaba que fueran hermanos y que uno hiciera la cámara y otro grabara el sonido, a manera de equipo?

Fue magnífico. En nuestro caso el que fuéramos hermanos, era para bien de las películas, pero no siempre resulta así en las familias. Afortunadamente, cada uno de nosotros tenía un papel importante. Mi hermano hacía el sonido pero también ayudaba a seleccionar a los sujetos y también mantenía el control sobre el entorno, y yo esencialmente hacía el trabajo con la cámara. Eso nos resultaba suficiente para satisfacernos sin intervenir con el trabajo del otro. ♦





Por Sergio Raúl López

El mundial evidencia la falta de preparación


En los albores de la televisión mexicana, cuando los productores aún andaban a ciegas para conformar los telediarios pioneros, en el pequeño Canal 13 −aún lejos de la estatización y todavía más de la reprivatización salinista en remate− Pedro Ferriz Santa Cruz conducía el noticiario principal con un par de pequeñas secciones especializadas, con bloques de cinco minutos.
Mientras la de deportes, a cargo de un joven José Ramón Fernández −fundador del exitoso programa Deportv, que continúa al aire ya sin su dirección−, acabaría por expandirse no sólo a los espacios noticiosos, sino a los de espectáculos y múltiples otros espacios, ocupando horas enteras de su parrilla, la de cultura acabaría por extinguirse, como recuerda con cierto dejo de impotencia su antiguo encargado, Juan Helguera, el compositor y difusor más importante de la guitarra clásica en México −cuyo programa La guitarra en el mundo, continúa al aire por Radio UNAM de manera ininterrumpida desde 1971.
El hecho no pasaría del anecdotario de las carreras personales de dos comunicadores ubicados en las antípodas si no representara un funesto precedente de la espiral ascendente de comercialización ilimitada, de la aplicación de fórmulas del espectáculo más superficial y de los gritos desaforados de locutores más cercanos al vendedor que al experto deportivo. Una situación que se agrava durante la temporada en que se realiza la Copa del Mundo organizada por la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), cuando una selección como la mexicana puede lograr ganancias por comercialización de entre 800 y 1000 millones de dólares, solamente en cuatro años.
En este conexto de hipercomercialización, de consumismo a ultranza y de mixtura entre deporte masivo e ingresos financieros desproporcionados, ¿hay sitio para el ejercicio del periodismo? Finalmente, los medios masivos requieren comunicadores profesionalizados, así que entre el mar desaforado de voces y de opiniones en torno al futbol es que se recurre al emblemático periodista deportivo Eduardo Camarena.
Egresado de la licenciatura en Periodismo y Comunicación Colectiva por la UNAM, comenzó su carrera en 1980 como redactor y luego reportero de XEX 730, Televisa Radio; jefe de Información en Cablevisión (1991-1994); subdirector editorial en Editorial Televisa (1994-1997); jefe de Información en MVS Deportes y Fox Sports México (1997-2002); jefe de Información de Estadio W y Estadio TV (2003-2008) y reportero y comentarista de Televisa Deportes y de TDN desde 1984. Ha sido narrador de nueve copas del mundo y de más de medio millar de combates boxísticos de título mundial. Aparejado al inicio del mundial de Brasil comenzó la columna Punto crítico los jueves en El Universal.
Junto con el historiador y columnista Jorge R. Witker, Camarena es autor de Todo el mundial (Grinta Publishing, 2014), enciclopedia que además de compilar datos corroborados sobre la historia de estas justas cuatrianuales y la actual en Brasil −sedes, estadios, representativos nacionales y la manera cómo calificaron, figuras a seguir−, también incluye la Enciclopedia de mundialistas mexicanos, con biografías de todos los que han jugado por México en una Copa Mundial y una lista de todos los convocados.“Desde Óscar Bonfiglio, en 1930, hasta el último portero, Óscar El Conejo Pérez, en 2010. Son 228 jugadores los que jugaron”.
¿Cómo puede equilibrarse el hecho de ser un periodista deportivo serio, que investiga y opina, con el de ser un locutor: lector de guiones y anuncios?
Creo que las dos cosas pueden hacerse, la clave es no dejar de ejercer el periodismo. Si me toca narrar un partido de futbol o una pelea de box, conducir un programa de radio o de televisión, sigo ejerciendo el periodismo, buscando la noticia, la información con las fuentes, escribiendo artículos y editoriales que luego traslado a los medios electrónicos. Hay quien no lo hace y sólo le gusta o estar en el micrófono o en la imagen, pues así son más conocidos, ya no hacen periodismo, nada más conducen, nada más opinan −que es el deporte preferido en México−, frecuentemente con ligereza, sin conocimiento de causa, sin investigación de por medio, sin fundamentos elementales, básicos, y es un gran problema.
¿Cómo compaginarlo? Pues no dejando nunca de ser periodista. Y ese objetivo me lo plantee el primer día que empecé a trabajar y que vi cómo era el medio, ya en los años ochenta, desde entonces se notaba que había gente que sólo anunciaba y ya no ejecutaban el ejercicio del periodismo y empecé a entender que no era lo correcto. Y eso se ha agravado. El secreto es nunca dejar de ejercer el periodismo tal como nos lo enseñan en la escuela, en el aula, en el medio electrónico, impreso, donde trabajes.
¿Qué pasa cuando esto se vuelve un circo mediático? ¿Cuando en torno a una transmisión de futbol hay modelos en ropas ligeras, payasos y cómicos albureros?
Pienso que todo cabe. Aquí el problema es que el cómico y la gente del entretenimiento quieran opinar del tema del especialista, sea una pelea de box o un partido de futbol. Y a la inversa, no creo que la labor del narrador o del cronista sea estar haciendo chistes o alburearme con el Compayito o con equis cómico. No puedo dejar de hacer lo que hago en aras de ser plurifuncional y demostrar que también hago chistes o que soy divertido.
Hoy existe ese concepto: el entretenimiento. ¿Qué es el entretenimiento? ¿Decir chistes? El Discovery Channel es entretenido y no dicen chistes, al igual que Animal Planet, el canal de cocina o el de moda. Creo que el concepto de entretenimiento está mal entendido, el Compayito es entretenido, pero también lo era Juan José Arreola. En ese sentido siento que el medio se ha prostituido.
Cuando se asiste a una Copa Mundial de futbol se está en un ámbito internacionalista, ¿cómo se siente un periodista mexicano en esa comunidad global?
De veras hay contacto, convives, platicas, te preguntan. Llega un español o un argentino a preguntarte sobre la selección de México pero también sobre la suya y las demás, y si no ejerces el periodismo como lo marca la más elemental estrategia del conocimiento, simplemente quedas en ridículo, como una persona que no es profesional. Yo tengo una frase que siempre digo: “Hay que ser profesional no nada más para cobrar, también para trabajar.” Es decir, tener puntualidad, conocimiento, lectura, trabajo, preparar lo que vas a hacer, y en esos eventos como el mundial es donde suele ponerse en evidencia la falta de preparación de muchos que se supone que son profesionales y muchas veces nos ponen en evidencia.
En los mundiales de futbol existe un factor de negocio muy grande, que incluso motiva investigaciones periodísticas. ¿Qué implica un fenómeno deportivo, económico, turístico de este tamaño?
La verdad es que los países o ciudades organizadores de copas mundiales o juegos olímpicos siempre pierden, y esto lo vimos en Beijing o en Atenas. Los únicos que ganan son los organizadores de la FIFA, pero como producto es muy atractivo, la gente lo ve, lo sigue, se involucra. Es algo muy atractivo que evidentemente mueve millones porque hay patrocinadores fuertes, los llamados sponsors del mundial, que están en todos lados, les ponen nombre a los productos y evidentemente eso tiene un impacto muy positivo en los medios. Las empresas saben que se va a vender más un periódico, se va a ver más la televisión, la radio va a escucharse más, y en ese sentido es un negocio muy importante para los medios de comunicación cada cuatro años. En México, particularmente, es más negocio la Copa del Mundo que los Juegos Olímpicos. Es el deporte más mediático.
Pero a nivel de negocio es incomparable, esto es una gran industria.
Es una gran industria y es un fenómeno social.
¿En este mundial de Brasil podrá mejorarse el periodismo en los medios masivos o seguirá esta franca decadencia?

Creo que es asunto de cada quien, de cada empresa, de cada persona. En mi caso particular yo espero seguir haciendo el periodismo que hago. Si al narrar un partido de futbol, el que sea, y en el trayecto del hotel al estadio me percato de que hay alguna protesta social, alguna movilización, lo voy a decir al aire. El hecho de narrar futbol no significa que tengas que abstraerte de una realidad, aislarte del mundo, y si en Brasil hay protestas como las que se dieron en la Copa Confederaciones del año pasado, sería muy estúpido, absurdo, el querer ocultarlo. Y si lo haces, seguramente saldrá en otro medio y vas a perder lo más valioso que tiene este oficio del periodista, la credibilidad. Si no tienes credibilidad, no tienes nada. El peor enemigo que puede tener uno es la ignorancia. Si hablas de temas que no conoces, lo más probable es que te vas a exhibir y quedes como un tarado, como un ignorante, como quien da comentarios a la ligera. Mientras la FIFA y el Comité Olímpico Internacional sigan siendo tan voraces y los gobiernos tan sumisos para aceptarlo, habrá crisis y protestas. Qué bueno que México no haga un mundial. Si este es el precio la verdad no, hay prioridades mucho más importantes que ver 52 o 64 partidos de futbol. ♦



Por Sergio Raúl López