![]() |
Leer saca músculo |
El
Conde de Saint Germain nos reseña su visita a la Feria Internacional del Libro
del Palacio de Minería, donde un hormiguero incesante de gente puebla a esta
fiesta de los libros, y nuestro autor se pregunta ¿cuántos de los que forman la
gran masa humana que inunda las calles y el Palacio de Minería habrán leído a
Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Luis Villoro u Octavio Paz?.
Estimado Boss:
Lo dicho, este año está
imparable en el afán de dejarnos sin referentes. No acabo de enviarle una
misiva más para el Performance cuando
fallece otro personaje esencial del siglo XX. Es verdad que don Luis Villoro
tenía una edad avanzada pero mantenía vivo y profundo su pensamiento rebelde,
contestatario. Inexorable pasa el tiempo y va eliminando lo que queda del siglo
XX. Eso pensaba mientras caminaba por las atiborradas calles del centro de la
ciudad de México. “El Distrito Federal es la demasiada gente”, decía Monsiváis.
No obstante la multitud, uno puede deambular cargando la soledad, el desamparo.
Veo los rostros de los
jóvenes que caminan tan rápido como lo permite la música de su iphone, un
ejército de “animadores” que promueven lentes y armazones como quien vende
boletos de reventa (¿en verdad somos una sociedad tan ciega que las ópticas son
un gran negocio?), estatuas vivientes de todo tipo de personajes (Batman,
Minions, Jack Sparrow, Davy Jones y su cara de calamar, Stormtroopers, Pancho
Villa, Chaplin, Cantinflas, Buzz Lightyear), magos, malabaristas, faquires,
bicicleteros hare-krishnas, músicos, oficinistas, turistas, organillero, todo
mundo forma parte de la muchedumbre que sale de las estaciones del metro, del
turibús, de los bicitaxis, de los restaurantes, de las tiendas, de las
cantinas.
Los furibundos
antisocialistas dicen que en los países rojos (los que quedan) para todo hay
que hacer colas. Pero aquí no hay mucha diferencia. Hay colas para entrar a los
mcdonalds, a los burguerkings, a losbisquetsdeobregón, a la mítica cantina La
Ópera, al Salón Corona, al Potzocalli, al Café Tacuba. La sed agobia al
mediodía de un sábado en una ciudad reseca por el calor. Como la paciencia no
es lo mío, no quise hacer cola y pretendí comprarme una cerveza de lata en un
Oxxo. Imposible, colas también. Me conformé con un helado de limón, al menos
tuve que hacer una fila de cuatro personas para llegar al nevero y contar hasta
diez ante la indecisión de una señora que no sabía si pedir su nieve de limón,
de guanábana, combinada, en vaso o barquillo.
Mi objetivo era llegar al
Palacio de Minería para entrar a la feria del libro, la más antigua del país. Y
ni modo, más colas, ahora para entrar al esplendoroso palacio hecho por Manuel
Tolsá. Dos filas se extienden a los lados de la joya arquitectónica. Elegí la
que rodeaba también el Palacio del
Correo Mayor, otra obra maestra de la arquitectura. Conforme fui avanzando –eso
sí, rápido– trataba de ver la famosa escultura conocida como El Caballito, que
está tapada entre andamios y telas para ocultar la vergonzosa “restauración” de
que fue víctima.
Por fin llegué a mi
objetivo. La bienvenida la dan los eternos aerolitos que están a la entrada del
Palacio de Minería y unos enormes pendones de Blue Demon ¡con un libro entre
sus rudas manos! La imagen pertenece a la película Blue Demon vs. el poder satánico, fotografía que fue rescatada del
libro ¡Quiero ver sangre! Historia
ilustrada del cine de luchadores, del performancero Raúl Criollo, José
Xavier Navar y Rafael Aviña.
La Feria Internacional del
Libro del Palacio de Minería es para engentarse. Al menos los fines de semana.
Por los laberínticos pasillos, por las escaleras, en los salones de
presentaciones de libros hay gente, gente y más gente. Un hormiguero incesante
puebla a esta fiesta de los libros dominada por los best sellers y las ediciones universitarias. Aún así, hay muchas
joyitas de la literatura que se pueden encontrar sabiendo buscar y preguntar.
Fernando Macotela, director
de la FILPM, declaró que la asistencia
rebasó las 150 mil personas durante los 13 días del festejo. Parece mucho, pero
si uno toma en cuenta que la ciudad de México y su zona conurbada rebasa los 14
millones de habitantes, el porcentaje de lectores es mínimo. ¿Cuántos de los
que forman la gran masa humana que inunda las calles y el Palacio de Minería
habrán leído a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Luis Villoro u Octavio Paz? No
lo sé, después de más de cuatro horas de revisar stands y sortear
aglomeraciones salí a buscar un lugar idóneo para comer y tomar algo digno de
mi investidura y me perdí en esos laberintos de la soledad del centro de la
capital.
Conde de Saint Germain,
duque de los Jardines de Xalapa y comendador de la Ciudad de los Palacios. ♦
Por Conde de Saint Germain