Mosaico existencial


Publicado porEditorial Graffiti el 12:48


Las chicas del carrer notariat 10 de Karina Eguía es un mosaico de voces que gritan desesperadas por ayuda existencial. Una mexicana, una italiana y una brasileña que se persiguen a sí mismas mientras se justifican de todo lo que han hecho y han fracasado. Quizá, se culpan inclusive de la ignorancia o del tiempo perdido. Pasan los días construyendo un nuevo destino que se diluye en cada intento de vivir sin límites ni fronteras.  Siempre se conjugarán o al menos lo intentan, en dos pasiones: el “teatro” y el “amor”.
Más que el resultado de una “búsqueda”, la obra logra el hallazgo fortuito de una “verdad” en la necesidad de ser intensamente, sin importar el precio de esto. Creo que Karina Eguía, directora y dramaturga de la obra, conecta con su teatro de manera acertada en la mirada del espectador.
Por su parte, Ana Lucía Ramírez Garcés, Paty Estrada y Esther Castro le dan vida a nuestras protagonistas de una forma bastante buena como para que esta obra sea recomendada. Saben adaptarse sin problemas a las condiciones de la obra de una forma muy profesional –bastante ausente en el teatro en estos días–, por cierto. Y proyectan esa energía y pasión con la que hacen con éxito este proyecto.
El elemento que le da un énfasis contextual es la caracterización del lenguaje. Sin duda el pilar que sostiene la dinámica puesta en escena. En sentido armónico me parece que esto es un reto bastante bien logrado en un argumento que tacharía de versátil en alguna de sus partes, y no quiero decir que sea malo, sino que me parece que fluye o va fluyendo con bastante gracia y, de repente, se detiene para convertirse en un circo del teatro shakespeareano como si fuera lo único en lo que debe profundizarse cuando se habla de teatro. Lo pienso como un intento de profundizar o no; o quizá con sentido crítico o no. Y aunque eso fuese una sobreinterpretación, definitivamente sobran algunas escenas que se quedan en el intento de ser.
Además, el diseño de la escenografía solidifica sin duda la obra, la vuelve distinta. Creo que cumple un magnífico papel semiótico que se va desarrollando durante toda la puesta y que no necesita mayor referente para estar aunado a un lugar o a otro.

Evidentemente estamos en un periodo de nuevo teatro, uno que nos hace ver nuestra realidad social. Aquel que se detiene a opinar sobre el teatro actual y sobre la gente que hace teatro. Vemos un teatro que narra el existencialismo del siglo XXI, y la cosmovisión de esta generación del querer ser. Un teatro que lanza un volado para las generaciones próximas que luchan por hacer teatro y las que sólo hacen obras como una moda o por los premios universitarios.




Por Víctor Benítez



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