De cómo el chico del blues se convirtió en el dios del blues


Publicado porEditorial Graffiti el 00:40

B. B. King
La muerte de una figura emblemática nos conmueve hasta la hipérbole, al punto que no pocas veces decimos que si muere un poeta “ha muerto la poesía”; y si es un cineasta, “ha muerto el cine”. Y aunque estas frases revelan un pensamiento vulgar y perezoso, al despedir a B. B. King es imposible no expresar que ha muerto el blues.
Habíamos olvidado que B. B. King lista dentro de los penates, los dioses caseros, más importantes de la música popular, como Elvis Presley, David Bowie, The Beatles, Mick Jagger, Jimmy Hendrix, Kurt Cobain, Ramones, Jim Morrison y otros más, no tantos, pues en este panteón no sólo importa el talento sino también el carisma, la dimensión icónica. B. B. King devendría la encarnación del propio blues, del mismo modo que el jazz tiene su rostro en Louis Armstrong.
¿De dónde procede esta identificación?, ¿es acaso B. B. King el mayor intérprete de blues de la historia?, ¿el más trascendente? Responder afirmativamente sería revelarse como villamelón. No. B. B. King no es el mayor intérprete ni el más trascendente. Entonces, ¿por qué proclamarlo ícono, emblema del blues?
En principio por su papel privilegiado dentro de la historia del blues. King es un eslabón entre la época heroica y la popularización masiva del blues; a un tiempo heredero y conservador de una tradición, y por la otra, el gran maestro no sólo de las siguientes generaciones de bluseros sino también de una inesperada camada: los guitarristas de rock blancos. En el maravilloso documental The life of Riley de Jon Brewer, King reconoce que su estilo mezcla diversas escuelas y estilos. En la guitarra de King, cuya carrera comienza en la década de los cincuenta, reverbera el blues de Chicago –Muddy Waters, Elmore James, Willie Dixon, muchísimos otros–, pero también, por su extracción estrictamente campesina, el entroncamiento directo con los pioneros del género fuera de los campos: Robert Johnson y Blind Lemon Jefferson –una influencia más decisiva que la del luciferino Johnson en King, cuyo estilo es muy diferente–. No sólo eso: King abreva directamente en el manantial del blues. Siendo un niño piscador de algodón escuchó el holler, el canto esclavo de los campos de algodón. “Sí, ahí es donde todo comenzó. Considero que el holler está en todos nosotros”, confió a Ed Vulliamy. King, cultor del boogie woogie, coetáneo del sonido urbano de Chicago, al mismo tiempo es un visionario que cambia la manera de interpretar el blues, más técnica por la variedad de recursos y de ritmos que conoce y comprende. El discípulo de los héroes fundadores y contemporáneo de las grandes figuras del blues urbano se convertirá por derecho propio en una nueva clase de intérprete –que no olvidemos, además de genial guitarrista es un gran cantante–. Y al devenir héroe del blues se convierte en modelo para una nueva generación de bluseros que no sólo ya no proceden del ghetto sino que ni siquiera son muchas veces negros y en el extremo tampoco estadounidenses. B. B. King encarna entonces una tradición y con ello deviene en una nueva tradición y en la figura más reconocible del bluesman.
Para ser un emblema del blues no basta con ser un legatario, un conservador; se requiere encarnar el blues. Y ¿qué es el blues? El sufrimiento, la emoción, la orfandad, la opresión, la humillación, el sentimiento de quiebra y derrota a un tiempo mientras se expone el anhelo. King conoce siendo niño la discriminación. En su natal Itta Bena, Mississippi, linchan y castran a un hombre negro culpable de piropear a una muchacha blanca. No es el único crimen que atestigua: cadáveres de negros ahorcados deslindan los campos como fúnebres corcheas. Infamia: no casualmente su tierra natal es también la del Comité de Ciudadanos Blancos, un órgano del Ku Klux Klan. Acaso por ello en su autobiografía Blues all around me escribió: “Ser cantante de blues es ser doblemente negro”. Y más adelante: “Me he enfrentado a más humillación de la que pueda recordar”. King recuerda los abusos de los policías blancos; los robos y golpes. “Te sientes herido y sucio, menos que una persona”.
Nada importaría el papel de King dentro de la historia del blues, ni su historia de sufrimiento –que surge desde su temprana orfandad, avistada en “Nobody loves me but my mother”, o su carisma si no fuera porque Riley B. King fue un intérprete conmovedor, con un timbre vocal impresionante y una técnica guitarrística que extendió los registros más allá del género. King quería tocar con slide, a la manera de su primo Bukka White, o con ese sonido saltarín a través de acordes que devenían solos que troqueló en sello T Bone Walker, su héroe personal. Fracasó en aprender a tocar de ese modo. A cambio encontró su propio estilo; un estilo inconfundible al punto que es un lugar común decir que basta escuchar una nota para reconocer a King.
I think that the best thing I’ve done is learning to trill in such a way that I create a sound similar to that produced by a person using a bottleneck,” says King. “Trying to get that effect is what started me working on my vibrato, which is kind of like a steady pulse, pushing the string up and letting it go without losing control of it. I try my best to make my left hand trill evenly without any effort. Of course, a great deal of practice is necessary before the hand attains the dexterity required to move smoothly enough to get that vibrato. I want to make it just like my heartbeat, something I don’t have to think about at all.
¿Cuál es la técnica de King? Ante la dificultad de usar su dedo medio para recorrer el cuello de la guitarra sosteniendo notas, el recurso llamado slide, introdujo el vibrato y una compleja red de armonías y escalas cromáticas mediante cuyo círculo es posible componer solos. Se trata del círculo del blues (blues box) compuesto por King, uno de los dos aportes de un músico a la técnica guitarrística –la otra es la escala de Hendrix. Si este es el rango musical en que se desenvuelve King–trasladando esas vecindades cromáticas a todo el diapasón conservando la proporción, su estilo distintivo consta de otros movimientos. Por un lado: pulsar con el dedo anular una cuerda sometiéndola a la vibración, oprimiéndola y soltándola, pero también empujándola hacia arriba, efectuando la distorsión mediante la pura pulsación, sin recurrir a artilugios. Mientras, con otro dedo, pulsa una cuerda que mueve reafirmando, asegurando, añadiendo otra vibración más, todo eso mientras la mano se sacude como si se estuviera quemando, con la elegancia de un duque inglés bebiendo té con todos los dedos levantados excepto el anular. Sí, King era un caballero de la guitarra cuyo mariposeo decidió la manera de tocar no sólo de sus pares –entre ellos, los otros reyes del blues, cuyo apellido es un homenaje a B. B.: Freddy y Albert King– sino también de todo músico heredero del blues, el rock, el hard rock, el heavy metal. Consideramos natural oprimir, levantar o arrastrar las cuerdas más allá de su posición, así como interpretar en sucesión notas armónicas sin menoscabo de la melodía, pero quien lo hizo primero fue King. Y acaso por ello no es gratuito decir que se trata del músico de blues más influyente, no sólo porque actuando como un misionero difundió el blues por el mundo (en el citado documental señala que su deseo es llevar el blues a todo el mundo) sino también nos legó una manera de concebir la guitarra y su técnica al punto que su legado está presente en la mayoría de los guitarristas actuales.
Y hasta aquí la historia de cómo aquel chico del blues, sobrenombre del que proceden las iniciales B. B. (Blues Boy, debido a que siendo pinchadiscos de una radiodifusora local se le conocía como The Beale Street Blues Boy), se convirtió en el gran sacerdote, el gran santo y a final de cuentas en el mismo blues.
Para los interesados en la técnica interpretativa de B. B. King recomiendo “10 things you gotta do to play like B. B. King”, publicado en Guitar Player.

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Por José Homero

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