Sobre los seres que celebran la vida


Publicado porEditorial Graffiti el 16:51


Durante las vacaciones familiares, en la infancia, no solíamos viajar al puerto de Veracruz. El destino regular era Acapulco, que terminó por ser un fastidio debido a la repetición. Empecé a viajar a ese estado cuando trabajé y pude decidir sobre el lugar de mis vacaciones. Lo frecuentaba debido a la cercanía, ya que siempre he vivido en el Distrito Federal. Y también porque siempre hace buen clima, salvo cuando hay situaciones meteorológicas fuera de lo normal. Pero la carretera es generosa y no presenta mayores complicaciones al paseante. Luego viajaba con más frecuencia porque al sur del estado, entre el puerto de Veracruz y Alvarado hay hoteles que aceptan perros. Ya estaba casado con Tania y teníamos a Luca. A fuerza de visitar el puerto y buscar qué hacer, das con el acuario, un sitio magnético. Es uno de los pocos puntos turísticos que ofrecen siempre una sorpresa al curioso. Impacta su sobriedad y, a la par, el funcionamiento de las instalaciones.
Por aquel tiempo me renacía una fiebre por la pintura y por la luz como posibilidad de forma. En la adolescencia quise ser pintor o dibujante. Me admiraba ante los cuadros insólitos de Salvador Dalí y Óscar Domínguez, y con los años descubrí el refinamiento de Lucian Freud y Edward Hooper. Imagino que es un tránsito natural. Hay pintores que son los anfitriones de la historia del arte, y seducen de manera irremediable. Y otros más que esperan silenciosos en los corredores de la galería a ser descubiertos por los entusiastas que exploran más allá de las salas más chispeantes.
Este diálogo con la pintura desembocó en una búsqueda permanente de la forma. Los acuarios se cruzan en esta travesía porque es dable suponer una curaduría de las peceras y estancias en donde nos admiramos ante formas de vida fabulosas. El manejo de la luz determina nuestro entendimiento de estos seres que andan a placer en el limitado espacio de su confinamiento. Debido a su proximidad y al considerársele un entretenimiento infantil, incluso, desacreditamos de antemano la experiencia estética que ofrece una visita al acuario. Pero esto es una ingenuidad. En sus paredes, centradas en ofrecer información clara al visitante, hay opción de idear un juego y armar la disposición de peceras y placas con datos para que esta exploración derive en una aventura del espíritu. Predomina el azul, es cierto, pero desde los contenedores brotan los colores de los peces, camarones y otras formas de vida. Luego, la iluminación del interior transporta al asistente a una catedral en miniatura, en donde los episodios bíblicos y las historias de santos y beatos figuran narradas en espacios apenas distinguibles.
Es una caminata que en esta distinción pausada –porque ha de andarse a paso lento– revela aspectos inusitados de tal o cual animal. Son pinturas vivas que se reordenan de manera constante y su carácter orgánico impide la repetición. Al entrar, el sonido se transforma y queda el eco de burbujas que proveen el oxígeno necesario a los peces. El fluir del malecón y los vendedores de coco queda afuera. Es tiempo de proveer al ánimo de una experiencia singular. Lo he visitado en múltiples ocasiones, y siempre es muy concurrido. Acuden de las escuelas y la algarabía de los pequeños determina lo mismo el paso de la marcha que la posibilidad de detenerse a leer los hábitos alimenticios de la nutria.
Me llega a la memoria una visita en particular porque el lugar estaba solitario. Viajamos en “temporada baja” y apenas había algunos individuos en el puerto, que se queda en pausa sin el flujo turístico. La vendedora de boletos leía una revista del espectáculo, y nos extendió las entradas con un hartazgo tristísimo. Intuyo que dormitaba, y se lo dije bromeando. Increíble que la hilera acordonada para contener al menos a cien personas estaba sola. Entrar fue lo que imaginaba: una experiencia sobrecogedora. Creí descubrir que los animales adoptan otra postura cuando no son observados, incluso tan elementales como camarones o peces muy pequeños.
Unos duermen; otros buscan alimento debajo de alguna roca; otros más mueven las aletas para contrarrestar los efectos de la corriente que genera el suministro de oxígeno. Todos, no obstante, celebraban la vida. Así me lo pareció. Me di tiempo de leer las placas de información. Los extractos de latín me hacían recordar a Tito Livio, que aun sin tenerlo a la mano supuse que no habría una sola línea en los volúmenes de la Historia de Roma que hablase de acuarios. Habrán tenido estanques y peceras, pero jamás acuarios. Porque esto exige tecnología. Me hallaba ante una práctica que podía leerse como un diálogo con la modernidad y su sed de contener la vida para preservarla. Imaginamos que este espectáculo nos insuflará el gusto por cruzar el tramo de tiempo que nos es dado vivir. Otra secuela de la persecución de la inmortalidad.
Pero según haces el recorrido, las formas de vida se vuelven más complejas. El uso de la luz, en cada estanque, subraya aspectos del entorno. Es una iluminación que no genera calidez. Un rayo diseñado con tecnología para emitir la luz ultravioleta que necesita el ecosistema. Y esto crea formas que bailan sin descanso. Es una pintura viva e interminable. Los peces se reorganizan y chocan entre ellos. Dibujan recorridos cuya trayectoria se disuelve aunque engalana las posibilidades que ofrece la acumulación de agua. Van y vienen en una coreografía improvisada que se organiza y deja de hacerlo al minuto siguiente. Luego aparecen los animales mayores. La forma insólita de los tiburones que acaso sean animales inofensivos, por ejemplo, pero cuya fama de carniceros se ha vuelto legendaria. Estos se dejan acariciar por otros peces y abren los ojos con gesto cansino para admirarse de quién lo hace y por qué. Pero el ritmo del agua es un masaje. Duerme todo al instante. Llama al sopor. Es una música del sueño. El visitante queda maravillado y comparte la experiencia sensorial de esta tranquilidad, que es una operación alquímica. Imposible abandonar un lugar semejante siendo idéntico. Se reserva para el final la experiencia superlativa: una pantalla enorme cuyo propósito es darnos una idea de la vida en el océano. Quedan atrás los estanques minúsculos y accedemos al gigantismo. Aquí habitan las especies más grandes. El espectáculo de la convivencia transporta al sigilo. En la estancia reina el silencio, esa música que imaginamos debe escucharse al contar con oídos debajo del océano. Pero esto sólo es posible conquistarlo a partir de la imaginación, porque nuestro universo sensorial es limitado. Apenas se escuchan algunas frecuencias. El reflejo de los cristales es una frontera del ser.
De las ocasiones anteriores en que habíamos visitado el acuario, ninguna resultó tan siniestra como esa. El propio Luca se sentó con nosotros –porque hay unas gradas, a la manera de un show– y preguntaba sobre tal o cual pez. Fueron minutos turbios. El silencio se impuso, al final. Balbuceábamos, entre nosotros, como si pudiesen oírnos y esto les molestara. Y señalábamos aquí y allá. En los estanques el tiempo se congela aunque transcurre eterno. El estallido de colores, efecto de la luz, no deslumbra a los visitantes aunque los estremece. Es una admiración que gravita sobre ti aun cuando ya hayas abandonado el sitio. Adyacente a la experiencia religiosa, aquí los númenes adoptan formas marinas y no le hablan a sus acólitos. Sólo por accidente algún pez se acerca al cristal, y busca la forma que intuye del otro lado. Somos lo “otro” para ellos. La realidad aparente, fantasmagorías de siluetas que se emborronan según otra forma cruza este escenario de la contemplación. Es un teatro que permite la oración y aun la motiva. Algún visitante ocasional interrumpía estas reflexiones. Tomaban fotografías y celebraban no sé qué. Un ir y venir distinto y a la par idéntico al que transcurría dentro de la pecera. Porque nos diferencia la posibilidad que tenemos de idear la noción de la diferencia, y es posible que sea uno de los conceptos más erráticos que se hayan perfilado. Ahí estaban ellos, en ese mutismo milenario que sin pronunciar palabra, expresa.
Los Peces rojos, óleo de 1911, no es una de las obras de Matisse que se recuerde con especial atención. Y aun con todo volvió a reproducirlos en Interior con peces y en muchos esbozos más. Esto en 1914. Quizá habría llamado su atención el contraste de los peces rojos en interiores con decoración austera. Percibió el diálogo, y deseó confesarlo. Le dije a Tania que el pintor francés hubiera sido feliz de haber admirado aquel espectáculo, aunque no le dije los cuadros que recordaba. Eso motivaría darle más detalles e interrumpir el silencio sobrecogedor de la estancia. Pero a él le preocuparon los peces rojos. Y ahí estaban ellos, frente a nosotros, en su danza interminable. Flâneurs líquidos: vagabundos de la monotonía.
Al salir nos recibió un golpe de luz. Habíamos estado en las entrañas plácidas de un océano imaginario. La soledad del acuario se reprodujo en la calle. En tanto manejaba con dirección al centro, para cenar mariscos y fumar un puro de producción local, le dije a Tania que en el futuro visitaríamos el acuario de la ciudad a la que fuésemos. Se declaró conforme sin saber qué le decía pues lidiaba con Luca para abrocharle el cinturón de seguridad, y él hablaba de las nutrias. Luego se enteraría de lo que prometió. No recuerdo haber probado un mejor ceviche de pescado.





Por Luis Bugarini

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