Música inmortal


Publicado porEditorial Graffiti el 18:12


Detroit.. desierto, tierra yerma,
flor que alcanzó su esplendor
y decae lentamente.
Adam es un romántico, su transformación en vampiro quizá se remonta al siglo XV y arrastra su alma entre notas de una música anónima, testigo de los avances de la revolución musical de cinco siglos: acumula instrumentos, amplificadores, grabadoras de carrete abierto, viejos tornamesas y discos. Compone música luctuosa dedicada a los zombis que deambulan por el mundo ajenos y temerosos de su propia imaginación. Sus alrededores son los barrios abandonados del Detroit del siglo XXI, muy cerca de la casa donde creciera Jack White.
Eve es más antigua, sobreviviente de la Edad Media, la Inquisición y la peste. Conserva sin embargo una perspectiva optimista de la vida, dedicada a los placeres del amor, la amistad, la naturaleza –que aún la maravilla–, la música del mundo y el baile. Posee un instinto para saber la edad de los objetos y vive en Tánger, en medio del mundo marroquí al lado del mismísimo Kit Marlowe, vampiro-celebridad, autor de la obra Doctor Fausto, quizá de Hamlet y quién sabe de cuantos sonetos y frases, piezas de un rompecabezas virtuoso de colaboraciones, del que los personajes son consecuencia e inspiración.
Un mundo de erudición, héroes terrenales, creadores y científicos, sangre embotellada, poesía, la música del trío SQÜRL (agrupación donde rockea el mismo Jarmusch), los acordes funerarios y arabescos de Jozef Van Wissem, la voz de Yasmine Hamdan o Wanda Jackson, el blues recalcitrante de Charlie Feathers, acompasados por acordes de Paganini y su Capricho núm. 5. Música quirúrgicamente escogida y que nos transporta en viaje sangriento. Only lovers let alive, viaje ácido del amor/odio de dos vampiros ancestrales contra el mundo que los cobija, pero es el amor lo que finalmente los reúne y los aferra a su contexto.
Escena: Tom Hiddleston –Adam–, una mezcla de Niccola Paganini y Syd Barret, eternizado en su belleza y necedad, en su constante fascinación por el suicidio y la depresión, encarga a su zombi-secretario-proveedor-de-instrumentos –Anton Yelchin– una bala confeccionada de calibre 38, con la punta de madera, pues, como sugiere el mito, sólo la madera detiene el corazón de un no muerto. Adam es un amante de la imaginación de los hombres, un virtuoso que ha regalado su arte a los mortales de diversas épocas para encontrar el eco que espera y que –resulta notable–, no ha experimentado jamás. Su pesimismo se reconforta con la luz de Eve, la mujer de su eternidad, quien lo hace ver que en su amor ha encontrado la respuesta.
Jarmusch escribe, interpreta y juega con una versión de la inmortalidad sin demasiados aspavientos del género, sin entrar en una espiral de terror o querer domesticar la leyenda. Por el contrario hay algo en estos vampiros que roza la comedia, sutil; en medio de sendos viajes en auto, por el desierto Detroit y unos diálogos que, más bien, asoman intenciones no literales, chistes privados y, parecen un complejo juego de ajedrez entre los que dialogan. Como en el intercambio casi cínico entre el personaje de Jeffrey Wright (Doctor Watson), un médico que suplementa con sangre vital sin contaminar del hospital local y Adam, jugando con los nombres de las credenciales de ambos, así surge la referencia al Doctor Caligari, Fausto y al colega de Sherlock Holmes.
Sin estratagemas estructurales, casi sin violencia o con un planteamiento muy atenuado de la naturaleza vampírica, la cinta transcurre como pasarían 10 años desde las perspectivas de Adam y Eve, hasta que la armonía es fracturada como en un mal sueño por la hermana de Eve: Ava –Mia Wasilowska–, un vampíro primitivo y con un ansia sin remedio, sin control, el toque dionisiaco necesario para catapultar a los amantes en un viaje sin retorno al confín de su existencia y sus creencias.
Only Lovers Left Alive fue filmada en aspect ratio de 1.85: 1 y con tecnología digital, gracias a la cámara Arri Alexa Plus y el uso de óptica Cooke S4, lo que permite cierto brillo atenuado en las luces altas de la película, fotografiada con planos largos y de manera subjetiva pero casi como un fantasmagórico testigo por el francés Yorick le Saux. En el arranque de la película inunda el cuadro un manto estelar y, al sonido del scratch de un disco de 78 rpm, comienza a girar y nos revela a los amantes en perfecta composición desde un plano cenital, girando como discos en tornamesas y con un montaje reflexivo, pausado, sublime, creado por el brasileño Affonso Gonçalves.
—DOCTOR WATSON: A propósito, ese estetoscopio que llevas colgado es, para cualquier propósito  práctico, una antigüedad, de los setenta, (ríe) o de los sesenta tal vez.
—DOCTOR FAUSTO (ADAM): ¿Ah, sí? (mientras abandona el laboratorio)
¿Acaso esto es el fin? Ya solo queda que el lector busque con ansia vampírica una copia de la cinta, y la asimile a su sistema sanguíneo como una jeringa de buena música y heroína.





Por Oscar García

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