Los demonios, los fantasmas y los conjuros de Gabriel García Márquez


Publicado porEditorial Graffiti el 18:07


Gabriel García Márquez se reencuentra con Vasco Szinetar
 Macondo y buena parte del mundo se cubrieron de luto con la muerte del creador de Cien años de soledad el pasado 17 de abril. Luego llovió, tembló y miles de mariposas amarillas revolotearon junto con millones de lectores que lloraron y cantaron al Nobel colombiano. Ahora, cuando marcha hacia su eternidad literaria, el tiempo comienza a cambiar y escampa y se extiende un silencio, una tranquilidad, un estado tan perfecto como debe ser la muerte.
Si la negrita se hincó ante el mexicano en Aracataca no fue para pedirle perdón sino para seguirle prodigando placer porque cada uno supo, desde que se conocieron en Cartagena de Indias, que si viajaban hacia la cuna de Gabriel de García Márquez el deseo marcaría aún más cada paso y cada mirada.
Fue así como los primeros poderosos hechizos, aquellas rotundas caderas henchidas de noche y ese oleaje sin calma que tiene por cabellera cedieron paso al cielo que brindaba una boca bembona que cuando no sonreía asestaba furtivos besos levantamuertos, como ahora que ella hurga entre sus ropas con sed y con descaro porque se hallaban solos en una de las viejas piezas donde crecieron los ancestros del Nobel colombiano y donde éste nació el 6 de marzo de 1928 y le pusieron por nombre Gabriel José.
Aunque no es la casa original, que fue vendida por la familia el 18 de febrero de 1950, y las flores del jardín como los almendros de la puerta de entrada, las paredes de bahareque y los techos de paja desaparecieron ante el hambre de las hormigas, el polvo y el olvido cubren con su silencioso manto estas piezas dominadas también por la sombra, ese reino donde moran todos los muertos. Y fueron esos viejos fantasmas los que se escandalizaron con la negra fogosa y arremetieron contra la grabadora que llevaba el mexicano y la azotaron contra el suelo para que ya pusieran fin a su insolencia.
—¡Artista! –se asustó la descendiente de jamaiquinos, a la que el mexicano llamaba con creciente cariño Negrita cucurumbé–, ya se destripó tu aparato.
Cerca de las rodillas de ella, entre la polvareda, yace roto el equipo que atrapa sonidos y guarda declaraciones. La vaina con sangre henchida quedó azorada ante la sorpresa del desastre y, como él no se puede agachar, le pide a su negrita que recoja las piezas y ella, en cuatro puntos, corazón de carne al aire, va reuniendo los trozos de la nueva ruina.
Quién habrá dado aquel zarpazo. ¿La tía Petra, que murió en su cuarto y que al parecer recorre sus cuatro esquinas como alma en pena todo el día? ¿O acaso fue el tío Lázaro, que se cruzaba con los vivos cuando caía la noche? ¿O la tía Winifreda, llamada también Nana, y que era la más alegre y simpática de la tribu? ¿O Francisca Simodosea, la tía Mama, la generala de la tribu, que murió virgen a los 79 años? ¿O Doña Tranquilina, la abuela fabuladora? ¿O Don Nicolás, el paciente abuelo que inspirará El coronel no tiene quien le escriba? Porque como le dice Gabriel García Márquez al crítico literario Luis Harss en el libro Los nuestros, cada rincón donde estuvo la casa donde se gestó el universo mágico de Cien años de soledad, tenía muertos y memorias y, después de las seis de la tarde, la casa entera era intransitable porque era un mundo prodigioso de terror donde había conversaciones en clave.
Ahora lo que hay es una grabadora rota que Rafael Darío Jiménez promete reparar. El director de la casa museo tiene sonrisa de cantante y está acostumbrado a los extraños sucesos que ocurren en la morada que fue declarada Monumento Nacional, según el decreto número 00480 del 13 de marzo de 1996. Para tranquilizar al mexicano con su negrita los invita a que recorran el pueblo, mapa en mano, para que sus ojos conozcan los sitios que inspiraron al escritor y que han sido incluidos en sus libros.
Van a la casa del telegrafista por el camino de los tramposos. Se pierden unas calles buscando la Biblioteca Remedios La Bella y se horrorizan ante la fea escultura que se erigió en su honor y que es todo menos bella. Se besan y se abrazan en la estación del ferrocarril. Toman un descanso en la Placita de los Perros donde el abuelo Nicolás llevaba a Gabito para contarle sus andanzas militares. Y se ríen al encontrar las piedras como huevos prehistóricos un día de 2006 y que será siempre un día nuevo y distinto cada vez que un lector lea Cien años de soledad.
El calor que no cede, el deseo que tampoco cede, los lleva a buscar a Rafael Darío Jiménez, quien, mago de la electrónica, ya reparó la grabadora y sonríe rotundo por su victoria ante los fantasmas.
Así como los musulmanes marchan hacia La Meca alguna vez en su vida, así muchos lectores de García Márquez vienen hasta Aracataca, un pueblito bananero que está a 690 kilómetros al norte de Bogotá, Colombia, y donde viven 51 mil 975 habitantes. Para llegar hasta allá se viaja una hora y media desde Santa Marta por la carretera que va a Bucaramanga y Bogotá. A mano izquierda está la Sierra Nevada de Santa Marta. A la derecha, una planicie que parece no tener fin. Luego de pasar por el Córdoba, el Sevilla, el Tucurinca y otros ríos de aguas heladas que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta hasta la Ciénaga Grande, aparece la entrada de Aracataca.
Aquí el escritor pasó los primeros ocho años de vida con sus abuelos maternos y ellos se convirtieron en sus influencias literarias más sólidas. Aquí leyó Las mil y una noches a los nueve años de edad. Aquí presenció el auge y posterior decadencia de la riqueza que producía la explotación del banano y supo de mujeres de perdición que desnudas bailaban la cumbia y que, por ellas, hacían encender en los candelabros, en vez de velas, billetes de cien pesos.
Fue en Aracataca, con tantas historias que escuchó de sus abuelos, donde García Márquez supo, como le explica a Harss en Los nuestros, que “lo que da valor literario es el misterio”. Por eso este autor trabaja siempre dejando una “cuerda floja” –una sugerencia enigmática, la rápida visión de algo fugitivo, indescifrable como un sueño que se pierde al despertar– en la que vibra esa “magia que hay en los actos cotidianos”.
Escribir es un asesinato simbólico de la realidad
Antes de que Mario Vargas Llosa le asestara un puñetazo a Gabriel García Márquez eran amigos, tan amigos que el narrador peruano escribió un libro donde ahonda en la génesis de Cien años de soledad.
El 31 de agosto de 2006, el mismo día que iría con Dulce Colín Colín a visitar al arquitecto tapatío Fernando González Gortázar, a la vera de Tlalpan cerca del Viaducto, en una pila de libros viejos, encontré García Márquez. Historia de un deicidio en la edición de Monte Ávila Editores de 1971. Se hallaban ahí, olvidadas, las 667 páginas que Vargas Llosa les dedicó a Cristina y José Emilio Pacheco. Con pocas huellas de maltrato en la cubierta de Julio Vivas, con varios pescaditos de oro flotando, el libro estaba intacto y virgen sin anotaciones en cada una de sus páginas.
Se trata de un gran ensayo literario y una gran prueba de amistad y admiración. Una de sus líneas lo prueba: “Entre todos los rasgos de su personalidad hay uno, sobre todo, que me fascina”, afirma Mario Vargas Llosa sobre su todavía amigo: “el carácter obsesivamente anecdótico con que esta personalidad se manifiesta. Todo en él se traduce en historias, en episodios que recuerda o inventa con una facilidad impresionante. Opiniones políticas o literarias, juicios sobre personas, cosas o países, proyectos y ambiciones: todo se hace anécdota, se expresa a través de anécdotas. Su inteligencia, su cultura, su sensibilidad tienen un curiosísimo sello específico y concreto, hacen gala de anti-intelectualismo, son rabiosamente antiabstractas. Al contacto con esta personalidad, la vida se transforma en una cascada de anécdotas”.
García Márquez. Historia de un deicidio, que apenas Vargas Llosa ha incorporado a sus obras completas en Galaxia Gutemberg, fue un libro olvidado intencionalmente por su autor. Cuenta con un excelente perfil biográfico de García Márquez, un análisis de los demonios que formaron el talento literario del colombiano y dos apartados, magníficos, donde disecciona los cuentos y su novela cumbre.
Es también un manifiesto artístico: porque escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad, sostiene Vargas Llosa. Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Éste es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida, cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad.
Aclara que un escritor no elige sus temas, los temas lo eligen a él. García Márquez no decidió, mediante un movimiento libre de su conciencia, escribir ficciones a partir de sus recuerdos de Aracataca. Ocurrió lo contrario: sus experiencias de Aracataca lo eligieron a él como escritor. “Un hombre no elige sus ‘demonios’: le ocurren ciertas cosas, algunas lo hieren tanto que lo llevan, locamente, a negar la realidad y a querer reemplazarla”, escribe Vargas Llosa.
Así explica el peruano su categoría de análisis y sus divisiones: “Los ‘demonios’: hechos, personas, sueños, mitos, cuya presencia o cuya ausencia, cuya vida o cuya muerte lo enemistaron con la realidad, se grabaron con fuego en su memoria y atormentaron su espíritu, se convirtieron en los materiales de su empresa de reedificación de la realidad, y a los que tratará simultáneamente de recuperar y exorcizar, con las palabras y la fantasía, en el ejercicio de esa vocación que nació y se nutre de ellos, en esas ficciones en las que ellos, disfrazados o idénticos, omnipresentes o secretos, aparecen y reaparecen una y otra vez, convertidos en ‘temas’”.
Esos demonios son de carácter personal, histórico o cultural, y, página tras página, el autor de La casa verde los va describiendo y ejemplificando en la vida y la obra de García Márquez. La decisiva influencia de los abuelos maternos determinan sus demonios personales, mientras el auge económico y el posterior declive que vivió Aracataca –con “la fiebre del banano” y ese período conocido como “La violencia” que ocasionó 300 mil muertes en 10 años– son los demonios históricos que marcaron su obra.
Demonios culturales
Cuando Vargas Llosa revela cuáles fueron las lecturas provechosas que forjaron el estilo literario García Márquez se adentra en uno de los momentos más fascinantes en la vida del colombiano. Uno a uno nos presenta sus demonios culturales, cuándo empezó a leer ciertos libros o ciertos autores, qué edad tenía y cuáles son los rastros de esas influencias en su obra.
En las ficciones del estadounidense William Faulkner vio aparecer un mundo anacrónico y claustral, como el de su propia región, sobre el que gravitan obsesivamente las proezas y los estragos de una guerra civil, habitado por los derrotados, y que se desmorona y agoniza con la memoria fija en los esplendores de una opulencia ya extinta; vio aparecer un mundo dominado por el fanatismo religioso, por la violencia física y por la corrupción moral, social y política, un mundo rural y provinciano, de pequeñas localidades ruinosas separadas por vastas plantaciones que antes fueron el símbolo de su bonanza y ahora lo son de su atraso y –no es difícil imaginar con qué perplejidad, con qué alegría– vio encarnados en palabras sus demonios de infancia, vio traspuestos en ficciones los mitos, los fantasmas y la historia de Aracataca.
Use oraciones breves. Escriba párrafos cortos. Use un inglés vigoroso sin olvidarse de la suavidad. Sea positivo, no negativo. Tales eran las célebres instrucciones del diario Kansas City Star a sus redactores y que el estadounidense Ernest Hemingway llevó más allá de su oficio periodístico y convirtió en estilo literario. Esas reglas las ocupó García Márquez como periodista y como escritor. Incluso añade: “Hemingway sólo contó lo visto por sus propios ojos, lo gozado y padecido por su experiencia, que era al fin y al cabo lo único en lo que podía creer”. Su ideal literario es el de la máxima sencillez y sobriedad.
La hojarasca tiene más de un vínculo con las tragedias del clásico griego Sófocles. Vargas Llosa enumera cinco paralelismos: 1. Formulación de una promesa, cuyo cumplimiento tendrá consecuencias dramáticas o fatales. 2. La condenación. 3. Actitudes de los personajes. 4. El “motivo” del entierro del cadáver con sus pertenencias. 5. La forma del suicidio.
Las novelas de la segunda etapa como escritora de la inglesa Virginia Woolf –Mrs. Dalloway, Al faro, Las olas y Orlando–, destinadas a la ambiciosa captura y expresión de “el momento” (ese instante vertiginoso y privilegiado que da sentido y orden a un destino humano, ese inasible estado veloz que es explicación y fuente de la vida) son las que más influyen en García Márquez, porque le ayudan a confirmar la existencia de dimensiones paralelas a la realidad y que cualquier relato, lejos de estar sometido a la servidumbre de la cronología, es un tiempo totalmente libre porque es el tiempo de la fábula.
En 1952, cuando estaba exiliado en Argentina, el escritor colombiano Jorge Zalamea publicó El gran Burundún Burundá ha muerto, poema en prosa o relato poético cuyas conexiones con Los funerales de la Mamá Grande son abundantes y justifican la comparación. Ambas ficciones responden a un proyecto idéntico: narrar en forma de crónica barroca, hiperbólica y peyorativa, los funerales de un caudillo todopoderoso. En Zalamea el caudillo es un patriarca, Burundún Burundá, y en García Márquez, una matriarca, la Mamá Grande: ambos son los amos fantoches de un mundo fantoche, aunque en Zalamea está más acentuada la nota esperpéntica.
De niño el futuro escritor escucha con sus otros amiguitos los cuentos de un fabricante de camas donde el protagonista siempre era su falo o tenían que ver con él. Estas falofabulaciones son la primera gran influencia rabelesiana de García Márquez, mucho antes de que leyera Gargantúa y Pantagruel, libro del francés Francois Rabelais que lo influiría también en la concepción de la exuberancia fálica de los Buendía. Luego, cansado de que los críticos le recordaran esa “influencia” como una acusación, afirmó: “Yo creo que la influencia de Rabelais no está en lo que escribo yo sino en la realidad latinoamericana, la realidad latinoamericana es totalmente rabelesiana”.
Si la realidad es movimiento, una sucesión vertiginosa de aventuras, las novelas de caballería son la mejor prueba de ello. García Márquez le explica a su amigo peruano su fascinación por ellas: “Uno de mis libros favoritos, que sigo leyendo y al que tengo una inmensa admiración, es el Amadís de Gaula… Como tú recuerdas, en la novela de caballería, como decíamos alguna vez, al caballero le cortan la cabeza tantas veces como sea necesario para el relato. En el capítulo III hay un gran combate y necesitan que al caballero le corten la cabeza, y se la cortan, y en el capítulo IV aparece el caballero con su cabeza, y si se necesita, en otro combate se la vuelven a cortar. Toda esta libertad narrativa desapareció con la novela de caballería, donde se encontraban cosas tan extraordinarias como las que encontramos ahora en la América Latina todos los días”.
Algunos críticos han señalado, como prueba de filiación entre Cien años de soledad y Las mil y una noches, el “exotismo”. La referencia a razas, credos, geografías y naciones diversas, una constante en Cien años de soledad, sería una resonancia de esos cuentos que se ramifican por el mundo árabe, el cristiano, el japonés y el chino, pero en la costa atlántica colombiana la “fiebre del banano” atrajo a seres de las procedencias más diversas; y que en Macondo convivan gitanos, sirios, indios, europeos, norteamericanos y haya alusiones a realidades “exóticas” procede, evidentemente, de una experiencia vivida por el propio García Márquez y no nada más de lecturas.
El narrador cubano Reinaldo Arenas ha advertido muy bien en su ensayo llamado “En la ciudad de los espejismos” la presencia de un demonio argentino: “La presencia de (Jorge Luis) Borges es evidente en algunos giros verbales, que son exclusivos del gran poeta argentino: ‘Se extravió por desfiladeros de niebla, por tiempos reservados al olvido, por laberintos de desilusión. Atravesó un páramo amarillo donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios.” También algunas imágenes oníricas son indiscutiblemente borgianas: ‘Soñó que estaba en una casa vacía, de paredes blancas, y que lo inquietaba la pesadumbre de ser el primer ser humano que entraba en ella. En el sueño recordó que había soñado lo mismo la noche anterior y en muchas noches de los últimos años, y supo que la imagen se había borrado de su memoria al despertar, porque aquel sueño recurrente tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del mismo sueño”.
En las páginas de Diario del año de la peste del inglés Daniel Defoe los lectores pudieron experimentar premonitoriamente la macabra vida que sería la de Londres bajo el imperio absoluto de la “Black Death”. El éxito enorme del libro se debió, en parte, a que objetivaba un “demonio histórico” que estaba en la memoria colectiva –la peste de 1665– y un demonio que latía en el temor de las gentes –la peste actual, en el continente–, y por otra, a su apariencia de reportaje periodístico, de documento, de testimonio de hechos ocurridos, que daba al indescriptible horror de su materia una inmediatez cotidiana, una espeluznante verosimilitud. Montado como una crónica –Defoe ha sido llamado “el padre del periodismo moderno”– el libro describe con meticuloso detallismo una calamidad “histórica” de contornos bíblicos, un cataclismo que como castigo divino o hazaña demoniaca, se abate sobre una comunidad, la corrompe física y moralmente y la destruye. A la peste se le considera una encarnación del mal, del pecado de Satán. Y, también, es un símbolo de la impotencia de los individuos, de la fatalidad de sus destinos: los sufren. Su “historia” es la historia del heroísmo o la cobardía, de la serenidad o la locura con que individuos y colectividades se enfrentan a acontecimientos inevitables que “caen” sobre ellos, como pestes.
La peste del francés Albert Camus, ese libro que a García Márquez le hubiera gustado escribir, tiene algunos ecos en La mala hora al mostrar la peste como un símbolo de la completa destrucción de los valores establecidos en un país, en este caso Colombia, crónicamente al borde del colapso. Defoe escribe el apocalipsis, Camus lo sugiere; uno lo muestra, el otro lo hace adivinar.
Así, esta danza demoniaca, detallada por Vargas Llosa, ayuda a entender mejor a García Márquez y confirmar aquellas palabras de Borges que dicen: “Cada escritor crea sus precursores”.
La luz de Raúl Vicenteño
Gabriel García Márquez tenía 87 años cuando expiró su último aliento lejos de Aracataca, en su casa de la calle Fuego 144, al sur de la ciudad de México, rodeado de los suyos. Murió el pasado 17 de abril, el mismo día en que murió la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz en el año de 1695. Era un jueves santo y una serie de sucesos atípicos marcaron su partida:
Una inquietante luna roja se desplazó por el cielo tan solo en una noche.
Una granizada, también en una sola noche, colapsó el camino que une Ciudad de México con Toluca.
Un temblor hizo sudar hielo a miles con sus 7.2 grados en escala ritcher.
Tras unas exequias íntimas en su hogar mexicano fue despedido el 21 de abril en el Palacio de Bellas Artes por miles de lectores y los presidentes de México y Colombia: Enrique Peña Nieto y Juan Manuel Santos Calderón.
Sus cenizas reposaban en un cubo de caoba y su esposa Mercedes y sus hijos Rodrigo y Gonzalo cumplen con sus últimos deseos: hay once ramos de flores distribuidos en este velatorio. Dos en el primer piso y así, en pares, hay otros dos a media escalera, dos coronas a las puertas de los tlálocs, dos en las escaleras de acceso, hasta llegar al arreglo que, como anillo, circunda el pedestal donde está la urna. Sobre ella hay once rosas que giran en espiral hacia el cielo.
“Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”, solía decir García Márquez, célebre tanto por sus libros como por sus conjuros. “Para estar seguro necesito tener flores amarillas, de preferencia rosas amarillas, o estar rodeado de mujeres”.
Por eso este hasta siempre es tan ambarino porque el amarillo era el color preferido de Gabriel García Márquez, pero no cualquier tono. No. El amarillo de los atardeceres en Jamaica era el que más gustaba. Y amarillo era el tren que veía pasar en Aracataca junto con su abuelo Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Amarillas fueron las hojas del manuscrito de El coronel no tiene quien le escriba. Amarillas son las 380 mil mariposas amarillas de papel de china que fueron traídas desde Colombia, desde ese restaurante llamado “Andrés, carne de res” donde, entre cacharros que penden del techo y sobre jugosos asados, revolotean estas mariposas cuando se quiere convocar el espíritu del escritor.
Adentro y afuera de Bellas Artes revolotean esas mariposas entre los acordes de la música que Gabo escuchaba cuando escribía y que quiso, como último deseo, compartir en su funeral. En broma decía que había tres músicos que se escribían con B: Bach, Beethoven y Bozart, y por eso los tres etéreos anegan el ambiente junto con las danzas rumanas y las rapsodias de Bartok, el coro Vapensiero de la Ópera Nabucco de Verdi y otras piezas de Schubert, Brahms y Mendelsson completan la selección de música clásica.
De pronto, el acordeón, la caja y la guaracharca del grupo de vallenato Guatapurí rompen la solemnidad y la tristeza del evento. Brillan las sonrisas y los ojos. Hay caderitas y hombros que se menean. Se escucha los versos homenaje: “Es Gabriel García Márquez/ pero le decíamos Gabo/ Es de todos el más grande/ personaje colombiano”
Y también se escucha el vallenato “Una casa en el aire” de Rafael Escalona, gran amigo del escritor y que falleció en 2009, que arranca diciendo:

Voy hacerte una casa en el aire
solamente pa´que vivas tú.
después le pongo un letrero bien grande
con nubes blancas que diga “Andaluz”
Y remata complaciente:
Voy hacerte una casa en el aire
solamente pa´que vivas tú.
es que voy hacerla en el aire
pa´que no la moleste nadie.
Igual le ocurría al escritor cuando escribía y pedía que nadie lo molestara. Así lo atestigua Raúl Vicenteño, el electricista de setenta años que niveló en un solo día la corriente eléctrica en la casa del Gabo después de recibir el Nobel. Desde Michoacán, el padre de María Teresa, David, Diego y Nuria Iris, explica que con una renivelación de corriente se evitó que cada vez que se prendía una licuadora se fuera la luz y el escritor dejara de escribir El amor en los tiempos del cólera en La cueva de la mafia.
Vicenteño quitó los falsos contactos y los switches viejos. Estabilizó el voltaje y concentró todo en un centro de carga. Y así jamás volvieron a tener algún problema y para lo único que lo llamaban después era para cambiar foquitos.
Dos frases animan los días de Vicenteño: “Toda la suerte es tener suerte” y “La corriente es tan noble que hasta se puede jugar con ella”. Lo dice este electricista desde los doce años nacido en Zumpango que conoció a García Márquez que siempre aparecía a la misma hora para comer, que siempre estaba serio y ensimismado, que se quejaba y sufría con su mujer cada vez que se iba la luz porque se le echaba a perder todo lo que llevaba trabajando.
Claro. En aquellos días se alteraba la corriente nada más se encendía una bomba de agua, un calentador, una lavadora o una secadora hasta que llegó el hombre que sabe que la luz es como el agua y pone en su correcto nivel el torrente de energía.
Así fue como el escritor regresó, feliz y relajado, a su escritorio llamado La Cueva de la Mafia en honor de sus amigos barranquilleros, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas y el sabio catalán Ramón Vinyes, y se calzaba un overol de mecánico por comodidad y porque, cuando no encontraba las soluciones  a sus tramas, se levantaba a pensar y a desarmar y armar con un desentornillador las cerraduras y las conexiones eléctricas de la casa. Y si no hallaba allí la claridad buscada también se ponía a pintar las puertas de colores alegres como esos que hay en Macondo.

Frases:
“Gabriel García Márquez procede de los márgenes, se construyó a sí mismo a partir de su enorme talento. Él tenía la derrota como destino, pero se zafó y se reinventó”.
Alberto Salcedo Ramos, cronista colombiano
“Descubrí, leyéndole, que los sentimientos pueden ser repentinos, las pasiones devastadoras, las mujeres infinitas; que los olores no son enemigos, las ilusiones no son errores, y el tiempo, si existe, no es lineal: son todas cosas que no me habían dado como dotación cuando me enviaron a vivir”.
Alessandro Baricco, novelista italiano.
“Gabo, ese optimista irremediable, supersticioso, que detesta el oro porque le recuerda la mierda…”
Patricia Lara Salive, periodista y escritora colombiana.
"Tengo ideas políticas firmes pero mis ideas literarias cambian con mi digestión"
Gabriel García Márquez

 Por Arturo Mendoza Mociño


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