Una novela de tráfico


Publicado porEditorial Graffiti el 21:34



Juárez y es, de acuerdo a Josué Sánchez, “la suave parálisis de una narrativa para los que se complacen en la contemplación del mundo a distancia”
Juárez Whiskey (Almadía, 2013), tercera novela de César Silva Márquez (Ciudad Juárez, Chih., 1974) es un paseo por los corredores de la memoria de un bebedor de escocés. Un dolor de muela es la piedra de toque para la construcción de la arquitectura del sopor, el monólogo del huraño y la postal melancólica de la ciudad. Su apuesta es el ejercicio de la abulia instalada en Carlos, su protagonista, y el resultado es la suave parálisis de una narrativa para los que se complacen en la contemplación del mundo a distancia. 
Aquí, los personajes, entre matrimonios que no se consuman, hijos que no nacen y conversaciones que no terminan, se instalan en el discurso de Carlos a manera de piezas de algo más grande. Por eso los capítulos aparecen diseñados como prótesis de la memoria cuyo material, un lenguaje sobrio caro a una apuesta minimalista, rehabilita la exploración de la desidia. Así, un par de pantuflas que descansan bajo un sofá y que son propiedad de una exprometida, una sesión de fisting malograda, la imposibilidad y pereza para detener las amenazas de una mujer histérica y un dolor de muelas que se apaga y enciende de la misma dolorosa manera en que la memoria del narrador divaga hacen de Juárez Whiskey un relato elegíaco de lo cotidiano, un inventario de lo marchito. 
César Silva vuelve la mirada sobre lo que en Los cuervos (Tierra Adentro, 2006) y Una isla sin mar (Mondadori, 2009) ha tratado como su música de fondo: Ciudad Juárez. A diferencia de las dos novelas anteriores, esta vez el análisis del espacio y su transformación devienen en una retórica de la nostalgia. Su recurso es la enunciación de los nombres que cambian, el signo fantasma que gravita sobre letreros de establecimientos y calles. A partir de aquí, el símil de la ciudad, en vez de fundarse sobre la metáfora del Paraíso Perdido, nace de la muela cariada del narrador: “Yo y mi ciudad y mis edificios derrumbados en forma de muela dolida. Mi propia zona cero. (…) Nos han sitiado. Mis dientes dolidos significan humo, balazos y derrumbes; cuadros surrealistas, leones rugiendo, langostas enormes comiéndose el horizonte y mujeres transformándose en piedra; todas mis rocas en medio del desierto como un juego de canicas inalcanzable, pintado por Salvador Dalí.”
En esta novela la rúbrica estilística sigue la línea de un lirismo en deuda con John Fante y Charles Bukowski; el primero, celebraba la nostalgia de la muerte del padre con garrafas de vino, el segundo, concilió euforia y depresión con innumerables boilermakers. De esa mezcla de Eros y Tanatos, César Silva reinterpreta un lirismo amartillado de actitud estoica con un temperamento que recuerda a aquellos narradores norteamericanos: “Uno planea y escribe sus propósitos y en el mismo incendio del tiempo se achicharran y se vuelven cenizas, mosquitos de ceniza subiendo en un remolino hasta perderse. Algunos tienen la mejor suerte del mundo. Otros nos conformamos con un vaso de whisky. Un puñetazo de alcohol en la sangre.” Además, que no se extrañe el lector que encuentre la libertad de una prosa que en algún momento tiende a la analogía entre los pollos rostizados y la mecánica automovilística, que narra la influencia de Javier Solís en la música de Janis Joplin, que recupera un capítulo de la vida de Mickey Rourke y que aún tiene energía para digerir más y más de la cultura pop.
Imposible no identificar a Juárez Whiskey como una muestra de la narrativa de frontera: tanto la cultura de México como la de Estados Unidos aparecen en esta novela a modo de escenario liminal. Por aquí está La Panamericana y el español y, al mismo tiempo, la organización de El Paso y las trabas para cruzar el Puente Internacional a raíz del 9/11. En consecuencia, los personajes viven arraigados en una ciudad fronteriza que comprende cantinas, comida, música y el umbral de dos lenguas que les da su identidad.
Hay una parte de la novela donde Carlos narra cómo su amigo José Juan Aboytia lo trata de iniciar en el bourbon y le ofrece un trago del mítico Juárez Whiskey. Después de dar un sorbo, Carlos dice, simplemente, que prefiere el escocés. Es difícil, pienso, no degustar ese bourbon que no producen desde que terminó la prohibición en Estados Unidos, un auténtico producto de culto; lo mismo para Juárez Whiskey, una novela que, por su singularidad, por los grados de alcohol que destila cada página y por el agradable mareo que produce su lectura, parece objeto de tráfico en el panorama de la literatura mexicana contemporánea.

César Silva, Juárez Whiskey, Almadía, México, 2013, 157 pp. 

Por Josué Sánchez. Estudia letras y bebe vodka. No en ese orden.

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