Manuel González de la Parra, el fotógrafo de las luces de raíz negra


Publicado porEditorial Graffiti el 12:26

Mientras llega la chiva, 1990 [Manuel González de la Parra]

Estimado Sr. Director:
Es verdad que mis colaboraciones son como los foquitos de Navidad, intermitentes, pero ya me hice el propósito este año de colaborar de manera más continua con Performance y como no cumplo ninguno de los propósitos de año nuevo, aténgase a las consecuencias.
Antes de iniciar mi camino por los recuerdos de un amigo, le mando una felicitación. Leo con curiosidad la selección de los libros del año que hace Sergio González Rodríguez en su columna que tiene en El Ángel, el suplemento cultural (sobreviviente en medio del periodismo mercantil especializado en el escándalo) de Reforma. Grata sorpresa fue encontrarme en la lista La ciudad de los muertos, de su autoría, así como Viaje de Vuelta. Estampas de una revista de Malva Flores, ambos editados por el Fondo de Cultura Económica y ambos autores habitantes de esta cada vez más caótica ciudad xalapeña.
Después de las albricias tomo un ron y brindo por el buen amigo Manuel González de la Parra. La vida es tan sorpresiva como un click fotográfico. En un instante estamos, en otro no. La muerte es tan inesperada que aún siento que en cualquier momento veré a Manuel con su rostro afable, sereno, platicando de sus múltiples proyectos de fotografía y de exposiciones.
No era de palabras amplias, era de observación permanente absorbiendo la cotidianidad a través de la vista para convertirla en fotografía. Sin embargo no era egoísta, más bien era un incansable colaborador, un caballito de batalla en cualquier espacio donde trabajara. La mañana del 13 de diciembre pronto se supo de su desaparición física y entre quienes lo conocíamos no dejaba de sorprendernos la noticia. Sus 58 años aparentemente rebosaban de bienestar, pero como en la historia de Macario, cada quien su velita que se apaga ante el soplo más inesperado.
Manuel González de la Parra nació en Cotija, Michoacán, en 1954, por cierto, en el mismo poblado que Rafael Guízar y Valencia, sólo que con intereses muy diversos. Uno santo, el otro, buscando entre la marginalidad la belleza de una imagen.
En esta época donde todo mundo se siente fotógrafo por la facilidad de tener una cámara digital a la mano, para mí un artista de la lente es aquel que parte desde los orígenes, que sabe la magia del revelado y que, sobre todo, sabe encontrar los contrastes de las luces en el blanco y negro. Esa era la formación de Manuel González adquirida en 1978 en la Facultad de Artes Plásticas con grandes maestros como Carlos Jurado, Adrián Mendieta y, sobre todo, Nacho López. Pero aún más, tenía una visión antropológica especial para retratar a la tercera raíz, la raza negra de la que abundó en sus estudios Gonzalo Aguirre Beltrán.
Si Nacho López era el fotógrafo de las puestas en escena que representaban la cotidianidad festiva y lúdica de los barrios semirurales de la ciudad de México de la década de los cincuenta del siglo pasado, Manuel González era el captor de imágenes de las comunidades negras de Veracruz y de Cartagena, Colombia. Canto y religiosidad, baile y ritual, carnaval y estampas de vida que nadie ve, ahí estaba la lente de Manuel para captar las luces intensas y contrastantes del blanco y negro y sus ricos matices de grises.
Mientras que los seres mundanos nos embriagamos y engolosinamos con la multiplicidad de coloridos en los carnavales, Manuel González hacía fotografías de la negritud en el tono que mejor podían ser retratados: blanco y negro.
Lejos de ser un fotógrafo que sólo captaba imágenes y se iba, él tenía el gusto de involucrarse con los pobladores. Hacía, por decirlo en los términos universitarios de los setenta, investigación-acción. Como fue el caso de Coyolillo, ese pedacito de África en Veracruz, donde Manuel tomó infinidad de gráficas y formaba parte de los festejos. Lo mismo sucedió en Xico y su pueblo mestizo, o Cartagena. Al ver ese resaltado espíritu del alma negra, de la piel mulata, de la sonrisa plena llena de blancura, me imagino a Manuel explorando los barrios de Nueva Orleáns, de Nueva York, de Chicago, de Los Ángeles, de Cuba, de Venezuela, de Ecuador, de Perú, imbuido en la musicalidad de los barrios negros y la intensidad de los mulatos.
Ejemplo de ello podemos verlo en Xico, una sierra y su gente, con textos de Odile Hoffmann, Michele Hoffmann y Bethy Portilla, 1989; Luces de raíz negra/Noires Lumières, con textos de Odile Hoffmann, Adriana Naveda y Sylvia Navarrete, 2004, y México: el otro mestizaje/Mexique, l’autre mestizaje.
También podemos disfrutar de las portadas de la revista Tramoya en sus números 94 y 99 de la tercera época. En el primero para ilustrar una selección de teatro colombiano donde la bullanguera Graciela de las Alegres Ambulancias aparece firme con sus brazos en jarras con un vestido de estampado florido y su enorme sombrero, alerón como corona, que porta con fuerza y orgullo; en el segundo, la portada es un negro esbelto de Cartagena con vestido femenino, su bolsa y una vara de apoyo, caminando a la orilla del mar; esta imagen se utilizó para ejemplificar el número dedicado al teatro queer.
Otro ejemplo de la buena fotografía de Manuel González, en este caso por encargo, son las gráficas publicadas en la ediciones especiales de las filmaciones de El coronel no tiene quien le escriba y Otilia Rauda, ambas producidas por la Universidad Veracruzana. A mi parecer, lo único valioso de ese par de cintas son las fotos en color y blanco y negro que registró González de la Parra.
Una acción  notable y única que realizaba con paciencia el director del Instituto de Artes Plásticas era reunir la historia gráfica de la Universidad Veracruzana, labor que comenzó cuando estaba en el entonces llamado Departamento de Medios Audiovisuales. Nadie más tiene ese archivo. La idea era hacer una fototeca que incluso recibió aprobación del rector Raúl Arias Lovillo para digitalizar las imágenes. Ojalá alguien retome ese proyecto y no se vaya a quedar en el olvido. Ese archivo tiene material muy valioso. En él se encuentran, por ejemplo, imágenes del Estadio Xalapeño y el pequeño edificio que albergaba a la emergente universidad; la construcción del Museo de Antropología, de la zona universitaria y de infinidad de personajes que han desfilado por la UV.
Estimado boss, ya me extendí más de lo normal, pero espero que tengan cabida estas líneas dedicadas a Manuel González de la Parra, el fotógrafo que le dio brillo a las luces de raíz negra.
 Un abrazo
Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y aprendiz de fotógrafo en la Basílica de Guadalupe. 






Por Conde de Saint Germain

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