Buscando la ruta de escape


Publicado porEzra Crangle el 15:25


El Palacio de los Deportes fue el escenario para la más reciente aparición en la capital del país del legendario Bruce Springsteen y su banda. Raúl Criollo, uno de los casi 17 mil espectadores que acudieron al concierto hace unos días, escribe sobre el Jefe: “Con los mismos pantalones entallados, la misma queja por el desplazamiento de la clase obrera, los sentimientos amorosos que se pierden en orillas de playa y abismo, las melancolías que oprimen y la fiesta orquestal de la E Street Band y su complicidad de décadas imbatibles”.

Grab your ticket and your suitcase
Thunder’s rolling down the tracks
You don’t know where you’re goin’
But you know you won’t be back
.
Land of hope and dreams, Bruce Springsteen

En el domo de cobre y sus malevolencias, su encanto de claustrofobia histórica, su récord de figuras legendarias, su maleabilidad de encantamiento para construir el escenario perfecto de cada noche, se presenta por primera vez Bruce Springsteen, El Jefe.
Con los mismos pantalones entallados, la misma queja por el desplazamiento de la clase obrera, los sentimientos amorosos que se pierden en orillas de playa y abismo, las melancolías que oprimen y la fiesta orquestal de la E Street Band y su complicidad de décadas imbatibles, Springsteen está siempre “en su mejor momento”. Más de una vez me dijeron que había que verlo en vivo para entender por qué algunos críticos lo consideran el mejor en escena.
En el Palacio de los Deportes no se instalaron deslumbramientos tecnológicos ni compuestos pirotécnicos de entretenimiento. Es la banda y su fuerza, con las plataformas necesarias y las luces estrictas para transmitir lo indispensable. Un grupo de músicos que puede impactar la sala de conciertos acústicos o el garage colectivo y sus tragos derivados.
Con la certeza de una selección popular cantando Badlands, Glory Days, Thunder Road, o The River, Springsteen abre el camino para temas menos conocidos, y expone toda la fuerza de Wrecking Ball, su último álbum, increíblemente aguerrido, luchando contra el enemigo invisible por todos conocido, desde las hegemonías voraces, y donde quizá más valga tener todo en las propias manos.

I been knocking on the door that holds the throne
I been looking for the map that leads me home
I been stumbling on good hearts turned to stone
The road of good intentions has gone dry as a bone
We take care of our own.
We take care of our own, B. S.
My city of ruins abre la sesión para los espíritus en fuga, los amores que se fueron, las posibilidades de cada infortunio, donde están las voces pero no su gente, donde los templos son arquitectura de los fugados para siempre. Canción de tristeza profunda, con escenario transformado en una columna estelar que impulsa en su epílogo: “Raise up!”, porque, como en toda la lírica de Springsteen, siempre queda la posibilidad de redención.
The land of hope and dreams es una epopeya rítmica de proporciones asombrosas. Una de las piezas más sólidas de su carrera, y que, sin ser tan conocida por la audiencia, obliga a que todos estallen cuando los cinco alientos virtuosos de la banda hacen su parte.
Cada tema antologa el decantamiento de un gran set list que rememora al fallecido Clarence Clemons, el escudero eterno armado con su sax tenor. El tributo está más que a la altura. Bruce lo entiende perfecto: “Cuando muera la banda, sólo entonces morirá Clemons”.
La emoción es mayor. Quizá porque es una noche de otra sustancia, porque no hay cuerpos embutidos en la parafernalia de pasarela que ronda los conciertos industriales, los del top ten y los protectores de pantalla, porque el arrastre de las mezclillas es casi intimidad en la dispersión de cifras que hablan de 14 000 o 17 000 asistentes, quizá porque uno puede ver a tres generaciones en un solo abrazo para cantar Born to run.
Entre la noche, la cerveza, los cigarrillos, los recuerdos, la sangre y las victorias, con el trasiego de los campeones que no volverán, las manos fatigadas por la muerte del sueño americano, la permanencia de la guerra que los deshizo (y cantó el alegato antibélico más incomprendido de la música, Born in the USA, tema ajeno a su set list base del tour), El Jefe dice lamentar no haber estado antes.
Ojalá vuelva. Pero como su propia obra, que se expande y se dispersa, que muta con los tiempos de la turba política y sus pocos logros, nunca es posible afirmar en el túnel de lo posible y su bola de demolición. Como sea, nos quedará esa noche, cuando los ganadores no siempre ganan, cuando los que no lo tienen pueden reírse en la tierra de la jungla, y recordaremos pasajes vitales de su poderío, siempre sencillo, entregado, con la calidad de una banda legendaria en sus permanentes y nuevos miembros. Un Bruce catártico que recorre cada centímetro dentro y fuera de su zona central, que estrecha manos y se deja querer, regala una armónica, sacude cabezas, se pone un sombrero tricolor, y resulta abrumado para decir que es un recibimiento inesperado.
Fueron tres horas con diez minutos para empuñar el giro de lo posible, desde el grito de todas las urbes y sus barrios bajos, sus trabajadores desagarrados y sus corazones hambrientos. Fue una fiesta y estaban, por una vez, todos los invitados.

So you’re scared and you’re thinking
That maybe we aint that young anymore
Show a little faith, there’s magic in the night
You aint a beauty, but hey you’re alright
Oh and that’s alright with me.
Thunder Road


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