Afinidades irremediables: Miguel Capistrán y Jorge Cuesta


Publicado porEditorial Graffiti el 13:41




Miguel Capistrán (Córdoba, 1939) es uno de los especialistas más respetados de la generación de los Contemporáneos. Josué Castillo entrevistó al autor de Los contemporáneos por sí mismos y de Borges en México. De tal encuentro se desprenden estos recuerdos en torno a su descubrimiento de una figura para entonces olvidada: Jorge Cuesta, su paisano. Capistrán, veracruzano distinguido y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, narra los prodigiosos encuentros con Torres Bodet y José Gorostiza, determinantes para refrendar su vocación y destino. Con esta entrevista celebramos el ingreso de Capistrán a la Academia Mexicana de la Lengua este 9 de octubre.

La filiación literaria aparece súbitamente. Tiene más de revelación, epifanía o iluminación súbita que de planeación, táctica o estrategia. El escritor no se levanta por la mañana agendando su experiencia. La planeación diaria es utopía que se ve sobrepasada por todas las variables de la realidad: el clima, la ubicación geográfica, la existencia de otras personas y su circunstancia; el azar. Así, la fascinación está a la vuelta de la esquina para quien no la espera y generalmente es imperceptible para los obsesivos que la quieren seducir. Un día, un momento cualquiera, uno descubre su vocación o el talento oculto, la tragedia de la que es imposible escapar (o en la que el escape forma parte de la misma), la pista que estaba buscando, la pieza que inicia su rompecabezas. Esta pasión revelada es trágica, despoja al sujeto de su razón y lo reduce a mero conducto para saciarla.
De lo inesperado de la revelación, gran ejemplo es la anécdota del primer encuentro entre Luis Mario Schneider (1931-1999) y Jorge Cuesta en la porteña ciudad de Buenos Aires. Schneider se encontraba paseando por la ciudad, cobijado por la noche y las estrellas o contemplando el asfalto. Una corriente de aire, una maldita e insignificante corriente de aire, levanta un periódico anónimo que se precipita sobre la cara del porteño. Sorprendido por la violenta sarandeada y fuera del trance de la cotidianeidad leyó, como esperando las palabras del Oráculo. Encuentra unos sonetos. Al final: Jorge Cuesta. Pocos días después, y gracias a su librero de confianza, se enteró de todo lo que se sabía hasta el momento: un poeta loco que se suicidó. Punto.
¿Cómo llegan hasta ahí esos sonetos? ¿Quién publicó en patria tan lejana ese texto cuando aquí, especialmente en la provinciana Córdoba, se luchaba por borrarlo de la historia, por eliminar su huella y convertir su existencia en anécdota marginal? ¿Esa mañana despertó Schneider pensando en ese momento? ¿Supo ahí mismo que terminaría por visitar tierra mexicana para rastrear los pasos del misterioso personaje? A la pasión no se le puede anticipar, nunca se sabe dónde puede terminar uno por ella, o a cuesta de ella.
Casual. Un día haces rabiar a tus profesores y te corren de clase. Sales, carcajeándote con tu amigo Gilberto Owen, para dirigirte a aquel oscuro café América, y te encuentras con Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Ambos, Owen y Cuesta, altos y delgados, hermosos y malditos, eran centro de atención doquiera que entraran. En aquella ocasión Cuesta, con un ejemplar de un periódico francés bajo el brazo, El Mercurio, llamó la atención de Villaurrutia. ¿Alguien tan joven y leyendo en francés? Debían conocerse. Villaurrutia quedaría fascinado con la inteligencia del joven Cuesta. La afinidad fue irremediable. ¿Sabían en ese momento lo que iniciaría? No sólo fue el encuentro de los autores de Antología de la poesía mexicana moderna, sino un momento cumbre para la literatura en español.
Ver a los párvulos jugar en el patio no tiene nada de extraordinario en tiempos previos a Internet, la televisión y los videojuegos. Dos niños pequeños pasan tardes enteras correteándose, platicando, escondiéndose, hablando de la escuela primaria a la que asisten. Son compañeros. Miguel y Juan León pasan horas preciosas en ese patio ubicado en la calle ahora identificada con el número 3 de la ciudad de Córdoba, a unos metros del parque 21 de Mayo. Un día como cualquiera el niño Juan León se presenta en casa del compañero de juegos. Cumpliendo con las formalidades de todo pequeño que es invitado a comer a casa ajena, se presenta con los padres: Juan León Cuesta Izquierdo, para servirle. Sin mayor asombro, el padre del niño Miguel, el señor Capistrán, hará la acotación: “Tú vives en el Portal de la Gloria, eres hijo de Natalia y sobrino de Jorge, el poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud.” Ahí nació su obsesión por Cuesta. Dice Capistrán: “Pensar que en esa ciudad en la que viví existió un personaje así me apasionó y me llevó a su búsqueda. Ahí nació mi obsesión por Cuesta.”
Capistrán nunca se hubiera imaginado la cantidad de disparates que tendría que escuchar años después. Rastrear a Cuesta parecía un trabajo imposible. Ese personaje, el misterioso tío de su compañero de juegos, resultó ser un desconocido en su ciudad. Ninguno de los mayores, aquellos que pudieron haber conocido al Alquimista, se atrevía a hablar, y si lo hacían era para lanzar pistas confusas, verdades a medias o viles falsedades: que si Cuesta era un exhibicionista que acostumbraba salir con una gabardina, como ese cliché de película clasificación B, buscando a los paseantes del parque 21 de Mayo antes los cuales desvelaba su desnudez; o si se había castrado con unas tijeras y sus testículos flotaban en la bañera mientras los demás contemplaban horrorizados; que estaba obsesionado con cambiar de sexo, con devenir hermafrodita; que si tuvo pacto con el diablo; que no publicó nunca, nada. Notó pronto el error: buscar a Cuesta en Córdoba, ciudad provinciana de ambiente levítico en la que era mal visto por su resistencia a entrar en el redil y ser una persona, digamos, normal.
La leyenda negra de Cuesta debe su comienzo a su ciudad natal. En 1929, a su regreso de Europa, Cuesta contrae nupcias con Guadalupe Marín, La Única. Esta mujer, con voz de sargento, resulta ser nada más y nada menos que la ex esposa de Diego Rivera, el pintor comunista agente del mal. Doble escándalo. No sólo se uniría en segundas nupcias, sino que desposaría a la cónyuge de Satanás. Deshonra, deshonra por todos lados y para siempre. Pero el elemento definitivo, el suceso que logró el pacto tácito entre los cordobeses para intentar enterrar a Cuesta, fue su locura, vista por muchos como castigo divino al querer salir de redil.
Una tarde con Othón Arróniz y Sergio Pitol, el joven Miguel Capistrán, que ya había ido de puerta en puerta preguntando por la difuminada figura de Cuesta, vuelve al ataque y les inquiere: ¿Seguros de que no hay nada, nada, nada, nada publicado de Cuesta; ni un libro, una plaquette, un panfleto? Negativa respuesta. Nadie sabe nada. Uno de los interlocutores dio norte: ¿ya buscaste en los periódicos? La obra de Cuesta estaba por ser descubierta.
Revisó cada periódico en la hemeroteca. Sin mucha idea de por dónde comenzar fue buscando su pista. Por fin, un día encontró el nombre en El Universal, en donde el poeta fue editorialista. Así, se enteró del pleito entre Examen y Excélsior, de sus ataques frontales contra el nacionalismo y su admiración por Mae West. Y de ahí hacia atrás, desanudando la madeja.
Apenas a un año de las siguientes elecciones presidenciales el presidente de México, probablemente Adolfo López Mateos, visita Córdoba. Los reporteros, como coyotes hambrientos, rodean al mandatario. Las órdenes de sus editores son claras: es necesario saber quién será el sucesor. En la comitiva que acompaña al presidente se encuentra el secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, quien se encuentra en un rincón solitario, quizás en el lobby de un hotel, quizás en un restaurante.
Me acerqué. Era una oportunidad que no iba a dejar pasar. Me acerqué y le pregunté si podría regalarme un poco de su tiempo y hacerle unas preguntas sobre los Contemporáneos. Torres Bodet se mostró sorprendido de que alguien tan joven se interesara en ellos, que eran unos desconocidos. En ese momento me dio su tarjeta y me dijo que si no tenía ningún problema le hiciera una visita en la ciudad de México, en su oficina en la SEP.

Sin ningún problema Miguel Capistrán se presentó en el lugar. Relata el gran impacto que le causó esa oficina tan exótica, que alguna vez ocupó José Vasconcelos. Torres Bodet refrendó su sorpresa y le prometió toda la ayuda que fuera posible. “Pero no es conmigo con quien tienes que hablar”. El entonces secretario de Educación Pública tomó un teléfono con línea directa a otros miembros del gabinete presidencial. “Ve a ver a Gorostiza. Está en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Él te puede ayudar más que yo. Fue de sus amigos más cercanos”.
La emoción le llenó de adrenalina y cubrió en poquísimos minutos la distancia entre ambas secretarías. Después de muchos años tendría acceso a testimonios de primera mano, a información privilegiada. Había ido a conocer a uno de los Contemporáneos y terminaría conociendo a dos. Un día sin duda lleno de emociones.
“Al llegar a la oficina de Torres Bodet me encontré con su secretaria. ‘¿Le envía el secretario de Educación? El secretario le atenderá en un momento’. Así que me senté a descansar”. Al momento que Miguel cuenta este episodio empieza a hablar cada vez más fluido y el semblante se le ilumina. Me lo advirtió antes de que empezara a entrevistarlo: “A mí me preguntan de los Contemporáneos y es como si me pusieran play.” No paró de hablar. Pero no sólo no para, sino que la vitalidad le llena. Al contar cada paso en su carrera, en sus más de 40 años de investigación, los revive, los recrea.
Sentado, esperando la indicación de la secretaria para entrar al despacho de Gorostiza, cambió de color. Se puso pálido de golpe. Una persona pasó directo, saludando al secretario sin necesidad de esperar. Como si hubiera visto a un fantasma u otra clase de ser fantástico. “¿Es él?”, preguntó a la secretaria. “Sí, viene a ver al señor Gorostiza porque mañana mismo sale a la India como embajador”.
“Salí corriendo inmediatamente y crucé Reforma para buscar un libro. Con la misma me regresé”.
Al volver, con la emoción al tope, se plantó a esperarlo. El mismísimo Octavio Paz frente a él. Le dijo que en una revista en la que estaba publicando harían un homenaje a Cuesta y esperaba pudiera ayudarles. Paz, accesible, le indicó los sonetos dedicados a Cuesta que podría tomar (sobre los cuales plasmó su autógrafo), que en ese momento no podía ayudar con nada más pues al día siguiente partiría a la India como embajador. Inmediatamente pasó al despacho del secretario de Relaciones Exteriores. Conocería a Gorostiza, conocería a los sobrevivientes del archipiélago de soledades, se haría íntimo amigo de algunos.
¿Sabía Capistrán hasta dónde iba a llegar su obsesión? ¿Imaginó en algún momento, mientras planeaba su misión quijotesca de rescatar al poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud, que trabajaría para Salvador Novo como asistente y sería quien lograra traer a Borges a México? ¿Habrá tenido idea de que entraría en este juego de afinidades irremediables?
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