Un nuevo Papi: Bartleby


Publicado porJosé Homero el 13:23


Bartleby despertó un día acurrucado al fondo de la zona de los privados del BC. No había rastro de violencia ni líquidos que insinuaran una meada, restos de vómito o el derrame de una bebida. Parecía más alguien profundamente dormido que un borracho con la euforia por los suelos. Bartleby estaba en posición semifetal haciéndose una almohada con las dos palmas de sus manos juntas.
El BC lo cierran todo alrededor de las siete y media de la mañana, cuando todas las chicas cobraron su parte y el personal recoge las mesas. Ya por ahí de las cinco de la tarde, llega la primera tanda de empleados que se encarga de limpiar el antro y llevar los insumos del bar. Fueron precisamente ellos quienes encontraron a Bartleby más o menos como a las seis y media de la tarde, cuando un empleado se asomó a los privados y en el último ‒en la tercera fila‒, estaba Bartleby entregado a sus sueños.
Los cadeneros de la entrada juran que no lo vieron entrar. Los meseros tampoco lo vieron consumir. Y el cancerbero de los privados menos lo vio. Se le preguntó a las 14 bailarinas que habían llegado ese martes escuálido de clientes ‒sí, había sido la noche anterior de las peores en el último mes de julio‒, y ninguna de ellas lo reconoció ni como copa ni como privado.
El asunto es que nadie se percató de la presencia de Bartleby. Vestía una camisola amarillenta de franela, tornasolada, que de lado se veía un poco roja. Era blanco y su cabello era completamente gris, peinado de raya a lado. Tenía una nariz prominente y el tabique se apreciaba desviado como producto de una riña. Su mirada era triste y sólo alcanzó a decirles a todos que él se llamaba Bartleby y que era escribiente.
A esa hora todavía no había llegado el gerente del BC. Sin embargo el que se consideraba el capitán de meseros, le dijo que tendría que irse del local, porque no se permitía entrar así como así y mucho menos permanecer sin el consumo mínimo, que en realidad no existía porque el único requisito era pagar un cover de setenta pesos. Después nadie te obligaba a pedir una copa o una dama. Como todo lo que ocurre en una ciudad de burócratas y universitarios, los bares de este giro se ven repletos de gente que consume lo mínimo y se la lleva mirando su rededor.
Entonces respondió Bartleby:
—Prefiero quedarme.
La respuesta por supuesto causó asombro entre los empleados, quienes sintieron cierta conmiseración por este hombre maduro que parecía inofensivo. Advirtieron una seguridad tal en sus palabras, que de inmediato los convenció y no tuvieron argumentos posibles para replicarlo.
A ninguno se le ocurrió alguna alternativa posible para justificar su estancia en el bar. Fue el gerente quien llegó a las ocho de la noche a quien se le ocurrió una propuesta.
—Amigo Bartleby, ya me pusieron al tanto de su caso. Los muchachos dicen que usted parece una gente decente. Por eso le propongo: ¿qué le parece si trabaja temporalmente como asistente del encargado de los privados? En realidad no es mucho trabajo, se trata, por ejemplo, de anotar los privados extra que piden los clientes cuando ya están picados en los reservados. A veces las bailarinas, y otras veces menos los clientes, piden a gritos que les extiendan el tiempo. Usted tendría que anotar en una libreta el número extra de acuerdo a una relación de bailarinas en orden de lista alfabética.
Bartleby ni se inmutó, solamente asintió con la cabeza.
—¿No tiene ninguna pregunta acerca de su nuevo trabajo?
—En realidad no, gracias. Bueno, una sí: ¿quién me dará la libreta y el lápiz para anotar la relación de privados conforme a la lista de bailarinas?
El gerente le devolvió una media sonrisa al estilo de Mona Lisa y le dijo:
—No se preocupe, ahora mando a alguno de los muchachos para que le compre su libreta y su lapicero en el OXXO que está aquí a una cuadra. Antes de las once, que es la hora que se empieza a poner bueno, tendrá sus cosas.
Ya con sus emolumentos, Bartleby pasó la noche del miércoles anotando con absoluta certeza los privados extras que pedían Camila, Mónica e Itzel, que fueron las que más entraron a los reservados. Es más, luego de una buena ronda de bailes, a Bartleby ya le decían Papi.
—Papi, Papi, ponme dos más a la cuenta.
Y era cuando Bartleby lucía su impecable ortografía y disciplina para llevar las cosas por buen camino. El encargado de los privados quedó satisfecho de su asistente. Hasta se dio el lujo de hacer relaciones públicas con los clientes para promocionar mesa por mesa las particularidades de cada bailarina, mientras Bartleby registraba el número de privados.
Llegó la hora del cierre y las ahora 16 bailarinas cobraron sus copas y privados. Bartleby de manera sigilosa se fue hacia el fondo de los privados y todos entendieron que ahí se quedaría tal y como lo habían encontrado a media tarde del martes.
Bartleby hizo lo mismo el jueves, que se puso bueno porque llegaron los clientes con más dinero, que pedían chicas en sus reservados y compraban botellas de whisky. A Bartleby no le hizo ninguna mella en su actitud el hecho de saber que atendía a clientes delicados en cuanto a sus exigencias por el aire de grandeza que les generaba su crédito malhabido.
Eso fue lo de menos, y Bartleby se limitó a su deber y las chicas seguían encantadas con el nuevo Papi. El viernes fue igual, quizás un poco más intenso porque llegaron otro tipo de clientes. Esta vez llegaron un presidente municipal de Pepsihuatlán de Madero, que gastó en copas para invitar a las cuatro bailarinas que lucía alrededor suyo (Claudia, Azul, Brenda y Monse), y un representante del Partido Gris en el Instituto Electoral que estaba enamorado de Paulina y que también derrochaba invitaciones de copa con tres mujeres a la vez.
Bartleby cumplía y se dormía, igual, en el fondo de los privados. Lo curioso es que se veía bien, como sí hubiera descansado y sí hubiera comido, no obstante nadie lo vio que se alimentara de las chatarras que vendían al interior del BC ni de las comidillas que llevaban en tóper las propias bailarinas.
El sábado en el BC suele ser alucinante. Bartleby se enteró que las chicas tenían que completar un mínimo de fichas que les entregaban por cada privado y copa. Resulta que el límite era de 85 copas, y había bailarinas que no completaban dicha cuenta y en consecuencia no les pagaban el sueldo semanal. Por ello las bailarinas andaban tensas por completar la cuenta, imagínense, por citar un caso, a la propia Mónica que le faltaban cinco copas a las tres de la mañana.
Bartleby ni por esa situación perdía la compostura y seguía en su rol de escribiente. Por fortuna la noche que finalizaba la semana formal del BC estuvo muy movida y cada bailarina completó con creces la famosa cuenta. Inclusive, Camila, como siempre, había roto el récord de privados, por eso la bailarina de Sinaloa le dio una propina.
-Gracias Papi, ten tu propina.
Y le extendió un billete de quinientos pesos y por primera vez Bartleby se salió del guión y le devolvió un buen gesto.
—Gracias Camila, eres muy amable.
Se guardó el billete en una de las bolsas traseras de su pantalón, tomó su libreta y lapicero del OXXO y se fue, como acostumbraba, al fondo de los privados a descansar de su puntual trabajo. El BC cerraría domingo y lunes, es decir las próximas 48 horas no sabríamos nada de Bartleby. Pero eso como que a nadie le importaba, como que en el ambiente había la plena seguridad que el martes Bartleby estaría allí para seguir el conteo de los privados de Camila, Azul, Mónica, Itzel, Monse y compañía. Lo que sí es que tampoco se enterarían de que Bartleby en 1856 fue escribiente en Wall Street y poco antes empleado subalterno de la Oficina de Cartas Perdidas en Washington. Ahora era un nuevo Papi en el BC.

“¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!”, como decía Melville.






Por Juan Palo II

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