Ausencia de falo


Publicado porEditorial Graffiti el 17:57


El nivel prosaico de Moebius irrita por provocar un desliz abrupto en eso que se llama el tabú civilizatorio. El propósito del director de Corea del Sur, Kim Ki-duk, es plenamente visual y, su incorrección, ahí descansa para desestabilizar el mentado tabú.
Se trata de un filme que no ocupa en absoluto la palabra y, todavía así, consigue exaltar la pasión transgresora en una atmósfera silente, lo que a su vez permite la concreción de una perversidad melancólica –acierto del casting y por supuesto la dirección–, que combina tristeza, placer y dolor de los personajes en pleno desahucio moral (o quizá lo certero sea decir en plena descomposición).
Al mirar Moebius estamos frente a un armazón puro de la cinematografía: la imagen valiéndose por sí misma, sin ayuda artística extra y evitando hasta la minucia los tiempos muertos de significado. La trama está cerrada a una familia nuclear, y su desgracia la desconecta de una eventual causa de clase, lo que genera al mismo tiempo una sensación de extrañeza por esa falta de contexto. Ki-duk no escala el miedo, insisto, con la palabra, pero tampoco hay música que subsane la debilidad icónica –que aquí, perdón, en Moebius, no hay tal.
Moebius apuesta, en todo caso, a narrarnos una historia truculenta con una sintaxis sencilla, que además no recurre a un montaje rápido –pensemos en Viólame (2000) de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, o en Irreversible (2002) de Gaspar Noé–, para posicionarse alterando la emoción (Jorge Ayala Blanco ha calificado el estilo de Ki-duk como lacónico al referirse a Piedad (2012), la anterior película a Moebius).
La anécdota, en efecto, se resuelve en los primeros nueve minutos y ya luego es bordear sobre un morbo bien tejido y estupendamente resuelto con planos de todo tipo y con una cadencia sincopada que no busca el corte por el corte. En esos nueve minutos advertimos una castración, que será el leitmotiv y condena maldita para lo que sigue: la ausencia, literal, del falo, desorienta y desencadena consecuencias nefastas para la ética de las cosas.
Para ello el tono de Moebius es lento, o lánguido si ustedes quieren, para que el objetivo sea precisamente mantener el ojo bien abierto para entender el mosaico de subversiones que se plantea.
Este prosaísmo no sé si adjudicarlo a una cultura determinada como la asiática –porque los japoneses tejen historias semejantes. El cine coreano ha sido muy explícito al respecto, como en Old boy (2003), del director Chan-Wook Park, donde también se frontaliza el extremo del dolor y la venganza a niveles de filme de terror.
En Moebius hay una suerte de efectismo, no obstante que lo prosaico de la película no sea tan tácito. Es más bien la violencia simbólica con lo que transita sin detenerse a calificar la trama a través de los artilugios convencionales que dan tinte a los dramas (de hecho la puesta en escena es un ritual, a modo de teatro, lo que a los cuatro vientos no es realismo lo que persigue).  Los momentos de la castración o el incesto son tratados igual de manera narrativa que el deambular de los jóvenes, por citar un ejemplo.
Diría que pocas películas se atreven, y no me refiero a esta ruptura del tabú, sino más bien a esa osadía de contar una anécdota en un largo silencio de más de una hora. Algo semejante me ocurrió al ver la cinta alemana Concierto para mano derecha (1987) de Michael Bartlett.
Contrasta en Moebius la vulgaridad del tema con lo tenue de la forma. La perversidad vista adquiere un tono plácido que carece de relación con el shock planteado en la cuenca del contenido. La ausencia del pene que postula Ki-duk nos recuerda la dependencia falocrática que tenemos en la cultura –representaciones incluidas–: los principios de placer se retuercen en Moebius cuando aquél no está y no hay poder entonces que equilibre la saciedad de los instintos, como bien nos señala este cuento macabro.

Moebius (Moebiuseu) de Kim Ki-duk. Actuaciones de Jo Jae-hyeon, Lee Eun-woo, Seo Young-ju, Kim Jae-hong y Kim Jae-rok, Corea, 2013. Duración: 88 minutos.



Por Raciel D. Martínez


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