Pampelan en el parlante


Publicado porEditorial Graffiti el 17:52


Al abordar esta historia, resulta francamente difícil mantener el equilibrio entre el elemento público y el privado, ya que, por un lado, se trata de la historia más pública y cósmica de las que acontecieron en nuestros tiempos y, por el otro, la más privada e incluso la más asquerosa, lasciva y burlonamente privada. Ya a partir del siglo XV la estirpe del general marqués Maciej Draga se distinguía por una particular inclinación por todo aquello que despunta por encima del individuo particular. “No todo el mundo sabe pensar de manera general”, dijo Henryk Sienkiewicz en 1897, pero ya a mediados del siglo XVII, 220 años antes de Sienkiewicz, Melchior Draga, tesorero del Gran Duque de Lituania y encargado de organizar sus cacerías, pensaba de manera general y, más tarde, el general de caballería y caballero de muchas distinciones Józef Draga en abril de 1810 llevó este tipo de pensamiento a sus más altas cotas ante el emperador Napoleón I. “Los Draga jamás han tratado de usted a los grandes”, dijo al emperador y consecuentemente se dirigía a él llamándolo sólo “Napoleón”, y el emperador, conquistado por la noble altanería del orgulloso excéntrico, lo nombró marqués y a partir de entonces la condición de general y la de marqués en aquel linaje pasaba de padre a hijo en unas encarnaciones cada vez más sutiles, con lo cual si un hijo mayor pertenecía a la caballería, el siguiente se dedicaba a la diplomacia, mientras el tercero acostumbraba ser únicamente un marqués pur sang, nada más que un marqués de pura sangre.  
Estaban enamorados de la fama; observaban la tradición; celebraban el pasado y cultivaban las más amplias perspectivas mundiales, pero ante todo llevaban en la sangre el culto a Napoleón I y, en consecuencia, la más profunda comprensión de la Historia, del momento histórico, y la pasión por toda clase de personajes históricos y casas reales. De todas formas no era eso lo que constituía el principal atributo de la familia, sino el hecho de poseer algo noblemente público en todo aquello privado e íntimo. Cada uno de ellos se comportaba siempre como si lo estuvieran observando cien mil personas y no existía en toda la casa ni un solo rincón en el que se comportara de una forma distinta; es más, era impensable en ninguno de ellos una cosa tan personal e íntima como un grano. Un indeterminado pero exquisito brío acompañaba cada uno de sus más insignificantes gestos y sus más insubstanciales ocurrencias. El general marqués Wacław Draga, caballero con una orden de honor, hoy día un recio anciano ya retirado, se casó con la última heredera del linaje de los barones de Praga, que le aportó como dote una importante cantidad de retratos familiares y un gran número de estilosos espejos. Los espejos y los retratos multiplicaban su esplendor al infinito, extendiéndolo e inflándolo en el tiempo y en el espacio. El hijo mayor del general, Erazm, marqués de Draga, era jugador de bridge, experto en heráldica y miembro del Ministerio de Asuntos Exteriores. El hijo del medio era teniente del primer regimiento, deportista, jinete y mujeriego. De manera que, siguiendo la tradición familiar, el más joven debía ser únicamente marqués pur sang y por eso el padre tenía la intención de adquirir para él una propiedad rural en la región de Kalisz o de Kutno.
Sin embargo, el hijo menor, Maciej Jr., el marqués Maciej Jr., por razones inescrutables –tal vez la nodriza hubiera descubierto su pecho de una forma demasiado repentina, demasiado violenta o demasiado dolorosa, al darle de mamar, o tal vez le cortaran el cordón umbilical con demasiada brusquedad– no acabó de salir bien del todo. Y era tan tímido como su familia destacada por una orgullosa valentía, tenía tanto complejo de inferioridad como ellos de superioridad y estaba tan cubierto de granos como ellos de un cutis impecable. Y no poseía ningún sentido de la grandeza, sino más bien un sentido de la bajeza: se hurgaba los dientes, curioseaba por la ventanilla, se metía los cordones dentro del zapato, se rascaba una oreja o un talón, se arreglaba los puños de la camisa y sorbía la sopa. Y siendo marqués de nacimiento, no lo era ni por aspecto, ni por semblante, ni por postura, ni por gesto, ni por expresión, sino que estaba siempre amedrentado como un siervo. Y no se destacaba por un pensamiento general, sino al contrario, por un pensamiento del todo singular, individual, gris, sin galones ni charreteras, algo así como una mano bastante grande y bastante sudada. Le gustaba reparar timbres y entendía un poco de aparatos de radio, en los que hurgaba más o menos como en los dientes o en la oreja, buscaba Berlín y se ponía a escuchar o encontraba la frecuencia de Moscú como un típico escolar, un mocoso con pantalones de perneras demasiado cortas.
Intentaron espabilarlo de alguna forma, espabilar su timidez y, efectivamente, consiguieron espabilar su timidez a un grado aún mayor. También intentaron animar su desánimo y, efectivamente, lo animaron hacia un desánimo mayor. Llamaron a médicos expertos con el fin de solucionar su enfermizo complejo de inferioridad, pero el complejo de inferioridad se afianzó aún más bajo la mano de los médicos expertos. Mientras la cosa quedaba guardada en la intimidad del hogar, no provocaba mayores disgustos, pero el adolescente iba creciendo y las multitudes de invitados que llenaban los hospitalarios salones reclamaban la presencia del joven marqués de pura sangre, el marqués Maciej Jr.
Justamente en aquel tiempo, en uno de los países vecinos tuvo lugar el casamiento de la princesa Teresa María Adelaida, hija real, con el general Pampelan, famoso héroe nacional, con lo cual el espíritu de la nación alcanzó una elevación sin parangón y la gente se pasó tres días en la calle para echar una sola mirada a la amada figura del gran e histórico prohombre, que presidía el séquito. Jamás una unión sexual privada había sido elevada a semejantes alturas sobre los hombros de millones, nunca un momento histórico había sido más histórico en sus consecuencias internacionales y el viejo general marqués de Draga, sin tener en cuenta la distancia geográfica que lo separaba del evento, decidió honrar la grandiosidad de aquellas nupcias con un banquete para cuarenta personas. Una radio situada encima de una pequeña columna en la sala comedor transmitiría el transcurso de la ceremonia, los invitados iban a brindar en los momentos señalados, y todo había sido pensado a gran escala en el tiempo y en el espacio –teniendo en cuenta la radio y la historia–, con aquel ímpetu horizontal que siempre había caracterizado a los Draga y gracias al cual no habían tenido nunca grano alguno.
Tras un consejo familiar se consideró ese día como el más indicado para presentar a los invitados al comprometedor radiota de la familia desde su mejor lado, de hecho, desde el único lado que denotaba cierta habilidad, es decir, desde su lado de radioaficionado, y el padre dispuso que, adecuadamente engalanado, se hiciera cargo de los detalles técnicos del evento. Las flores se desmayaban, los retratos familiares florecían en todo su esplendor, los espejos multiplicaban perspectivas, la marquesa en un vestido bois de rose, sentada en un sillón estilo Segundo Imperio, los dos hijos del general, el heraldista y el jinete, el jugador de bridge y el deportista, el diplomático y el mujeriego de raza, doblaban y triplicaban su innata seguridad en sí mismos, cuando hizo su aparición nuestro radioaficionado en un traje confeccionado ad hoc, con la boca abierta, los puños de la camisa a la vista y el pelo relamido. Los invitados soltaron una exclamación ahogada. El padre se levantó para presentar al hijo, que atemorizado y tímido seguía sus pasos. Y siguiendo así los pasos del padre, a quien se parecía en los detalles de la contextura corporal (lo que pasa es que aquello que en el padre quedaba hábilmente disimulado por la corpulencia y el espíritu, en él estaba desordenado y a la vista), hacía resaltar en el padre esos detalles desagradables y los señalaba públicamente, igual al perro que señala las perdices. Ante esta visión, la de los defectos corporales del viejo pero hasta entonces corpulento marqués, los invitados se taparon los ojos.
Viendo lo cual la marquesa dio señal para comenzar el banquete, se levantó y pasó al comedor. Pero entonces Maciulek (así lo llamaban en familia), presa del pánico, abandonó la compañía del padre y se agarró a la falda de la madre, con lo cual de pronto sacó a relucir toda la indolencia de aquella aún atractiva mujer y se la brindó a los regocijados huéspedes. Estos, con un disimulado alarido se pusieron a saborear la secreta indolencia de la marquesa. Esta intentó quitarse de encima a su hijo, que no la dejaba en paz. Cuando por fin todos ocuparon sus sitios y a él lo sentaron en el peor lugar de la mesa, con su sola persona sacó a la luz, a fuerza de parentesco familiar, las terribles historias de sus propios hermanos y se las sirvió a los invitados como en bandeja. 
Y así, del jinete, audaz deportista, intrépido Don Juan y asiduo de los salones, cuya liaison con la prima donna más elegante de la capital estaba en boca de todos, destapó y sirvió en bandeja cierta dejadez interior y su vulgar cobardía, de tal forma que de pronto todo el mundo se dio cuenta de que aquel admirable joven era, de hecho, un dejado forrado de cobarde; mientras que del heraldista, jugador de bridge y viajado diplomático extrajo un carácter terriblemente pueblerino, pueblerino hasta la médula, un par de piernas torpes y dos manos sudadas. Los invitados enmudecieron y se negaron a pasar a las gallinitas con salsa de arándanos, deleitándose malignamente con las delicias psíquicas que les iba sirviendo el hijo menor de la familia, delator y traidor de su propio hogar. La familia de los marqueses, viéndose el centro de la atención, se sintió como una gallinita que de un modo extrañamente lascivo alimentara consigo misma a toda la concurrencia. Y los invitados se estaban dando un atracón… En ese trágico momento sonó el aparato radiofónico y se dejó oír el himno real transmitido desde la lejana capital donde la princesa Teresa María Adelaida acababa de aparecer con un velo de encaje de bolillos del brazo del orgullo nacional, el heroico Pampelan, en las puertas de la antigua catedral del siglo XV de estilo renacentista temprano.
Oyendo lo cual el viejo y canoso marqués se levantó de un salto, se irguió y lanzó un gran brindis en honor de la venerable pareja diciendo: Grandeza. Destino. Historia. Valor. Heroísmo. Gloria. Honor. Y al pronunciar estas palabras de bronce, como campanas, no solo honraba con la magnanimidad propia de los Draga el momento histórico, sino que también se salvaba a sí mismo y a los suyos del deshonor definitivo causado por el trivial engendro. El tembloroso y conmovido anciano, al pronunciar aquellas palabras cargadas de un desinteresado culto a la grandeza, estuvo espléndido. En efecto, los invitados, copas en mano, se pusieron de pie de un salto como un solo hombre y olvidando los detalles desagradables exclamaron al unísono: ¡Viva!
Tanto el general jugador de bridge y el aficionado a las carreras de caballos como la marquesa madre volvieron a los ojos de los huéspedes a su antigua forma impecable; el viento del heroísmo disipó la sopa de defectos y al exclamar ¡Viva! exclamaban no solo en honor de la lejana pareja histórica, sino también en honor de la misma familia Draga. “¡Los Draga siempre se han tuteado con los grandes! ¡Viva Pampelan!”, gritó el general orgulloso de que su familia y la familia real quedaran unidas en una misma exclamación. Los invitados se sentaron. Se sirvieron las pintadas. El honor estaba salvado. De pronto se levantó el radiota y con la cara colorada gritó ¡Viva! con su voz, que era la auténtica voz de los Draga más todos los gallos y tiples   propios de su ingrata edad.
Los invitados estallaron en una carcajada.
–¿Qué, burro? –gritó con la cara morada de ira y de vergüenza el general–. ¿Qué? ¿Quién? ¡¿Que viva quién, burro?!
Y el radioaficionado, que a causa de su torpeza sencillamente había llegado tarde al brindis, balbuceó con sus uñas sucias y rotas y con los puños de su camisa a la vista:
–El señor Pampelan. 
Las flores se desmayaban, los espejos multiplicaban el esplendor, los invitados se reían por debajo de la nariz. El padre se dejó caer en la silla. Cómo, pero si los Draga se tuteaban con la historia. Si hubiera dicho “el señor Napoleón”, la cosa no hubiese sido peor. De pronto, Wiktor, el hijo mayor, completamente fuera de quicio, se puso a explicar a los invitados y a darles a entender que Maciulek… de hecho, no era de la familia, que no corría por sus venas la sangre de los Draga… que no era más que un extraño…
Soy Enrique de Hereford, de Lancáster y Derby, que me presento aquí en armas para probar en liza, por la gracia de Dios y el valor de mi cuerpo, en la persona de Tomás Mowbray, duque de Norfolk, que es un traidor infame y peligroso [...]
–¿Cómo? –exclamaron algunos de los invitados, presintiendo nuevos trapos sucios en aquella familia y relamiéndose de sólo pensarlo–. ¿Cómo que un extraño? ¿Cómo que no tiene nada que ver? ¡Pero si es carne de su carne y sangre de su sangre, un marqués pur sang!
–¡Nada de eso! –gritó Wiktor–. No hay en él ni la sangre de los Draga ni mucho menos su carne. ¡Basta con mirarlo! Nuestro padre no tiene nada que ver con él, ¿verdad, padre?
Las flores se desmayaban, los espejos multiplicaban el esplendor, la marquesa se mareó, sentada como un cadáver en un sillón estilo Imperio, en su vestido bois de rose. Las rosas exhalaban un olor cadavérico. El viejo Draga se levantó con dificultad y miró uno por uno a sus hijos, mientras los sentimientos privados, familiares, luchaban en él contra los sentimientos públicos relacionados con el abolengo. ¿Acaso debía, en nombre de su estirpe, de la historia y de la grandeza, renegar de su hijo menor? ¿Echar una sombra de deshonor y vergüenza sobre su mujer, inmaculada hasta entonces de toda sospecha? La miró y recordó cómo juntos habían creado a aquel hijo; miró a Maciulek y una tristeza del todo íntima y privada le traspasó el corazón; estiró una mano temblorosa y hurgó con ella en la cabellera de Maciulek, su Maciulek radioaficionado, que estaba ahí boquiabierto sin decir nada.
–¡Padre! –gritaron los dos mayores con apremio y reproche. Por primera vez en la historia un reproche asomó en sus rostros de cutis impecable.
De repente, en la radio se dejaron oír exclamaciones, sonidos de trompetas y tambores, el rítmico caminar de miles de pies; acababa de comenzar el desfile en honor de Pampelan. “¡Padre!”, gritaron los dos hijos mayores. “¡Pampelan! ¡Pampelan! ¡Pampelan preside el desfile en su honor!”.  
El viejo marqués alzó su empalidecido rostro, suspiró con pesar y retiró la mano con la que hurgaba en el pelo del menor.
–De acuerdo –dijo solemne–, que así sea. Él trata de usted a Pampelan. Por consiguiente yo también lo trataré de usted a él. Se había dictado sentencia. El padre había renegado públicamente de su hijo. La madre se tapó la cara con las manos. Los invitados se agolparon en un grupo compacto. En la radio sonaron trompetas, flautas y trombones y, acto seguido, se dejaron oír las exclamaciones en lengua extranjera de la multitud: “¡Viva Pampelan!”. De pronto, Maciulek se puso colorado y dijo en voz baja paseando la mirada por el padre, la madre y los hermanos.
–Muy bien.
Pero entonces tuvo lugar la escena más extraña que uno pueda imaginarse. Ya que el anciano, acompañado por el sonido de las trompetas en la radio, sacudido por el más privado de los dolores y por una necesidad del todo personal, orgánica y fisiológica, quiso palpar todavía al hijo, tocarlo, sentirlo de acuerdo con su necesidad paterna. Se le acercó y le tendió las manos, mas el hijo se apartó violentamente.
–¡Ah, no! –gritó–. ¡Si nos tratamos de usted, pues de usted!–. El padre, estupefacto, forcejeaba para librarse de las manos de los hijos mayores, que lo sujetaban, y ya sin ningún miramiento se abalanzó sobre el menor.
–¡No, nada de usted, hijo! ¡Deja que te toque! ¡Nada de usted! –Pero cuanto más dolorosamente se quejaba, tanto más fría, más oficial, sonaba la contundente respuesta de Maciulek:
–¡Le ruego que me trate de usted!
Los invitados los rodearon. En el parlante del aparato radiofónico sonaron las rítmicas salvas de los cañones. Finalmente, también los hijos mayores, al ver el tormento del padre, se pusieron a pedir al hermano que no se enojara y que los perdonase. La madre se sumó a las súplicas. Pero cuanto más cálidas eran las súplicas, tanto más inaccesible, frío, gélido, como esculpido en hielo, se volvía el pequeño y hasta entonces insignificante radiota, y tanto más contundente sonaba su respuesta:
–¡Le ruego que me trate de usted!
–¡Nada de usted, hijo, por lo que más quieras, nada de usted!
Pero la respuesta fría, dura, cortante, inquebrantable, seguía siendo la misma:    –¡Le ruego que me trate de usted!
De repente, unos gritos de entusiasmo hicieron saber a través del orificio del aparato que Pampelan acababa de subir a la tribuna y se disponía a pronunciar un discurso a las multitudes. Pero la respuesta seguía siendo invariablemente la misma, fría, rígida y formal:
–¡Le ruego que me trate de usted!
El padre se derrumbó por completo. Las lágrimas le corrían por el bigote. Tenía las sienes y las mejillas sudadas; estaba sentado en el suelo y estiraba las manos hacia el hijo, recordando su infancia:
–Hijo, hijito, ¿recuerdas aquel babero, el babero… Hijito, hijito mío –murmuraba. Tras él, se derrumbó la madre, estalló en llanto y sus sollozos se dejaron oír por toda la sala. Los dos hermanos mayores también se derrumbaron; había en ellos algo cálido, lastimero. Comenzaron los reproches.
Los invitados, poco a poco, empezaron a dispersarse. Las flores se desmayaban, los espejos multiplicaban el esplendor, los invitados se dispersaban. Pero la respuesta seguía siendo la misma, inevitable, mortal, fría y lapidaria, como la hoja de un cuchillo clavada en medio del corazón:
–¡Le ruego que me trate de usted!
Pero ya todo se descomponía sin remedio. Se descomponía el padre, se descompuso la madre, los invitados se dispersaban por todas partes… Todo se humedecía, enmohecía, se pudría, todo se aflojaba y se descomponía; los espejos reflejaban unos vestidos blandos y flojos y unas pecheras que se iban descomponiendo; mientras, la servidumbre se dispersaba por los rincones. Un gato pasó lentamente por un alféizar hacia el tejado. Un gusano salió de una rendija. Sin embargo, la respuesta inquebrantable, inflexible, afilada y dura como un puñal, seguía siempre igual e inalterable:
–¡Le ruego que me trate de usted!
Y cuando de repente sonó en el parlante de la radio la voz poderosa, magnífica, seductora, fuerte, aguda y dura de Pampelan, todos se quedaron helados. ¿Quién era el que hablaba? ¿Pampelan? Por Dios, ¿quién hablaba? ¿Quién les traspasaba con esa voz que era mortalmente histórica y pública, llena de resplandor, de esplendor, dura y templada? ¿Quién les estaba hablando? ¿Pampelan? ¿O tal vez alguien diferente, alguien distinguido, frío e inquebrantable, alguien que estaba entre ellos, severo e inaccesible, como en un pedestal? Por Dios misericordioso, ¡¡¿acaso Maciulek se había convertido en Pampelan?!! Habían intentado plantarle cara. ¡Insensatos! ¡Ya no solo ellos mismos se dispersaban, sino que todo se les descomponía y se descomponían ellos mismos! Y entonces él pasó a través de ellos como el filo de un cuchillo cortando mantequilla y se marchó. Pampelan en el parlante calló.


*Cuento inédito en español recogido en el volumen Bacacay. Cortesía de la editorial argentina El Cuenco de Plata. 



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