Mi primer recuerdo


Publicado porEditorial Graffiti el 13:41

Sergio Pitol con su hermano Ángel en la primera comunión
En días pasados la salud de Sergio Pitol se convirtió en tema nacional. Asimismo, la noticia suscitó que emergieran informes sobre la disputa en torno a la tutela que sostienen el primo del escritor, Luis Demeneghi, y sus amigos cercanos con tonos cercanos a la comedia costumbrista. Más allá de la resolución del caso –que es asunto de los tribunales, no de la opinión pública ni mucho menos sujeta a veracidad con base en declaraciones mediáticas–, nos preocupa la salud de Sergio; a quien admiramos y queremos, no de ahora, ni por oportunismo, sino desde siempre. Sirvan esta entrevista y un ensayo de Juan Javier Mora-Rivera para celebrar la vitalidad de nuestro mayor escritor contemporáneo y desearle muchos años más. ¡Larga vida a Sergio Pitol!
El mundo narrativo original de Sergio Pitol se despliega en el placer de la palabra que un Sergio Pitol oral nos permite disfrutar y gozar con plenitud. Nadie, al verlo, por su sencillez y generosidad, pensaría que se encuentra frente a un hombre que ha ocupado los más altos cargos diplomáticos (embajador de México en Praga, de 1983 a 1988) y a quien el gobierno mexicano otorgó el Premio Nacional de Literatura y Lingüística, 1993.
Respondiendo a una invitación de la Universidad de California, en Santa Bárbara, Sergio Pitol compartió su sabiduría, además, con estudiantes y maestros de la Universidad de California, en San Diego-La Jolla, la Universidad de California, en Los Ángeles, y la Escuela de Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California, en Tijuana. Viajero incansable, del 14 al 23 de abril de 1994, Sergio Pitol se maravilló del paisaje californiano y nos contagió con la riqueza de sus ideas, no sólo en el trato cotidiano durante aquellos días, sino en la erudita exposición académica de las conferencias que dictó entre nosotros.
Con una espléndida vista al mar, de camino a Ensenada, que Sergio quería ver con sus propios ojos y no sólo a través de los de su amigo el escritor tijuanense Federico Campbell, se detiene gozosamente en el paisaje y va escarbando en sus recuerdos los mundos dolorosos de su pasado que constituyen parte de su literatura. Tan fresca como su memoria de la infancia, ilustra con una larga cita la impresión que en él produjo la lectura del Tesoro de la juventud: «Inclina la cerviz fiero sicambro; abjura de todo lo que has adorado y adora todo aquello que has odiado.» Para un lector familiarizado con la obra de Sergio Pitol, no le resultará extraño que en esencia esa misma frase la repita un personaje como Dante C. de la Estrella, de la novela Domar a la divina garza (1988), quien se expresa así al hablar de su transformación: «A pesar de su maldad congénita, Marietta Karapetiz me reveló a mí mismo. Es el único mérito que de verdad le reconozco y le agradezco. Esa mañana, durante el desayuno, estrenaba yo la conciencia de ser un hombre nuevo. Veía mi vida, mi pasado, presente y, sobre todo, el futuro con un enfoque distinto. No abandonaría las leyes; al menos, no del todo. Pero mi mente daría cabida a nuevos intereses. Me consagraría a actividades que hasta el día anterior había considerado propias sólo de maricones y farsantes. Recordé las palabras del viejo guerrero al convertir a su enemigo a la fe de Cristo y me repetí con la mayor solemnidad: ¡Inclina la cerviz fiero sicambro; quema todo lo que hasta aquí has adorado, y adora lo que hasta aquí has quemado! En fin, se retarda la entrada, en verdad fascinante, a una rica conversación con Sergio Pitol. En el mismo orden en el que se le hicieron las preguntas, este es el texto completo incluyendo las últimas tres preguntas que se le formularon durante el Cuarto Coloquio Anual sobre Literatura Mexicana que en su honor organizó el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California, en Santa Bárbara, el 22 de abril de 1994. De ahí partiría Sergio Pitol a Bogotá donde asistiría a la Feria Internacional del Libro para hablar de la novela al final del milenio y cuyas primicias recibimos al ofrecernos la visión del portugués José Saramago; del escritor inglés de origen japonés Kazuo Ishaguro; del italiano Antonio Tabucchi y del norteamericano Paul Auster, al tocar el tema de la relación entre literatura y política. La entrevista abarcó distintos tópicos, pero arrancó de esta pregunta sustancial:
—¿Cómo fue la infancia de Sergio Pitol?
Cuando, de alguna manera, casualmente obedeciendo a algún reflejo de algo en mi vida se me viene una idea de la infancia, generalmente se me aparece un cuarto con una terraza en el segundo piso de una casa donde estoy leyendo libros o jugando en clasificar mi colección de filatelia. Esto está rodeado de una vegetación exuberante. Es una casa en medio de un jardín muy grande con árboles gigantescos, casi prehistóricos, como los pochotes, con una fuente al lado; es decir, la exuberancia total del trópico, la excitación de vida que da el trópico con las aves, las flores, las plantas, y yo sentado en una cama, recostado, con mis libros y mis timbres.
Esto implica que la infancia fue muy parca en salud, tuve muchísimos problemas interiores y físicos. Potrero era una región entonces terriblemente insalubre, el paludismo era endémico y al poco tiempo de estar viviendo allí contraje la malaria que me impidió seguir regularmente la escuela como otros niños, lo que me impidió hacer deportes. Cuando podía yo salir, en las pocas temporadas que podía yo sentirme libre de las fiebres, salía a jugar y era pésimo, era malísimo en la natación, en el beisbol, y todo el grupo de niños que me rodeaba: mi hermano, los amigos, dedicaban gran parte del tiempo a la vida normal de una infancia normal, la mañana en la escuela, la tarde en los caballos, el tenis, el río para nadar, las excursiones, todo esto me estaba vedado. Entonces, en una ocasión, recuerdo, acababa yo de aprender a leer, pasó por la casa una tía mía, hermana de mi padre, y llevó regalos, a mí me dio dos libros, uno era Dos años de vacaciones de Julio Verne; y el otro, El llamado de la selva de Jack London, sobre un perro-lobo.
Descubrir la lectura fue uno de los acontecimientos más importantes. Descubrir este mundo, por ejemplo en Dos años de vacaciones, que es la historia de niños quienes se embarcan en un barco que les han contratado sus padres en la escuela para hacer un viaje por la región y en la noche antes de la partida hay una tormenta que se lleva el barco y durante dos años permanecen en una isla deshabitada donde tienen que proveerse de todo, aprender lo que significa tener tacto para la sobrevivencia, y a mí me parecía verdaderamente un esplendor, lo leía, lo volvía a releer, pensaba que no podía haber nada mejor. Yo metido en un cuarto, en una cama, con inyecciones constantes, en las pruebas de sangre, sentía que no podía haber nada más maravilloso que subirse a un barco que se pierda con uno y que tenga que sobrevivir de la comida consiguiéndola a través de la caza, viviendo en plena actividad, en plena naturaleza, en un mundo donde no existía la enfermedad ni las obligaciones más que las que el organismo y la vida imponían.
Y después el perro-lobo de London también cubría una parte muy afectiva de mi vida que han sido los perros. La primera fotografía que sé que me tomaron es cuando tengo unos cuantos meses donde estoy sentado recargado en un perro cuatro veces mayor que yo y que es mi asidero en el mundo. Los perros fueron siempre, han sido y son cada vez más un vínculo con la vida natural que se ha hecho para mí necesario.
De esos libros pasé a otros. Un Día de Reyes aparecieron en mi casa los 20 tomos del Tesoro de la juventud, que tenía novelas resumidas, cuentos, fragmentos de historia y en cada uno de los volúmenes varios relatos de viajes, de manera que esta ventana abierta al mundo que me había dado el libro de Verne se continuó en estos relatos. Todavía recuerdo frases de algunas de las historias que leí en ese periodo; hay una de la conversión de los galos al catolicismo, donde un sacerdote lleva gente de una tribu al emperador para bautizarlos y dice: «Inclina la cerviz, fiero sicambro, abjura de todo lo que has adorado y adora todo aquello que has odiado.» En esa época no entendía sino por intuición, pero el sonido de las palabras, la construcción de la frase, la teatralidad de la escena quedaba, pues ese lenguaje me impresionaba mucho, de manera que esto, los otros libros de Verne, después los de Dickens, después los libros ya normales que leía mi familia, fueron conformando mi mundo personal. Era un niño lector de tiempo completo; a los doce años, por ejemplo, había leído los doce volúmenes de La guerra y la paz, cosa que cuando la volví a leer muchos años después pensaba, bueno, qué pude haber entendido entonces, cómo pude pasar semanas y semanas anonadado de placer, leyendo estas historias que aún ahora son tan complejas. Cuando es uno niño las digresiones, la guerra, la paz, la moral, se pierden, uno no las digiere o las digiere de una manera diferente, las reduce al mundo infantil, pero tenía yo la paciencia y el tiempo para hacer estos viajes en la lectura, viajar a países distintos, viajar por épocas históricas distintas, estaba cubriendo el periodo napoleónico, los griegos, los héroes mitológicos, como si fueran parte de una realidad, porque de hecho eran mi realidad, junto al transcurrir normal de la vida de un niño enfermo.
Ahora, esta es la imagen que predomina de mi infancia, esto es fundamental. Cada vez que yo recuerdo mi infancia cuando estoy escribiendo, aparece ese cuadro más o menos, es la imagen de alguna parte de la casa en donde estoy leyendo o hablando con mi abuela sobre lo que estoy leyendo o preguntándole qué significa tal cosa. Pero no es la más importante, la decisiva, la que quizás aparece y tiene más referencia en mis libros son dos mucho más secretas, más profundas que no aparecen constantemente y que han estado durante muchos años enterradas como una herida viva, que son la orfandad, tiene una referencia real con mi situación de huérfano, la pérdida de mis padres. Siempre he tratado de evadir estas cosas, de hecho desconocía hasta hace poco muchas de las circunstancias de la muerte de mis padres, a tal grado que hasta hace unos cinco o seis años después del terremoto en México, que vine de Praga por unos días para ver cómo estaba mi familia y ver qué pasaba, después de ver las imágenes en la televisión por las cadenas internacionales, de una ciudad que explotaba y se derrumbaba, tenía la obsesión de venir y a las pocas semanas estuve en México y mi hermano reunió en su casa a un mundo familiar, a parientes y amigos que veíamos poco y que durante muchos años no nos frecuentábamos. En esa comida una tía mía, hermana de mi padre, comenzó a hablarme de la terrible crisis psicológica que había tenido a la muerte de mi padre. Yo me acuerdo muy vagamente, tengo dos o tres visiones muy pasajeras de mi padre, tenía menos de cuatro años cuando murió, pero me contó mi tía que me asombré. Nunca supe hasta dónde había sido fuerte mi afecto a él, y mucho menos sabía yo de esta crisis de autismo que tuve unas semanas después de su muerte.
Me sorprendió mucho saberlo, me hizo recomponer al momento muchos elementos de mi vida, muchas reacciones, y después, hace menos años, estuve en Guadalajara porque había oído hablar de un psicoanalista, esposo de una hermana de Juan Villoro, el doctor Federico Pérez Caballero, un doctor que había estudiado en alguna parte, creo que de Estados Unidos, y luego desarrolló personalmente una técnica de hipnosis para que el paciente pudiera ser consciente de todo el proceso hipnótico sin estar enteramente dormido, pero obedeciendo a una voluntad que era la de él. Yo quería ver cómo trabajaba el subconsciente al saber que uno podía estar consciente de todo lo que pasaba en el momento que estaba hipnotizado y yo sabía, por ejemplo, que Freud en los primeros años del psicoanálisis había aplicado algunas técnicas de Charcot de hipnotismo y había logrado cosas extraordinarias; por ejemplo, el caso de una señora que estaba inválida al hipnotizarla y al darle instrucciones comenzó a caminar, hizo los movimientos que le iban ordenando y cuando regresó a la cama y al sillón donde estaba sentada y que hacen la operación para que vuelva a la conciencia, la paciente quedó tan paralítica como antes, no recordaba nada, le decían, pero no influía eso en su vida profunda, de manera que estos experimentos similares que hizo Freud no servían para avanzar, sino al contrario, como que acorazaban más al paciente, no tenían resultado y lo abandonó.
En la técnica que aplica Federico, todo el tiempo uno está viendo y oyendo la voz del analista y se desenvuelve la vida interior ante los ojos. Yo había ido por algo que no tenía mayor importancia para mí, que era poder determinar cuando el análisis me podía decir cuándo podía yo fumar y cuándo puedo dejar de fumar; había yo dejado de fumar tres años por un proceso magnético, en Praga, pero después volví y quería yo ver si a través de estas curas se podía lograr algo. La primera vez que oí hablar de él fue en la casa de un escritor que había tenido una parálisis en su trabajo de creación y que le creaba periodos de angustia, y que después de esto siguió su trabajo literario y que, además, una poeta que también había dejado de escribir un día, por casualidad, oyó la cinta grabada con estas instrucciones, sin saber para qué era este tratamiento, e inmediatamente se fue y empezó a escribir poemas. Yo tenía mucha curiosidad y fue la experiencia más importante, yo creo, que he tenido en mi vida.
Comenzó la sesión, me dio algunas instrucciones, las seguí, luego hizo que me concentrara en algún problema relacionado con la necesidad de romper hábitos, de ser fuerte, y empezaron a cruzarse delante de mí imágenes visuales, como si fueran fotos que pasaban rapidísimo, podían ser de dos días antes, cuando viajaba a Guadalajara, de cinco años atrás, de 25 años, luego volver al mes pasado, estar de repente en una escena de Yugoslavia, de Roma, de Córdoba cuando era adolescente, todas muy rápidas y como que no se podían detener. Me veía con la ropa que tenía en aquellas épocas, vi amigos que tenían veinte años, uno tenía seis, y de pronto en ese cruce de fotos ninguna tocaba alguna zona profunda, ni vibración especial, todas tenían como la misma jerarquización, y de repente llegó a un momento que es como si la cámara se hubiera detenido, y era horrible. Estábamos en un chalet, yo sabía que era de unos amigos de mi familia, tenía yo seis años y mi hermano nueve. Me impresionaba mucho la ropa, los pantalones cortos, los zapatos, y estábamos sentados los dos en una azotea, y llegaban y salían palomas, porque había palomares en esa terraza, y entonces me di cuenta que estaba yo a unas horas después de la muerte de mi madre, y yo le preguntaba a mi hermano cosas y mi hermano o se ensimismaba, o lloraba o me regañaba para que me callara, y a medida que esto iba pasando iba reconstruyendo, ya con la conciencia de hombre mayor, lo que era esa escena.
Recordé el día anterior, mi madre se había ahogado en el río, muy cerca de esa casa, a mi abuela, al ingenio de Potrero, y había habido una comida en el jardín de la casa donde habían estado muchos amigos de mi tío, un grupo de americanos y muchachas jóvenes que estaban de paso ahí, eran de México, y que había sido una comida muy animada y que después se había ido el grupo de gente joven a una poza en el río que quedaba a cuatro o cinco kilómetros. Alguien dijo que estaba a punto de pasar el tren en 15 minutos, que iba a Atoyac, el próximo pueblo, todos se animaron de golpe, se pusieron el traje de baño y salieron corriendo, y nosotros, mi tío, mi abuela y yo, nos quedamos un rato en la casa, nos fuimos media hora después en un cochecito de mi tío para alcanzarlos y recoger a mi mamá.
Cuando llegamos al pueblo, caminamos al lado del río para encontrar la poza y de repente llegaron dos campesinos aceleradísimos, hablaron con mi tío, le dijo algo a mi abuela y se echó a correr y nosotros dos nos fuimos corriendo tras él para ver qué pasaba y llegamos a donde estaba el cadáver de mi madre que le estaban haciendo todos esos ejercicios horribles de respiración artificial, y entonces un amigo de la familia nos había agarrado como bultos y se había echado a correr y nos había llevado a esa casa, y ahí estábamos desde uno o dos días, ahí volvía yo a la fotografía, y yo sabía muy bien, era consciente que a la muerte de mi madre este señor nos había llevado porque no querían que estuviéramos en el transporte del cadáver de mi madre y el entierro. Mi abuela estaba alteradísima, y pensaron que esos días nosotros la pasáramos libres de la tragedia, entonces, ya con esa reconstrucción que hacía yo, me detuve en el trance por un terror brutal, ya no era espectador, era una especie de organismo de nervios y de sentimientos porque empecé a vivir aquel momento, el pavor, el pánico de saber que se nos hubiera muerto mi padre, habíamos ido de viaje, se nos había muerto ella, estábamos en una casa, en donde no aparecía sino de repente una sirvienta para llevarnos a comer al comedor, entonces no sabía yo, ahí ya empezó la vivencia, si nos habían regalado, si nos habían abandonado, dónde íbamos a dar, y fue la sensación más terrible que he tenido en mi vida, yo creo que casi epileptoide. Entonces me sacó el doctor de esto, le empecé a contar compulsivamente todo lo que vi, lo que sentía, y me dijo: «estuviste muy alterado, ahora espérate unos minutos, te vas caminando a tu hotel muy lentamente, respirando hondo y al llegar a tu hotel si te sientes mal me llamas inmediatamente a cualquier hora, si se te reproduce esto».
Salí de allí como sonámbulo, haciendo lo que él me indicaba, pero a medida que caminaba hacia el hotel me sentía como que de repente iba sanando de un mal que desconocía, como si algo se me estuviera cicatrizando, de tal manera que cuando llegué al hotel sentía una felicidad, dormí muy bien, salí a pasear al día siguiente y veía las calles, los árboles como con una nueva iluminación y a partir de eso ha sido una época como que me hubieran cicatrizado cosas que no sabían que existían. Llegué a este punto entonces, por eso digo esta imagen, que la acabo de conocer, no es lo que yo recuerdo porque estaba muy acorazado, pero debe ser el fenómeno más importante en la infancia. Esos días de terrores, quizá la enfermedad fue una compensación, y claro, mi tío que fue mi tutor, y mi abuela, pero de cualquier manera creo que gran parte de mi vida está condicionada por eso que volví a vivir a los 58 años, y que muchas cosas que aparecen en mis cuentos, en mis novelas, en ese primer cuento de Vittorio Ferri, son quizá sentimientos que estaban labrados en mí. Una vez, después de esto, conversé con un analista en México y me dijo que esas cosas están tan acorazadas que se necesitan muchos años para pasar a ellas y muchas veces no se llega, tan sólo se consigue neutralizar el efecto de una herida profunda, y yo creo que de hecho si hubiera tenido un vestigio de esto, y hubiera ido a tratarlo, quizá no hubiera llegado porque uno mete todo eso bajo coraza; pero como era una cosa tan insustancial lo que iba yo a tratar, se atravesó esto, no estaba haciendo fuerza para proteger nada, y estoy seguro que ese es el momento definitivo de mi vida posterior, de muchos efectos negativos y que nutre parte de mi literatura, así como también está nutrida de muchos elementos defensivos que imposibilitan que estas imágenes lleguen a uno, de ahí viene la carnavalización, el humor, el esperpento, el drama se vuelve en una parodia, en una forma ridícula o risible.
Adelanto del libro: Conversaciones con Sergio Pitol de próxima aparición bajo el sello del Instituto Literario de Veracruz.
Entrevista por Rogelio Arenas M.  y Gabriela Olivares 

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