Nicolas Jaar en Buenos Aires


Publicado porEditorial Graffiti el 23:34


Nicolas Jaar
Todo sucedió de manera subrepticia, en un susurro, como una flama. De golpe y porrazo –y más bien por los efectivos poderes seductores de radio Bemba– fui notificado de que Nicolas Jaar  –master of puppets he’s pulling your strings!– tocaría una sola noche en Buenos Aires, ciudad que si  de algo sabe, para gozo de los locales y envidia de la escena trendy latinoamericana, es de la hipsterización efectiva de la rumba alucinada.
Habiendo arrancado la noche en un célebre puterío conocido como Pampita, sugerido por un camarada a quien llamaremos Larry, pude observar un vestigio de lo que fue el auge menemista, ubicado en una zona que le daba, al grupo de estadistas argentinos de los dorados años noventa, acceso directo al club de golf, una discreta zona de moteles y todo tipo de apetitosas prostitutas.
Acidulada la voz con ron venezolano y un par de joints de manufactura casera –en Buenos Aires se cultiva el sano hábito de la plantación personal– partimos rumbo a Crobar, ubicado en los Bosques de Palermo que –sin ser el Roy– es mucho más que complaciente (la ventaja de vivir en un país menos clasista es que las cosas están más cerca de las manos, como la belleza por ejemplo).
Llegamos temprano –ya he dicho antes que en la Argentina la fiesta empieza tarde–   debido a mi temperamento de grupi desquiciada y porque no quería perderme un momento de la magia del niño genio. Desde hace varios años, en la Guardería Riveroll S.A. de C.V. sede Escandón, se ha instituido la tradición de escucharlo al amparo del canto de las aves y las copas, por lo que la ocasión de presenciar un milagro predispuso todo mi cuerpo.
Poco a poco la explanada del bar –que es grande– se fue llenando con todo tipo de elementos, algunos jóvenes y una buena medianía de gente pasada de treinta hasta algunos cuarentones que, en atención al ojo atento, darían una exótica lección de moda en alguna mezquina pasarela.
Un dj de medio pelo arrancó el triplete así que Larry sugirió, luego de que llegaran un par de chicas cuasi amables, que se acompañaran los tragos con un par de tachas.
El lugar ya estaba hasta la madre cuando apareció el jovenzuelo que ha puesto al mundo entero a bailar a su ritmo. Fresco como un jazmín, dio una cátedra de estilo y sobre todo de elegancia que Larry, su piruja y yo pudimos dimensionar en su justa medida gracias a generosas dosis de MDMA recién desembarcado de Europa.
Jaar llevó a la audiencia –predecible por naturaleza– a donde quiso. Fue anticlimático pero seductivo; su presencia física es muy discreta, pero a los pocos minutos uno siente todo el poder de su talento atravesando el cuerpo. Jaar es el Bach del momento.
Con prontitud el caos se volvió una orgía demencial, la gente se brindó a la noche y el profeta compartió su evangelio. El concierto corrió ligero, con la espesura de los sueños vívidos así que decidí pisar a fondo y colocarme el antifaz lisérgico, tecnología alemana que me tuvo despierto 36 horas de un rush pavoroso e intenso (vi el corazón de la locura y supe que tiene forma de poema. Todo lo vivo tiene sentido y el mundo es cruel y terrible, como un orgasmo del tiempo).
Se vino el día sin que me diera cuenta. Al final sólo quedaba un dj desconocido, algunos vampiros y las vestidas, puros cascajos del viento.
Caminé, con la pinta de un errante decadente, por los bosques insurrectos. Pude ver la luz con que despierta Buenos Aires y lloré, lloré por la vida y la belleza y la soledad y el sentimiento.

Me sobrepuse a mí mismo y ahora soy un hombre nuevo.



Por Rafael Toriz


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