Instrucciones para (no) abrir una puerta


Publicado porEditorial Graffiti el 19:52

Luis Arturo Ramos (izquierda)

Publicado en 1985, Los viejos asesinos de Luis Arturo Ramos es un título modélico del cuento corto mexicano del siglo XX. Publicado reciente por el Instituto Literario de Veracruz, en su colección Cuadernos de la Libélula, "Cartas para Julia" es uno de los relatos más destacados del volumen. Enrique Serna se refiró de los cuentos del autor veracruzano en estos téminos: "... un conjunto de historias deliberadamente ambiguas donde no es fácil la línea divisoria entre la imaginación paranoica y la irrupción de lo sobrenatural". Reproducimos en estas líneas el prólogo de Ramos a esta edición.
A principios de 1979, en medio de una penosa convalecencia causada por un atípico padecimiento que me mantuvo en casa por cerca de un mes, escribí seis de los siete cuentos que integran Los viejos asesinos, volumen que aparecería por primera vez en 1981. La anécdota viene al caso porque jamás he vuelto a tener una racha de productividad tan acelerada y, para mi gusto, efectiva. Los argumentos primero y las palabras después, salían vertiginosamente de la pluma y hasta donde recuerdo, las correcciones resultaron mínimas. Advierto también que la alusión a la “pluma” no es licencia metafórica porque todos los cuentos fueron escritos a mano: el primero de ellos, “Bajo el agua”, todavía en la cama de hospital, maniatado por los catéteres de suero y obnubilado por una fiebre que me mantenía bajo un perenne zumbido eléctrico. El cuento al que aludo pretende ser un reflejo de mi estado físico, puesto que mis emociones y estado anímico gozaban de una lejana e indiferente beatitud con respecto al mundo que me rodeaba, misma que aún sigo recordando, quizás erróneamente, con algo parecido al Nirvana. Aunque menguado, tal distanciamiento del mundo físico y sus emociones concomitantes, me acompañaron durante la redacción del resto de los textos.
De entre los 29 cuentos hasta ahora publicados en libros, Cartas para Julia representa un hito con respecto a mi producción cuentística y sigue siendo uno de mis favoritos. Diré por qué:
El texto alcanzó casi 30 cuartillas en su original. Los anteriores, con excepción de “Junto al paisaje”, escrito en 1973, se movían dentro de un rango que iba de las 3 a las 6 hojas de extensión. De ahí que algunos lectores prefieran referirse a ellos como noveletas. Este ámbito intermedio entre el cuento y la novela, me permitía explayarme a voluntad, aunque no a placer, porque posibilitaba no sólo el desarrollo, sino también la estrecha y premeditada interrelación de las tres categorías imprescindibles en los textos de ficción: anécdota, personaje y espacio. Estos tres elementos, eludidos premeditadamente o aludidos enfáticamente, resultan el soporte fundamental de todo relato, independientemente de su extensión o propósito. El género, en caso de que así se le considere, me tentó desde mis primeros intentos escriturales; de ahí que “Junto al paisaje”, único sobreviviente del proyecto presentado en 1972 para optar a la beca que patrocinaba el desaparecido Centro Mexicano de Escritores, formara parte de un volumen conformado por tres “novelas cortas”.
La incursión en un espacio de más largo aliento, me permitió desarrollar en Cartas para Julia aspectos poco trabajados en mis textos anteriores. Me refiero a la profundización en la psicología del personaje y a la construcción de una atmósfera ad hoc para que éste se desenvolviera a placer. Mi propósito era desviar la atención del lector del mero argumento y validar el trabajo de personaje y de espacio; con esto, intentaba proponer una lectura más sosegada sobre la base de la imposición de un ritmo que permitiera entender que el soporte del texto no recaía exclusivamente en la madeja de la trama, sino en el diseño de un tejido compuesto por tres hilos. Por tal razón, opté por numerar los fragmentos escénicos para que funcionaran como capítulos y, con ello, sugerir y hasta obligar al lector a abrir pausas de lectura. En Cartas para Julia, la anécdota sólo puede entenderse a cabalidad si se le atiende protagonizada por un individuo como el descrito, y que ambos: personaje e historia, adquieren sentido si tanto el primero como la segunda, habitan y se desarrollan en un espacio como el propuesto.
Mi interés no estribaba en sorprender al lector; sino en conducirlo serena y sosegadamente (como hacen algunas novelas), hasta el final. Éste no pretendía un estupor ni un sobresalto (como era el caso de los cuentos anteriores, apoyados todos en el final sorpresa y la construcción de espacios); por el contrario, se acomodaría en la cristalización de una expectativa construida a lo largo de varias páginas, ensimismadas en velocidades distintas y protagonizadas por personajes diversos y no secundarios por necesidad. Presentes unos, ausentes, otros; pero todos vapuleados por el síndrome de la vida moderna: teléfonos, autos, encuentros fortuitos y desencuentros planeados, violencia reprimida, incomunicación y todo ello validado por el desconcierto, la ambigüedad y demás etcéteras posmodernos.
Los desvíos con respecto a la trama, no deben tomarse como digresiones, sino como distracciones premeditadas o, dicho de otra manera, como recursos para sosegar la tensión de la anécdota y, mediante ello, la oportunidad de aportar datos acerca de las neurosis del personaje central (innominado, por cierto), establecer su condición de inquilino temporal de un departamento clase-media y certificar su calidad de residente vitalicio de una megalópolis.
Termino apropiándome de una afirmación: el trabajo del escritor no es responder cuestionamientos, sino abrirle paso a las preguntas. Y la puerta del texto, como todas las puertas, es una invitación a accionar el picaporte. Las dos líneas narrativas sostenidas a lo largo de las páginas de Cartas para Julia, protagonizadas por un personaje eje, coincidirán al final del texto. Toca entonces al lector abrir la puerta en caso de que aspire a saber quién está del otro lado. En el texto, es la imaginación del personaje eje (o bisagra) quien reúne tanto a las líneas narrativas como a los personajes: ausentes y presentes; visibles o invisibles detrás de una puerta cerrada. No obstante, espero que el lector jamás alcance la total certeza (a menos que aplique sus propias neurosis: el lector siempre lee desde las suyas propias). La duda es el motor del universo. Cartas para Julia está manipulado para colocar al posible lector en este punto de cruce: espero haberlo conseguido.

Prólogo para Cartas para Julia, colección Cuadernos de la Libélula, editado por el Instituto Literario de Veracruz, de reciente aparición.






Por Luis Arturo Ramos

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