Con Saturno en Buenos Aires


Publicado porEditorial Graffiti el 20:26

El joven Rafael Toriz echando rostro antes de caer en la melancolía
Pese a mis intentos desaforados por beber y vivir una vida de bullicio, en el fondo soy un tipo melancólico. Y es que si bien nací bajo el signo de Mercurio, patrón de ladrones y poetas, desde muy joven tuve una natural disposición al sexo, la reflexión y el vino (más adelante, al conocer los detalles del Problema XXX atribuido a Aristóteles, entendí que mi temple calenturiento es debido a un soplo venéreo que hace del hombre sensible una carabela henchida,  enhiesto mástil para navegar los mares con denuedo).
Los embates de la melancolía, como es sabido, suelen ser mal vistos porque dan la impresión de ser un amaneramiento literario más que un estado del cuerpo. Estar deprimido, con spleen, perezoso o descorazonado ante el sinsentido de la vida –y encima comunicarlo–  tiene mala prensa por los motivos que entrevió Salvador Elizondo: “la tristeza demasiado sociable o demasiado pública produce una impresión de impudicia y su manifestación, si no es a través de formas muy refinadas, denota un carácter afeminado en los hombres, frígido en las mujeres y vulgar y lastimoso en los artistas”.
Desde hace algunos años la presencia del demonio meridiano –que así le llamaban los antiguos– había estado ausente de mi vida, dejándome vagar por el mundo sin más preocupaciones que las de cualquier pelafustán con criterio. Pero recientemente, de maneras insospechadas, he vuelto a sentir sus embates asesinos, que tornan la existencia una estancia intolerable, oscuras tumbas sin sosiego. Si existe un infierno en la tierra, arde en el corazón melancólico.
Al principio atribuí dicho malestar al contacto continuo por más de seis años con el Río de la Plata: nadie ignora que las condiciones climáticas de los locales los vuelve nostálgicos y tangueros, de ahí su fervor por la poesía, los libros de Onetti y la placentera sensación de decadencia de la bellísima ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, una bruja me dijo algo que ignoraba por completo. Al cumplir 30 años, uno concluye por primera vez la circunvolución de Saturno alrededor del Sol, por lo que los poderes de ese astro maléfico, que baña de lucidez y lascivia a sus ahijados, rigen nuestro destinos con sus criterios funestos.
Es sabido que el trato con la embriaguez, la buena mesa y la vida con meretrices suelen ser apoyos para no perecer en el naufragio, pero hay momentos en que nada, y muchos menos los libros, nos prodiga consuelo. Y si a eso le adjuntamos una de las cosas más odiosas de vivir entre porteños, que es vociferar como italianos y razonar como gallegos, el alma de cualquier astronauta de la consciencia se siente más aislado que los errabundos asteroides.
Algo debo decir con respecto a mi patria y es que, si bien lo intuía con vaguedad, no me había dado cuenta de lo mucho que extraño las formas y el trato de la cultura indígena, esa especie de susurro transparente que se toca en las palabras y atraviesa las relaciones entre las cosas y la gente. Allá, en México –sobre todo en el sureste y en la zonas de montaña– las formas son más dulces y cristalinas y se escuchan en el viento. Nadie gesticula como un guiñol poseído y rastacuero y por el contrario, se le da un noble peso al sentido y al silencio. Si el español mexicano es más suave, lo es porque pudo incorporar los gestos y el espíritu de otras lenguas y otros mundos que, vejados y envilecidos, aún recuerdan, malheridos, el soplo de sus ancestros.

Pienso en el color de la gente, en la tierra totonaca y algo me dice que, pese a la tristeza de los siglos, lo único que sobrevive a la muerte es la danza de la vida, que se transforma en el cielo con la forma da la lluvia y acontece en el comal, entregando pequeños soles perfectos para ser comidos por dentro.




Por Rafael Toriz

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